Un cubano en la alfombra roja

registro de un observador

Rodado en playas habaneras este año, Agosto es un filme que un equipo de realizadores internacionales proyecta desde 2011. Su última incursión fue en el Festival de San Sebastián, pero antes ha pasado por certámenes de Suiza, Argentina y Francia. Sobre la estadía en La Fabrique des Cinemas du Monde en el Festival de Cine de Cannes cronicó su director


armando capóArmando Capó vive en Gibara


Estoy en la sala de navegación de la UNEAC en Holguín. Logro entrar al correo y descubro que tengo infinidad de mails, pero de ellos hay como quince que tratan de lo mismo y me empiezo a emocionar. Intento que abran pero la conexión es muy lenta.

Vuelvo a las 8 de la mañana, soy el primero. Por fin la noticia: La Fabrique des Cinémas du monde nos ha seleccionado con Agosto, el proyecto de largometraje con guión de Abel Arcos para estar presente en esta edición del Festival de Cannes. No lo puedo creer.

festival de cannes

Contacto en el chat con Marcela Esquivel (una de las productoras, costarricense, graduada, como yo, en la EICTV, la otra es cubana que ahora reside y trabaja en Chile: Claudia Olivera ): “¿Cómo vas con el tema de la ropa?” “¿Qué ropa?”

Una advertencia de Marcela, quien a veces se cansa de sobrellevarme como si fuera un niño: “Capó, lee todos los correos, son importantes. No puedo estar pendiente como si fuera tu mamá… para las presentaciones oficiales debes llevar  traje negro, zapatos negros, camisa blanca y corbata; ah y sería prudente que lleves un paraguas grande.”

Ahora sí, de dónde saco un traje que me sirva y no me sienta ridículo. Si no tengo camisas de mangas largas, zapatos de vestir, cinto ni pantalón de vestir, ¿cómo voy a tener traje?

Empiezo a buscar en el hotel Habana Libre.  Hay unos zapatos carmelitas… me gustan. Me acompaña Javier Ferreiro, español, estudiante de la EICTV: “Esos no te sirven, deben ser negros y con cordones”. Me enseña unos zapatos como de colegial, feos, grandes, con una punta alargada. “Pero esos que me estás enseñando son horribles”. “Son así, aunque no tan feos como estos… con la suela negra y sin hebillas. Las medias deben ser de caballeros, cuando cruzas las piernas no se puede ver más arriba de ellas. Y esos cintos no te sirven, el cinto de vestir es ligeramente estrecho, discreto”.

Sinceramente estoy muy feo. Hace dos semanas no pienso en la película y el guión por el que voy a Cannes, solo en la ropa.  Es absurdo.

Voy de las tiendas del Habana Libre a las del Meliá Cohíba, a Galerías Paseo, a la calle San Rafael, a la sastrería de Obispo, donde al menos aparece el cinto. En el Comodoro hay trajes. El Elegante. La señora me dice que me queda muy bien. Pero una amiga tira varias fotos y las veo después, con la cabeza fría. La verdad, parece que me voy a casar con un traje alquilado. Las mangas son demasiado largas.  Las hombreras no caen donde deben ir.

Sinceramente estoy muy feo. Hace dos semanas no pienso en la película y el guión por el que voy a Cannes, solo en la ropa.  Es absurdo.

Ayer me llamó Dean Luis Reyes, mi amigo crítico de cine, para decirme que en el Miramar Trade Center había unos blazer que me podían servir. Voy y no me sirven por el color, pero encuentro un pantalón. Compro las medias.

Rosa María (mi novia) me llama desde Holguín: “Mi amor, te tengo dos camisas blancas. Ah, y lo mejor: a Jose, el novio de mi hermana, el padre le mandó de Estados Unidos un traje. Costó como seiscientos dólares y yo creo que te va a quedar bien. Te lo mando con la gente que venga de la EICTV al Festival de Cine Pobre. Mi papá te tiene un juego de yugos de plata, lindísimos, dice que él no los va a usar nunca.”

