Sonidos de espanto y muerte

registro de un observador

En el pasado número y bajo el título “Cronología de cosas que fueron aconteciendo”  presentamos la primera parte de este texto, originalmente una serie de mensajes de correo electrónicos destinada a familiares y amigos. Hoy culminamos la entrega, testimonio de lo que vio y sintió el autor mientras se desempeñaba como corresponsal en Damasco, Siria, de la agencia de noticias Prensa Latina.


luis brizuelaLuis Brizuela es periodista radicado en La Habana


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Diciembre de 2012

Mi amistad con Fady crece por días. Le debo en gran parte el conocimiento que poco a poco adquiero sobre hábitos y costumbres de este país. Ha dejado de ser el “molesto” gallo de mi desentrenado espíritu de madrugador para convertirse en el colega imprescindible que saca del apuro cuando guardias de seguridad o custodios solicitan pasaporte, indagan, cuestionan mi presencia en algún sitio. Comparto con él varias horas de cada jornada, desde el temprano recorrido que hacemos hasta el Ministerio de Información -donde trabaja-, pasando por la humeante taza de té de la cual me ha hecho aficionado como parte del desayuno. Luego es mi brújula en los largos recorridos por oficinas de trámites, zonas de la ciudad, mercados, calles y avenidas; traductor siempre de los crípticos caracteres y diálogos en árabe.

A Fady le duele la violencia que sacude y desangra su país, añora los días en que solía sacar a sus pequeños a cualquier parque, sin temor de que una bala o un coche bomba le arrancara sus mejores frutos con alevosa impunidad. La guerra lo ha privado de muchos amigos. Uno de su misma edad, con quien creció en la natal aldea de Rabow, cerca de Myssiaf, provincia de Hama, falleció día atrás, perdido en la nebulosa de un coma irreversible después que un proyectil opositor le atravesara el cuello y fracturara tres vértebras.

Atentado con coche bomba frente a casa - 29 abril 2013 B

Atentado con coche bomba. 29 abril 2013.

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuenta con nostalgia de las blancas noches de un Damasco siempre insomne, de gente despreocupada caminando a deshoras, de zocos y comercios a punto de reventar, de plazas sin mendigos ni mujeres pidiendo limosnas, del frenesí turístico que oteaba cada rincón de un país de milenaria historia. Los perros de la guerra mordieron esa paz, y aunque no lo dice, sé que a Fady, como a una gran cantidad de sirios, también. “¡Hay, Siria! ¿Qué te han hecho?”, lo he oído lamentarse en varias ocasiones. Y en ese momento siento algo de vergüenza por pensar en tantas ocasiones que esta guerra no es mía, de observar la situación del país con ojos y actitud de turista, escudando cualquier consideración en lo estrictamente profesional.

¿Cómo permanecer imparcial cuando, por los motivos que sean, se asesina a gente inocente, niños que no saben nada de política, mujeres que solo viven para atender a sus esposos e hijos? ¿Es justo que mueran por odios o mezquinos intereses de algunos, gente como Fady, su esposa, hijos, amigos? Da lecciones de dignidad y entereza sin pronunciar palabra, cuando va al mercado y compra la mercancía del más humilde de los vendedores, de quien todos se burlan por tener las naranjas un poco más pequeñas que el resto. Con él voy aprendiendo lo mejor del alma siria, su nobleza y gallardía, su alegría y constancia para salir adelante.

Me llama con premura cuando explota un coche bomba o lanzan un mortero cerca de mi apartamento. “No salgas de la casa, no te muevas”, aconseja; y le hago caso como a un hermano mayor. Siente que mi vida está en sus manos: se ha convertido en mi talismán; quizás en el más corpóreo de los tantos ángeles de la guarda que aquí me acompañan.

Espada de Damasco

Monumento conmemorativo de la Espada Damasquina. Plaza de los Omeyas. Damasco.

El día que parta hacia mi tierra sentiré despedirme de él. Será uno de los tantos sinónimos o imprescindibles recuerdos que vengan a mi mente cuando alguien me pida valorar, narrar los aspectos más importantes de mi viaje por el mítico país del Levante.

 

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“En ocasiones es necesario alejarse de la cosas, para verlas de cerca”. Ignoro de quién es la frase. Hace unos días la recordé cuando escribía a un buen amigo. La retomo porque resume la condición de viajero en la que me he convertido, hambriento de mundo y nuevas experiencias, pero que no ha olvidado el lugar de donde proviene ni a sus seres queridos.

