Buscando a mi princesa azul

trayectos

“Mis sueños de convertirme en electrónico dieron un giro y me propuse otra meta: algún día iba a aprender otra lengua y trabajaría en el hotel donde iba a encontrarme a la princesa azul que me sacaría del país para al fin tener lo que necesitaba”.


carlos rubénCarlos Rubén Rodríguez vive en Florida, Estados Unidos


Mis padres se divorciaron cuando tenía dos años, viví en unos seis barrios de Holguín y de pequeño experimenté la dura realidad que enfrentamos los cubanos. Tenía como mejor amiga a la imaginación y me apasioné por la electrónica. Pasaba horas en mi cuarto, enajenado del mundo, cacharreando o leyendo sobre planos y circuitos eléctricos. Crecí entre dos realidades: mi padre tenía posibilidades, trabajaba para el gobierno, y mi madre, que después de mí tuvo mellizos, se las inventaba como podía con nosotros.

A los quince años visité un hotel en el polo turístico de mi provincia, entonces los cubanos no teníamos acceso a semejantes lujos. Fui con mi papá por un plan llamado CTC (Central de Trabajadores de Cuba), una manera de estimular a trabajadores vanguardias y personas con amistades y conexiones. Fue algo que cambió mi perspectiva por completo, descubrí un mundo de abundancias, conocí a personas distintas, que hablaban otros idiomas y tenían costumbres diferentes. Entender que había personas en el mundo con una vida diaria como la que yo imaginaba en sueños, que se basaban en tener cubiertas mis necesidades básicas, fue tremendo.

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En el hotel vi a otros cubanos que hablaban alguna lengua extranjera y por momentos parecían mezclarse con esos extranjeros que en Cuba llamamos “yumas”. Entre ellos, casualmente, reconocí a un profesor, quien por ser hombre bien parecido y corpulento trabajaba como modelo de ropa tradicional cubana. Andaba rodeado de lindas cubanas porque integraban un grupo de moda. El profesor estuvo contento por descubrirme allí, yo significaba cervezas y merienda gratis, las podía sacar con mi manilla de huésped en un hotel todoincluido.

En una de esas me presentó como extranjero a una de las modelos y le seguí el juego poniendo en práctica mi inglés tarzán. Fue impresionante ver como una muchacha que normalmente no se hubiese fijado en mí me hacía el amor detrás del escenario solo por creer que era extranjero. Aunque hoy me doy cuenta que jugué con sus esperanzas, que a la vez eran también las mías, en aquel momento fue algo que replanteó mis prioridades. Mis sueños de convertirme en electrónico dieron un giro y me propuse otra meta: algún día iba a aprender otra lengua y trabajaría en el hotel donde iba a encontrarme a la princesa azul que me sacaría del país para al fin tener lo que necesitaba.

Empecé a tomar clases de inglés una vez por semana y a prepararme físicamente. Descubrí el mundo del ejercicio tratando de mejorar mi apariencia, una actividad que hasta hoy sigo haciendo y forma parte de mi ritual de vida. Con uno de mis compañeros de gimnasio, Adrián, quien compartía conmigo la ilusión de tener un físico musculado para coger más jevitas, compartí varias aventuras. Nos ganamos el nombre de “las dos urracas” debido a que éramos altos y flacos. Dios siempre pone personas en tu vida con un propósito, aunque no lo sepamos en ese instante.

Recuerdo que mi objetivo económico era comprarme unos Adidas de 64 dólares; y si una noche me iba con un dólar estaba contento.

Optamos por jinetear por cuenta propia; salíamos por las noches a conocer turistas y tratábamos de sacarles el dinero presentándole algunas muchachas. Recibíamos una comisión por los cuartos que buscáramos, claro que inflábamos los precios en complicidad con los porteros y también hacíamos que nos comprarán cervezas en complicidad con los barmans. Nos repartíamos el dinero al final. Recuerdo que mi objetivo económico era comprarme unos Adidas de 64 dólares; y si una noche me iba con un dólar estaba contento.

Al mismo tiempo empecé a modelar. Iba a los hoteles y en ellos comía rico y bastante, conocía extranjeros; me llevaba el papel sanitario y el gel de baño. Una vez me castigaron por eso. Como también debía cumplir con las clases caí en una relación de rebeldía con mis padres, tuvo que pasar mucho tiempo para que las heridas entre nosotros se sanaran. Nunca olvidaré la noche en que mi padre, frustrado porque había caído en desgracia en su trabajo, se me vino encima a golpes delante de mis amigos en el parque solo porque traía en la cabeza un pañuelo con la bandera americana; ironías de la vida. Amo a mis padres, no hay familia perfecta y agradezco la educación que me dieron, pero también es cierto que cada día estábamos más distanciados, otra razón que me impulsaba a emigrar.