Voy nuevamente a buscar los zapatos. El problema es que uso el treintainueve, un número demasiado pequeño. La señora termina explicándome que dentro de un pedido de doce solo hay un treintainueve y un cuarentaicinco.

Marcela Esquivel me escribe para que dé el visto bueno a mis tarjetas de presentación. Armando Capó. Director. AGOSTO. Pregunta: ¿Cómo andas con la ropa? Ya el tema de mi ropa y el viaje tiene vida propia en Facebook. Mis conocidos y amigos empiezan a hacerse eco de mi angustia. Parece más difícil encontrar la ropa que ir al Festival de Cannes. Le respondo a Marcela: “Es lo más difícil que he hecho en mi vida.” “Uff, Capó, qué difícil es todo en Cuba. Mándame la talla y veré si lo puedo encontrar aquí, si no miramos en internet si los podemos comprar o alquilar en Cannes. Siempre está Zara o HM. Ya no te angusties más”. Y sucede el milagro.

Voy a la Habana y entro por costumbre a una tienda a la que he entrado ya dos veces. Miro los zapatos y pregunto: “¿Ese es un 39?” Me llevo los zapatos y espero a ver si el traje que me mandan de Holguín funciona… y sí: el traje me sirve y me gusta. Ya empieza a despertar la vanidad, puedo decir a todos que me voy a Cannes. Nunca había viajado en primera clase.

Traje que me pruebo en el elegante y que no me queda bienEn París me encuentro en una absurda discusión con la chica que atiende aduanas. He comprado en Duty Free de La Habana una botella de ron Santiago. Aunque está dentro de un sobre transparente sellado me exigen un comprobante que nunca me dieron. Trato de explicar a la chica que es así. Que es el Duty Free de La Habana y que La Habana es absurda, pero no entiende. Me voy molestando más y ella me amenaza con llamar a seguridad y no dejarme entrar a territorio francés. Suficiente. Me despido del ron y sigo adelante.

El aeropuerto de Niza está pegado al mar. La ciudad empieza a subir por las colinas y a los lejos Los Alpes y la nieve. Salgo del avión y el calor me golpea. Empiezo a sudar copiosamente. Las horas de viaje ya salen. Necesito bañarme. Busco entre la multitud alguien con un cartel. Salgo. La gente corre por un taxi y casi me dejo llevar. Un señor muy alto que habla por teléfono lleva el cartel  que necesito.

“Hola”. “¿Bonjour monsieur?” “Armando Capó, Fabrique de Cinema du Monde”. Es mi chofer. Sin esperar, carga mi equipaje y se va a grandes zancadas mientras habla por teléfono. Le persigo hasta la berlina. Me quedo mirando la espiga dorada que adorna el Peugeot y que me anuncia que estoy en el Festival de Cannes. Qué lindo, qué glamour. Peugeot, partenaire oficial. Festival de Cannes.

Mis compañeros de viaje llegan. “Hola, I’m Kamar, from Bangladesh and she’s Sara”. “Hola”. El auto tiene el techo transparente y el sol me castiga. En Cuba a nadie se le ocurriría tener un auto con el techo de cristal.

La carretera va pegada a la costa. El chofer sigue hablando por teléfono y me fijo en la velocidad: ciento cuarenta. Me pongo apresuradamente el cinturón porque ahora inicia una discusión y al menos quiero llegar entero y directamente al hotel, no al hospital.

Salto por el pasillo en el que ponen la alfombra unos trabajadores. Mi habitación es la treintaitrés (tiñosa). Un señor da golpes con un martillo en la pared. Se vira y empieza a recoger apresuradamente las herramientas mientras me pide disculpas. Se van y por fin puedo meterme al baño. A ver si me quito la peste que me acompaña. Abro la ducha y cae el chorro del agua más fría que he tocado en la vida. Grito y salto fuera del baño cagándome en la madre de todos los franceses. Espero, pero el agua nunca se calienta. Y me voy a dormir. Sucio, sin ver Cannes, sin esperar a Marcela que llega mucho más tarde, cansado. Esperando el nuevo día.