Ando distante de casa y el año toca a su fin. Tiempo de recuento y de nostalgias multiplicado. La fecha obliga a hacer un alto, valorar lo recorrido, pautar nuevas metas de cara al porvenir. Los doce meses que culminan fueron especialmente buenos para mí. Nunca hice tantas cosas ni viví a la velocidad que me impusieron estos 365 días. El arribo a los “ta” marcó un viraje en actitudes, conceptos, planes. Año de hallar nuevos amigos y salir a explorar otras partes del mundo por vez primera. Periodo de viajes hacia adentro y hacia afuera. Crecimiento, madurez, esperanzas renovadas, podría resumir.

En la lejanía cada momento agradable o doloroso destapa la evocación de familiares y amigos: los queremos cerca para compartir los ratos buenos; lejos, para evitar que teman o sufran ante escenas y noticias desagradables

Viajar cambia las perspectivas, aclara el cristal por donde se asoman nuestras valoraciones, destierra dogmas; despeja el camino hacia la tolerancia, el respeto y el reconocimiento de diferentes maneras de ser, pensar, actuar. Viajar concreta sueños y puede llegar a sobrepasarlos; abre puertas a amistades, culturas, ideas; moldea, transforma, revoluciona. Jorge Mañach diría que el hombre es más culto en la medida que es “hombre viajado”, aventurero, explorador desafiante. Imposible aprender las complejidades de la vida sin respirar cada circunstancia, sin dotarnos de la capacidad de poder y saber elegir una entre múltiples opciones. Y para crecer, madurar, ascender, -que de eso se trata la vida-, es imprescindible algo más que leer libros o escuchar los testimonios de otros. Que nadie cuente lo que podamos y estemos dispuestos a experimentar en carne propia, a pesar de riesgos y peligros incluso para la propia vida.

Todo viaje implica a su vez pérdida, separación; caldo donde ebullen nostalgias y miedos que frustran los intentos de avanzar, que inmovilizan, marchitan y hasta pueden truncar la existencia. Mi lejanía no es la del desterrado o exiliado que sufre su estancia en tierra extraña y hosca, que mira con amargor al horizonte sabiendo vedados los caminos de retorno al hogar. Mi estancia en otras partes del globo palpa cada instante, intenta atrapar cada sabor, olor, sonido, sensación, imagen en pensamientos y textos, a fin de compartirlos luego con familiares y amigos.

Doummar - Damasco Nuevo3

Edificios de Doummar. Damasco.

Anduve de paso por la desproporcionada Moscú, ciudad de dimensiones inabarcables, hecha a la medida del espíritu de un pueblo de recias costumbres y no menos férrea resistencia ante el clima y los avatares que ha debido enfrentar en la historia. Quedé fascinado por sus monumentales construcciones y el cronométrico metro y estaciones cinceladas con inigualable belleza. Damasco me abrió las puertas a una cultura distante y cercana a la vez, a personas nobles, generosas, hospitalarias, que intentan construir un país a la medida de sus sueños, donde sus hijos puedan crecer en paz y ser útiles. También me mostró los horrores –y errores-, de la guerra, esa hoguera donde se queman sin parar vidas de gente inocente, de niños y mujeres, por enquistados odios, mezquindades, ambiciones pueriles.

He conocido los sonidos del espanto y la muerte, del temor que acompaña cada paso que pudiera ser el último si una bala, un petardo, un mortero o un coche bomba deciden pararnos los relojes. Pero también he fortalecido la esperanza, el deseo de que la guerra termine mañana, que se pueda comenzar otra vez, haya paz y el regreso sea una certeza. En la lejanía cada momento agradable o doloroso destapa la evocación de familiares y amigos: los queremos cerca para compartir los ratos buenos; lejos, para evitar que teman o sufran ante escenas y noticias desagradables. Cuando se anda lejos bañamos nuestras ansiedades en cábalas y augurios, dejamos que nos unjan energías, buenos pensamientos y seres –ángeles quizás-, que uno termina por sentir, aunque no los vea.


Luis Brizuela Brínguez es Licenciado en Periodismo y Máster en Ciencia Política, egresó del XIII Taller de Técnicas Narrativas en el Centro Onelio Jorge Cardoso. Trabaja como periodista en la Agencia Latinoamericana de noticias Prensa Latina para la cual ha sido corresponsal en Siria y Bolivia.

Fotos cortesía del autor.

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