Algo mejor que un amor

trayectos

“En su libro Fuegos Marguerite Yourcenar nos dejó esta joyita: “Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad”. Creo que justo eso es lo que extrañan mis amigos: la complicidad conseguida a lo largo de una vida surrealista y difícil”.


irela casañasIrela Casañas Hijuelos vive en Holguín


Se activa el chat en Facebook y no sé si decir buenos días, buenas tardes o buenas noches. Lo resuelvo diciendo: ¡hola!, y empezamos la conversación. Casi siempre chistosa, casi siempre besos y abrazos de lado a lado, saludos a los otros. Esos otros están trabajando, conduciendo, o simplemente ya están durmiendo. La mayoría de mis conocidos en las redes sociales ya eran mis amigos antes de que estas existieran. Hoy andan disgregados por el mundo, probando suerte, encausando sus vidas, aprendiendo idiomas y asumiendo nuevas culturas. Ya no podemos conversar sobre la cotidianidad porque ninguna de las partes entendería, habría que hacer historias muy largas para la prisa de nuestras jornadas, pero tenemos un sustrato común, y por eso todavía el chat puede activarse.

La patria de esos viejos amigos es Cuba, por supuesto. En este país nacieron, aquí aprendieron su lengua materna, el lenguaje coloquial, los juegos infantiles y los juegos adultos para sobrevivir, muchos terminaron la carrera universitaria aquí y también aquí encontraron una pareja estable para compartir la vida. Luego, cumplieron uno de sus proyectos: vivir fuera de Cuba. Y ahora muchos de ellos se sienten más cubanos que cuando vivían en la isla. Y los que no escuchaban música cubana, ahora la escuchan. Y los que soñaban con los diferentes sabores de la comida internacional sienten ganas de comer comida de casa. Y los que incluían en sus saludos habituales el hello, hi, how are you?, ahora me escriben: ¿qué bolá?, ¿cómo va la cosa por allá? Muchos de ellos quieren preservar la nacionalidad cubana más allá de lo que exprese un documento formal. Sienten nostalgia por lo que han dejado atrás y valoran lo pasado desde una perspectiva diferente, a veces consintiendo, a veces rechazando…, empiezan a descubrir su peculiaridad de cubano fuera de la isla. Aunque están lejos fortalecen su nacionalidad, sus rasgos diferentes, al tiempo que tratan de encajar en el nuevo país. Esa nacionalidad cubana en la que se deposita la nostalgia por los buenos momentos y el absurdo habitual, que una vez superado siempre nos mueve a risa, está bien adornada con la fantasía de lo perfecto, con el recuerdo selectivo del pasado y la añoranza por la intensidad de la primera juventud.

Yo estoy en Cuba y también siento esa nostalgia. Yo no quiero acordarme de los baños sucios de la universidad, prefiero pensar en A., el profesor de Filosofía que a tantos nos abrió la mente con su dulzura de maestro genuino y sus incomparables clases. No quiero pensar en una larga caminata de varios kilómetros atravesando la ciudad para llegar a un concierto de rock, sino recrear en mi mente toda la música, toda la euforia y toda la locura de Porno para Ricardo presentándose en Holguín. Me niego a recordar que no pude comprar un pan para L. porque esa noche en la panadería solo vendían dos y yo compraría uno para mis suegros y otro para mi esposo y para mí. L estaba casi al final de la fila, probablemente no alcanzaría… no, no quiero recordar eso, sino a L llamándome desde la esquina, doy la vuelta y lo observo: él está bajo una luz incandescente y eleva el pan como una espada para, como un guerrero feliz, gritar ¡victoria! Momentos así componen el sustrato común que mantiene la amistad a pesar de la distancia, quedamos en la biografía del otro, a veces por causa de una serie de conversaciones, encuentros en eventos públicos, libros compartidos… otras por una verdadera comunión que sobrepasa la leve satisfacción de descubrir criterios coincidentes sobre varios asuntos.

Muchos de esos amigos que viven en el extranjero sienten una soledad especial. Han vivido lo inmenso pero afirman que algo les falta. M. y R. han estado en los conciertos de las bandas de rock que escuchábamos juntos y más que eso, deseábamos. Ahora dejan esta confesión: “Descargamos como locos pero rodeados de una soledad y unas ganas aplastantes de tenerlos a todos aquí. Al final de los conciertos nos invadió la certeza de que se disfruta más viendo a Mefisto en El Mestre con ustedes que a IronMaiden en Las Vegas”.

Sé que M. y R. mienten, pero también sé que dicen la verdad.

