Como las clases medias mexicanas

registro de un observador

Mi vida se permeó de una atmósfera nueva a partir de ese momento, era como si de pronto hubiera dejado de pertenecer a esa clase media con pretensiones y hubiera escalado a una desde la cual podía conocer el otro lado del mundo sin necesidad de endeudarme.


marcoMarco Antonio Franco Flores vive en Ciudad de México


En noviembre del 2005 estudiaba el séptimo semestre de la licenciatura en Ciencia Política y Administración Pública en la Universidad Nacional Autónoma de México, una universidad pública, gratuita y de gran prestigio en el ámbito local e internacional. Mi tío Francisco Díaz me llamó por teléfono para preguntar si me interesaba viajar a China, con todos los gastos pagados, lo cual me sorprendió y emocionó mucho. Formo parte de esa clase media mexicana que difícilmente puede realizar un viaje tan costoso, ya que carece de la posibilidad de viajar a un país tan lejano con el ahorro de unos meses, menos con los de unas semanas.

Generalmente las clases medias en México sueñan con tener más de lo que realmente pueden conseguir, viven un poco el modo de vida “gringo o yanqui ”, ese que sueña con tener su gran casa alejada de los pobres, un gran auto a pesar de dejar sus tarjetas de crédito endeudadas y vestir a la moda, aunque la moda sea la llamada “Fast Fashion”; dicho de otra forma, sueñan con ser como las clases que no se endeudan para lograr tener todo lo anterior, y entre ello un viaje a China. Quizá por representar fielmente esa clase me emocioné hasta los nervios y le dije a mi tío que sí, que iría.

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Mi vida se permeó de una atmósfera nueva a partir de ese momento, era como si de pronto hubiera dejado de pertenecer a esa clase media con pretensiones y hubiera escalado a una desde la cual podía conocer el otro lado del mundo sin necesidad de endeudarme. Me veía en la Gran Muralla China observando el horizonte como aquellos guerreros que desde ahí esperaban a sus enemigos para aniquilarlos.

Pasaron unos días y comencé a concretar los trámites. Mi tío, quien me había preguntado si tenía Visa Americana, a lo cual contesté que no, había hecho la compra de los boletos. Haríamos escala de cuarenta y ocho horas en Madrid y Amsterdam antes de pisar el país oriental donde permaneceríamos dos semanas. El regreso tendría las mismas escalas e igual cantidad de días.

Obtuve el pasaporte sin ningún contratiempo y del mismo modo concreté el visado. Tenía todo en regla para el viaje, aunque lo emprendería sin saber chino ni inglés; por cierto, ¿a qué iría a China? Mi tío me dijo que a realizar unas compras y yo no objeté nada, pero conforme se acercaba la fecha me aclaró que era para realizar un viaje de turismo y de paso comprar ropa; algo así como ir de compras a China porque sí.

Saldríamos de la Ciudad de México el viernes 2 de diciembre a las once de la noche y arribaríamos a Madrid en la mañana del día siguiente. Me encargué de avisarle a algunos profesores de la universidad; también a mi novia de entonces. Ella se puso muy contenta por el viaje, tanto que hasta le hizo saber a sus hermanos y padres, quienes con gran cortesía me regalaron unos euros que tenían guardados por ahí. También ellos tenían acostumbrado viajar a Francia en verano para visitar a una hermana y como a veces les quedaban algunas monedas y billetes los compartieron conmigo.

Por cierto, ¿a qué iría a China? Mi tío me dijo que a realizar compras y yo no objeté nada, pero conforme se acercaba la fecha me aclaró que era para un viaje de turismo y de paso para comprar ropa; algo así como ir de compras a China porque sí.

Era la primera vez que saldría del país. La emoción crecía. Se trataba de cruzar “el charco”. Viviría algo inédito. Con otro tío conseguí una cámara de video para grabar lo más destacado del viaje. La noche previa no podía dormir de la emoción imaginando cómo sería estar en pleno Beijín sin saber nada del idioma local, aunque me consolaba sabiendo que mi tío, quien iba como por cuarta vez en el año, ya sabía la manera de comunicarse valiéndose del inglés como lengua “neutral”, acompañándose de las señas.

Finalmente llegó el día. Me levanté temprano a terminar de acomodar la ropa bastante organizada ya. Por la tarde mi padre, mi novia y un amigo me llevaron al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, Benito Juárez. Llegamos puntuales, justo tres horas antes del despegue, tal como lo indican las reglas internacionales de aviación. Mi tío apareció escasos minutos después. Documentamos el equipaje, me despedí de mis acompañantes y junto a mi tío ingresé en la sala de espera.

