Buenos Aires, como contabas Joaquín Sabina

registro de un observador

Este sábado, segundo de noviembre, Joaquín Sabina inicia una temporada de conciertos en la Argentina. Once en Buenos Aires, y presentaciones únicas en Rosario, Junín y Neuquén prolongan hasta el 9 de diciembre su permanencia en el país del que hay vastas huellas en su discografía y en su alma. Sabina es también un hombre de lecturas y viajes, viajes y escrituras. Aquí esta crónica e itinerario visual.


leandro estupiñánLeandro Estupiñán vive en Buenos Aires


Por el camarero de Clásica y Moderna, bar-librería de fino gusto ubicado en Callao a la altura de Paraguay, Buenos Aires, supe que tal vez en la mesa donde me sentaba esa tarde o en alguna otra ubicada a saber en qué exacto punto de ese sitio solía sentarse Joaquín Sabina, el cantautor que nunca regresó por allí después que sus relaciones con los propietarios quedaran enturbiadas por una historia donde había muerte y sobredosis. Yo, que he sido sabinero desde hace tanto, que Sabina me ha salvado de muchas cosas, entre ellas la muerte según mi hermano Antonio, estuve por un rato sugestionado con la negra leyenda, y recuerdo que ese día, cuando revisábamos mi libro sobre Lunes de Revolución a punto de ser impreso, aun abandoné el lugar cantando las mismas canciones que repetía desde mi adolescencia, cuando descubrí su voz de antes menos aguardentosa que la de hoy.

A metros de la puerta, buscando por la izquierda y a un extremo de la plaza Rodríguez Peña, yace la loza sobre la que fue plasmada una de esas canciones que escuché y canté hasta el aburrimiento de los demás. Era la época en que empezaba a conocer a Sabina y por él, de otra manera, a Buenos Aires. El hallazgo debe haber sucedido por el año 94 o 95 y podría haber estado yo en un estudio de la radio holguinera donde tantos amigos hice y donde invertí una parte de mis años adolescentes. Hubiera sido la mía una existencia radial si no es porque intereses como la literatura se alimentaban desde antes; a ese medio debo hoy algunos aprendizajes y descubrimientos musicales entre los que queda el del cantautor español.

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Te sentaba tan bien esa boina calada al estilo del Che /Buenos Aires es como contabas, hoy fui a pasear.
Con la frente marchita. CD: Mentiras piadosas. 1990.

Estaría en el primer estudio de grabaciones al cruzar la puerta y de pronto puede que me sorprendiera algún tema del disco Mentiras piadosas, en el mercado desde 1990 y del que escucharíamos a veces algunas canciones como Eclipse de mar, Y si amanece por fin o aquella Medias negras que creíamos escrita por Willie Chirino. Chirino lanzó desde Miami el petardo musical de propagación fulminante en toda Cuba en una época de penurias en que la gente pese a todo bailaba y cantaba y se las agenció para escucharlo aunque el hecho representara supuestos problemas ideológicos. Nunca pusieron la versión en la radio ni en la televisión, pero los de la radio y la televisión, y hasta los funcionarios del Partido y la Juventud Comunista movían su cuerpo con Willie Chirino cuando cantaba Medias negras, o cuando cantaba casi todo, la verdad.

Entonces Sabina no era el refugio de los esnobistas como lo fue después, y tampoco era moda imitarlo poniéndose uno en el papel de truhán, trasnochado y mujeriego. Quienes lo escuchábamos partíamos de cierta identificación con su estilo y con las historias que contaba, no con la caricatura suya que él mismo ayudó a propagar y de la que sabe reírse cuando quiere. Su rostro apenas empezaba a conocerse en la isla porque Pablo Milanés, a través de su fundación, PMRecords, lo había invitado y en La Habana ofreció conciertos y entrevistas. Yo estaba demasiado lejos como para intentar verlo en persona. A setecientos kilómetros lo menos que podía hacer era decirle “¡Hola!” a sus casetes grabados de favor por los operadores de audio.

Pero seguía tan impresionado con la música del español que para la época y como buen cubano lo ponía a todo volumen en la reproductora, y hasta llegué a pedirle al chofer de un ómnibus que en el verano nos llevaba a la playa que por favor pusiera “este”. Le pasé el casete con un disco “de tal Sabina” que reproducido y escuchado por los bañistas produjo en plena carretera una protesta colectiva por la que casi se suspende el itinerario, dado que el chofer lo valoró como un boicot. Aquella turba incluso en días de sol prefería viajar arrullada con el dúo Pimpinela, y de alguna manera el del volante estaba de su lado, pues: “los pasajeros tienen siempre la razón”, dijo, aclarándome a tiempo: “no un pasajero, si no: los pasajeros”. Así sucede en todo país donde impera el gusto de la mayoría.

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Este ladrón atrapado en tus dudas / La rueca de Penélope en Luna Park
Nos sobran los motivos. CD: Nos sobran los motivos. 2000

En materia de gustos musicales aquella gente era menos abierta a nuevas sonoridades que Frida, Con la frente marchita la hacía aullar melódicamente como los mejores lobos de las estepas en noches de luna llena y nosotros mostrábamos lo que creíamos un prodigio a todos los amigos visitantes. Heredé de mi madre esa divertida cocker spaniel y ella vivió con nosotros hasta su muerte por diabetes en 2013. En todo ese tiempo la veía aullar y desgarrarse con el bandoneón sin siquiera imaginar que un día iba yo a vivir en la ciudad a la cual hace referencia el tema desde su título, guiño al tango de Gardel y Le Pera, uno de esos cien motivos para no irse de este mundo, según el cantor.