Llegó el servicio militar, no podía andar con extranjeros, era considerado “de riesgo” para el gobierno y necesitábamos estar aislados, bla, bla, bla… Conocí a la primera extranjera con quien tendría una relación larga, una costarricense que había ido a estudiar a Cuba. El solo hecho de vivir con alguien que supiese de otra realidad me esperanzaba. Aprendí de la idiosincrasia suramericana y empecé a hacer negocios, porque de manera ingenua trataríamos de pagar nuestro matrimonio y el viaje a Costa Rica; mi primer fracaso: su esfuerzo no era igual al mío y después de dos años decidí no perder más tiempo y que se jodiera todo. Terminé la relación con la frase: “fucking latinos” sin saber que más tarde la vida me daría una lección.

Después de un tiempo fuera de la provincia mi amigo del gimnasio conoció a una canadiense mayor. Ella insistía en verlo pero había un problema, él no sabía inglés; entonces acordamos que a la hora en que lo llamara por teléfono yo estaría presente y tomaría su lugar. Así pasaron como ocho meses hasta que aprendió inglés. Ella viajó para encontrarlo y para mi sorpresa la acompañaba su hermana, a quien me tocó hacerle compañía. Yo tenía 21 años y ella me llevaría unos diez, también me doblaba en peso. Fue el comienzo de una nueva etapa: empecé a tener sexo con personas que no me gustaban solo por alcanzar una meta económica y quizás un viaje. La primera noche en que estuvimos juntos mi primera frase fue: “¿Me compras un celular?”

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La relación se empezó a prolongar, y aunque podía darme pena cogerla de la mano por mi pueblo me calmaba diciéndome que mucha gente habría querido estar en mi lugar o que simplemente comprendían la impotencia y el sufrimiento de vivir en un lugar donde no crece la esperanza. Empecé a depender de ella económicamente, solo teníamos que estar juntos cuando visitaba Cuba y me mandaba mi remesa mensualmente con la cual sobrevivía. Pero esta situación empezó a crearme un vacío espiritual,  sentía que algo no estaba bien.

En ese momento conocí a una cubana con quien compartía situaciones similares, estaba casada con un hombre mucho mayor pero podría sacarla de la situación de pobreza. Mi relación con ella fue una muestra de que a veces en la vida atraes lo que eres. Establecimos empatía, nos involucramos mucho sentimentalmente, nos animábamos para conseguir nuestras metas. En ese entonces mi papá había tenido que emigrar para La Habana, pues ya en Holguín, después de un anónimo por el cual le quitaron el carné del Partido, nunca sería igual. Vivía con mi tía, que a la vez tenía una hija casada con un beliceño. La corriente de emigración era notable a todas las escalas y direcciones adonde se mirara.

Vivía mi vida en aquel entonces entre una relación pasional imposible de materializar y un teatro fingido, manteniendo el sueño de actuar como una persona normal. Fue en ese entonces cuando en el tramo de una semana se largaron del país todas las personas que ocupaban mi tiempo: mi tía para Belice; y para Canadá, mi mejor amigo y mi novia cubana. Me quedé solo, aceptando la nueva realidad. Entonces empecé la universidad en la carrera de fisioterapia sin imaginar que trabajar con personas discapacitadas podría tocarme el alma y traerme paz. ¡Loco mundo en el que luchaba por estudiar y sobreponerme a las dificultades económicas vividas por todos los cubanos!

A los pocos meses pasó lo esperado: mi amigo del gimnasio se daba a la fuga desde Canadá para trasladarse a Estados Unidos. Abandonaba a su mujer, una decisión que más tarde causó el rompimiento de mi relación con su hermana, mi soporte económico. En tanto continué mis aventuras esporádicas con extranjeras o cubanas que una vez emigradas con sus maridos mayores regresaban a Cuba en busca del pedazo que les faltaba. Y, aunque por mi machismo me cueste admitirlo, y no me considero homosexual, también tuve aventuras con hombres que me pagaban.

Por una cubano-española conocí la Habana, otro nivel de desarrollo: visité lugares que en mi vida había pensado visitar con mis propios recursos. Como dijo alguien que no recuerdo: “Dios nos da las cartas y a nosotros nos corresponde jugarlas”.

En Holguín conocí a una muchacha que desde niño me atraía, pero nunca había tenido el valor de hablarle. Sabía que estábamos en mundos diferentes, que sería una relación corta, pero así y todo probamos y llegué a amarla. El karma no perdona sin embargo, y todo lo que haces de alguna forma retorna a tu vida. Ella estaba enamorada de su ex novio, el cual había emigrado a Canadá, y cuando pudo regresar de visita me confesó que estaba confundida; ese fue el fin de nuestra relación.

No me sentía bien conmigo mismo, lo reconozco, tenía más dinero y podía respirar económicamente, pero era como jinetear autorizado.

Yo había dejado la Universidad para matricularme en Formatur, escuela donde me preparaba para animador turístico. Durante las prácticas podía hacer dinero y vestir gracias a mi bondad, y muchas veces a “mi cara de lástima”, el anzuelo que usaba ante turistas canadienses, italianos y alemanes. No me sentía bien conmigo mismo, lo reconozco, tenía más dinero y podía respirar económicamente, pero era como jinetear autorizado.

