Cronología de cosas que fueron aconteciendo

registro de un observador

De noviembre de 2012 a septiembre de 2013 Luis Brizuela fue corresponsal de la agencia de noticias Prensa Latina en Damasco, Siria, en lo que sería su primera experiencia periodística fuera del país; tenía entonces 30 años y su objetivo era trabajar y tratar de amparar la existencia; pero, a partir de ese momento la vida y su sentido se transformaron por completo para él. Originalmente el texto que reproduciremos en dos partes fue escritos para sus familiares de Cuba a manera de mensajes electrónicos


luis brizuelaLuis Brizuela es periodista radicado en La Habana


A las dos y treinta de la madrugada del 8 de noviembre la nave de Syria Airlines se interna, es absorbida por el espeso manto de nubes que, como de costumbre, se deshace en una desprejuiciada lluvia sobre la ciudad. Pienso en muchas cosas. Ando en paz, pero camino a una nación en guerra. Por la ventanilla diviso la luna en cuarto menguante y se me antoja un presagio para quienes intentan hacer de la violencia un lugar común, su casa.

Diez mil pies debajo. Aparece de vez en vez la explosión luminosa de grandes ciudades o se intuye la presencia de pequeños conglomerados humanos por el esquivo titilar. Va despertando el día y con cada metro que desciende el avión se aproxima una nueva aventura, retos de los cuales sacaré otras lecciones. Habrá que cuidarse en extremo para seguir contando y viviendo. A las 5:05, cuando el tren de aterrizaje se posa sobre la pista, inicia mi camino hacia Damasco.

∗∗

Como toda gran ciudad Damasco es lugar de contrastes, la capital habitada más antigua del mundo. Hace honor a ese linaje de unos siete milenios. A primera vista parece reñida con el color; los altos edificios y residencias, de fachadas terrosas y ocres, son una continuación de las montañas que la circundan, como si hubiesen emergido de aquel agreste paisaje. Por momentos la arquitectura se vuelve monótona, de trazos rectos y reservados, sin embargo al interior existe un mundo de decorados y detalles magníficos, coloridos.

De antenas parabólicas anda sembrada la techumbre, metálica selva por donde mirar al mundo, atisbar costumbres, absorber el desarrollo y preservar la identidad. Hacia el firmamento, espigados, se alzan los minaretes de las mezquitas, otra suerte de antenas por donde los mortales corderos de Alá intentan comunicarse con ese ente de verticales mandatos, quién sabe si en el fondo malinterpretados. Damasco murmura, invoca salmos y penitencias, ora sin descanso su credo y el de los fieles que postran su fe sobre el Corán, como medida de todas las cosas.

Vista de Damasco al atardecer desde Monte Qassyoon

Vista de Damasco al atardecer, desde Monte Qassyoon. Foto: cortesía del autor.

Aún en medio de gélidas temperaturas el centro citadino reverbera. Gente que va y viene por cientos de miles desbordan aceras, pelean contra un tráfico neurótico que esquiva a los peatones kamikazees, al osado viandate que desafía las columnas de vehículos modernos, taxis, minibuses, buses, camiones y motocicletas. Damasco revienta de comercios, tiendas, mercados, puestos, bazares, bulevares, sitios improvisados para vender y vender hasta el delirio. Muchas tiendas para varios millones de almas que buscan como hormigas, sedientas, hambrientas, desnudas, urgidas de vestirse por fuera y por dentro. Sabor a aceituna, a falafel, a higos y dátiles secos, a la explosión colorida de frutas y verduras. Ciudad ungida de esencias aromáticas, cremas, jabones, inciensos; gusta de enamorar el paladar con el picor lujurioso de especias y semillas. Urbe horneada cada madrugada junto al pan sagrado donde sus hijos envuelven los mejores deseos de subsistencia.

Damasco es el hotel Dame Rose y el Cham Palace, la Calle Recta, la Citadele, la espada y la torre que llevan su nombre, la moderna Universidad, la Biblioteca Nacional, el Zoco Al-Hamidiyya, la Gran Mezquita de los Omeyas, Sheikh Saad, cada anchurosa avenida o raquítico callejón, las suntuosas mansiones de barrios residenciales o las casuchas de los periféricos cerros donde se escalona la miseria. Ortodoxa por momentos, cada vez más permisiva, tolerante, ecuménica; de mujeres enigmáticas cuya belleza muestran sin tapujos o la cubren tras un velo de pudores y represiones; de jóvenes alegres con negrísimas barbas, distraídos, enganchados a los modernos artilugios de la comunicación; que marcha vestida de ejecutivo, de engrasados overoles, de opresivos jeans, de abrigos, suéters y sobretodos.

Hierve la ciudad a la sombra de sus 45 grados veraniegos; que tirita y se agazapa alrededor de las estufas cuando las ventiscas la rebozan de nieve. Ciudad de cruces de caminos, entre la tradición y la modernidad, ufana hasta los arqueológicos cimientos de su estirpe milenaria. Damasco de luces y sombras, de días como peces; de mil y una noches deslumbrantes, selváticas, infinitas, tantas como las historias que le nacen a diario y estimula a contar.

