¿Quién era ese hombre de bigotes vestido con traje y pose serena?, ¿a quién importaba su identidad?, ¿a quién interesa si algún rastro suyo quedara o si por el contrario fue tragado ya por la ciudad, devorado sin dejarnos más que estos rastros inservibles?


El cubano Gerardo Suárez se considera un trotamundos sentimental


¿Cómo se eligió viajar a la Argentina?, ¿cuáles fueron las razones del proyecto personal o familiar?, ¿cuáles las urgencias que impusieron la salida? Preguntas hechas a quien visita el Museo de la Inmigración. Ocupa el tercer piso de lo que fuera el antiguo Hotel de Inmigrantes, diseñado por el húngaro Johannes Kronfuss a comienzos del siglo pasado.

El edificio es un enorme rectángulo de amplios ventanales, pequeños cristales engrampados como mosaicos en madera y a través de los que puede divisarse el río. De ocupar una posición conveniente cualquiera logra atisbar la distancia donde se juntan agua y cielo dejando en uno esa rara sensación que otorgan los límites.

DSC_1927Fue levantado junto al desembarcadero, de manera que quienes llegaban a estas tierras australes no tuvieran que desandar mucho para pasar la primera noche a resguardo. Algunos permanecían días y semanas allí, a la espera de que sus familiares fueran a su encuentro, como a salvarlos de la incertidumbre en ese otro mundo al que acababan de llegar.

Ahora nadie duerme en sus camas de hierro y lona, sino que los emigrantes posiblemente, como yo aquella tarde de agosto, tarde invernal, gris, fría y dominada por una lluvia leve, se estuvieran moviendo con cámaras fotográficas, en grupos o en solitarios, por la razón aparentemente simple, si fuese simple esta razón, si acaso fuera esta la razón, de matar el tiempo visitando un museo.

¿Para qué visitar un sitio destinado a recuperar la memoria de los emigrantes un día en el que no se celebra nada en particular que los recuerde y cuando el clima era, sino adverso por lo menos desfavorable? Para conocer de la suerte de otros, tal vez sea la respuesta; de otros que como yo llegaron a la Argentina de manera temporal o definitiva, de otros que espiritualmente también estarán conectados de por vida con esta zona del mundo que en ocasiones pareciera el fin.

Alguna extraña curiosidad debe haber impulsado a que nos abandonáramos en la ciudad un sábado que imitaba al domingo. Primero agarré un colectivo, vaya nombre a las guaguas que no acabo de fijar,  y después estuve saltando charcos y cruzando amplias avenidas que solo eran transitadas por rastras colosales en el rumbo tal vez del puerto.

DSC_1947La zona era tan solitaria como el lugar que da nombre a la avenida que pasa frente: Antártida. Había que pasar una garita, un pasillo de piedras entre las cuales crece el musgo y la yerba gruesa; había que doblar, seguir entre árboles que por la estación permanecían secos y espigados.

Subí unas escaleras y ya veía los pasillos amplios, antárticos por los azulejos blancos y gastados. La frialdad de la calle estuvo dominada por la calefacción. Enseguida descubría fotografías y pequeños objetos dentro de urnas.

No significaba demasiado lo que estaba viendo: soldados de plomo, pedazos de papel, espejuelos, un reloj de bolsillo y un retrato. ¿Quién era ese hombre de bigotes vestido con traje y pose serena?, ¿a quién importaba su identidad?, ¿a quién interesa si algún rastro suyo quedara o si por el contrario fue tragado ya por la ciudad, devorado sin dejarnos más que estos rastros inservibles?

Una inscripción avisa que siglos atrás llegaron cientos de miles de españoles e italianos, emigrantes a los que en un principio trataron de ridiculizar con los apelativos de “gallegos” y “tanos”; quienes buscaban poblar estas tierras aspiraban a hacerlo con gente del norte europeo, que sabían desarrollado y próspero por su inteligencia. Toda aquella gente trajo también sus logros y preocupaciones, fundaron industrias, popularizaron sus comidas, crearon editoriales, se pusieron a pensar un país y el país fue creciendo a su medida.

DSC_1926Desde el moderno elevador se puede observar un trozo grande de la fachada. El estilo es italianizante y está rodeado de extensos jardines. La vegetación que lo rodea va desde poderosos árboles hasta impresionantes enredaderas que se han ido adueñando de muros y paredes. Nadie se detiene en los bancos porque la llovizna no cesa, obliga a un andar apurado, sosegado solo si se lleva un paraguas. Sin embargo, flamea la bandera, único lugar donde podía verse un sol.

¿Cuáles fueron las razones del proyecto personal o familiar que nos hizo viajar? Pienso en la pregunta. Otras interrogantes se leen en las paredes, pero probablemente se repitan  en tinta invisible a lo largo de la instalación, edificio que transfiere el espíritu de los hombres y mujeres llegados tiempo ha, en barco, cruzando mares y dejando en sus fondos no solo recuerdos y sueños, que también se sentaban sobre la cubierta a pescar, sino familiares, amigos o desconocidos que muertos en alta mar terminaron alimentando a los animales marinos, desintegrándose en el olvido, olvidándose.

¿Acaso no se olvida a quien se desintegra en la ciudad? Porque la ciudad ejerce el efecto de cualquier océano y los seres que la habitan son como los animales de las profundidades. Cuando el recién llegado cae entre tantos y colosales edificios empieza a desintegrarse, y desaparece si acaso no logra emerger a tiempo hasta la superficie.

¿En qué momento llegó el primer cubano ?, ¿cuántos coterráneos estarían por aquí? Veo un barco, la maqueta de un barco, la reproducción de un barco sobre el que tanta gente se trasladó a los confines. Alrededor, unas veinte personas escuchan lo que explica la guía valiéndose de un micrófono que lleva adjuntado a su cabeza. Es una mujer joven y habla de todas esas personas que en diferentes momentos han llegado a la Argentina. Yo había llegado, también, como ellos, y escuchaba. ¿Cómo se eligió viajar hasta aquí?, ¿por qué poderosos motivos?


Gerardo Suárez nació en Tacámara, Holguín, lugar que abandonó de niño. Desde entonces se ha propuesto, como algunos poetas, jamás pisar dos veces el mismo suelo (con la excepción del suelo de este magazín). Advierte que aunque la lectura es uno de sus mayores placeres, junto al dominó, odia hablar de escritores y libros.

Fotos: Lez

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