Sin mayores contratiempos abordamos el vuelo, despegamos y luego de un par de horas el piloto anunció zona de turbulencias. El mapa indicaba que estábamos volando sobre Florida, Estados Unidos y ya empezaba a sentirme lejos de casa. Pasó una hora más y llegó la hora de la cena. No recuerdo qué dieron pero tengo fijado perfectamente que había vino tinto y para celebrar el viaje hice un brindis con mi tío. Lo grabé con la cámara, que no sabía usar a la perfección y, por cierto, estaba con la batería a menos de la mitad.

Pasaron varias horas luego de la cena y mi tío y yo nos quedamos dormidos. Luego fuimos sorprendidos por la voz del piloto, anunciaba que prácticamente sobrevolábamos Portugal. Por la ventana se veía un espacio lleno de luz y alcanzaba a observar algunas poblaciones. ¡Europa estaba a la vista! Minutos después anunció que estábamos por aterrizar en el Aeropuerto de Madrid-Barajas. Habíamos llegado a España.

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Recogimos los equipajes, conseguimos un mapa de Madrid y localizamos una zona de hostales para dormir. En la noche del día siguiente viajaríamos a Ámsterdam.

El primer contacto con España y los españoles ocurrió en una oficina de Migración, sin ningún problema salvo la mirada inquisitoria del guardia que observaba fijamente mi pasaporte y posteriormente mi rostro, como esperando algún error de mi parte para impedirme el paso. Yo estaba sonriente por haber cruzado “el charco”, pero el oficial no cambiaba el gesto hasta que dijo: “Adelante”, en tono imperativo –quizá imperativo para quienes venimos de la América Latina, que aún se siente agraviada por el saqueo durante la colonia y que no es más que un resentimiento que hay que dejar atrás o resignificar– mientras apuntaba a la salida.

Mis primeros pasos por Madrid fueron en el metro, que comparaba con el de la Ciudad de México. Este era un metro aseado, sin la sobrepoblación en los vagones, sin vendedores ambulantes; aunque con músicos de esos que piden una moneda a cambio de una canción. No recuerdo el género, eran hombres de tez negra y llevaban saxofones y violines; tocaban con tal armonía que debí regalarles una moneda de un euro. Luego de ponérsela delante reparé en que  había entregado el equivalente a 15 pesos mexicanos. Con relación a mis posibilidades económicas era una locura, sobre todo si consideraba que con 30 pesos podía vivir un día en mi ciudad.

Después de regalar medio día mexicano llegamos a una estación muy cerca de la Plaza Puerta del Sol. Lo primero que hice fue sacar la cámara y grabar imágenes de Madrid. Estas debían haber contenido mucha gente con banderas españolas, algo que llamó mi atención, parecía un mitin político. Luego supe que el presidente José María Aznar festejaba el día de la Constitución española (según me comentó el recepcionista del hostal en el que dormimos. La Constitución cumple años el 6 de diciembre pero por algún motivo, que nunca supe, se festejaba ese fin de semana). Grabé durante algunos minutos pero acabé guardando la cámara, la batería estaba casi descargada.

Caminamos mucho hasta encontrar un hostal de buen precio. Era casi la una de la tarde y el famoso Jet Lag se estaba haciendo presente, no sabía qué hora era en México ni me importaba pero estaba cagado de sueño, se me cerraban los ojos como cuando sufría desvelos, padecía resaca o viajaba en colectivos llenos en las mañanas frías para irme a la universidad. No podía mantener los ojos abiertos y al llegar a la habitación me tiré a la cama. Mi tío hizo lo mismo, dormimos y despertamos a las seis de la tarde.

Habíamos perdido casi cinco horas durmiendo, dejamos de conocer lugares que sólo se pueden apreciar de día, como algunos museos; sin embargo platicamos y acordamos que el domingo sería un día para caminar, conocer y recorrer el famoso Museo del Prado.

Intenté cargar la batería de la cámara  pero no tuve éxito debido a que ignoraba que las conexiones eléctricas no son iguales en todo el mundo. Me sentí muy frustrado. No había podido grabar gran cosa y decidí que en lo adelante grabaría hasta donde la batería lo permitiera.

Madrid fotos Kaloian-10Encontramos un lugar de nombre VIPS. Cenamos un tipo de pasta no recordable más que por la anécdota. Luego caminamos por la famosa Gran Vía, llegamos a las no menos famosas Fuente de Cibeles y la Puerta de Alcalá. La vista era muy interesante y linda, quizá por lo novedosa para mi vida o quizá porque simplemente así es ese pedacito de Madrid, realmente inolvidable.

Decidimos buscar algún bar para probar las famosas tapas españolas. En el camino liquidé la batería grabando todo lo que veía. Llegamos al bar en medio de una lluvia y con un descenso de la temperatura algo agresivo. Se registraban cerca de 4 grados y si no sufrimos frío fue porque íbamos muy bien cubiertos y porque en la Ciudad de México a veces ese clima no es ajeno y estábamos ligeramente acostumbrados.

