Dos mujeres y treinta días por el Sudeste Asiático

registro de un observador

“La historia de mi viaje se cuenta en plural, dos amigas moviéndose hasta el otro lado del mundo (basta con decir veintiocho horas de viaje); consciente, pero a la vez presintiendo las grandes diferencias de nuestras culturas”.


yesica montagnaYesica Montagna trabaja en un organismo de derechos humanos en La Plata


“El mundo es un libro y aquellos que no viajan solo leen una página”
San Agustín

Cuando leí esta frase pensé en mi viaje al Sudeste Asiático; seis meses de preparación, seis meses de búsquedas para culminar eligiendo seis países a recorrer en treinta y un días: Tailandia, Camboya, Malasia, Indonesia, Nepal e India, el país que más me impactó no solo por las expectativas sino por lo que generó en mí y porque cada vez que me preguntan (“India” expresa una emoción) las muecas se dibujan de aquí para allá mientras trato de encontrar las palabras correctas para no herir sensibilidades y para ser extremadamente sincera.

La historia de mi viaje se cuenta en plural, dos amigas moviéndose hasta el otro lado del mundo (basta con decir veintiocho horas de viaje); consciente, pero a la vez presintiendo las grandes diferencias de nuestras culturas.

Kathmandu- NepaLlegamos a Bangkok un día de calor y humedad intensa, que es lo más común en Tailandia aun en el invierno. El primer paso fue encontrar el stand del aeropuerto donde se ofrecía (principalmente para turistas) el recorrido hasta la zona donde nos íbamos a alojar y que maravillosamente costaba la mitad del precio en comparación con un taxi. Una señora nos vendió los tickects y debimos esperar que se juntaran más pasajeros para que nos llevaran hasta el lugar de encuentro.

Subimos a una camioneta tipo traffic; llegar hasta ella con las valijas y el intenso calor fue agobiante, y ni hablar de lo que significó  para el pobre chofer, que debió cargarlas y subirlas (pesaban 20 kg cada una). En una media hora estuvimos en la zona más turística: Khao San Road.

No era problema  comunicarse, el inglés fue nuestro idioma base; aunque, si no funcionaba bien, valían las señas, los gestos y las sonrisas como lenguaje universal. Los tailandeses fueron sumamente amables, la comida exquisita, las luces parecían que nos iluminaban solo a nosotras. Estábamos felices de nuestra elección, hasta de haber probado ese trago tan dulce que nos empalagaba el alma y que no pudimos recordar nunca más su nombre por más que nos esforzamos.

Estas sensaciones de bienestar no solo las percibimos en Bangkok; tanto en Koh Lipe como en Koh Phi Phi (islas tailandesas ubicadas en el mar de Andaman) nos sentimos igual de cómodas y encajamos perfectamente en sus entornos y en los que siguieron: cómo olvidar el desayuno que nos preparaba Amar, el conserje del hostel en la Isla Gili Trawangan (Indonesia), quién a nuestra vuelta de la playa nos recibía con los más ricos pancakes de miel y banana, y sonreía cuando le entregábamos el termo para que lo llenara de agua caliente. Habíamos tenido que explicarle qué era eso, lo tomábamos todo el tiempo y ya imaginarán los lectores, era nuestro preciado mate.

En Kuala Lumpur (Malasia) cuando pasamos más de cuatro horas esperando que las Torres Petronas (las torres gemelas más altas del mundo diseñadas por el arquitecto argentino Cesar Pelli) se iluminaran completamente. Un argelino que vivía allí  nos explicó que ese momento no llegaría hasta la medianoche, por lo que desistimos de nuestro cometido (contando que en el lapsus me dormí una siesta en el banco del parque donde habíamos decidido esperar).

En Katmandú (Nepal) el namasté y las sonrisas eran lo corriente ante cualquier interacción. Un joven que trabajaba en una tienda me explicó amablemente que los cuencos tibetanos eran solo eso, instrumentos musicales, y no como yo imaginaba: unos hermosos morteros. En Siem Reap (Camboya) nuestro guía en los templos nos contó cómo había aprendido a hablar español sin ayuda de nadie, solo valiéndose de la internet y los diccionarios; se esforzó en contarnos más de lo que incluye cualquier guía turística, quería hacernos entender su forma de vida, su idiosincrasia y sueños propios como el  de viajar a Londres algún día.

en kohn lipe, tailandiaA nuestro paso hallamos gente amable y dispuesta, olores a naturaleza y cultura ancestral, respeto por nuestras diferencias. Por momentos sentíamos que caminábamos por una línea imaginaria: éramos dos turistas extranjeras, pero por la forma en que nos trataban lográbamos sentirnos uno más entre ellos.

