Escocia decía

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El 24 de junio de 2016 el Reino Unido llevó a votación su permanencia en la Unión Europea. Con inquietud y angustia tres millones de inmigrantes europeos vivieron este momento.


saraSara García vive en Edimburgo


La luz del teléfono me despertó. Eran las tres de la madrugada del 24 de junio de 2016, Reino Unido votaba sobre su permanencia en la Unión Europea, de la que había sido miembro privilegiado desde 1973. Yo había estado en un sobresalto ante el resultado, despertaba a cada rato como impulsada por un reloj interno. Había abandonado el sur de España hacía apenas un año para radicarme en Edimburgo; no estaba preparada para la idea de tener que empezar de nuevo en otro lugar.

De momento, y tal como me anunciaba Google, no parecía haber razón para el pánico, aunque sólo ligeramente la balanza se inclinaba a favor de los que optaban por quedarse. Era de esperar. Nadie se arriesgaba a decir que la votación iba a ser poco ajustada.

Pero el Reino Unido no podía salirse, lo sabíamos. En la cafetería, los empleados inmigrantes lo asegurábamos mediante murmullos entre cliente y cliente. No podían irse, toda su comida venía de Europa. No podían irse, todos sus jubilados ponían sus cuerpos a dorarse en las playas mediterráneas. No podían irse, eran los únicos que no habían tenido que aceptar el euro.

No podían, no podían, no podían. No nos odiaban tanto.

scotland-brexit-scotlandEso nos repetíamos y, sin embargo, la incertidumbre se enredaba en nuestras costillas y nos apretaba el corazón. La votación del tristemente famoso Brexit no había surgido por motivos económicos o de soberanía. Claro que los políticos proclamaban lo contrario desde sus tribunas, lo escupían a las muchedumbres nostálgicas de imperio y clases. El Brexit decían, sería una vuelta a la libertad y a un porvenir más próspero. ¡No más dinero a la Unión Europea! ¡No más legislación desde Bruselas!

Y la gente lo creía. Durante los meses de campaña del referéndum una parte de la ciudadanía británica fue olvidando, ayudada por los medios, que su puesta en práctica no había sido más que una concesión de David Cameron a los miembros y votantes más euroescépticos – más xenófobos – de su partido. El entonces Primer Ministro accedió a realizar la encuesta con tal de no seguir perdiendo votantes frente al  Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP, por sus siglas en inglés) que abogaba desde sus inicios por la salida de la Unión Europea. El UKIP era el partido de quienes querían que Reino Unido fuese un país libre: libre de inmigrantes, libre de personas no blancas, libre de homosexuales, de feminismo y de cualquier otra cosa que amenazara la idea casi decimonónica de lo que Reino Unido debería ser. Por supuesto, la Comunidad Europea era vista como uno de los principales enemigos de semejante visión ya que permitía la libre entrada a extranjeros, quienes se quedaban con los trabajos, cobraban ayudas y colapsaban el Sistema Nacional de Salud, entre otras afrentas. Básicamente, los inmigrantes somos culpables de casi cualquier mal que se nos pudieda atribuir para, a nivel nacional, evitar responsabilidades.

Aunque para el Primer Ministro la apuesta parecía, segura los cabales británicos no iban a votar un posible suicidio nacional sólo porque les molestase que su camarero le atendiese con un acento italiano o  su fontanero fuera de Varsovia en vez de Leeds.

No era sorprendente, pues, que los ciudadanos tories estuviesen cambiando sus votos en masa por aquel neófito político; como tampoco lo fue que Cameron hiciera lo imposible, lo ridículo y descabellado, para mantener dichos votos a su favor. El referéndum no había sido más que una estrategia desesperada de quien prefería arriesgar el país a perder votantes.

Aunque para el Primer Ministro la apuesta parecía segura, los cabales británicos no iban a votar un posible suicidio nacional sólo porque les molestase que su camarero le atendiese con un acento italiano o  su fontanero fuera de Varsovia en vez de Leeds. También estaba la cuestión escocesa: tan sólo dos años antes se había celebrado la votación por la independencia del Reino Unido. El Partido Nacionalista Escocés (SNP, en inglés), progresista, había querido convencer al pueblo de que había llegado la hora de separarse políticamente del resto de la isla británica. Escocia llevaba más años de los que merecía siendo gobernada por Londres, contra sus intereses, dijeron. Había que tomar las riendas del país, de gobernar conforme a sus ideas de izquierdas y no a las conservadores y salvajemente liberales que le imponían desde Westminster. Y casi lo consiguieron.

El independentismo escocés rozó su sueño de libertad en aquel verano de 2014, perdiendo sólo por un margen de dos puntos. La única razón por la que no lo consiguieron fue por el miedo a, una vez fuera de Reino Unido, verse también fuera de la Unión Europea. La población escocesa votó quedarse junto a Inglaterra, Galés y el Norte de Irlanda para poder permanecer también en la Comunidad. ¿Cómo iban a obligarlos a salirse, a tirar por la borda la única razón por la que no se habían independizado? Escocia votaría en masa en contra del Brexit. Escocia empujaría la balanza a favor de la permanencia.