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Qué poco rato dura la vida eterna / por el túnel de tus piernas, / entre Córdoba y Maipú.
Nos sobran los motivos. CD: Nos sobran los motivos. 2000

La cosa es que tal vez por ese disco, y en particular esa canción, comencé a pensar en Buenos Aires desde otra perspectiva. Sabina me ofrecía un nuevo modo de sentir sus recovecos, uno distinto al propiciado por la Historia, el periodismo o la literatura; incluso, tal vez, al cine. Otra dimensión tomaba la Plaza de Mayo o el cercano barrio de San Telmo en su voz e historias, con sus rimas e imágenes. Ni siquiera podría suponer yo que viviría en una zona colindante a San Telmo y, aunque tampoco alcanzaba a dilucidar  qué clase de lugar era, lo imaginaba maravilloso solo por el hecho de quedar en una postal. O, lo pensé después: tal vez la postal exigida a la chica que se regresaba era de otro tipo, acaso una antiguaya, de las muchas que se consiguen en el mercado de la calle Defensa o en cualquier quiosco de Corrientes. A esa conclusión  llegué cuando mi esposa y yo habíamos bebido mil cervezas en sus bares y San Telmo se me empezaba a parecer demasiado a La Habana Vieja, y si acaso no lo era del todo se debía a la ausencia del mar y al bullicio de músicos y a los bares impecables y a Mafalda sentada en una esquina en diagonal a dos pibes que esperaban a sus compañeros para seguir remolcando una montaña de cartones.

Los siguientes rastros de esta ciudad en la discografía de Sabina llegaron en el disco  junto a Fito Páez, aunque ese no lo escuché tanto como debí haberlo hecho en su momento, tal vez porque no lo tuve en mis manos a tiempo ni a destiempo. Y hoy, no sé por qué complejo mecanismo de la memoria, cuando lo evoco, en lugar de tararear sus canciones me viene a la cabeza una reseña escrita por Joaquín Borges Triana para El Caimán Barbudo.

Pero tal vez el más contundente sentido de esta ciudad lo haya recibido yo en su impresionante 19 días y 500 noches. Algo en el ritmo decía que había más que recurrencia del lenguaje, pese a que la decodificación verbal ocurrió de a poco y tuve que estar asentado en estas tierras para que así fuera. Solo llegado ese momento entendí lo de la jermu; ya había subido a un colectivo y vislumbrado la Bombonera ante la que razoné sobre el verdadero significado de Boca. También había visto que Corrientes y Callao era una populosa intersección que podía tornarse agobiante en ciertos horarios y que estaba ubicada a poca distancia del bar-librería Clásica y Moderna.

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Pero todo se acaba, ya es hora de decirte ciao, / me ha citado la luna en Corrientes esquina Callao.
Resumiendo. CD: Alivio de luto. 2005

Solo tuve que avanzar unas cuadras por veredas colmadas de gente aquella tarde veraniega en que el sol se volvía sanguinario y déspota para, sin preverlo, encontrarme otra vez en la encrucijada, uno de los sitios nombrados sin sentido por mí una y otra vez en el Holguín vaporoso, casi tanto como había nombrado el Córdoba y Maipú en mis intentos melódicos. Incluso desconocía datos esenciales como que Sabina estaba ligado más profundamente de lo que imaginaba a este país, que su conexión partía del amor y determinados hitos de su carrera. El productor de lo que muchos consideramos su mejor disco es un argentino, Alejo Stivel, quien contó en algún momento que, sin menospreciar a sus músicos, le molestaba que en las grabaciones anteriores siempre obligaran a Sabina a cantar. Una madrugada, escuchándolo en su casa madrileña, debió decirle: ¡Así es como tienes que hacerlo, Joaquín!

Argentina andaba con Sabina ya desde su juventud, cuando en aquellos años londinenses se le presentó en forma de mujer y con esa mujer quiso casarse librándose de paso de la reclusión obligatoria que le dejaba el servicio militar. Otra vez, cuando ya era famoso, tuvo un romance de un año  con una “mina” porteña, y gracias a que ella lo abandonó por un tipo más joven poniéndole fin a una relación a distancia hoy tenemos un tema como Dieguitos y Mafaldas. ¡Que viva el desamor!

En otros discos posteriores a 19 días y 500 noches vuelve Buenos Aires y con ella la Argentina, en forma de mujer, de melodía, de hipertexto, de desamparo y recuerdo. Un día caminando por la 9 de Julio me encontré a un náufrago como en su canción Cuando me hablan del destino. También la familia le había despojado de sus bienes y se las arreglaba para sobrevivir en las calles en una situación que, según me contó, a él mismo le daba vergüenza. Cuando nos despedimos, estrechándonos las manos, sintiendo en la mía el polvo y el hollín acumulados en las suyas, pensé otra vez en Sabina.

Había avanzado unos pocos metros y esperaba el cambio de luz. Miré a los lados, me envolvía la hermosa y anárquica Buenos Aires, la que suele acoger al emigrante y es capaz de encantarlo o llenarlo de terrores si a una cirujana de no sé qué anacronismo inmoviliario para estas geografías le da por quejarse de los que toman mate ante sus narices en la pileta. Ella, la ciudad coqueta, distinguida, cultural e inmensa seguía siendo ese bicho ensortijado del que alguna vez habló Sabina; el mismo animal que generoso y cruel seguía avanzando movido por los sueños y la confusión.


Fotos de Rafa Gallar y Lez.

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