Nuestro vuelo arribó a Nueva Delhi a las veintidós horas. Mi compañera de viaje debió sacarse los anteojos y garabatear su firma para que el señor de migraciones confirmara que era ella quien quería ingresar a India; la foto de la visa y la del pasaporte no reproducían fielmente las características de quién tenía en frente y no paraba de hacerle preguntas por lo que tuve que salir en su auxilio (ella no habla inglés). Finalmente el funcionario se convenció de su identidad y plasmó el sello contra la hoja del pasaporte. Luego tomamos las valijas y nos dirigimos al sector de los taxis.

El taxista elegido sin saberlo no hablaba inglés, y mucho menos lo entendía; suponíamos que se comunicaba en Hindi, uno de los idiomas oficiales de India, por lo que el lenguaje de señas y el  smartphone se convirtieron en el mejor recurso posible. El bendito Google maps fue nuestro guía. Ingresamos la dirección del hostel y presionamos “cómo llegar” acercándoselo a su cara para que así comenzara el recorrido.

Por primera vez en todo el trayecto sentí angustia, ambas la sentimos; no sabíamos si el taxista había entendido la dirección o tomaba un rumbo desconocido, tal vez perfectamente planificado; solo nos quedaba confiar en él y en el Google maps, así que el resto del tiempo nos mantuvimos en silencio.

Cuando llegamos a la zona del hostel Main Bazar pasaban las doce de la noche, en la calle solo había hombres y el panorama que tuvimos a la vista era el de pasillos angostos que nos traían a la mente las villas emergencias del conurbano bonaerense. Este barrio de Nueva Delhi se caracteriza por la concurrencia de viajeros, sus precios son muy accesibles y existe una gran variedad de ofertas no solo en hospedajes, sino en lo que concierne a la venta callejera.

Desde la ventanilla el taxista consultó a varios hombres de diferentes edades que se encontraban en la calle reunidos en grupos. Fumaban y conversaban, tal vez descansaran luego de haber trabajado durante el día. Los hombres indicaron un lugar que no se veía a simple vista y el auto se puso en marcha. Llegado a un punto tuvimos que abandonar el auto y nos dejamos absorber por callecitas oscuras donde las pocas luces provenían de focos instalados de manera precaria en el medio de pasillos o locales que iban desde casa de comidas al paso, joyerías y hospedajes.

Las construcciones tenían un aspecto que yo defino: “a olvido”; poco mantenimiento en general, edificios antiguos y calles sucias. Los pasillos acumulaban restos de basura por doquier. Doblamos a la derecha, a la izquierda; nuevamente preguntamos a unos jóvenes sentados en el umbral. Miraban a la nada mientras parecían mascar vaya a saber qué cosa. Al fin descubrimos una puerta de vidrio sobre la cual, en letras grandes de color blanco, podía leerse: “Prem Deluxe”. Entramos y preguntamos si se trataba de nuestro lugar de hospedaje y, sí, por suerte era allí donde estaba nuestra reserva, así que con el peso sobre nuestras espaldas de todo un día de viaje volvimos a respirar.

Como nuestra estancia en la India iba a ser de cuatro días y nuestras ganas estaban puestas en completar el llamado triángulo dorado (Nueva Delhi, Agra y Jaipur) apenas pusimos un pie en el hospedaje comunicamos al conserje la posibilidad de gestionar los pasajes de tren que cubrieran esa ruta. Ahí volvimos a respirar, primero porque hablaba un perfecto inglés y segundo porque se ofreció para ocuparse de todo. Era la una y media de la mañana y el primer tren partía a las siete.

Decidimos que mientras gestionaba los pasajes subiríamos a la habitación para organizar el equipaje. Hasta tuvimos tiempo de descansar un rato en la cama donde gran susto nos llevamos, porque sin previo aviso la puerta se abrió y vimos entrar a un muchacho diciendo a viva voz: “Passport, passport”. Nos miramos desconcertadas, le dijimos que bajaríamos de inmediato y por primera vez en todo el trayecto pusimos traba a la puerta de una habitación donde habríamos de dormir.

Sentimos el acoso (no sexual) y la impronta de ser dos mujeres solas en un lugar donde la figura masculina prevalece

Un incidente semejante nos volvió a ocurrir minutos más tarde: escuchamos un sonido y paralizadas descubrimos cómo el picaporte de la puerta estaba girando. Era el mismo joven, quería avisarnos que el conserje necesitaba otros datos nuestros. Allí definitivamente no respetaban la privacidad.

