El performance mayor de Tania Bruguera

bitácora

Esta semana visitó la Argentina una de las más destacadas artistas plásticas en la Cuba contemporánea. Se presentó ante un público heterogéneo en el auditorio del Centro Cultural de La Ciencia y charló sobre sus temas predilectos: el arte, la política, el poder, la aceptación, el rechazo y, sobre todo, su obra.


leandro estupiñánLeandro Estupiñán vive en Buenos Aires


No sé cuándo escuché hablar por primera vez de Tania Bruguera, pero sí recuerdo la última ocasión en que su nombre me fue arrojado en la cara. Estaba ya lejos de Cuba, de La Habana y por supuesto de las Artes Plásticas, pero ella volvía a ser noticia y  desataba una lluvia de difamaciones en su contra alentadas desde ciertos espacios de poder dentro de la isla. Algunos no la toleran allí, le temen y hablan tan mal como pueden para desacreditarla como artista y, además, predisponen y convidan a otros a que repitan insultos que alguien ha pensado tras un buró.

De manera que aquella primera vez en que escuché concienzudamente su nombre una bandada de repetidores de verdades inventadas y retorcidas disparaban en ese campo de tiro absurdo que es Facebook cualquier número de imbecilidades sobre alguien que cree en el arte como arma de cambio social. Quienes no entienden su propuesta, y probablemente ninguna de semejante vocación revolucionaria, la consideran una simple y vulgar provocadora.

Estábamos en el 2014 y había avisado ella de un nuevo performance que intentaría repetir lo que había logrado materializar siete años atrás en una edición de La Bienal de La Habana, otro micrófono, otra tribuna esa vez en La Plaza de la Revolución. Los asistentes podrían expresar lo que quisieran sobre la circunstancia particular que estaba viviendo la isla luego que los gobiernos de Cuba y Estados Unidos restablecieran relaciones diplomáticas.

Por supuesto que el hecho artístico, o político (advierte ella que “realiza un arte político porque con este puede provocar un momento político”) fue frustrado y Bruguera y todo aquel que le acompañaba terminó en una estación policial sometida a entrevistas que seguramente se saldrían de los tonos conversacionales, situación que por supuesto no podría detenerla y a las que ella, dice, se ha acostumbrado.

También en el 2008 (año en que llevó El Susurro de Tatlin #6 a La Habana, produciendo una conmoción en el poder al perforar el blindaje – blindaje gracias al que su obra se crece e incluso alcanza notoriedad- estatal de los espacios de opinión pública con aquellos micrófonos abiertos al público en el centro Wifredo Lam y con la alusión al discurso de Fidel Castro el 8 de enero del 59), pero lejos de La Habana, pretendió otra vez conmocionar a los espectadores. En el Museo Nacional Británico de Arte Moderno sorprendió a los presentes con dos guardias de a caballo preparados para desde su posición autoritaria zarandearlos a su gusto. La idea era que el público cuestionara los márgenes de aceptación, tolerancia y dominación; pero, el resultado fue, según recuerda: “bastante decepcionante”. La mayoría hizo lo que la pareja de policías determinó y ahora solo espera que terminado el performance la duda haya emergido en la mente de aquella gente.

Es otro de los propósitos que la inspiran; quiere ella que además de cuestionarse la circunstancia en la que se vive, cuando haya salido de la galería, el espectador desee regresar o, al menos, sentirse en la obra de arte. Todo esto lo dijo el domingo 24 de septiembre para el público reunido en el auditorio del Centro Cultural de La Ciencia, uno de los convocantes al encuentro “Ideas 2017” que también organiza el Ministerio de Cultura argentino. A las dos y treinta comenzó su charla magistral con título: “Arte útil: una herramienta de cambio” y por casi una hora explicó los motivos de una obra que en su caso está intrínsecamente ligado a política.

Los inicios de Bruguera en los años ochenta fueron reinterpretando la obra de la artista cubana fallecida en los Estados Unidos, Ana Mendieta, con lo cual lleva años cuestionándose los conceptos de autoría. De ahí que prefiera llamarse: “iniciadora”, porque su trabajo es el germen de algo que alguien deberá continuar. Y en lugar de “producir” opta por el término “implementar” del mismo modo que por “promoción” asume el de “circulación”. Desde el principio eligió el performance, “el medio más eficaz para hablar en los espacios públicos”.

Con los performances se proponen desconcertar al público y con esto producir una ola cuyo desconcierto mayor se produzca en el Poder, cualquiera que este sea. También considera que se vive un falso momento de globalización en el mundo del arte que no llega sino para banalizarlo, intención a la que ayudan los propios artistas, porque “también nosotros estamos subproduciendo” en sociedades donde “es más importante lo que somos que quienes somos”.

Cree Tania Bruguera que hay que entender el sistema político para tratar de implementar estrategias artísticas de las que ellos (el poder) no puedan escaparse; a esa intención que implica cuotas tanto de honestidad como de valentía le llama “poner el cuerpo”. “Hay que ser responsable”, advierte a un auditorio atento a lo que dice y a las imágenes que se van proyectando a sus espaldas. Al ser interrogada respecto a que estaría dispuesta a hacer en caso de realizar una obra en la Argentina, advierte que necesitaría algunos meses “para  explorar y poder comprender”; luego señala que le interesa el tema de la desaparición de Santiago Maldonado, aunque también se siente atraída por muchas de las cosas que se hicieron durante la dictadura.

Hay otro acápite en la obra de Tania Bruguera digno de subrayar. Desde el 2006 inició un proyecto a largo plazo relacionado con otros de sus conceptos, esta vez el de arte útil. Iniciando su trabajo con el Movimiento Inmigrante Internacional compartió espacio con una familia de migrantes indocumentados para comprender y asimilar así sus necesidades y urgencias, experiencia de la cual ofreció talleres que se encadenan con acciones aun en desarrollo como “El efecto Francisco”, campaña en la que reúne postales firmadas para solicitarle al Papa que ofrezca la ciudadanía a los migrantes indocumentados.

Lo más probable es que los animados contrincantes de la artista en Cuba jamás se hayan tomado el trabajo de acercarse a su biografía, que apenas buscaran la más mínima información respecto a la obra o, para decirlo con sus propios conceptos: a las “iniciaciones” que la dieran a conocer al tiempo que estudiaba en san Alejandro y el ISA; o que al menos le hayan preguntado al más informado crítico de arte a mano por qué las implementaciones producen semejante escandalización.

Por cierto que tantas reacciones en contra podrían ser totalmente esperadas por ella. Luego de conocerla en persona y escucharla tengo la ligera impresión de que tanto los que critican su trabajo como los que lo halagan representen un conglomerados de reacciones prejuzgadas de alguna manera en otra de sus “implementaciones”; tal vez críticos, entusiastas o comentaristas casuales como yo no seamos más que víctimas de un experimento redondo, de una obra cuidadosamente calculada en lo que vendría siendo el tránsito por la vida de Tania Bruguera, probablemente su performance mayor.


Foto de Kaloian Santos Cabrera.

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