Argentina me enseñó a desconfiar

trayectos

“Creo que la Argentina en este tiempo se ha vuelto un poco más inteligente, más despierta porque la gente cuestiona más lo que ve. También se ha vuelto algo agresiva porque no sabe qué hacer con eso que se le despertó.”


Attachment-1Anna Al’oshyna vive en Haedo, Buenos Aires


Soy de una ciudad que está en las orillas del río Dniéper, a unos doscientos kilómetros de Dnipropetrovsk, que es una de las ciudades conocidas de Ucrania. Mi mamá es del norte y mi papá del este. Nací en los finales de la Unión Soviética aunque llegué a agarrar las mejores cosas: jardín gratuito, educación gratuita…. Mi mamá se divorció legalmente de mi padre a los 33 años y no tenía ninguna posibilidad de rehacer su vida allá. Era la rectora de una universidad, estábamos económicamente estables, pero no había una perspectiva de vida para lo que era. Un día, viajando en tren, se puso a hablar con una señora y esta le comentó que venía de la embajada Argentina, que había entregado sus papeles y que se  iría. Mi mamá solicitó también entrevista. Le salieron los papeles en menos de un año, y así, sin saber ni siquiera cómo era este país, emprendió una aventura con una hija pequeña. Era el año 2000; yo tenía 12 años y ella 36.

Viajamos en avión cuarenta horas o más. Vinimos a través de Ámsterdam, en KLM, que antes llegaba a la Argentina. Fue una tortura de muchísimas horas. No teníamos a nadie, mi mamá había contactado a una señora, emigrante antigua que vivía en una provincia aledaña, pero demoró en buscarnos. Un poco más y mi madre colapsa de los nervios. Al fin llegó al aeropuerto para llevarnos a su casa, donde estuvimos hospedadas durante una semana. Tenía intenciones de alquilarnos una propiedad. Como sabía que veníamos con dinero y era terrible la crisis que había, estafó como quiso.

Estuvimos con ella hasta que mi mamá conoció a un ruso y este le comentó que había hoteles para recién llegados. Así fuimos a parar a un hotel en Constitución. Para nosotros era superextraño porque en las habitaciones no existían ventanas y el baño era compartido. Era como una caja de zapatos. En Ucrania habíamos dejado un apartamento en planta baja con cuatro habitaciones y dos balcones… ¡y había ventanas! Se suma el hecho de no entender absolutamente nada y luego toparte con el típico verso argentino al salir en busca de trabajo. “Sí, vení mañana”, decían, y el mañana en el lunfardo quiere decir: “tomátela y no vengas más”, aunque te lo digan con una sonrisa. Nosotros qué sabíamos esas cosas.

Hay un concepto de “palabra” que acá no sabían; al menos entre la gente con la que me iba topado no lo encontraba. No sabían respetar “una palabra” y por eso no confiaba.

En el hotel había muchos rusos, algunos vivían allí desde hacía poco tiempo; para otros en cambio el lugar era su vivienda permanente. Como a los tres meses me estaba muriendo de aburrimiento y le pedí que me inscribiera en el colegio. No aguantaba todo el día encerrada entre cuatro  paredes. Entonces empezaron los actos de bullying. Yo no hablaba el idioma y el colegio que me tocó no era uno donde predominaran los chicos de familias cultas. Era un colegio de chicos con padres muy limitados en lo que es la educación. Mi vida era horrible.

Creo que Argentina me enseñó a no confiar en la gente. Yo era, según me decían: “demasiado confianzuda”, “demasiado buenuda”. El buenudo es el boludo bueno, el bueno que pasa por boludo. Por eso, pasé a no confiar absolutamente en nada. Todo aquí era lo contrario a lo que había vivido. Hay un concepto de “palabra” que acá no sabían; al menos entre la gente con la que me iba topado no lo encontraba. No sabían respetar “una palabra” y por eso no confiaba. Mi marido me dice que todavía tengo que bajar las defensas, todas las murallas que levanté.

No pude hacer el colegio común, lo hice a distancia después. No lo pude hacer por hechos de bullying. Nadie se preocupó y nadie me ayudó.

En la primaria tuve muy buenos docentes, me explicaron cómo se hablaba, cómo se escribía, pero la secundaria fue un desastre. No respetaban absolutamente nada. Los colegios públicos de acá son muy carenciados en lo que es el respeto al docente. Se levantan, hacen lo que quieren, le tiran papeles, hablan, esas cosas me irritaban porque no estaba acostumbrada y opté por trabajar.

annya en río nieper

La autora ante las aguas del río Dniéper.

Cuando cumplí los 16 años me inscribí en el bachiller acelerado e hice la secundaria en dos años y medio. A los 18 y medio tenía el título y la intención de entrar a la universidad, de hecho no me inscribí enseguida porque trabajaba; en todo: fui moza, barman, cobradora, asesora, acompañante de personas ancianas, recepcionista… He llegado a tener cuatro y cinco trabajos en el mes. Acá si trabajás te va bien, y tienes muchas opciones.

Mi mamá había empezado a trabajar en limpieza y conoció a una señora que la puso en contacto con alguien que necesitaba empleada. Así llegamos a Barraca, a un departamento lindo. Empezó en un hotel para turistas, primero como ayudante de cocina pero terminó siendo la cocinera, la que limpiaba; es decir, la explotaron como pudieron. Después esta  gente del hotel le ofreció que trabajara para ellos en la casa, cocinando a cambio de casa. Terminamos mudándonos a Palermo donde vivimos muy poco tiempo. Fui la mucama y mi mamá la cocinera. Yo tenía trece años y no estamos hablando de argentinos cultos… no sé ni siquiera cómo explicarlo. Fue un horror. Era aceptar que te rebajaran a lo más mínimo.