El pabellón de Cinémas du Monde está al lado de la playa. Casi todos los pabellones están a lo largo de la playa. Algunos más allá del palacio del festival y otros antes. En la parte de atrás de nuestro pabellón está Radio Francia Internacional y a la izquierda Qatar. Pero muy pocos están dentro del palacio. El pabellón de Venezuela tiene dentro al pabellón de Cuba y está dentro del palacio. Muy simpático. Hasta aquí seguimos juntos. Voy a verlo con Gustavo Rondón, uno de mis compañeros venezolanos. Su proyecto ¨La familia¨, trata de la violencia cotidiana de Caracas. Bromeamos de hacer algo junto. Tal vez un documental sobre los guerrilleros cubanos que pelearon en Venezuela. De seguro la Villa del Cine y el ICAIC nos lo financiarían con los ojos cerrados.

Pabellón de Venezuela y Cuba

Regreso a tiempo para la primera presentación del Pabellón y encontrar a Marcela. No nos vemos desde hace un año en que vino a Cuba como asesora de producción a la EICTV y me confirmó que trabajaríamos juntos. Este primer día es como una luna de miel, todo cariño, así que nos sentamos y nos ponemos al día con los asuntos personales. Llega Walter Salles, nuestro padrino de la Fabrique. Nos unimos en una especie de mesa redonda y empiezo a conocer realmente al resto de mis compañeros. Después nos toca una sesión de fotos con Walter, quien resiste pacientemente a que pasemos todos, con su sonrisa de oreja a oreja te murmura cosas del guión, tal como haría un conspirador.  “Agosto”, mi película, es una conspiración. Acabo de caer en cuenta de que esta es la mejor manera de describir este proceso. Una conspiración.

Nos sueltan temprano este día. Debemos vestirnos y regresar a tiempo para ir a la alfombra roja. Severine confirma que tengo la ropa reglamentaria. Un error. Hay un error. Marcela me trajo corbatas pero hay que asistir con un corbatín en el cuello.

Debo ir al Monoprix, el supermercado donde están los corbatines más baratos (y feos) de Francia. Los corbatines están al lado de las Coca Colas. Uno parece que se ajusta a mi cuello. Nueve euros con noventinueve. Solo me salva del ridículo el que soy extranjero. Pero alguien me confesó a partir de la primera foto que mandé al festival que parecía pobre, argelino y terrorista.

Ahora el agua caliente sí que funciona, pero la plancha no aparece por todo el hotel y el encargado se encoge de hombros. No importa, la etiqueta no dice nada de si la ropa debe estar planchada o no. Me voy con Damien y Jzedi. Ambos hablan español y son argelinos, yo también… casi.

Los zapatos nuevos empiezan a molestarme y el lazo me lo guardo en el bolsillo. No hay que pasar pena antes de tiempo. Aquí todo el mundo viste mejor que yo, desde los meseros hasta los guardias de seguridad. Incluso los paparazzi respetan las normas de la ropa. Damien graba todo con una cámara pequeñita, para la posteridad.

Desde que llegué lo que más me ha impresionado es que no hay tiendas baratas, los súper están escondidos y para encontrar una panadería tienes que caminar bastante. Para llegar al pabellón de la Fabrique cojo por la calle principal hasta el Paco Rabanne, doblo después en Diesel y avanzo hasta llegar a la playa. Cruzo frente al hotel Martínez por la cebra que tiene una pantalla gigante de Transformers y llego a la exhibición del último Mercedes,  custodiado por modelos anoréxicas. Pero hoy no puedo hacer eso. Desde mucho antes de llegar hay barreras y para pasar hay que enseñar las credenciales y la invitación. La última no la podemos sobrepasar. Por aquí debe entrar Cate Blanchet en una limosina, no dos argelinos y un cubano. Media vuelta; hay que flanquear por otro lugar. Los paparazzis nos tiran fotos. No tienen manera de comprobar si somos importantes o no. Todo el mundo se viste igual para entrar a ver la película de la selección oficial así que podríamos ser VIP. Nunca se sabe.

