Pessoa: más allá del escepticismo y la angustia

bitácora

“Fernando Pessoa expone a quemarropa que la humanidad entera está de paso sin ninguna verdad, sin sujeción auténtica, bogamos en medio de la borrasca y la única arma es nuestra luz, nuestro destello cósmico”.


eliécer almaguerEliécer Almaguer vive en Santa Ana, California, Estados Unidos.


Decir que Fernando Pessoa es un caso inusual suena a lugar común. Leerlo resulta una experiencia vital, conmovedora, celestial, terrestre, ultraterrestre, orgásmica, virginal, ¿es una obra que carece de limitaciones?, por supuesto que no, los hombres somos fronterizos, seres de la especulación, frutos del sueño. Pero basta que haya escrito poemas como el cuidador de rebaños, bajo el heterónimo de Alberto Caeiro, a quien el propio Pessoa consideraba su maestro, o tabaquería firmado por el ingeniero Álvaro de Campos. Suficiente que dijera en versos: No tengo deseos ni ambiciones, ser poeta no es una ambición mía, es mi manera de estar solo.

Según Octavio Paz: nada en su vida es sorprendente, nada excepto los poemas, como si detrás de las monturas de sus gafas y detrás de sus ojitos de suicida sólo hubiese palabras. El propio Pessoa autorevela: Si después de yo morir quisieran escribir mi biografía, nada más sencillo, tomen solo dos fechas, la de mi nacimiento y la de mi muerte, todos los días en el medio me pertenecen.

Tal vez pudiéramos reprocharle que fuese más poema que existencia, pero ningún hombre puede vivir la vida de otro ni morir su muerte, aunque siempre estemos muriendo un ápice en todos los seres, perdiendo una bocanada de nuestro aire en la asfixia de los que parten. Álvaro de Campos creía que vivir es pertenecer a otro, como morir es pertenecer a otro. Mas vivir es pertenecer a otro de fuera y morir es pertenecer a otro de dentro. La vida es el lado de afuera de la muerte, por tanto, morir es el lado de adentro de la vida. Morir es adentrarnos, penetrar, juntar nuestros filamentos a los del universo. Buscar nuestra correspondencia con el alma del mundo.

Estoy convencido de que la muerte pretendió llevarse a ese hombrecito mucho antes, pero se confundió porque no tenía bien claro si era Fernando Antonio Pessoa Nogueira por quien había venido, por qué persona, así que anduvo buscándolo desesperada, y al hallarlo advirtió confundida que el doctor Ricardo Reis no tenía las señas del mortal anodino que anotara en su sobre violeta. Hombre enfermo sin nada que perder. Negado a que lo tratasen como a un tullido sirviéndole cucharadas de caldo, o que se recostaran a su cabecera a palparle la frente, deseaba ser solo, sin compañía.

No, no quiero nada, ya he dicho que no quiero nada, no me vengáis con conclusiones.

La única conclusión es morir.

No me traigáis estéticas, no me habléis de moral, echad de aquí a la metafísica.

Qué mal he hecho yo a los dioses todos

Si tenéis la verdad guardáosla.

Muchos críticos insisten en recalcar la amoralidad de Pessoa, sobre todo de Campos, de sus heterónimos el más ácido, ninguna moral le interesaba, ni la santurrona de los eclesiásticos, ni la moral de las burguesiíllas de la época. En páginas íntimas de autointerpretación escribe Pessoa:

 Álvaro de Campos no tiene la más mínima ética; es amoral, si no positivamente inmoral (…) La idea de pérdida de la inocencia de un niño de ocho años (…) le resulta positivamente agradable, pues satisface dos sensaciones muy fuertes: – la crueldad y la lujuria.

El propio Caeiro aseveró: Que haya injusticia es como que haya muerte. / Yo nunca daría un paso para alterar / aquello que llaman la injusticia del mundo.