Nos levantamos a las seis de la mañana, subimos al “autorickshaw” denominado coloquialmente como: “tuk tuk” (típico medio de transporte en casi toda Asia, que consiste en un vehículo triciclo motorizado). El conserje lo había contratado, aunque se pueden tomar en cualquier lugar de la ciudad ya que circulan por las calles en busca de pasajeros necesitados de no lidiar con el tráfico caótico de Nueva Delhi. Tomamos el tren, estábamos a punto de desmayarnos de cansancio.

En Agra, ciudad situada a 200 km de Nueva Delhi, en el norte de India, que se le conoce como la Ciudad Blanca, y ya se imaginaran por qué, nos esperaba el gran Taj Mahal, pero antes, a la salida del andén, un tumulto  de hombres se abalanzó sobre nosotras queriéndonos vender el mítico paseo al palacio. En ese momento, por primera vez, sentimos el acoso (no sexual) y la impronta de ser dos mujeres solas en un lugar donde la figura masculina prevalece, por ejemplo son hombres quienes atienden el negocio en los mercados; los guías turísticos y el transporte son manejadas por hombres.

Entre Agra y Jaipur fuimos testigos de los famosos timos que tanto se mencionan, nunca nos libramos de decenas de vendedores a nuestro alrededor, algo que, entiendo, es consecuencia del contexto de desigualdad social y pobreza del país. A modo de ejemplo: durante el año 2016 se realizaron protestas en pos de que se establezca el salario mínimo en 270 dólares cuando no llega a los 50. Por ejemplo, en Argentina, el salario mínimo, vital y móvil, alcanza los 490. Por estos motivos la interacción con el mercado turístico constituye una forma de subsistencia y mejora la calidad de vida. Los precios son irrisorios, por ejemplo una manta hindú que en Argentina puede estar en mil pesos se compra por 75 pesos en India.

recorrido de yesicaEn Delhi decidimos caminar cuanto pudiéramos para conocer verdaderamente el lugar: las bocinas, el ruido, los gritos formaban parte del ambiente; una y otra vez nos preguntábamos dónde había quedado eso de la espiritualidad y la meditación. Entre nuestras paradas estaba  Raj Ghat, monumento dedicado a la memoria de Mahatma Gandhi. La ida y la vuelta a ese lugar nos marcó definitivamente por lo que contaré a continuación: en el camino de ida, y siendo 8 de marzo de 2017, nos topamos con la zona de universidades. Para nuestra sorpresa sucedían manifestaciones por el Día Internacional de la Mujer y compartimos con ellos, nos tomamos fotos y sentimos que por fin las mujeres aparecían como parte de la escena de Nueva Delhi.

Seguimos nuestro rumbo y llegamos al monumento. Sí que se siente la paz en ese lugar; lo recorrimos, lo disfrutamos y decidimos emprender la visita de otros sitios. Eran alrededor de las 15 horas, caminábamos  a la vera de un gran parque y de una avenida cuando de repente dos hombres comenzaron a mirarnos fijamente y a seguirnos. Nunca sentí tanto miedo en mi vida, nunca me sentí tan vulnerable, por primera vez pensé en la inseguridad como una sensación que te ahoga. Apuramos el paso, sin mirar hacia atrás, y por suerte el cruce con una calle hizo que hubiera más tráfico y que estos hombres desaparecieran de nuestra vista.

Después de ese incidente solo vine a respirar aliviada cuando tomé el vuelo a Katmandú, ahí  mi compañera de viaje y yo charlamos libremente de nuestra experiencia en India, de cómo nos impactó en nuestros cuerpos y en nuestra subjetividad. El dolor de no poder ser libres, de confirmar que nuestro único límite era el ser mujer, mujeres solas en un lugar donde se respira patriarcado en sentido literal.

mujeres de la indiaIndia es un país único con colores que se te quedan en la retina, con olores inolvidables, con gente como el taxista o el conserje que nos ayudaron en todo momento, y también un lugar donde ser mujer y libre pesa como las pocas actividades que les vimos realizar: cargar fardos sobre sus hombros o barrer con las escobas.

 


Yesica Montagna, mitad Pehuajense-mitad Platense, vive en La Plata, tiene tres gatos (Gordo Luis, Juanito y Coquita), estudió abogacía y trabaja en un organismo de derechos humanos. Piensa que la mejor inversión es viajar, y sus amigos su mejor virtud. Ama cocinar y en cada país que ha estado probó las comidas típicas como parte de una de sus certezas: la gastronomía define muchos aspectos de las poblaciones.

Fotos: cortesía de la autora.

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