García en los confines

la crónica apócrifa

En agosto de 1967 el escritor colombiano Gabriel García Márquez visitó Argentina por única vez. Llegaba para sumarse al jurado del concurso de novela auspiciado por el semanario Primera Plana y la editorial Sudamericana, pero también porque los auspiciadores tenían la intención subyacente de que, aquellos que en masa habían empezado a comprar dos meses antes su novela Cien años de soledad, lo conocieran.


leandro estupiñánLeandro Estupiñán


Ganas de comer, un bife de chorizo, pero Martínez solo los vio satisfacer el deseo de recién llegado en aquella última cena, mientras lo husmeaba a discreción, tratando de comprender todavía los engranajes mentales de su invitado; porque era suyo y de Paco, o lo era de Paco y suyo dado que el editor había leído primero el manuscrito de la última novela escrita por el hombre que tenía delante.

Cuatro meses antes Paco había levantado el teléfono para comunicarse con él, jefe de redacción de una importante revista que sabía significar el papel de los escritores poniéndolos en portada. Borges había estado en su delantera, y para ese minuto en que Martínez lo miraba con algo de curiosidad, también García había sido rostro y cuerpo de unos 60 mil ejemplares. Podía recomponer la imagen: con una chaqueta de colores eléctricos García caminaba por su calle de San Ángel Inn. En la redacción agregaron un título que alguien interpretaba como otro de esos recursos efectivos del merchandising.

Título y entrevista fueron más o menos proyectados la noche lluviosa en que abandonó lo de Paco, entonces Martínez, sorteando esas losetas mal puestas en la vereda que debieran ser tan famosas como los tangos la ciudad, tuvo el presentimiento de que se había dejado impresionar. Y pronto comprendió que su entusiasmo quedaba respaldado por la anhelante lectura de un libro poderoso y oportuno dado que tocaba asuntos sobre los cuales en América Latina se tenía necesidad de hablar; lo hacía valiéndose de un lenguaje atemporal, desmesurado y moderno con alegorías antediluvianas y futuristas. Encargó la entrevista y el periodista elegido voló presto al D. F.

Para el número en el que dicha conversación fue publicada Cien años de soledad llevaba dos semanas en librerías comercializándose a un ritmo estable y vertiginoso. Sin embargo, después de la nueva publicidad sobrevino tal tsunami de lectores hambrientos que en Sudamericana se vieron obligados a reeditarlo para finales de mes. Ocho mil ejemplares primigenios habían quedado extinguidos en poco más de seis semanas.

Mientras agarraba el cuchillo para trozar también su bife de chorizo, Martínez se fijaba en el autor del que algo había conocido. Tenía aires de gitano y vestía otra de sus camisas de tonalidades carnavalescas. La madrugada en que lo recibió en el aeropuerto de Ezeiza, aquel 16 de agosto de 1967, llevaba el mismo saco de colores felices pero su cara era desencajada y mustia. Había viajado en Avianca desde Bogotá en un vuelo nocturno frustrado por un resguardo de nubes que le había tronchado la imagen de las cordilleras y la luna. Tampoco lograba sacudirse el espanto de haber sobrevolado el continente metido en aquella capsula confortable. Una hermosa hembra le fue presentada de inmediato a Martínez.

De pómulos andinos y labios como los de Cesária Évora, Mercedes se mostraba serena y a veces dejaba entrever una faraónica sonrisa, expresión que se le vio en restaurantes, bares y cafeterías, incluso cuando caminaba por Corrientes y Florida en busca de vidrieras bien surtidas y a paso urgente para escapar de la brisa y la lluvia invernal. Era su más socorrida reacción ante cualquiera de las extravagantes respuestas de su marido, un deporte que solía practicar con frecuencia y que hubo de poner en práctica otra vez en Caracas donde recién había discursado en un congreso de escritores culminante con la entrega del Rómulo Gallegos al peruano Vargas.

Vargas y García se conocieron en el aeropuerto Internacional de Maiquetía, aunque para entonces mantenían una prolongada y divertida correspondencia. Compartieron paneles y se lamentaron juntos por las consecuencias de la más reciente catástrofe nacional. Si de alguna manera habían llegado para pisotear los escombros literarios de Iberoamérica tuvieron la mala suerte de que la visita fuera precedida por un seísmo verdadero. Más de 200 muertos y dos mil heridos el resultado de la catástrofe que obligó a retardar el congreso donde un Otero Silva informado aseguró que García había escrito un prodigio.

Ese prodigio iba sumando decenas de fanáticos por minutos y cada lectura parecía trastocar desdoblarlo en interpretaciones nuevas e inmoderadas, tanto que casi podrían haber dado lugar a un libro igualmente alucinógeno como el que estaba rompiendo record de ventas en el continente. También García solía jugar a recomponer su historia, divertimento que practicaba desde aquellas veladas para lectores exclusivos que tuvieron por sede “la cueva de la mafia”, su estudio y celda de creación, cárcel y retiro de San Ángel Inn; cuatro paredes que había visto crecer aquel monumento caído sobre su cabeza durante un viaje a Acapulco. El hecho sucedió como ocurre el despegue de cualquier obra creativa, en un momento que vendría a ser como cuando el agua alcanza su punto de ebullición. Luego de haber sido pensada por tiempo incalculable la idea brotó clara; rompió y germinó.

Había escrito durante dieciocho meses, sorteando aprietos y penurias, protegido por Mercedes quien ponía el pecho a la realidad para que así escuchara lo que su pasado tenía que soplarle al oído. El proceso de escritura finalizó a principios de 1967 y casualmente por esos días, alentado por un crítico chileno, en Buenos Aires el principal editor de Sudamericana se animaba a escribirle solicitándole los derechos de sus libros, petición a la que García contestó con una contraoferta.