O el doctor Ricardo Reis nos dice en la oda Oí contar que otrora, cuando Persia:

Cuando el rey blanco / está en peligro / ¿qué importan la carne y el hueso / de las hermanas, de las madres y los niños? / Cuando la torre no cubre / la retirada de la reina blanca, / la sangre poco importa.

Reflexiones rayanas en la pederastia, crueldad y lujuria, la crueldad de la lujuria, la crueldad de no haber satisfecho su lujuria, de ser el eunuco velador del reino de la poesía, de asistir a la noche vacía de sus bodas como el cubano Hernández Novás, solo que en el caso de Pessoa no existió despose alguno: si me casara con la hija de mi lavandera tal vez sería feliz. En otro momento nos reta, ¿me querías casado, fútil, cotidiano y tributable? Si yo fuese otra persona os daría gusto a todos. Así, tal como soy, resignación. Id al diablo sin mí, o dejad que me vaya al diablo a solas, ir juntos, para qué.

No voy a justificar ciertos postulados antitéticos en la obra de Fernando Pessoa, pero tampoco estoy aquí para juzgarlo y condenarlo a la hoguera, la inquisición con la que debe medirse a la poesía es otra. Tal fue su soledad que llegó a crear un heterónimo Alexander Search, para enviarse cartas a sí mismo. Vuelve Novás a meterse en esta trama: he escrito los informes de aquel tonto que le lanza suspiros a la luna.

Whitman se consideró muchedumbres, Borges se refirió a sí como el otro, el del espejo, el hermano inseparable que bebía en su copa y devoraba su pan, en Fernando Pessoa tales dualidades se resuelven, o más acertadamente se anulan,  él no es otro, sino todos los seres. Hay, propiamente en Álvaro de Campos una necesidad sádica de entregarse, arrojadme a los altos hornos, grita, ponedme debajo de los trenes, apaleadme a bordo de navíos, a través de este sadismo brutal clama, reclama que le arranquen el traje apretado de su dolor, que desvirguen el himen de ese dolor insoportable que intenta quemar con los tragos de águila real, su marca de aguardiente preferida.

Es evidente que las personalidades poéticas de cada uno de los heterónimos son individuales, tienen voz propia, timbre personal,  pero el dolor que las nutre es idéntico, el ardor que hace aullar a Álvaro de Campos es el mismo para el maestro Caeiro, prefiere ser el burro del molinero y que el molinero le pegue y lo estime, escoge eso antes de ser el que va por la vida mirando para atrás y sintiendo pena, sabe que mira para atrás y no se convierte en una estatua de sal, sigue siendo el sufriente, el dolorido, las únicas ciudades que mueren bajo el fuego y el azufre son la Sodoma y Gomorra de su desolación, ciudades que se inflaman con algo que llamea en su interior, y comprende demasiado bien que escribir versos es intentar retener la inundación con más agua.

Él solo no podría, siendo únicamente Fernando Pessoa no conseguiría superar tal orfandad, así que se inventó otros huérfanos para que lo acompañaran, otros solitarios para dividirse en cuotas su dolor. Quizás los poetas sean la verdadera congregación de los elegidos, y a un tiempo los verdaderos caídos. La poesía es restauración, emplaste, parche en el amnios desgarrado, restitución de la costilla que nos falta, ese hueso que escarbamos en el costado de la hembra queriendo arrancarles aquello que nos usurparon para crearlas.

Fernando Pessoa expone a quemarropa que la humanidad entera está de paso sin ninguna verdad, sin sujeción auténtica, bogamos en medio de la borrasca y la única arma es nuestra luz, nuestro destello cósmico. Destello que le permitió a Pessoa aceptar su desvalimiento sin valerse de las coartadas con que se engañan la mayoría de los hombres.

Otras veces me inclino a pensar en Pessoa como en un solito, así en diminutivo, sus heterónimos, un as contra el miedo, un as contra la soledad. Pero también ellos comenzaron a sentir frío y miedo. Toda su amargura reclama compañía, todo su cinismo desea entregarse, pero no sabe cómo. Mirar en mí es casi una perversión sexual. Mira y copula, mira y sus filamentos se juntan, oír en él es otra forma de la vista. Sus sentidos se confunden, no porque estén atrofiados, ve más allá, desvela cosas que nosotros todavía no presentimos. Ver más allá debió aterrarlo, como una médium que tuviera auténtica comunión con el mundo de los espíritus.