Eso decía David Cameron, eso decía mi supervisor griego mientras lavábamos los platos. Eso me repetía yo aquella madrugada mientras miraba el móvil, rogando que creciera la barra de los resultados por la permanencia y se acabara aquella tortura.

Escocia llevaba más años de los que merecía siendo gobernada por Londres, contra sus intereses dijeron. Había que tomar las riendas del país, de gobernar conforme a sus ideas de izquierdas y no a las conservadores y salvajemente liberales que le imponían desde Westminster. Y casi lo consiguieron

De nuevo me quedé dormida en algún punto de la noche, la ansiedad había agotado mis energías. Para cuando volví a despertar, todavía con el teléfono en la mano, las cinco letras negras que formaban la palabra “Leave” se clavaron en mis ojos. El pueblo había hablado. Con sólo el 52% de los votos a favor, Reino Unido decía adiós a Europa.

− ¿Qué pasa? – la voz de Cian,  somnolienta, aún atrapada por su almohada. En otras circunstancias me habría sobresaltado. Aquel día ni siquiera reaccioné.

− Se van de la Unión- dije. No le miré. Intencionadamente no le miré, porque no quería que viera como mi pena y mi angustia se escapaba mejilla abajo.

− Oh – ahí estaba toda la debilidad que mi pareja iba a mostrar, contenida en una sola sílaba: ¡Eh!, venga – me acarició el hombro suavemente – No estés triste, por favor.

− Nunca me había sentido odiada por este país hasta ahora – dije y cuando pronuncié aquella frase fue como si, con un certero golpe de puntilla, hubieran tirado abajo el último pilar que me contenía. Cian me abrazó mientras todos mis miedos se desparramaban por la cama.

∗∗

Llegamos a Edimburgo casi a la medianoche de un día de agosto. Estábamos cansados, dolidos de cargar maletas y presos de un temblor nervioso parecido a miles de hormigas recorriendo nuestras venas. Éramos dos españoles más huyendo de la crisis que seguía azotando Europa, dos recién graduados sin experiencia laboral significativa, dos imbéciles temerarios que querían labrarse un futuro aunque fuera escarbándolo con uñas y dientes.

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Los primeros días en aquella ciudad de piedra y musgo fueron acelerados, yendo de un lado para otro tratando de asentar lo más rápidamente posible las bases de nuestra vida allí. ¿Cómo descansar? Teníamos que conseguir el número de la Seguridad Social; pero para eso necesitábamos una prueba de residencia. ¿Dónde conseguirla?, preguntábamos a nuestros amigos. Con una carta de un banco a nuestro nombre valía.

Íbamos corriendo al banco, donde a su vez nos pedían el número de la Seguridad para abrir una cuenta. La pescadilla que se muerde la cola. Mientras intentábamos resolver la paradoja echábamos currículos por todas las cafeterías, hoteles y tiendas a nuestro paso y acordábamos con una chica de Málaga la mudanza a una habitación de su piso por el módico precio de quinientas cincuenta libras el mes, facturas aparte. Conseguimos abrir una cuenta en un banco – estaban perdiendo dinero a raudales y aceptaban a cualquiera  con pasaporte válido, nos enteramos después −; con eso llegó el número de la Seguridad Social, gracias al que también pudimos acceder a la Sanidad y arreglar otros cuántos trámites.

A principios de septiembre habíamos dejado un dormitorio de albergue compartido con otras seis personas para trasladarnos a un piso en un barrio humilde con Isi y su ruidoso labrador. El trabajo no tardó en llegar – nos convertimos en dos pedazos más de carnaza para la industria hostelera – y pronto nos fuimos relajando y asentando en el modo de vida escocés.

Lo que pocos saben es que en el proceso psicológico migrante, justo después de la asimilación, cuando crees que ya te has acostumbrado a tu nueva realidad, cuando por fin tienes un respiro y el estrés de los primeros meses se disipa llega el mazazo del duelo. Me empecé a dar cuenta que no estaba en un viaje, que me había ido de verdad con todas sus consecuencias. Mis amigos ya no estaban y los que conseguía no llenaban el hueco que aquellos habían dejado. Sentía que una conversación de diez, veinte, cuarenta minutos con mis padres no podía sustituir algo tan simple, y a la vez tan cálido, como sentarme con ellos a cenar.

Pero, ¿acaso no me había ido yo por una razón?, ¿acaso el que yo regresase a España iba a hacer que de repente Cian o yo tuviésemos más oportunidad de la que habíamos  tenido meses antes?

