Catástrofes

bitácora

¿A qué aspira quien abandonó su lugar si no a ser recordado por los suyos? Nada vale tanto como mantenerse intacto en la mente de aquellos a los que se quiere; las otras ausencias de alguna manera son reparables, o apenas importan porque uno no es consciente de ellas.


El cubano Gerardo Suárez se considera un trotamundos sentimental


Cuando parecía tener la concentración necesaria para volcar algunas ideas sobre la hoja proyectada en la pantalla de la computadora supe de esos huracanes que campean por el Caribe. Son ojos espectrales, organismos microscopios si se les comprende a partir de la imagen que ofrece el Google Maps. Incrementados se vuelven inmensos y van tomando la figura de lo que en realidad son: terribles tempestades que con brutalidad intentan barrer y barren pueblos completos para que así, luego, las compañías constructoras tengan algún tipo de solvencia.

Es ley de la vida y de la propia naturaleza. Los árboles pierden las hojas a la llegada del otoño para permitir que los disminuidos rayos del sol alcancen aquellos organismos que de su luz dependen cuando arrecia el invierno, las aves vuelan a otros territorios en busca de mejores condiciones para la reproducción, las semillas tienen formas y modos óptimos que les permite trasladarse a mejores terrenos, los volcanes eructan el magma que ayudará para una mejor salud.

hojasTengo un amigo propietario de una de esas compañías constructoras que viven de las consecuencias de los desastres. Su trabajo consiste en reparar y colocar cubiertas en el estado de la Florida, aunque más de una vez ha saltado a otras zonas por falta de una buena calamidad.

Mi amigo tiene catálogos donde muestra el resultado de sus obras, y tiene también algunos empleados de quienes se siente responsable.

Es uno de esos cubanos que salieron de Cuba en la niñez sin un centavo y que deben lo que son a miles de horas de desvelo continuado, padeciendo la extranjería y aprovechando los resquicios de un sistema que les dio la oportunidad negada por otro en apariencia más consecuente.

No dudo de su calidad humana, pero en el fondo de su buen corazón este amigo se alegra cuando se anuncian tormentas, tornados, huracanes y alguna que otra destrucción. Las catástrofes naturales significan trabajo seguro y garantía de empleo para sus obreros, padres de familias, gente buena seguramente.

Hace mucho no veo a este amigo mío pero sé que anda atareado luego del paso del último ciclón, aquella Irma destructora que asoló islas y también a un trozo de los Estados Unidos. Por eso, cada vez que un huracán surge en el océano, cuando ya es probada que su trayectoria incluya la Florida, pienso en él aunque antes haya pensado en mis familiares y amigos esparcidos por ciudades y campos cubanos, sin compañías constructoras que pongan en sus lugares los techos si acaso lo perdieran.

También pienso que hay circunstancias peores que las de un huracán.

Casualmente por estos días ha sucedido lo del terremoto en México, manera horrible a través de la cual la naturaleza decide sacudirse, quizá deshacerse de muchos de nosotros. Y probablemente en esta limpieza los que más pierdan sean los que menos daño causan al medio ambiente. A fin de cuentas, lo dice el refrán: la soga siempre se rompe por el lado más débil.

Una imagen de México ayer pareciera un cuadro de la edad media, el humo, el polvo y la niebla se imponían por sobre las construcciones, pulula un halo nefasto por sobre la ciudad. De haberse podido escuchar, habría oído los gritos y lamentos de quienes lo han perdido todo; es decir, han perdido objetos preciados, de esos cuyo valor radica en lo que encierran como recuerdo; también retratos, ropas y elementos aún más pedestres. No cabe en las fotos el dolor de quien perdió un familiar. No cabe la perdida humana.

Sin embargo, y es esto un dato para consolarse, ni los huracanes, ni los terremotos, ni ninguna de las catástrofes naturales que azoten nuestras tierras nos harían perder lo más importante que tiene un ser humano consigo, ese artefacto cardinal que en el emigrante o viajero, o inclusive en quien alguna vez partió de su casa y se ha demorado en volver, tiene como maquinaria preciada, brújula, bitácora, razón de vivir; la memoria.

¿A qué aspira quien abandonó su lugar si no a ser recordado por los suyos? Nada vale tanto como mantenerse intacto en la mente de aquellos a los que se quiere; las otras ausencias de alguna manera son reparables, o apenas importan porque uno no es consciente de ellas.

Cualquiera consigue atisbar por segunda vez el parque de la infancia aunque de él no queden más que dos de sus bancos maltrechos, podemos visitar la casa vetusta, volver a caminar por donde estuvo una calle, reencontrarnos con la primera novia y hablar; pero, nada podemos hacer para supervivir en la memoria que se derrumba carcomida por el tiempo y la vejez. También en ello pienso por estos días de catástrofes naturales.

fragmento

Había llamado a mi madre. Tiene ochenta años, enfermedades y huesos rotos, aunque sigue en apariencia fuerte. Me había comunicado para saber cómo reaccionaba ante los golpes de la naturaleza y hubo de devolverme lo que vendría siendo un mal pronóstico en la meteorología.

Estamos a miles de kilómetros, nos separan islas y océanos y montañas y ciudades con sus miles y millones de habitantes, incluso con sus selvas pobladas de animales fieros y trepadoras densas que les permiten a los microorganismos persistir. Pero ante mi pregunta de si estaba bien solo tuvo una interrogante en otro tiempo agradecida. “¿Y tú?”, dijo: “¿es segura tu casita?”

Escuchándola advertí la anunciación del peligro, uno peor que el de cualquier catástrofe ya estaba allí moviéndose libremente por su torrente. Significaba lo evidente, el anuncio y la certeza de  que el viajero empezaba a ser olvidado por aquella persona que lo engendró. El lugar donde había existido por años, incluso mucho antes de que su cuerpo hubiera sido visto por alguien, empezaba a desmoronarse llevándose consigo la mejor representación que de sí se tuviera, acaso la más firme y contundente, algo de él entonces también había empezado a disolverse en la nada.


Gerardo Suárez nació en Tacámara, Holguín, lugar que abandonó de niño. Desde entonces se ha propuesto, como algunos poetas, jamás pisar dos veces el mismo suelo (con la excepción del suelo de este magazín). Advierte que aunque la lectura es uno de sus mayores placeres, junto al dominó, odia hablar de escritores y libros.

Fotos: Lez

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