La violencia indocumentada

trayectos

“Cuando había avanzado varios peldaños sale de su puerta un vecino a quien había visto un par de veces pero nunca me saludaba, incluso solía ocultar su cara, por lo que siempre le daba mala espina a mi madre”.


gretel (1)Gretell Aguirre vive en Madrid


A los pocos días de llegar a Madrid comencé a arreglar los papeles para legalizarme. También buscaba trabajo, en ese momento algo prácticamente imposible. Pero tan perseverante fui que mis amigos Mary y Agustín me ofrecieron cuidar a la madre de él, una señora maravillosa, que en paz descanse.  Mi hijo pequeño ya estaba en un colegio, pero mi esposo tenía que esperar porque, aunque estábamos casados, con el tipo de residencia que me dieron no le podía ofrecer dependencia. Vivíamos en un apartamento pequeño, por suerte en una zona muy buena de Madrid, La Moncloa, cerca de la calle Princesa donde todavía viven mis padres.

Este día que relato amenazaba con volverse una locura desde el amanecer. Mi hijo tenía una excursión y mis padres estaban retrasados cuando nos despertamos tarde. Después del corre corre Albert, mi esposo, salió con el niño para el colegio, estaba a punto de perder el autobús de la excursión. Yo seguí preparándome para ir a la casa de la madre de Agustín. En eso, mi madre dice: “Gretell, se le queda el protector solar a Kevin”. Era obligatorio ir con protector solar a la excursión así que salí por la puerta y bajé la escalera como una loca llamándolos. Albert había escuchado y estaba ya en la entrada del edificio.  Le tiré un beso a los dos desde allí y regresé a las escaleras para subir.

Cuando había avanzado varios peldaños, sale de su puerta un vecino a quien había visto un par de veces pero nunca me saludaba, incluso solía ocultar su cara, por lo que siempre le daba mala espina a mi madre. Pensaba yo que no era más que una persona desagradable, pero en ese momento, muy amable, me dice: “Bueno días”. Me pareció extraño ese saludo, pero le respondí también con un “buenos días”, y seguí mi camino. De pronto siento que me tiran del pelo y me gritan: “¡Ven aquí, puta!”. Trataba de alarme a su puerta. No sabría explicar con claridad cómo en medio de aquel forcejeo tan grande logré desprenderme y escapar.

Pero a los pocos pasos volvió a agarrarme. Tiró de uno de mis pies y caí por la escalera, lo cual aprovechó otra vez para intentar llevarme hasta su puerta. Lo único que tenía delante era la rejilla del ascensor y me agarré de tal manera que los tirones que daba de mis piernas no tuvieron éxito. A todas esas, seguía gritando horrores: “¡que entres, hija de Puta!”

Tampoco yo había dejado de gritar, y entre más gritaba más colérico se ponía él. No lograba entender a qué se debía tanta rabia, y no sé si en ese momento o después pero me preguntaba qué le había hecho yo a ese hombre. Desesperado, al ver que  gritaba tanto y no me soltaba de la rejilla, se puso encima mío para empujarme la frente contra los escalones.

Era horrible el dolor y la desesperación por gritar y que nadie escuchara. Pensaba que si esa bestia lograba arrastrarme hasta su departamento tal vez no saldría con vida. Como el forcejeo se prolongaba empecé a desmoronarse, sentía como un olor a tierra mojada (será  por lo que me gusta ese olor). Estaba, creo, casi al punto del desmayo.

Dice mi madre que escucharon unos gritos y salieron corriendo los dos, ella y mi padre. Se quedaron sin habla cuando vieron en pleno paso de escalera, a las nueve de la mañana, a ese hombre reventándome la cara. Por su parte en cuanto los vio llegar el tipo corrió a su apartamento. Alguien que había escuchado mis gritos llamó a la policía, pero como el resto de los vecinos, esa persona tampoco salió. Una ambulancia me llevó al hospital.

Me dicen que cuando la policía tocó su puerta el atacante salió en calzoncillos diciendo que no sabía nada, que se había acabado de levantar. Lo dijo con un cinismo increíble. Habían quedado pruebas, incluso una de las chancletas que traía puesta se le había caído y mi padre la recogió para apoyar nuestra acusación. Yo tenía mi cara reventada, mis padres la chancleta y la policía lo acusaba directamente, pero de nada sirvió.

De esa manera conocí la cara fea de Europa, esa por la cual la gente, aunque escuche los gritos de auxilio de alguien a quien están matando, no se asoma ni toma partido. Es la cara de un país que solo puedes ver cuando eres emigrante sin documentación, a quien la policía quiere ayudar pero un juez de guardia piensa que buscas beneficios por violencia de género y deja suelto al atacante, sin siquiera darte una orden de alejamiento. Y tú, arréglatelas; con el miedo de saber que hay un hombre en la calle que intentó violarte y no tienes la manera de tener protección porque eres una emigrante sin derechos…. o sea, no eres nadie.

Poco a poco me fue apagando la chispa del principio, la alegría con la que llegué se desmoronaba. Era insoportable vivir con tanto miedo, solo quería volver el tiempo atrás y regresar a Cuba a los días de amigos y risas.

No sabría decir cuánto dolor revive en mí recordar esto, pero vale la pena para que aquel que lo lea repare en que las fotos de Facebook, los hermosos lugares, la buena vida que muestra el emigrante esconde un inmenso dolor por su tierra y por todo lo que deja y que no encuentras nunca más.

Tuvo que ocurrir lo peor para que lo que me había sucedido encontrara solución. A los 37 días exactos apareció muerta una muchacha de mi edad, ahorcada y quemada en un piso. Las investigaciones llevaron a la policía hasta mi casa porque aquel vecino atacante le daba mantenimiento a los pisos donde apareció.

Lo supe por las noticias, ese hombre había asesinado a la muchacha. Las investigaciones arrojaron también que había salido huyendo de Girona porque allí había matado a otra mujer, madre de dos chicas. A esa la descuartizó.

A Cuba no quiero regresar, ni de broma; pero estas historias siguen sucediendo y es bueno que se sepan. A cada emigrante le cuesta mucho conseguir estabilidad y una vida con calidad fuera de su tierra.

¿O crees que no?

 


La foto de portada fue tomada durante una expresión artística pública realizada contra el femenicidio frente al Congreso argentino en julio de 2017. Autor: Lez.

 

 

 

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s