De nuevo las boutiques.  Me detengo en seco. “Damien, oye, ¿ese es el precio del vestido?” “Sí”. Veintiún mil euros. No puede ser. Es una ofensa, sigo choqueado. Que cine ni un carajo. Y es solo el vestido…Los flash me paralizan. Un tipo camina sonriente y los paparazzis corren a su alrededor como en una carrera de relevos.  Damien aprovecha y le tira fotos. ¿Y ese quién es? “¿No sabes?” Qué voy a saber. “Es el príncipe de Mónaco…” “¿El alto y rubio?” “No, ese debe ser el guardaespaldas.”

Al fin llegamos al pabellón. Nos tienen como a los pollitos para pasar la alfombra roja acompañando a Walter Salles. Marcela ya estaba preocupada por mí. “Capó, por favor, mira que los franceses creen que los latinos llegamos tarde a todos los lugares.” Es la hora de colocarse el corbatín y soportar las bromas. Mi camisa blanca es para corbata y este corbatín barato no ajusta bien. Otra lección, hay una camisa distinta cuando llevas corbatín, el cuello es más pequeño.

Los directores por aquí, con Walter. Los productores van todos juntos después. ¿Noooooo? Sí. Este es un festival de cine de autor. Salimos, los guardias de seguridad nos rodean para cruzar como los seiscientos metros hasta la alfombra roja del cine principal. Se hablan por walkie talkies y nos detienen y nos hacen avanzar como si fuéramos un rebaño. Lo somos. Hasta nos protegen de los paparazzis. ¿Para qué, si yo lo que quiero es que me tiren fotos? Damos la vuelta por atrás del palacio y llegamos de improviso a la alfombra roja.

Ahora sí. La gente está apiñada junto a la baranda. Los fotógrafos tienen banquitos sobre los que se suben. Hay un pequeño momento de paz. Y es que somos nosotros y no Cate Blanchet quien está pasando. El tipo que arrea nos empuja y caemos en medio de la alfombra. Cada vez que mi madre enseña el video, la gente celebra mi ecuanimidad  y la sangre fría con que me separé del grupo para destacarme. Todo un señor. La verdad es que salí tarde del empujón y no pude mantenerme en el grupo que se movía para los fotógrafos. La seguridad es mi concentración en mantener el equilibrio. Y sonrío de la misma forma que lo hacía cuando era estudiante y me atrapaba el director llegando tarde. Simplemente no sabía qué hacer. Estoy como pescado en nevera, absolutamente convencido de que hago el ridículo pero con la certeza de que ya no hay vuelta atrás: estoy en la alfombra roja.

Momento en que el paparazzi se lanza debajo del vestido de la actriz

Subimos las escaleras y Marcela se agarra de mi mano. “Capó, que emoción, dijeron tu nombre”. “¿De verdad?” “¿Sí, no lo oíste?” Los asientos tienen el nombre de la persona que lo va a ocupar para que nadie se equivoque. Por ejemplo: Joe Kancisky y Cate Blanchet. Wao, estoy solo dos filas delante de Cate Blanchet. Por la pantalla enorme del cine vemos cómo prosigue el desfile de gente importante en la alfombra roja. Un tipo se tira abajo del vestido de América Ferrera. El teatro entero grita y le pone un poco de emoción al drama que disfrutamos en vivo.

Son los últimos en llegar. Entran Cate y América. La gente aplaude y voltea mirar. América tiene un vestido muy feo, la verdad el tipo que se le lanzó debajo de la falda tiene un muy mal gusto en vestidos. Es metálico brillante, con un hueco que atraviesa toda la parte delantera y las tetas agarradas como si se las hubiera enyesado. Aprovecho y me saco un selfie con Cate Blanchet.

La película empieza y poco a poco me voy adormeciendo hasta que me caigo completamente. Despierto y trato de ver pero está fuera de foco. La película suena muchísimo y es que hay una batalla de dragones fuera de foco. Tardo unos segundos en darme cuenta de que he dejado caer mis gafas 3D. Me las pongo y las imágenes toman sentido. Ante mí How to train my Dragon II, La película de dibujos animados por la que he desfilado en la alfombra roja. Qué vergüenza venir a Cannes, desfilar por la alfombra roja a ver dibujos animados… pero qué se le va a hacer. Volver al hotel va a ser toda una odisea con dos ampollas nuevas en los pies.