Ten sol y lluvia y junto a la ventana abierta la silla predilecta para leer mis versos y piensa siempre en mí como algo vivo, el árbol bajo cuya sombra te detienes a tomar el fresco, postrado ante la clara sencillez con que existen las flores y las plantas…

Pero cuidado, quien sabe ahora mismo Pessoa carcajea sonoramente en los túneles de la eternidad advirtiéndome: no intentes psicoanalizarme, no trates de crearme un perfil con esos manuales estúpidos de psicología, escapo a todos los perfiles, rebaso las reglas generales. Soy un loco único, irrepetible. Mi ADN procreará a miles de descalabrados en el mundo. No soy humilde, no me confundas con un mendigo, escribo estos versos para demostrar que soy sublime, lo habéis oído, soy sublime. Te has descarrilado intentando discernir quién fui verdaderamente. Pues verdaderamente fui todos, fui nadie. Fernando Pessoa es otro heterónimo creado por algo mayor que ni yo mismo comprendía cuando era vivo, ahora que soy muerto lo comprendo, como si no entendiera nada porque tal luz en mi estado resulta innecesaria. Siempre tuve hambre y sed de las manos de mi madre, hambre y sed de las manos de la hija de mi lavandera. Pero sentí miedo de todas las manos, miedo del roce más mínimo, miedo de tocarme y advertir que soy real. Deja de juzgar, acéptame, ámame, ódiame, abrázame, siente asco de mí. Alguna vez sentí asco y anduve grávido creyendo que vomitaría las bilis, en cambio vomité palabras, regurgité palabras. La poesía es una máscara de otro mundo al que arribarás y en el cual los otros escribirán no versos propiamente, pero algo muy parecido a escribir versos, siempre una cosa enfrente de la otra, una cosa tan inútil como la otra.

Me quieres hablar de la esperanza, déjale eso a Vallejo, a veces me encuentro a Vallejo por estos pasillos, nunca hablamos. El solo mira con sus ojos acuosos, que ojos tan raros los de César Vallejo, turbios, como infectados de legañas. Demasiado caviloso, siempre con la mente enferma de cavilaciones. Bastante metafísica hay en no pensar nada. Ten sol y lluvia y junto a la ventana abierta la silla predilecta para leer mis versos y piensa siempre en mí como algo vivo, el árbol bajo cuya sombra te detienes a tomar el fresco, postrado ante la clara sencillez con que existen las flores y las plantas…

Quién eras Fernando Pessoa. Eunuco, mujeriego, víctima, asesino, inquisidor, hereje, pan de cada día, levadura. Brizna de yerba, aeroplano, infierno, paraíso, deliciosa entrega de mujer poseída. El Tajo es también el río que corre por mi infancia. El Tajo y la charca de Perico se unieron desde que leí tus versos, y Portugal es mi patria como San Rafael. Calla. Bastante metafísica hay en no pensar nada. La celebridad es una plebeyez. Vuelve a dormirte, calla, vuelve al velo del amnios. No puede inventarse un heterónimo contra la muerte. Beatriz, Ailín, Oxana, Obscena, Mairenis, Maray, cebos que te inventas, cebos con los cuales no atrapas a más nadie que a ti mismo. Yo no soy Caeiro, no soy maestro de nadie, ni siquiera me llamo Fernando Pessoa, soy Anónimo, Anónimo es el mejor nombre para un poeta. Debajo del dolor de la humanidad debería leerse Anónimo en letras doradas. Es el único nombre verdadero. La única coartada que nos salva.


La foto de portada fue tomada en Bairro Alto, Lisboa, Portugal y reproduce un graffiti del francés Jef Aérosol.

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