Japón era mi amiga íntima del colegio. Los tejidos de su madre. Japón eran la guerra y las películas de artes marciales. Las finales de fútbol. Luego, con el tiempo, fueron las técnicas de teatro; el Kabuki y el Buto era Japón. Fue un tsunami un día. Menos de dos semanas allí sirvieron para generar cientos de preguntas y ninguna respuesta. De ahí esta reflexión sobre el silencio, el silencio en el que se sumergia mi cuerpo al transitarlo“.


manuel vignauManuel Vignau vive en Buenos Aires


El mundo globalizado ha llevado hace ya algunas décadas a que las finales entre clubes de fútbol se jueguen en Japón. Allí fui con mi hermano y mi padre, a ver River Plate contra Barcelona Fútbol Club, el gran equipo de Iniesta, Xavi, y Messi. El resultado era previsible, pero es la anécdota lo que impulsa el viaje.

hinchas de river en osaka, foto de depor.com

Osaka, diciembre, 2015. Foto: Reuters,Thomas Peter.

Es diciembre del 2015, se estiman que más de 30 mil argentinos se encuentran en Japón. En cualquier lugar encuentra uno camisetas de River, escucha voces argentinas, gritos que irrumpen la tranquilidad y el silencio en el que se mueven millones de japoneses diariamente. El silencio es lo que más ha llamado mi atención. Millares de personas se mueven, miles de autos se desplazan y predomina el silencio. El silencio en la calle. El silencio en la vida. El silencio en la historia. Podría hacer hincapié en cualquiera de esos silencios. El silencio y la amabilidad.

Autos y autos, trenes y trenes cruzando en todas direcciones desde la estación de Osaka. Una especie de película del futuro se volvía real, sin embargo, nada alteraba cierta normalidad: el silencio en el subte o en el tren, en las acciones cotidianas de las masas.

Nos trasladamos a Kioto. Recuerdo el silencio, que ahora parecería lógico, de uno de sus parques imperiales donde algunos jóvenes practicaban, entre los árboles, diferentes movimientos de artes marciales. Sigilosos, livianos, etéreos, sin que ni las hojas del piso crujieran.

De los silencios el que más me impacto fue el de Hiroshima. Silencio literal y silencio metafórico. ¿Cómo pudo haber pasado?

En una librería compré dos ejemplares de Teatro Noh que conservo en mi biblioteca. Nada entiendo de lo que dice más allá de las imágenes: fastuosos vestuarios que dejan cientos de escenas a decodificar. Las librerías me gustan por eso, entrar a una de Buenos Aires es tomarse un momento de pausa, encontrar un hueco en tanto vértigo. En Japón fue como entrar en el pasado.

Una señora muy mayor se desplazaba entre miles de libros de letras pequeñas, artesanales. Los libros se abren al revés, la tapa corre hacia la derecha. Las lógicas primarias de occidente se entienden como acción cultural, no natural, parece obvio pero Japón fue para mí como desactivar las lógicas más primarias.

De los silencios el que más me impactó fue el de Hiroshima. Silencio literal y silencio metafórico. ¿Cómo pudo haber pasado? ¿Cómo las sociedades modernas han asimilado con naturalidad el lanzamiento y la destrucción de dos bombas atómicas de semejante envergadura, sean cuales fueran los motivos esgrimidos? ¿Cómo los japoneses se ponen los hábitos de occidente para festejar las fiestas navideñas del hiperconsumo? ¿Cómo es posible que las bombas de Hiroshima y Nagasaki no sean ni hayan sido declaradas crímenes de guerra, o directamente el hecho sea hoy definido por el sentido común como un genocidio? ¿Qué responsabilidad tenían en la segunda guerra mundial esos civiles, niños y ancianos, mujeres y hombres de trabajo que vieron llegar “el terror que cayó desde el cielo”, como definió el presidente de Estados Unidos?

maqueta de

Es diciembre de 2015 y estamos a unos meses de haberse conmemorado el 70 aniversario de las bombas nucleares arrojadas por el gobierno de Estados Unidos de América sobre suelo japonés. En la puerta del impresionante edificio museo diseñado por Kenzo Tange y realizado en 1955, donde naturaleza, construcción, entorno e interior se vinculan de manera armoniosa y apacible, como toda la arquitectura y el uso del espacio en todos lados donde fuimos, allí, un hombre de aproximadamente 70 años de edad, todos los días se instala como un feriante con sus múltiples carpetas llenas de recortes periodísticos traducidas en decenas de idiomas y los ofrece a los visitantes al museo. Esa información  nunca aparecerá dentro del museo. Y la mayoría de las personas pasan a su lado ignorándolo.