Llego tarde de nuevo. Con la manía de puntualidad que tienen los franceses y Marcela que me lo ha recordado. Ayer fueron solo cinco minutos y como he adelantado algo mi reloj no estoy seguro de si estoy a tiempo o no. Entro justo para pedir a Cristóbal un café y sentarme en la mesa antes de que el productor llegue a la cita. Ya le estoy cogiendo el gusto a eso de los pitch.  Como los deportes de alto riesgo, desprende adrenalina.

Entre la gente con la que hablamos hay de todo.  Desde a los que solo les importa el dinero y ven en un buen guión la manera de asegurar una tajada, aunque después las decisiones que toman pueden no ser las mejores para la película pero sí para asegurar la parte que les debe tocar, hasta los que se enorgullecen de producir las películas que les gustan, descubrir nuevos talentos y que cada vez la aventura sea distinta, con diferentes obstáculos. Estos son los productores que necesitamos. Y casi siempre son los que encontramos.

Una presentación básica es: “Soy fulano, mi empresa se llama ¿?, tengo la película tal en la sección. El año pasado produje X que fue premio en Berlín, tengo dos  películas en posproducción, una de ellas con el director vietnamita que ganó la Semana de la Crítica hace dos años y otras con un nuevo talento del Congo y dos a punto de empezar el rodaje.”

Estamos buscando coproductores que les interese participar en un proyecto donde no van a ganar dinero, que es una aventura  y posiblemente habrá infinidades de incomprensiones y dificultades en Cuba. Donde se respete la esencia de la película y la mirada del autor y además aporten el dinero.

Después nos toca presentarnos a nosotros y debemos hacer hincapié en el porqué mi productora es de Costa Rica, en el porqué no tengo y posiblemente no tendré dinero de Costa Rica o de Cuba. Explicar cómo pensamos que podríamos financiar el proyecto y qué tiene de novedoso e interesante esta película para ellos. Como son inteligentes, casi siempre nos responden con las cuentas o conclusiones que han sacado mientras hablamos. Y son más o menos estas:

“Que ‘Agosto’ es un proyecto que no está dentro de la política editorial del instituto de cine cubano, que Costa Rica difícilmente apoye porque transcurre en Cuba, con actores cubanos y director cubano. Que es una ópera prima de un director joven que solo ha realizado documentales de autor (más o menos extraños), que difícilmente Cuba y Costa Rica puedan llegar al veinte por ciento del dinero total. Que los coproductores extranjeros deben poner el presupuesto para el rodaje y la posproducción, y además nos deben ceder el control creativo…”

Sí, básicamente es eso. Estamos buscando coproductores que les interese participar en un proyecto donde no van a ganar dinero, que es una aventura  y posiblemente habrá infinidades de incomprensiones y dificultades en Cuba. Donde se respete la esencia de la película y la mirada del autor y además aporten el dinero. “Ah… qué bien, entonces estamos en sintonía. A mí me encantan las aventuras, voy a ver los documentales de Armando y envíenme el guión. Yo acabo de pasar dificultades parecidas con la película de Vietnam. No pudimos utilizar técnicos franceses porque no nos otorgaron la visa. El instituto de cine de Vietnam no nos apoyó y el dinero salió entre las aportaciones de la directora y el equipo técnico que por supuesto no cobraron nada para asegurar un por ciento de la peli. El dinero de rodaje y posproducción fue todo del fondo francés y el fondo noruego…”

“Gracias, les mandaré el guión pero aun no tengo la versión final al francés”. “Puede ser en inglés pero que sea una muy buena traducción”. Así será. “Un gusto, seguimos en contacto”. Se va y me pregunta Marcela: “¿Cómo te parece que nos fue? Me da buena onda y me cae bien, además, me parece que fue un muy buen encuentro. Respuesta de Marcela: “A mí también.” Creo que esto solo puede pasar en Francia.

