Moscú o la venganza del capitalismo

registro de un observador

En uno de sus últimos libros Beatriz Sarlo habla de lo que ella denomina saltos fuera de programa, que vendrían a constituir “la esencia misma del viaje: un shock que desordena lo previsible, rompe el cálculo y, de pronto, abre una grieta por donde aparece lo inesperado, incluso lo que no llegará nunca a comprenderse del todo”. Algo así fue mi encuentro con la VDNJ.


lauraLaura Sesnich vive en Buenos Aires


Llegué a Moscú como turista en pleno invierno ruso. O tal vez exagero, porque Román, el taxista que me llevó desde el aeropuerto a la ciudad me aseguraba que ese día el tiempo era muy bueno: “la temperatura no llega a menos diez grados”.

En el camino iba mirando por la ventanilla las construcciones grises, las fábricas, los carteles escritos en ruso y hasta el nuevo estadio que se estaba construyendo para recibir el Mundial de Fútbol el año que viene; sin embargo, recién terminé de convencerme de que estaba en Moscú (y que Moscú era una ciudad llena de sorpresas) cuando ese mismo día, más tarde, puse un pie en la Plaza Roja.

Esa plaza en la que yace el cuerpo de Lenin en su mausoleo de mármol rojo y negro, que recibe en mayo las celebraciones por el Día del Trabajador, y a partir de 1945 los desfiles militares que conmemoran la victoria soviética contra los nazis, estaba convertida en una especie de feria, de parque de diversiones. La adornaban luces, globos y banderines de colores entre stands  dispuestos para la venta de artesanías, peluches, gorritos, juguetes y demás chucherías estratégicamente ubicados frente a un escenario que daba la espalda al Kremlin y sobre el que dos parejas enfundadas en vistosos (y abrigadísimos) trajes tradicionales cantaban canciones infantiles a una multitud de niños entre los que se mezclaba un adulto disfrazado de oso bailarín. Suele decirse que los rusos gustan de extender sus festejos varios días, el enorme cartel de “Feliz Año Nuevo 2017” en pleno febrero lo confirmó.

Feria en la Plaza Roja

Moscú o la venganza del capitalismo

Este espectáculo infantil montado frente a las oficinas de Vladimir Putin estaba auspiciado por las famosas tiendas GUM (siglas para: Principales Tiendas Universales), ubicadas frente a la Plaza Roja. El GUM es uno de los lugares más representativos de Moscú, no porque sea un bellísimo palacio decimonónico de más de doscientos metros cuadrados que figura en todas las guías y folletos turísticos, sino porque a través de los vaivenes de su asignación de funciones se lee la historia misma de Rusia.

Fue construido en la época zarista como centro comercial, pero luego de la revolución Stalin lo utilizó como edificio administrativo e incluso como mausoleo a su esposa. Más tarde adquirió las funciones de gran almacén o tienda departamental que siguió siéndolo hasta su privatización tras la disolución de la URSS.

Blas, mi profesor de ruso, conserva el recuerdo del GUM durante su juventud en la Unión Soviética: un enorme mercado en el que las josiaikas iban a hacer las compras para la familia, una especie de Mercado Central dentro de un palacio ruso con techo vidriado. El edificio donde antes se vendían zapatos, pollos y remolachas para el borsch es hoy un shopping de lujo donde tienen sede las marcas internacionales más lujosas (Gucci, Armani, Hermès…) con precios imposibles para el ciudadano común. Y es que Moscú es un poco eso, la gran venganza del capitalismo.

En 1958, Gabriel García Márquez resumía las impresiones de su viaje a la entonces URSS con el título “22.400.000 kilómetros cuadrados sin un solo aviso de CocaCola”. Al leerlo vino a mi mente el hecho de que, casi sesenta años después, mi primera foto en Moscú fuera a un cartel de McDonald’s escrito en caracteres cirílicos. García Márquez ilustraba su relato con cifras colosales que daban cuenta de la contundencia de ese título (ciento cinco idiomas, doscientos millones de habitantes, etc…); en la Rusia post soviética esas cifras y ese título se resignifican y son también una forma de dimensionar los efectos contradictorios de un país cuya población adulta nació y se crió en otro.

Stalin y Messi

Del mismo modo que el GUM es testigo de esos cambios en Moscú es posible encontrarse a cada paso rincones o escenas que dan cuenta del pasado comunista en el presente capitalista. En las tiendas de souvenires las mamushkas de los dirigentes soviéticos y las de las figuras del deporte y el espectáculo se mezclan sin distinción, y así la lógica de la mercancía posibilita la extraña convivencia entre Stalin y Lio Messi. Las enormes filas que en la época soviética se agolpaban frente al mausoleo de Lenin para presentarle sus respetos hoy están conformadas en su mayoría por turistas curiosos, atraídos por el morbo y la conveniencia de la entrada gratuita. Los carteles de las grandes cadenas yanquis, incluida Coca-Cola, abundan por toda la ciudad.