Escribo el despacho cablegráfico sobre lo ocurrido cuando dos explosiones enervan otra vez los nervios. El terror vuelve a golpear, y cerca. En el propio Al Mezzeh, muy cerca de donde vivo, impactaron dos proyectiles de mortero. El primero hizo blanco en la avenida Villas, una zona muy concurrida, donde se registraron dos lesionados graves; el otro, en un complejo residencial en construcción

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La medianoche está instalada. No hay películas para anestesiar el aburrimiento y darle visa temporal a la soledad. La cama espera por la monótona faena de sostener un cuerpo, más cargado que cansado por el fardo de distancias, ausencias, recuerdos. Entonces la detonación estremece todo. Un sonido distinto, nada semejante ni de tal magnitud había escuchado después de 10 días en una expectante Damasco que no merece vivir tanta zozobra.

Al momentáneo silencio sobreviene el ruido de sirenas. El corazón anda aún encabritado. ¿Qué hacer? ¿Pararse, mantenerse sentado, apagar las luces, llamar a los pocos cubanos que conozco aquí? Tomar decisiones. Dilemas. Llego a la ventana de la sala. Descorro la cortina. La calle, al frente, al igual que los balcones y ventanas de los edificios circundantes, se salpica de cuerpos, rostros e inquietudes. Todos lo saben: fue muy cerca de aquí.

Atentado con coche bomba frente a casa - 29 abril 2013

Atentado con coche bomba, 29 abril 2013. Foto: cortesía del autor.

“Una bomba explotó minutos después de la medianoche de hoy en un estacionamiento del barrio de Al-Mezzeh, en esta capital, sin que se reportaran víctimas. La carga de 40 kilogramos, escondida dentro de un automóvil, fue detonada a distancia. Varios de los vehículos aparcados alrededor quedaron totalmente destruidos”, escribiré horas después en mi primer despacho del día, tras personarme en el lugar del hecho, temprano en la mañana.

El lente de la cámara se inunda de destrucción, de rostros pasmados y tristes, de miradas que claman en silencio por el fin de tanta violencia en un país en el que hace apenas dos años, se podía caminar por las calles a altas horas de la madrugada sin temor a encontrar la muerte sembrada en cualquier recodo, automóvil, tanque de basura o alcantarilla.

Escribo el despacho cablegráfico sobre lo ocurrido cuando dos explosiones enervan otra vez los nervios. El terror vuelve a golpear, y cerca. En el propio Al Mezzeh, muy cerca de donde vivo, impactaron dos proyectiles de mortero. El primero hizo blanco en la avenida Villas, una zona muy concurrida, donde se registraron dos lesionados graves; el otro, en un complejo residencial en construcción. “Son considerables los daños materiales”, referirá la correspondiente nota, minutos más tarde.

Escribir en un país en guerra, narrar las historias cotidianas y hacerlas comprensibles, atendibles, interesantes, resulta un reto. Cada bando en pugna lleva su cuota de razón, o no. Transitar sobre la cuerda floja de la objetividad y la intencionalidad obliga a análisis mesurados, a mantener distancia prudencial de los apasionamientos y las verdades inamovibles. Los lectores merecen observar el cuadro de la guerra con las mejores pinceladas, con líneas firmes y colores lo más parecidos a la vida real.

Tumba de Juan Bautista en Mezquita Omeyas

Tumba de Juan Bautista en Mezquita Omeyas. Foto: cortesía del autor.

Los despachos informan, dan cuenta, registran para conformar más tarde, quizás, la Historia. Ninguno de ellos, sin embargo, expresa el posible terror de quien narra, sus dudas, sus zozobras, sus anhelos. Al menos no de manera directa. Lo que no dijeron los cables, lo que no fue noticia en el cast de la agencia este domingo, es que las explosiones con bombas y morteros fueron las primeras y más cercanas de las cuales he estado desde mi llegada a Damasco. Es previsible que volverán a ocurrir y seré testigo -ojalá y no protagonista-, quien sabe cuántas veces, de mucha destrucción y muertes injustas e innecesarias. Quería dejar registro de este acontecimiento, que ojalá no se vuelva frecuente o se instale en mi memoria como algo normal, tolerable, definitivo.

La muerte anda con pies de plomo por este lugar. Ha erigido un reino de incertidumbres y tristezas. En cualquier esquina su paso irreversible puede dar el alto al tiempo, segar vidas, sembrar el caos. El desafío diario es permanecer vivo, a salvo de su gélido aliento.

¿A quién invocar la protección, a Dios, a Alá; a Jesús, Mahoma o a todos los profetas que en el mundo han sido; a la Providencia Divina, a la razón, al sentido común de quienes deciden sobre la vida de sus semejantes; a nuestro instinto de auto conservación?

Pienso que seré un sobreviviente. No puedo pensar de otro modo. Alguien, y quiero ser yo, entre muchos, debe seguir viviendo para contar.

(Fin de la primera parte)

 


Luis Brizuela Brínguez es Licenciado en Periodismo y Máster en Ciencia Política, egresó del XIII Taller de Técnicas Narrativas en el Centro Onelio Jorge Cardoso. Trabaja como periodista en la Agencia Latinoamericana de noticias Prensa Latina para la cual ha sido corresponsal en Siria y Bolivia. Vive en La Habana.

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