Lo que había planeado

trayectos

Venezuela era hasta el 2015 el séptimo destino elegido por los cubanos que parten de su tierra para probar fortuna. A dicha realidad ayudaron las alianzas establecidas entre los gobiernos de ambos países desde que en 1999 Hugo Chávez, entonces recién electo, visitara La Habana dando inicio a un periodo de relaciones que los cubanos bien han sabido aprovechar.


Attachment-1(1)Ricardo A. Fernández Arzuaga vive en Louisville, Kentucky, Estados Unidos


En el año 2004 un grupo de estudiantes del primer curso de Estudios Socioculturales de la Universidad de Holguín fue seleccionado para impartir Comunicación Social a una avalancha de venezolanos ansiosos por lograr el título de Trabajador Social en solo tres meses. Afortunadamente alguien decidió que entre ese grupo de estudiantes estuviese yo, por lo que comencé a recibir una oleada de clases preparatorias que iban desde Metodología de la Enseñanza hasta las reglas fundamentales para lograr una correcta comunicación. En un mes y algo “los elegidos” estábamos “preparados” para darle clases a cuanto venezolano apareciera en la Escuela Formadora de Trabajadores Sociales “Celia Sánchez Manduley”, y así fue.

Ese curso definitivamente cambió mi vida: me mudé a un albergue de la escuela, beneficiándome de las abundantes y deliciosas comidas que propiciaba el “Programa de la Revolución” a sus participantes, me enfrenté a nuevas materias con una serie de profesores y alumnos ayudantes con los que aprendía constantemente. Sin embargo, no fue hasta la segunda avanzada de venezolanos, entiéndase segundo curso intensivo para fabricar trabajadores sociales en solo 90 días, cuando conocí a dos mujeres venezolanas que serían fundamentales para mí.

TRIBUTO A HUGO CHAVEZ EN LA UNIVERSIDAD DE HOLGUIN OSCAR LUCERO MOYA © Amauris Betancourt

Mujer lee el periódico Granma con la noticia de la muerte de Hugo Chávez en Escuela de Trabajadores Sociales de Holguín.

Yo era su profesor y, a la vez, tutor del trabajo final en la materia que impartía. Con mi ayuda crearon una estrategia de comunicación para ganar votantes en las siguientes elecciones generales de Venezuela, que obtuvo el segundo lugar a nivel de escuela por lo que todo el equipo quedó satisfecho y contento. El intercambio de ideas entre nosotros devino en una amistad que iría mucho más allá de lo que yo esperaba.

Era primavera del 2004, ya de noche, cuando las dos estudiantes se me acercaron:

-Ricardo, tenemos un asunto que hablar contigo.

Al escuchar dichas palabras, pronunciadas con un tono suave y categórico, pensé tantas cosas… Ninguna tuvo que ver con lo que en verdad estaban a punto de proponerme:

– Queremos ayudarte a salir del país para que conozcas otras opciones de vida.

Al escucharlo no pensé nada, solo me preguntaba si acaso serían infiltradas de la Seguridad del Estado. ¿Me querrían jugar una mala pasada? ¿Por qué me proponían eso a mí y no a otro?

-No- respondí con una voz entrecortada por ese miedo que siempre tenemos la mayoría de los cubanos, miedo a la posible represalia que supone hablar sinceramente.

-Piénsalo, Ricardo, no nos respondas ahora.

Después, se fueron.

Pasó el tiempo y pasó, quince días aproximadamente en los cuales no hubo una sola noche en la que dejara de conversar con mi almohada. La madrugada de un viernes me levanté y dije: “Esta es la oportunidad que has estado esperando, así que aprovéchala; no puedes seguir intentando vivir la vida entre asuntos que algunos consideran ilegales y otros que no generan si quiera ganancias mínimas e indispensables para vivir”.

Me buscaba la vida vendiendo cerveza a granel que compraba en algunos puntos de Holguín. Monté esa “pequeña empresa” con un primo mío. Ambos comprábamos la cerveza a granel y la vertíamos en pomos de litro y medio para venderla luego a una población sedienta de alcohol y agua, que muchas veces juntábamos en el mismo recipiente. El resultado de las ganancias la dividíamos a partes iguales y el resto lo volvíamos a invertir. Así llevaba mi vida, estudiaba de lunes a viernes y los sábados y domingos trabajaba en la reventa de cerveza.

INICIO CARNAVAL AREA ESTADIO CALIXTO GARCIA © Amauris Betancourt

La venta de cerveza a granel es común durante las fiestas populares, carnavales, desfiles…

Mis padres nunca estuvieron de acuerdo con dicha empresa; sin embargo, sabían que la suma de sus salarios como trabajadores legales no era suficiente como para alimentarnos como es debido, por lo que decidieron, en contra de sus principios morales, hacerse los de la “vista gorda”.