Quiero seguir viendo películas pero Marcela no me deja. Hay que ir a las fiestas. Para volvernos a ver con los que hemos hablado o con otros nuevos, para encontrarse con los responsables de los fondos, con seleccionadores de los festivales, los distribuidores. Este es un universo de relaciones personales, y el capital de todo productor empieza en los contactos. De ahí sale todo. Y: “Capó, no viniste aquí a ver películas, viniste para poder hacer una”.

de fiesta

Las entrevistas con productores se repiten con variaciones todos los días. Con mejor o peor onda, con más o menos entusiasmo. Casi todos nos piden el guión y prometen ver mis cortos. Algunos vuelven y se toman un café, una cerveza. Me despachan y hablan en francés con Marcela sobre números y obligaciones contractuales. O me interrogan concienzudamente sobre la vida, Cuba, mis motivaciones para hacer la peli.

Hay quien me dice que le cuente la película, cómo va a ser visualmente porque acaba de ver mi documental La marea y quiere saber si se parece a lo que ha visto o es totalmente experimental y en blanco y negro como Nos quedamos.  Marcela abre los ojos y trata de hacerme señas: que experimental no…. Pero no hace falta, claro que no va a ser tan experimental, ni tan lenta como La marea. Ni con esa distancia de los personajes…

Nadie tiene tiempo aquí en Cannes, la gente se va pronto o tienen otras reuniones, así que esos veinte minutos que nos dedican son muy importantes, por eso cuando vuelven es un gran gesto y significa que de verdad les interesa el proyecto. El primer encuentro es solo para vernos, nadie quiere trabajar dos años con un director que sea insoportable. O con un productor ingenuo o mala persona (las dos variantes son igual de dañinas).  Entonces en este primer encuentro nos vendemos todos para saber si hay filing. Si podemos tener algo en común con el otro. Si vale la pena.

Cannes me parece una pasarela y no un festival, pero puede ser porque los otros festivales deberían parecerse a este. Con tres autos de los que hay aparcados cerca se financia mi película y los que están en el frente del Hotel Martínez equivalen a todo el dinero que da el Fondo de Cinema du Monde, que es varias veces el dinero que da Ibermedia en un año. Lo del traje, las normas de etiqueta, la extraordinaria seguridad que acompaña todo el evento, la comida cara, los paparazzi y el champán que me dan en todos lados me siguen pareciendo absurdo.  Cannes es un gran negocio para los hoteles, para la localidad, para las boutiques y la televisión, para el cine y el sistema de estrellas. Aquí se vende un sueño, un estilo de vida, una ilusión.

No me acuerdo muy bien de lo que me decían que era el cine de autor. Pero me es inevitable pensar en las convenciones de la UNESCO y ese invento francés que es la diversidad de las expresiones culturales. Y pienso en lo bien que se amolda el cine de autor a la necesidad de proteger las industrias culturales francesas del capitalismo norteamericano. A la gran France en deuda con sus excolonias y  tal vez por eso esa vocación del cine del mundo, de apoyar cinematografías emergentes, de descubrir… al contrario de los Estados Unidos, que son un imperio joven y aun no presentan signos de culpa.

Pero también aquí hay gente buena, gente que sueña el cine como arte, que cree en el autor, que quiere hacer películas en un país como Cuba, a pesar de las dificultades y sin que el ganar dinero sea el motivo fundamental. Gente que te puede amar desinteresadamente. Por eso vale la pena estar aquí. Ponerse un traje;  aceptar la etiqueta y las normas. Y la respuesta básica a la pregunta que me hacen los productores: “De los posibles festivales a lo que podría ir Agosto para ser estrenado, ¿cuál crees que sería el indicado?”, tiene una sola respuesta posible: Cannes. Total, ¿qué puedo hacer en Cuba con mi traje?


Armando Capó Ramos nació en Gibara. Estudió pintura, pero como no se consideraba un artista plástico eligió la dirección y se fue al ISA. La ficción no le iba bien y opta por la documentalística, carrera que estudia en la  EICTV. Ahora pinta acuarelas por placer y está terminando su primer largo de ficción. Y ya no quiere hacer documentales.
Fotos del autor.
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