En ese interín mi mamá conoció a un hombre con el que terminó juntándose y decidió irse a Bernal. Vivimos juntos, pero por cuestiones de incompatibilidad con él me fui de la casa con mi novio de entonces.

Tres años después me volví. Ella había abierto un negocio de venta de ropa, se la rebuscaba como podía. Después al hombre tuvimos que sacarlo con la policía, y cuando esto ocurrió nuestra vida cambió totalmente. De a poco empezamos a progresar. También valoramos si nos quedábamos o nos íbamos.

Decidimos quedarnos y seguir para adelante. Con nosotros estaba mi hermana, que se había quedado estudiando. Entonces mi mamá se volvió a Ucrania para vender el departamento que teníamos y con ese dinero pudimos comprar nuestra primera propiedad, en el 2006. Habían pasado seis años. Comenzamos las carreras y  a encaminar nuestras vidas.

En el 2011 regresé a Ucrania y el viaje fue muy chocante para mal. A pesar de que tengo algunos problemas con ciertos actos de los argentinos, me había acostumbrado a este país que adoro; la Argentina es un país maravilloso. En Ucrania me pasaban por el lado y no pedían permiso, hacían ese tipo de cosas que me molesta completamente.

Hace ocho años que vivo con mi esposo argentino. Tengo un niño, Francisco. Se llama así porque un día, comprando juguetes para el negocio de mi madre y de regreso al estacionamiento donde había dejado el auto, le pido agua al señor del lugar. Estábamos en verano con un sol que rajaba y cuando me ofrece agua, dice: “Vos estás embarazada”. Le respondo: “¡Qué voy a estar embarazada!”. Me reí, pero manejando empecé a calcular fechas y algo no cerraba, así que antes de  llegar a casa pasé por una farmacia. Me hice el test y estaba embarazada. Con el tiempo, ya sabido el sexo del bebé y los posibles nombres vuelvo al estacionamiento y me dice el hombre: “Viste que estabas embarazada”. Le contesté: “Sos un brujo, decíme el número de la quiniela para ganarlo”. Nos empezamos a reír, y me dice: “Vas a ver que va a ser un gran niño, Francisco”. Me quedé helada…

Me han pasado muchas cosas así, mi vida está como unida al número doce por ejemplo. Con 12 años llegué a este país, cumplo un doce, a mi pareja la conocí un 12 de septiembre, Francisco por poco nace un 12, pero decidí que no fuera ese día. Tengo cosas muy encadenadas a ese número. Capaz que soy yo la que le da más importancia.

En Ucrania la tradición de mi familia era huir de la política; no involucrarse. Mis bisabuelos habían padecido el comunismo. Tenían dos vacas cuando el resto del pueblo poseía una y alguien les dijo a los comisarios que ellos habían ganado la vaca vendiendo no sé qué. Esto sucedió antes de la segunda guerra mundial, con Stalin. Entonces a mis bisabuelos los mandaron al gulag, a ella al femenino y a él al masculino. Ambos se escaparon, volvieron al pueblo y los volvieron a denunciar.

A mi bisabuela la llevaron a una cárcel común y a mi bisabuelo lo enviaron a Kazajstán, donde lo obligaban a las tareas de campo. Ella estaba embarazada de mi abuelo, lo tuvo en la cárcel y como tenía una tía le pidió que se llevara al niño, que cuando saliera lo iría a buscar. Nunca salió y de hecho nunca se supo bien nada más de ella. Me pusieron el nombre en su honor.

 

casa-de-abuela.png

Una de las casas que sobrevive en la aldea Klimentovichi.

 

Mi familia aprendió la lección de no meterse en política. Mi abuelo se crió con su tía y recuerda que cuando los soviéticos liberaron la región ellos iban marchando delante de los tanques, en pleno invierno, descalzos.

Los padres de mi abuela materna también tuvieron muchos problemas porque los hombres estaban escondidos en el bosque. Mi abuela se crió en un horno de barro que estaba debajo de la casa. Los nazis se llevaban todo el pan y cuando pasaban los rusos era un problema porque no había para ellos y empezaban con las extorsiones. Aprendé a callarte y a ser sumiso, fue la lección.

 

buenos aires, caos

Creo que la Argentina en este tiempo se ha vuelto un poco más inteligente, más despierta,  la gente cuestiona más lo que ve. También se ha vuelto algo agresiva porque no sabe qué hacer con eso que se le despertó. Por un lado, es como si hubiera encontrado mucha información y por momentos no supiera qué hacer con ella.

Noto mucha diferencia ideológica, además. Mi pareja no lo entiende porque es argentino, pero es exagerado el odio que hay. Es como si fuera el nacismo contra el comunismo, y es una comparación brutal, lo sé. Hay gente que se ha dejado de hablar, familias enteras lo han hecho. Eso no  pasaba hace 17 años, pero tampoco entonces pensaban. Ahora se cuestionan cosas, muchas que antes no se cuestionaban porque estaban embobados mirando televisión o viviendo la época de los noventa donde se podía comprar y esto era como Hollywood.


Las fotos pertenecen a Eduardo Sánchez, Kaloian Santos Cabrera y a la autora.

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