La infame línea amarilla

trayectos

“Viajar es un proceso a dos partes, una cabal y física detrás de la infame línea amarilla y otra interior donde la patria deja de ser lo impreciso, las consignas y la bandera tricolor y se transforma en tu mamá durante una videollamada, en el olor salado de la playa en la piel y en un plato de potaje”.


yamile muletYamile Mulet Roig vive en Edimburgo


El viaje no comenzó en el avión sino en la línea amarilla delante de la cabina de inmigración que abre la puerta al salón de última espera del aeropuerto de Holguín. Del otro lado quedaban los míos, todavía esperando que los mirara o agitara la mano por enésima vez mientras yo hacía muecas con la boca y sin sonido avisaba que salieran ya antes que el nudo en la garganta se fuera a desatar.

La segunda vez iba con mi hijo de once meses y una maletica verde llena de  juguetes, libros y cosas pequeñas para que mi cuarto en Europa fuese una cuasi réplica del que compartía a ratos con mi hermana en Cuba: un par de velas en madera roja, una foto de mi abuela joven en un portarretrato decorado con florecitas amarillas, un joyero hecho con conchas y arena que mis amigas me regalaron en mi último cumpleaños, pequeños perritos de artesanía que he acumulado con el tiempo a pesar de que me gustan más los gatos, una carta que mi papá me escribió cuando estudiaba en la Universidad y mi primera postal del día de las madres.

El vuelo fue una pesadilla, nueve horas entumecida por dentro y por fuera, con Liam en un sueño intranquilo y la sensación de que sería tempranamente juzgada por amamantar en público, acto natural hasta ese momento. Casi al final, mi compañera de asiento me ofreció sostener a mi hijo para que pudiese refrescarme la cara en el baño, y solo en ese momento y en la intimidad de ese pequeño espacio, pude llorar.

El aterrizaje y el paso por el chequeo de visa y pasaporte fueron relativamente rápidos. En menos de una hora estaba fuera del aeropuerto camino a la estación de trenes de Manchester, ciudad gris y silenciosa con casitas de chimeneas enladrilladas.

Lo primero que viene a mi mente de ese día es que al montarme en el tren el frío de marzo me hizo doler el cuerpo; nunca me había pasado algo parecido y casi sin pensarlo saqué al enano del coche y me lo puse dentro de la chaqueta mientras buscaba a mi esposo entre la gente. Cuando logré verlo caminé hacia él, nos dimos un beso fugaz y corrimos juntos para el segundo tren del día. Cuando el niño se durmió  caí como una piedra en mi asiento y no desperté hasta que anunciaron parada definitiva en Edimburgo.

2En Escocia comenzaría el lento y difícil proceso que supone irse de tu lugar de origen. En mi opinión es al llegar al sitio al que te mudas cuando realmente comienza la emigración, no en el momento de dejar el terruño. Cuando sales nadie te explica que dentro sigues llevando la Isla llena de rutinas y comportamientos, que necesariamente harás mutar en  una marcha lenta y casi instintiva.

A veces miro atrás y me parece tan lejana la muchacha temblando de frío en aquella estación. Ahora reconozco las calles grises de la ciudad, pienso en inglés antes de abrir la boca para cualquier conversación y hago bromas locales; veo los programas de televisión sin subtítulos, me he acostumbrado a fingir indiferencia ante el llanto de niños ajenos y a no decir “mongo” en voz alta por no herir sensibilidades. Todos los días a las seis de la mañana con el café en mano chequeo cómo va a estar el clima porque aquí la lluvia es residente permanente, como yo. Espero diciembre con alegría para celebrar la Navidad, he empezado a creer en Santa Klaus y en la magia de la nieve, villancicos y cenas familiares.

Edimburgo es una ciudad mágica, llena de monstruos y castillos de verdad. Las estaciones del año son palpables y en un mismo día puedes experimentar las cuatro.  Tiene su propio “himno no oficial” y la comida y el acento, peculiar hasta el cansancio, no son lo único que los diferencian del resto del Reino Unido; hay una calidez distinta, un sentido de pertenencia que reconozco cercano. Me llama mucho la atención que niños pequeños conozcan leyendas y que sepan la diferencia entre un “loch” y un “lake”. Sin embargo siento miedo de realidades que antes solo veía en las noticias, me duelen los conciertos interrumpidos con bombas, uso más mi teléfono aunque me llama poca gente; y hablo menos, mucho menos.

Este país me ha transformado en maneras que todavía me cuesta entender, aunque me reconozco en la Isla ahora mucho más que antes.

Mi primer trabajo en este país fue vendiendo perfumes en una tienda, periodo difícil, de tacones y maquillaje completo, con sonrisa incluida. Afortunadamente hoy trabajo en una compañía multilingual donde a veces tengo la oportunidad de hablar español, aunque todavía no he encontrado otro latino.

Este país me ha transformado en maneras que todavía me cuesta entender, aunque me reconozco en la Isla ahora mucho más que antes. Me gusta caminar en las mañanas oyendo música cubana, y cuando escucho los batás de Orishas …y me sorprendió la necesidad de expandir el alma… algo se me mueve en el pecho, como si tuviese mucho aire dentro. Cuando me molesto empiezo a mascullar entre dientes todo el repertorio de malas palabras que están prohibidas delante de Liam. Sigo quejándome del calor  y comparando las playas y comidas de aquí con las allá, hago odas a Savón, Juantorena, Sotomayor y Ana Fidelia cuando hablo de deporte con Steven, mi esposo. Substituyo los cakes  helados por flanes o dulce de leche, y Peppa Pig tiene que “coger la cola” con Liuba María Hevia; les digo “asere” a todos en mi trabajo (eso incluye a mis jefes) y hasta la que cambia el papel del baño sabe el significado de “chao pescao”. Cuando me preguntan de política siempre termino hablando de la medicina, la educación y  de mis viejos temores, minúsculos ahora.

Viajar es un proceso a dos partes, una cabal y física detrás de la infame línea amarilla y otra interior donde la patria deja de ser lo impreciso, las consignas y la bandera tricolor y se transforma en tu mamá durante una videollamada, en el olor salado de la playa en la piel y en un plato de potaje; en los cumpleaños de tus hermanos, la operación de tu papá en la que no estuviste  y en tu hijo que repite, porque sabe que te hace sonreír, eso de: “¡Vamos a Cuba!”.


Yamile Mulet Roig nació en Holguín. Es licenciada en Historia por la Universidad de oriente. Fue especialista en Relaciones Internacionales para la Dirección Provincial de Cultura de Holguín y colaboradora del periódico La Luz. Actualmente trabaja en Procter& Gamble como editora de contenido y traductora.

Fotos de Omar Yassen y la autora.

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