La angustia que vivían a causa de una vida de sacrificios como trabajadores, sin que ello pudiera satisfacer nuestras necesidades mínimas, entre otros puntos que jugaron a favor de empobrecernos más, conllevaron a que dos semanas después de la proposición, aquel viernes en que desperté decidido a todo, me sentara a conversar del tema con mis estudiantes.

Así comenzó mi proyecto de emigrar para buscar mejores condiciones de vida. Ideamos un plan pero entre tropiezos, bloqueos y burocratismos no pudimos concretarlo hasta mediados del 2008, cuando Venezuela me dio el visado y así el gobierno de Cuba me permitió salir.

El vuelo Habana-Caracas duró apenas tres horas, tres horas tras las cuales pisé por primera vez “tierra firme”. Muchos sentimientos afloraron en mí. A partir de ese instante mi vida tomaría un rumbo desconocido.

ómnibus es calle de caracas

Hombre sobre ómnibus en calle de Caracas.

En el aeropuerto me esperaba una de las antiguas alumnas, para entonces convertida en verdadera amiga. Las dificultades que habíamos tenido que enfrentar para concretar la salida fue tejiendo un fuerte lazo de fraternidad entre ambos. Vivía y trabajaba en el estado de Trujillo, en Valera, por eso fue allí donde comencé mi nueva vida.

 

Dos días después llegué a Valera, ubicada al oeste del país, en la región de los Andes y con costas en el Lago Maracaibo. A pesar de ser pequeña, cuenta con una población considerable, por lo que es la capital económica del estado. Su flora y fauna son probablemente una de las más hermosas, variadas y peligrosas de la Venezuela andina. Habitan allí serpientes venenosas y árboles únicos como el Bucare Anauco.

venezuela, trujillo

A todos los habitantes de la Zona Andina de Venezuela y por ende, a los Trujillanos, los apodan: gochos; es como decir: guajiros. Lo gochos tienen sus propias costumbres. La gastronomía, por ejemplo, está influenciada por la cultura indígena, española e italiana. Destacan las arepas de maíz con caraotas (frijoles negros) hasta las sopas de gallina, panza de res, hallaca (tamal), mojito trujillano, dulce de higos, etc…. Cada comida lleva suficiente ají picante, de todas las clases y gustos. Aprendí a comerlo y así se agravó mi gastritis.

Con el tiempo conocí amigos vinculados a los programas sociales que se desarrollaban en el país, me acerqué a uno en particular: “Misión Cultura”. Cuando quise vincularme experimenté lo que tantos inmigrantes: necesitaba la acreditación del Ministerio de Educación de Venezuela para integrar el profesorado, de modo que el primer y gran obstáculo aparecía de la nada para derrumbar uno de mis más preciados planes. Nunca pude trabajar con el equipo encargado de “sembrar” cultura a diestras y siniestras.

Mi vida laboral comenzó en una tienda de zapatos. Fui contratado para vigilar la puerta por una semana debido a una gran rebaja de productos. Transcurrido ese tiempo la jefa me ofreció una plaza, su oferta no era mala así que acepté lo que sería mi primer trabajo formal en Venezuela.

Un mes antes mi amiga y yo habíamos ido a Caracas a regularizar mi situación migratoria, con tanta suerte (ella tenía unos contactos en Inmigración) que en solo un día logré el permiso de residencia por 10 años, permiso que lógicamente tuve que presentar para que me otorgaran el puesto en la tienda de zapatos ubicada en el mismo centro económico de Valera.

Tuve contratiempos con jefes y empleados; probablemente originados en la moral con la cual fui criado, que contrastaba con las ideas de algunos trujillanos. Los ejemplos estaban por todos lados y como no podía luchar contra el mundo tuve que readaptarme sin perder mis ideales y el rumbo por el cual me encontraba allí.

El barrio al cual me mudé es de los más peligrosos de Valera, dato que supe un poco después. Se llama Rafael Caldera y no había un solo día en el que no se sintiera algún que otro disparo de arma de fuego.

Para el verano del 2009 me mudé con unos amigos venezolanos porque mis ingresos no eran suficientes como para mantener un apartamento. Afortunadamente cerca de la casa comenzaban a construir un muro para evitar inundaciones y buscaban obreros cualificados y ayudantes. Me contrataron, ya agarraba el pico y la pala cuando por cosas del destino uno de los jefes se percató de que poseía un nivel de educación superior (dicho por él mismo) y a las pocas horas de empezar me ofreció la plaza de almacenero.