En el bar probamos las tapas: pan con jamón serrano y queso manchego, un autentico manjar para nuestros paladares. No sé exactamente cómo describir los sabores, que aunque no me eran ajenos, ahí, en esa atmósfera y a lo mejor por aquel vino tinto español, alcanzaron un rincón muy especial de mi memoria y me dejaron muy satisfecho y contento. Las tapas y el vino pusieron mis pies sobre la tierra, me sentía realmente en España aunque no hubiera tenido gran contacto con los españoles. A las doce y media de la madrugada decidimos volver al hostal para descansar y continuar el viaje al siguiente día.

Platicamos poco mi tío y yo, él durmió mucho durante el vuelo, yo vi una película con la hermosa Scarlett Johansson, con quien no me pude concentrar demasiado pues a cada minuto me estremecía con mi infortunio.

Pusimos las alarmas para levantarnos a las ocho y treinta, con la idea de conocer un poco más durante la jornada del domingo.Platicamos de lo interesante que habían sido el recorrido, luego nos dimos las buenas noches y nos dormimos. De pronto, apenas una hora después, mi tío se despertó abruptamente diciéndome que le dolía la cabeza, que se tomaría algún medicamento y así lo hizo. Se volvió a acostar y a dormir pero como una hora después volvió a despertarse adolorido, juraba que con cada minuto la molestia se hacía más grande. Me preguntó si lo quería acompañar al médico; yo no entendía lo que le estaba pasando de manera que mi tío salió y regresó con la noticia de que se sentía tan mal que había decidido cancelar el resto del viaje a China, y que por tal motivo había hecho un cambio de vuelo. Regresaríamos a México en la mañana. Estuve un rato pensando en lo que me había dicho hasta que caí en la decepción. Entonces volví a dormirme.

Despertamos a las siete de la mañana y nos pusimos a guardar el equipaje. Avisamos a la familia que debíamos regresar y salimos al aeropuerto. Platicamos poco mi tío y yo, él durmió mucho durante el vuelo, yo vi una película con la hermosa Scarlett Johansson, con quien no me pude concentrar demasiado pues a cada minuto me estremecía con mi infortunio.

En México nos esperaban mi padre, mi novia y uno de mis amigos. Mi padre decidió llevar a mi tío a su casa y yo me fui con mi novia, quien me había esperado ridículamente con un ramo de flores; ridículamente digo porque mi viaje duró aproximadamente 48 horas y me parecía una burla, sentía que vivía el momento más patético de mi vida.

Tuve que reconfortarme riéndome de la situación, explicando a mis amigos con sarcasmo que solo había ido a cenar a Madrid un fin de semana, como lo hacen las grandes burguesías de México, esas que no saben en qué gastar su dinero y de pronto se arman un viaje a Estados Unidos o Europa para festejar o comprar alguna frivolidad.

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Al pasar de los días platiqué con mi tío sobre su estado de salud y me comentó que el médico le había diagnosticado una posible embolia debido a que había viajado mucho ese año y había subido mucho de peso. Todo eso le estaba causando el problema de presión que le había originado el fuerte dolor de cabeza. Luego me explicó que había decidido, correctamente desde mi punto vista, volver a México porque en Ámsterdam sería muy costoso presentarse a un médico y que en China no tendría muchas posibilidades de entenderse con ninguno.

Estuve un poco frustrado por ese tiempo, pero después comprendí que esa microhistoria de mi vida había sido un parte aguas y un verdadero estímulo para intentar salir al mundo y conocer otros lugares distintos. Hoy, cuando recuerdo ese viaje me río de la situación y disfruto porque mi memoria sea lo suficientemente benévola como para no hacerme olvidar los detalles descritos. Unas semanas después del regreso llevé el cassette de video a un amigo para que lo pasara a un formato de disco compacto y nunca lo pudo pasar. Quedó traspapelado entre los múltiples cachivaches de su casa y un día desapareció.

Hoy digo con ironía y un acento “fresa” (o como dicen en España: pijo; en Argentina: cheto; en Colombia: gomelo, en Cuba: Mikey; en Venezuela: sifrino; etc…), que me fui de fin de semana a España para subrayar que mi posición social sí me permite salir a Europa un viernes y regresar el domingo. Como si fuera un gran logro ostentar, al estilo de las clases medias mexicanas.


Marco Antonio Franco Flores es mexicano, analista político y de medios de comunicación en su país; politólogo por la Universidad Nacional Autónoma y pasante de maestría en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de La Plata, en Argentina. Ha trabajado en libros y revistas académicas dedicadas al análisis de la enseñanza de las Ciencias Sociales y ha colaborado con el periódico El Universal, en México.

fotos de Scott Umstatt, Frank Lopez y Kaloian Santos Cabrera.

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