El invierno se acercaba y cada vez era más consciente de lo poco que había apreciado los cielos limpios y brillantes de Andalucía, la facilidad con la que los extraños se convierten en conocidos tras una simple conversación en la cola del autobús, lo agradable que es salir a una terraza con cualquier pretexto y charlar mientras el sol pica en los hombros. Lo echaba de menos todo. Tanto, que a veces rogaba que hubiese alguna forma de deshacer aquello, pulsar algún botón y volver a mi vida anterior. Pero, ¿acaso no me había ido yo por una razón?, ¿acaso el que yo regresase a España iba a hacer que de repente Cian o yo tuviésemos más oportunidad de la que habíamos  tenido meses antes? Aplicando la lógica, apretando los dientes y confiando en nuestra decisión, seguí. Seguimos.

Después de todo, también hay cosas agradables. Edimburgo es infinitamente más multicultural de lo que mi ciudad natal puede llegar a ser en veinte años. Ver tantos rostros diferentes, oír tantos lenguajes con tan sólo recorrer cien pasos y tener acceso a tantas partes del mundo en una sola ciudad es un verdadero privilegio. La burocracia británica es más efectiva que la española – que de tan ridícula está siempre asociada a la frase: “vuelva usted mañana” –, y las condiciones de su mercado laboral, sin importar el sector, mejores.

castillo(1)Los escoceses son, por lo general, más abiertos y amigables que los ingleses. El orgullo que sienten por su tierra no es hostil y egoísta, sino que desean compartirlo con todo aquel que venga de afuera. ¡Y con Edimburgo hay tanto de lo que enorgullecerse!; de las calles de casas centenarias, de las cúpulas azules y doradas de sus edificios, de los enormes jardines que manchan de verde la ciudad todo el año junto al castillo, que vela desde lo alto de una colina. Podría tratar de hacer la descripción más detallada posible, y aun así no alcanzaría a captar la belleza de esta urbe.

Por eso el resultado a favor del Brexit fue para mí como un lanzazo. ¿Cómo observar que el lugar en el que estaba empezando a crear mi vida ya no me quería?

∗∗∗

Después de conocidos los resultados de la votación me fui corriendo al trabajo sin mirar el móvil, sin leer ningún periódico digital o lo que se comentaba en las redes sociales. No quería saber, no quería pensar. No en aquel momento.

Más tarde, después del trabajo, Cian y yo salimos a dar un paseo. Mientras subíamos la Royal Mile le contaba que en la cafetería toda la plantilla inmigrante había hecho su trabajo sin dirigirle la palabra más de lo estrictamente necesario a la cocinera escocesa. Había votado abandonar la Unión Europea y lo proclamaba como un movimiento inteligente.

− ¿Cómo puede pensar eso? – me preguntó Cian.

− Dice que todo será igual, pero más barato – resoplé.

Mientras ambos valorábamos la ignorancia de aquel argumento y veíamos nuestra estabilidad tambalearse pasamos por delante de un gaitero. Estaba parado junto a la estatua de David Hume. Tocaba la Novena sinfonía de Beethoven. El himno de la Unión Europea.

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Cian, yo y otros tantos nos detuvimos a escucharlo. Sentí como la música, aquella melodía que siempre había sido de mis favoritas, se deslizaba por mis orejas hasta el centro de mi pecho y lo llenaba de calor. Sentí que alguien me decía, a mí y a todos los que aquella mañana nos habíamos despertado sin saber qué iba a ser de nosotros, que no estábamos solos.

Poco después, Edimburgo se manifestaba en masa en apoyo a los inmigrantes europeos. En las noticias, Nicola Sturgeon, Primera Ministra de Escocia, lanzaba un mensaje asegurando que todos eran bienvenidos en Escocia. En el resto de Reino Unido había ataques xenófobos, Cameron resignaba lavándose las manos de su propio estropicio; los tories se pasaban la patata caliente del Brexit unos a otros y los laboristas no querían pronunciarse.

Pero Escocia, la valiente Escocia, hablaba y decía: aquí no hay lugar para el odio.

Le di todo el dinero que llevaba a aquel gaitero. Aquel fue un día confuso, incierto. Creo que todos los inmigrantes europeos nos sentimos, en un momento u otro, como si nos acabaran de quitar la alfombra de debajo de los pies. Pero también fue el día en el que Edimburgo me demostró que había valido la pena luchar por hacerlo mi hogar.


Sara García nació en Sevilla. Desde pequeña soñó con escribir y por eso se licenció en Periodismo. La crisis la hizo emigrar junto a su pareja. En Escocia ha trabajado en la hostelería y actualmente en el Servicio de Atención al Cliente de un fabricante de móviles. No para de escribir y lleva las comunicaciones de la Oficina Precaria de Edimburgo, una ONG encargada de apoyar legal y emocionalmente a los inmigrantes.

En portada una foto de Alex J. White tomada de Flickr: CC BY-NC 2.0. También: Getty Images y Sara García.

 

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