Después de mi última relación, donde sanamente di lo mejor de mí la realidad me sorprendió: nunca olvidaré la noche cuando salí con 300 dólares en el bolsillo, me senté en el parque de Holguín y me pusé a mirar el teatro, la Casa de la Cultura, el Museo y las cafeterías. Sentí por primera vez la sensación de estar ahogado, preso en una isla; me vi como ese pequeño punto en el mundo. Quería volar y sentía impotencia, compasión de mí. Sé que no es correcto decirlo pero la vida es imperfecta: ese día me juré que me iba del país pasara lo que pasara. Me puse como meta un año. Pondría mis principios a un lado pero no me quería en ese lugar donde estaba destinado a acabar como las personas de mi anterior generación.

Empezar a trabajar en un hotel de Gaviota para materializar mi plan fue complicado. Había estado esperando esa oportunidad desde niño y aunque obtuve las mejores notas en Formatur, había sido el segundo en el escalafón, cuando me enfrentaba a las pruebas de actitud nunca me seleccionaban. Los jefes de animación preferían muchachitas jóvenes, aun con menos dominio de una lengua extranjera y menos conocimiento. Llegaron a decirme que no me contrataban por el solo hecho de ser “bonito”  porque sabían que estaba allí para casarme con una yuma. En una de esas pruebas me vio un gerente italiano y aunque ya estábamos eliminados insistió para uno de mis compañeros y yo pasáramos a la lista de espera, de manera que seríamos contratados más adelante. Un día recibí una llamada de la agencia y así entré.

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Ya en el hotel otra vez mis técnicas cambiaron: solo salía con personas que pudiesen ayudarme o que realmente me gustaran. Mi lema era que la que quisiera estar conmigo tenían que alquilar un carro. Era mi forma de analizarlas a ellas, si no tenían para alquilar tampoco iban a tener para ayudarme. Fueron tiempos de diversión y al mismo tiempo de tensión. No quería perder el trabajo, sabía que no iba a tener otra oportunidad de encontrar otro igual. En esa circunstancia llegó a mi vida una mujer llamada Rita.

Acababa de hacer un show en el que interpretaba a Tarzán, me vestía con una peluca y un traje de picapiedra, y cuando finalizó una amiga vino y me dijo que cierta cliente quería conocerme. Yo le dije que no me interesaba, pero dicha cliente insistía en salir conmigo. En ese momento tenía dos propuestas de matrimonio, una para Inglaterra y otra para Canadá, las dos de muchachas jóvenes. Era mi plan hacer vida con alguna de ellas.

Rita me llevaba 20 años y no quería ponerme de nuevo en esa situación, pero me mandó a decir que me daba mil dólares si salíamos juntos. Su propuesta  me encendió el carbón por dentro y decidí aceptarla. Salimos, la primera noche fue difícil desde el primer momento. Fuimos a Guardalavaca y después de las típicas conversaciones para conocerse y venderse uno mismo me dijo que me permitiría besarla. Ahí empezó su manipulación. Al otro día volvió a decirme que necesitaba salir conmigo de nuevo. Le respondí  que estaba enfermo, pero me respondió que ya había alquilado el carro y que por favor no le hiciera el desaire, que solo quería compartir tiempo conmigo; esto sumado a una historia de sus anteriores vacaciones en Cuba: se había quejado de un bailarín que le caía mal y se había asegurado de que lo despidieran.

Sabiendo que tenía un temperamento explosivo decidí aguantar dos semanas hasta que se fuera, pero para mi sorpresa al final de su estancia me preguntó que por qué no nos casábamos. Yo  me quedé estupefacto, traté de decirle, de la manera más dulce posible, que solo nos conocíamos hacía dos semanas, que dar ese paso tan rápido era una locura incluso para mí. Ahí empezaron las crisis. Yo tenía fecha de boda con otra canadiense en dos meses, pero al final por miedo a perder mi trabajo decidí decirle que sí , pensando en llamarla cuando estuviera ella en Canadá para decirle todo. Tenía mi trabajo, me gustaba y había pasado la vida tratando de conseguirlo así que de ese modo lo hice. Ella se fue feliz en su avión para Canadá y yo me quedé en Cuba sintiéndome vacío y sucio.

(continuará…)


Carlos Rubén Rodríguez nació en Holguín donde estudió hotelería y turismo en Formatur. Ahora vive en Estados Unidos y su vida transcurre tranquila y al mismo tiempo ocupada. Trabaja como camarero y entrenador personal siguiendo un estilo de vida “fitness” bajo un estricto sistema de dietas y ejercicios, aunque de vez en cuando se toma tiempo para vacacionar. Busca el crecimiento en todas las facetas, es decir: espiritual, financiero y económico.

Fotos de Andrew Ly y Kaloian Santos Cabrera.

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