En Caracas juraba a los periodistas que la escritura de Cien años de soledad pertenecía a Mercedes, y que él solo ponía su nombre porque a ella, dado el pésimo resultado, le apenaba reconocerla. Lo mismo repitió en Buenos Aires a quienes procuraron por él en el modesto hotel de la calle Arenales donde Martínez los llevó todavía en la madrugada. Pasaba mucho tiempo refugiado por allí, debía leerse los manuscritos que aspiraban al premio de novela por el que se encontraba en la ciudad donde años antes le habían rechazado sus primeros libros. Por eso se la tomaba con calma, disfrutaba los lugares  de Buenos Aires pero cuando el cemento y el asfalto austral lo absorbía quedaba en él la impresión de terminar disuelto en la imaginería de otros.

Un día subió a un colectivo y no más ponerse en marcha se descubrió escudriñado desconsideradamente por los viajeros solo por el hecho de tener las manos libres. Tiró de Mercedes en la siguiente parada y sobre la vereda respiró aliviado por la proliferación de rosas rojas y calas, de gladiolos horribles, de claveles casi negros; en fin, de todos los ramos  inquisitorios que había encontrado en las manos de los viajantes. Levantó el brazo y junto al taxi que había señalado surgió un hombre de bufanda amarilla que se adelantó a la pareja y metiéndose por una puerta con la misma salió por la otra como si ya hubiese llegado a su lugar.

García, que estaba en sus cuarenta, tenía la clase de dificultades a las que Mercedes estaba familiarizada, pero a Martínez seguían pareciéndole increíbles y con asombro vio como aquella mañana en que ya solo les faltaba consumir el café se ponía de pie y tirando por el brazo de su dama, remolcándola, caminó hasta ubicarse en mitad de la calle Santa Fe para allí besarla y levantarla en vilo y hacerla girar sin que les importara el mundo, mucho menos el tránsito. Cuando espléndidos regresaron a la mesa pensó Martínez que acaso el arrebato era consecuencia de un hecho que recién habían atestiguado: por la vereda habían visto pasar a una señora abrazada a una bolsa repleta de vegetales y frutas entre las que asomaba, casi de manera casual, un ejemplar de su novela reimpresa.

El libro no solo había sido impulsado por la revista en la que era jefe Martínez, sino que en verdad llevaba meses publicitándose por América y Europa. Algunos grupos empezaban a tomarlo como el verdadero trasatlántico que no se atascaría en ninguna jungla latinoamericana, sino que sería capaz de surcar las selvas de las ideologías hasta volverse ariete de un sentimiento viralizado por la revolución cubana. Con los primeros capítulos listos, había ido ganado incuestionables y entusiastas adeptos. El mexicano Fuentes, a quien García los hizo llegar por correo porque se encontraba en Europa, quedó deslumbrado con el argumento y el modo en que su autor lo había desmadejado. De un golpe escribió un artículo llamándolo “magistral” y el texto fue reproducido por una importante revista mexicana. Seguido aparecieron fragmentos de la novela en Colombia, Francia, México, Argentina, Lima y Uruguay; bengalas descubiertas por el extraviado lector. El éxito fue fulminante y en el momento en el que García, Mercedes y Martínez dejaban el restaurante para seguir recorrido por la ciudad llevaba vendidos más de once mil ejemplares.

Pero García no terminaba de descubrir las mañas de la ciudad que lo estaba haciendo famoso y en ella algunos se dedicaban a desentrañar las mañas del escritor, porque a fin de cuentas su novela había sido cuidadosamente pensada, trabajada, ordenada, ensamblada en su carpintería personal. A esta fina concepción, sucedida de un contundente aparataje publicitario, al que deben sumarse sus artificiosas entrevistas, otro escritor con nombre de bolerista, Rodolfo Enrique, habría de llamarle: vulgar estrategia publicitaria, de ahí que para él no hubiera García Márquez posible como se leía en las solapa de los libros sino un brillante Marketing García muy marketinero.

A fin de cuentas también Rodolfo Antonio era sagaz agente de publicidad y escribía novelas y versos artificiosos aunque, según él, solo fuese dueño de una pequeña técnica infalible: “decir la palabra indebida para una escena”. La escena es la de la única visita que García realizó a Buenos Aires, ciudad de donde se largó convertido en una aclamada estrella, y Martínez tuvo la certeza de que el milagro se habría obrado la noche del almuerzo en aquel café. Llegaron a un teatro de la calle Florida, García y Mercedes buscaban puesto cuando alguien gritó desde alguna parte: “¡Bravo, bravo!”. Seguido y por la cara de desconcierto que había puesto el autor alguien debió ser preciso: “¡Por su novela!”. No hicieron falta gritos nuevos para que la sala rompiera en aplausos.

Al día siguiente García y Mercedes abandonaron la ciudad. Martínez miraba el avión, lo veía diluyéndose en las nubes, licuarse en el espacio y pensaba en lo que su invitado acababa de decirle. Ya no volvería jamás a estas tierras australes. Buenos Aires quedaba demasiado en el fin del mundo y pisar sus calles de melancólico asfalto y edificios de tangos opresivos era sentir sobre la espada el peso del globo terráqueo, tener la sensación de que se acababan los caminos, vivir con la seguridad de estar visitando una tierra remota y temible, los confines del mundo en los que uno puede encontrarse solamente con el principio o el fin.


ilustración: Flammarion. Originalmente aparecida en el libro de Camille Flammarion: L’Atmosphere: Météorologie Populaire, publicado en Paris, 1888.

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