Ese señor fue la persona más importante de este viaje. Le voy a agradecer siempre que haya estado allí ese día. Con el tiempo se resignifica su presencia. Lamento no recordar su nombre ni tener una foto suya. Por el poco tiempo con que contábamos solo tomé fotos de todas las páginas de la carpeta en español antes de meternos en el museo, y hablamos  durante varios minutos, en una mezcla de mal español y mal inglés, pero logramos entendernos. Quizás sea el lenguaje del esfuerzo que puede darse entre quien sufrió la historia y quien quiere comprender algo de su complejidad.

Él estaba en la panza de su madre el día que fue lanzada la bomba nuclear que devastó a la ciudad. Ese día su madre había salido temprano, el destino así lo quiso, y allí estaba él para contarme la historia. En esos minutos pude darme cuenta de algo: lo que allí dentro había era la versión de la historia que no iba a conocer de otra manera. Lo percibí, y entonces tomé fotos hoja por hoja.

Al volver en el tren bala hacia Osaka, por la noche, luego de recorrer la pequeña gran ciudad de Hiroshima, venciendo el sueño, me puse a leer con detenimiento la información que tenían las fotos que había tomado, y empecé a darme cuenta que esa historia estaba catapultada dentro del museo, pero afuera, en esas carpetas, se producía la mayor conmoción: leo entonces, sobre el Código de prensa, entre otras muchas cuestiones.

El código de prensa, que ahora googleo en Internet donde nada aparece, planteaba que Estados Unidos le aplicaría a Japón el silencio, no podía difundirse noticias sobre el lanzamiento de las bombas en ningún medio de comunicación. Así, lisa y llanamente. Hoy, 72 años después, se debate la injerencia de los medios de comunicación y los intereses que ellos defienden. Y el tema viene de lejos, de muy lejos. Es la prensa difusora de los hechos, o es la prensa constructora del sentido común en favor de los intereses que defienden. Entre ambas posibilidades radica una enorme diferencia.

manuenjapp

Harry S. Truman justificó el genocidio con el argumento de que resultaba necesario concluir la guerra contra Japón para «traer los chicos a casa». Lo logró: el 15 de agosto el emperador Hirohito realizó una alocución radial para todo el país, en la que anunciaba la rendición incondicional. Un testigo presencial narró que los sobrevivientes de Hiroshima iban bajando la cabeza poco a poco, a medida que lo escuchaban. “Muchos lloraban, pero todos en silencio, sin una voz, sin una protesta.” Otra vez el silencio. El silencio atómico.

Busco mi diario de viaje. El caos de una mudanza me advierte que no será fácil encontrarlo y que parte del misterio que rodea ese viaje, esa cultura, se traslada a mi propia biblioteca. Tendré que ir tras él entonces como quien busca la verdad, con total profundidad. Itinerario de viaje: Buenos Aires, Río de Janeiro, Dubai, Tokio, Osaka, Kioto, Hiroshima, Osaka, Tokio, Yokohama, Tokio, Río de Janeiro, Buenos Aires.


Manuel Vignau nació en la ciudad de La Plata y es actor de cine y teatro, aunque prefiere denominarse simplemente: “trabajador de teatro”. Hincha del Club Atlético River Plate, como queda demostrado, advierte que por su espirítu aventurero ha estado en todos los continentes menos en Oceanía, aunque en verdad afirma no conocer nada aun.

Fotos de Thomas Peter (Reuter) y cortesía del autor.

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Japón, un silencio atómico

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