Por su parte E., amante de la naturaleza y de la contemplación me revela: “¿Qué demonios busca la gente saliendo de Cuba? Acá también tengo el cielo estrellado y telescopios y costas y playas y canales entre los manglares para desandarlos en kayak y una fauna esplendorosa… tenemos mercados propios de la sociedad consumista y trabajo sí, pero de verdad. Ahora bien, todo eso junto no es nada (por no decir: es mierda) si no tienes a los amigos para compartir, el mejor cielo estrellado solo te entristece si no tienes una compañía con quien disfrutarlo, y se extasíe ante tanta majestad. ¿Ir a una cueva solos? ¿Escalar una montaña en solitario? Sí, es cierto, también sabría disfrutarlo, pero sabes que estamos ‘diseñados’ para compartir”.

Sé que E. se adaptará y encontrará compañía para salir a explorar, pero también sé que difícilmente las nuevas relaciones que él haga puedan superar la complicidad que existe entre él y sus viejos amigos.

En su libro Fuegos Marguerite Yourcenar nos dejó esta joyita: “Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad”. Creo que justo eso es lo que extrañan mis amigos: la complicidad conseguida a lo largo de una vida surrealista y difícil. La comprensión inmediata de tantos significados que solo quien ha vivido como cubano humilde puede lograr. Sé que Yourcenar habla del amor de pareja, no obstante, tomo sus palabras para describir ese sentimiento de que el otro sabe lo que yo sé o al menos está abierto a saberlo, el otro ha sentido lo mismo, el otro me conoce y yo le conozco.

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Vivo rodeada de cubanos que logran esa comprensión inmediata: en un ómnibus atestado, en una fila para atenderse con el médico o en una reunión del sindicato… sin embargo, el nivel más elevado de esa complicidad superior al amor es casi imposible de lograr. Todos estamos preocupados por llegar a mañana, agobiados por los hijos o los padres ancianos, extenuados por el calor, viejos nosotros mismos antes de tiempo a veces desdeñamos alegrías posibles por considerarlas banales, puro consuelo. Mientras recorremos ese círculo vamos cediendo nuestra energía y debilitando nuestra actitud crítica, nuestra capacidad para ironizar, crear y descubrir la belleza. Entonces, la complicidad se va quedando en lo elemental, en el recurso efímero que nos hará ganar más tiempo para ganar más tiempo. Poco a poco nos vamos anclando a una realidad verdaderamente exigente que nos conquista sin ofrecer nada por nuestra entrega diaria, si acaso nos remite a ese tiempo circular, enfermo. Así es, nosotros aquí también tenemos nuestra soledad especial. Seguimos en el país que nos vio nacer, no tenemos que esforzarnos por aprender otro idioma ni revalidar los títulos pero las palabras que se emplean en los medios oficiales para hablar de nuestro país ni por asomo nos describen como sociedad y mucho menos como individuos. Se habla una lengua oficial en la que nos encontramos construcciones como: “actualización del modelo económico cubano”, “verano a ritmo de festival”, “hacer más con menos”…Así, cada período tiene sus etiquetas, siempre ajenas al ser.

Mientras esas palabras saturan los medios al punto que ya no las escuchamos más, nuestros días van por otros rumbos que no podemos prever a pesar de estar en nuestro propio país. El concepto (si es que existe) de patria se relativiza y al menos yo, busco esa tierra común en la vida compartida con los otros. En el pasado embellecido y en el presente cargado de dudas. La patria se vuelve un espacio íntimo que una vez definido acompaña y reconforta, nadie puede profanarlo ni contaminarlo con palabras huecas; en esa patria personal estamos a salvo, ella realza nuestra identidad y favorece nuestra disposición a la complicidad. Porque muchos han conseguido dibujar esa patria es que siguen siendo cubanos sin alardear de ello, con la naturalidad del que conoce sus derechos más allá de la ley de otros hombres. Todos los días trabajo en la preservación de ese espacio sagrado, aunque, no negaré que a veces siento una especie de soledad generacional. En ocasiones pienso que todos se han ido, han emigrado con toda su historia o se han rendido ante el trayecto circular. Sí, es innegable que muchos han abrazado los extremos. Yo quiero pensar en los que siempre están, en los que se niegan a entrar en la burbuja y en los que hacen una patria itinerante y elástica. Cuba es su Meca, hasta ella peregrinarán para nuevamente partir hacia todos los puntos cardinales, mientras, el chat sigue activo a pesar de la diferencia de los usos horarios. Lo que ahora nos contamos será parte de la nostalgia del futuro, claro que será una nostalgia más sosegada y correcta, a tono con el abrazo apresurado que escribimos para que la distancia no nos venza.

 


Irela Casañas Hijuelos nació en Santiago de Cuba y es graduada de Sociología
por la Universidad de Oriente. Ha publicado los poemarios Manual del triunfo
y La enfermedad de bronce, así como el ensayo: Sociología y Literatura,
dos caminos para conocer la irreverencia. Trabaja como
editora en Ediciones La Luz y tiene un blog: www.desdeoriente.net

Fotos: Kaloian Santos Cabrera.

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