Doscientas hectáreas de un enigma soviético

En uno de sus últimos libros Beatriz Sarlo habla de lo que ella denomina saltos fuera de programa, que vendrían a constituir “la esencia misma del viaje: un shock que desordena lo previsible, rompe el cálculo y, de pronto, abre una grieta por donde aparece lo inesperado, incluso lo que no llegará nunca a comprenderse del todo”. Algo así fue mi encuentro con la VDNJ.

Sin embargo, en lugar de entrar allí llamó mi atención una construcción enorme (piensen en algo enorme y después tripliquen ese tamaño, esa es la medida de “enorme” en Rusia).

Era el día más frío de mi estadía en Moscú y mi amor incondicional por la perra Laika me hizo salir hacia el Museo de la Cosmonáutica a pesar de los más de veinte grados bajo cero. Mucho abrigo mediante me dirigí hacia el sector norte de la ciudad, más exactamente a la estación VDNJ de la línea naranja del metro, junto al museo. Sin embargo, en lugar de entrar allí llamó mi atención una construcción enorme (piensen en algo enorme y después tripliquen ese tamaño, esa es la medida de “enorme” en Rusia).

El arco coronado por una estatua de bronce de una pareja de campesinos levantando sobre sus cabezas un atado de trigo me atrajo como un canto de sirena. Caminé hasta el arco y lo atravesé con algo de recelo. Pasados algunos minutos no había venido todavía ningún policía con ushanka y cara de pocas pulgas a decirme que me retirara, entonces me adentré para encontrar de repente un predio poblado por construcciones tan hermosas como soviéticas. Carelia, Armenia, Bielorrusia, Kirguistán, Ucrania… cada uno de esos edificios llevaba el nombre de una de las repúblicas de la ex URSS, pero el misterio persistía: ¿qué era ese lugar?

Esa pregunta me acompañó durante el recorrido por ese predio nevado, vacío de curiosos pero repleto de hoces y martillos. Detrás de la obligada estatua de Lenin se encontraba un edificio alto rematado con una estrella en la punta, decorado con doce columnas y en lo alto los escudos de cada una de las repúblicas que conformaban la Unión Soviética en el momento de su construcción. Pasando ese edificio había otros, dedicados al arte o a la tecnología, junto con aviones, helicópteros y cohetes espaciales de tamaño real. El edificio con el nombre de Ucrania era simplemente deslumbrante. Casi no me crucé con nadie, solo tengo el recuerdo de alguien que parecía ocuparse de tareas de mantenimiento y de un hombre de unos cincuenta años y sonrisa nostálgica que me pidió le sacara una foto frente a una fuente vacía.

Lenin y pabellón principal de la CCCPPor la extensión del predio no pude recorrerlo entero. Tampoco pude, durante el tiempo de mi visita, dilucidar qué era o había sido ese lugar. Lo primero que hice cuando volví al hostel (y se me desentumecieron los dedos) fue meterme en Internet para tratar de averiguar dónde había pasado la tarde. Recién ahí supe que había estado en un lugar casi mítico, la VDNJ, siglas para “Exposición de Logros de la Economía Nacional” (hoy Centro Panruso de Exposiciones), un predio construido en 1939 para celebrar las hazañas tecnológicas y los logros económicos de la Unión Soviética. Dispone de cientos de edificios y una superficie de más de 200 hectáreas, lo que es casi cinco veces todo el territorio del Vaticano.

Hoy por hoy, mi recuerdo de la VDNJ es una sensación indescriptible de caminar fascinada por un lugar maravilloso sin tener la menor idea de qué se trataba. Mi ignorancia fue una bendición. La posibilidad de haber visitado ese fragmento de historia soviética sin ningún tipo de información previa me permitió conocerlo sin expectativas ni decepciones, y constituye una prueba personal de aquello que dice Sarlo: “las experiencias inolvidables están hechas de materias perfectamente casuales”. Más que la Plaza Roja o la Catedral de San Basilio, la VDNJ es el rincón de la experiencia vivida que más atesoro de mi breve paso por Moscú.


Laura Sesnich nació y se crió en Puerto Santa Cruz, un pueblo remoto de la Patagonia argentina. Vivió varios años en La Plata, donde estudió el Profesorado en Letras. Es profesora de la carrera de Letras de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y le apasionan los idiomas (sobre todo el ruso). Trabaja en su tesis de doctorado en la UNLP mientras planea futuros viajes por ahí.

Fotos cortesía de la autora.

 

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