El barrio al cual me mudé es de los más peligrosos de Valera, dato que supe un poco después. Se llama Rafael Caldera y no había un solo día en el que no se sintiera algún que otro disparo de arma de fuego. Lo curioso  es que coexistían personas de buenos hábitos civiles con malandros, entiéndase en el argot venezolano: personas de bajo nivel escolar dedicadas a tiempo completo a realizar atracos y robos o relacionados con el negocio de las drogas.

Convivir en el barrio era una odisea. Recuerdo un altercado por el cual asesinaron a uno de los malandros más peligrosos. Sus amigos le hicieron un velorio que llamó mucho mi atención. En una casa cercana a donde yo vivía se reunieron con la familia del difunto y comenzaron a beber cervezas, licores y rones de diferentes marcas  acompañados por algún porro de marihuana. Todo debía hacerse como tal vez el difunto hubiese hecho en vida por cualquiera de sus amigos.

Eran las 7 de la noche cuando decidieron subir el cadáver a una camioneta y pasearlo por el barrio. La única diferencia con un velorio clásico era el vallenato (género musical del caribe colombiano y amado por los malandros venezolanos) que se escuchaba durante la marcha del cortejo fúnebre, y que mientras algunos bailaban y otros gritaban el nombre del difunto, uno de aquellos amigos sacó su pistola y comenzó a disparar al  cielo. Otros lo imitaron como si se tratara de fuegos artificiales.

Mi vida en el barrio Rafael Caldera fue, no obstante, bastante monótona. Todas las mañanas iba al almacén y regresaba sobre las 5 de la tarde. Muchas veces trabajaba los sábados, a fin de cuentas, mi familia estaba en Cuba y entre menos tiempo libre tuviera menos entrada le daba al “gorrión”. Trabajaba para poder ahorrar y sostener a mis padres y hermana en Cuba, no era conveniente salir mucho a otros lugares debido a la inseguridad que se vivía en la zona.

A la hora de almuerzo la señora Amalia preparaba por encargo unas deliciosas comidas: arepa, mantequilla, huevos, arroz, sopas, caraotas, ensaladas, cordero, cerdo, pollo y ternera. Era el menú que todo venezolano comía a diario. Muchos de los obreros y yo comíamos hasta saciarnos por solo 10 bolívares.

Yo tuve la oportunidad de seguir con la empresa, sin embargo, antes de proseguir, conversé con mi otro yo sobre la circunstancia en la que estaba. ¿Valdrá la pena seguir viviendo así?

En la construcción éramos aproximadamente 30 hombres; la mitad malandros reivindicados que, aunque ya no estaban en el mundo de los atracos, seguían consumiendo marihuana a diario. Según aseguraban les daba fuerzas para trabajar, y sí,  parecían “leones” después de un porro.

Debido a que el trabajo era dentro de un río ya convertido en cloaca los obreros llevaban botas de goma. Muchos aprovechaban para esconder sus pistolas en ellas y así, en caso de peligro, nadie los podía coger desprevenido.

En el invierno 2010 cuando finalizó de forma excelente el proyecto “Muro de contención” todos los obreros quedamos sin trabajo. Yo tuve la oportunidad de seguir con la empresa, sin embargo, antes de proseguir, conversé con mi otro yo sobre la circunstancia en la que estaba. ¿Valdrá la pena seguir viviendo así?

El tipo de vida que llevaba no era precisamente el que había planeado: me faltaba el calor de mi familia, los amigos, el olor a humedad de la zona donde nací y me críe, el dominó de los ratos libres; en fin, me faltaban muchas cosas casi imprescindibles en mi vida. Había ganado algo de dinero pero no valía la pena seguir viviendo entre tanta inseguridad y  soledad. En diciembre decidí retornar al lugar del cual había salido: Holguín.

(Fin de la primera parte)


Ricardo A. Fernández Arzuaga nació en Holguín, en un barrio marginal colindante al llamado “Tren de la Loma de la Cruz”. Se considera: amigos de sus amigos, amante de la buena música (aunque lo “bueno”, ratifica, es relativo), de la lectura, de la historia, de las películas (excluyendo las de acción), de lo exótico. Es licenciado en Estudios Socioculturales por la Universidad de Holguín y realizó un Máster en Problemas Sociales por la Universidad de Granada, España. Trabaja como Asistente de Oficina y camarero en tardes y noches.

Fotos: Amauris Betancourt, Kaloian Santos Cabrera y cortesía del autor.

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