La Seiba era el Rey

la crónica apócrifa

“Su intención era menos belicosa, apenas buscaba trastocar fichas en un juego de dos contendientes, lo más ingenuo que se podía hacer de tener presente que los barbudos habían cambiado mucho más.”


leandro estupiñánLeandro Estupiñán vive en Buenos Aires


Lejos de las regiones donde surgiera el ajedrez y en época distante de aquella antigüedad vivía Oscar Hurtado, quien por sus amigos del magazín donde escribía en 1960 era identificado como “nuestro elefante”. Fascinados lo miraban devorar mesas completas dispuestas para desayuno, almuerzo o comida; pantagruélico acto en decadencia por bodegas desabastecidas que desarrollaba con extravagante calma y manifestando una galanura infrecuente en aquellos restaurantes o comedores de La Habana.

Además de insaciable, inmenso y memorioso, este sabio paquidermo cuya cara asemejaba en realidad a la de un pez, un extraño pez de las profundidades con lunares solares en el rostro y entradas como bahías sobre el cráneo saturnino, era creyente afanoso de lo sobrenatural. Solía detenerse en el mirador de su departamento que lo dejaba frente al mar y escuchando los rumores de las aguas levantaba el mentón para irse en sentido contrario y en las noches dejarse absorber por las estrellas.

Hurtado creía con fervor en la poesía, la veneraba con la misma fuerza que despreciaba a los escritores aburridos y a quienes habían dividido las cosas del mundo entre fantásticas y reales cuando la diferencia entre una cosa y la otra solo reflejaba la época en la cual se establecen las definiciones. El poeta era testimoniante, sí, pero no un vulgar argumentador de limitadas circunstancias; capta el universo porque este habla mejor que el hombre, lo decía Martí.

También estaba convencido de la vida extraterrestre, de manera que algunas veces lucía más interesado en avistar incógnitos objetos voladores que en escuchar peroratas de funcionarios marciales a la hora de proclamar victorias ideológicas; motivación esta que no le impidió sin embargo desfilar por la Plaza, aunque incluso entonces hubo quien dudara al verlo llegar: animal mastodóntico de alarmante anacronía entre milicianos y peludos.

Por ser de prolongada estatura, amplio pensamiento e ideas sustentadas en la poesía algunos recelaban también de su comportamiento discreto como vampiro inteligente que encantaba al auditorio porque poseía la condición del hombre que sabe. Y a la hora de plasmar ideas en el papel quedaba ante la máquina en actitud reposada para teclear como quien envía teletipos al otro mundo, pulsando letras al ritmo tardo en el que solía discursar, y en sofocante sencillez.

ajedrez.jpgEn semejante postura escribió sobre temas que iban desde pintura abstracta hasta matemáticas aplicadas; mas, por muy profundas que fueran sus elucubraciones, por muy respaldadas científicamente que estuvieran, los puritanos siempre creían ver  una cuota de maldad. Si escribe con tal certeza sobre pandillas neoyorkinas se debe acaso a que pandillero habrá sido, y presto no faltó aquel que juraba haberlo visto entre las huestes de Emilio Tro, pistolero en La Habana cuando hasta Fidel Castro llevaba su pistola saliendo de la universidad.

Al fin y al cabo su problema tendría en el fondo este hombre, pensaban los voluntariosos, para que solo triunfada la Revolución volviera de Nueva York a La Habana acompañado de una actriz a quien se le veía idolatrar. Semejantes cuestiones debieron brotar de sus bocas el día en que además de impulsar la propuesta de establecer un Museo del ajedrez y sugerir que enseñaran el juego en los primeros niveles escolares, propuso Hurtado un cambio de las fichas para practicarlo.

Tenía criterios para reformar el juego ciencia. El ajedrez era fundamental en su vida y sería casi salvación en los años posteriores a la caída del magazín, cuando sus principales miembros fueron diseminados por el mundo y los que quedaron pataleaban en oficios burocráticos.

Entonces escribía para esta o aquella revista mientras sorteaba la circunstancia juntándose en su departamento o en los jardines de la casona de 17 y H, a donde iban los que no estaban de moda, desde Lezama Lima hasta Blas Roca, para juntos consumir café y croquetas o acaso una botella de cerveza con la cual brindar si se diera el caso de motivaciones.

Tal vez en medio de las partidas alguien recordara el día en que Hurtado habría querido cambiar el ajedrez, no al estilo de Capablanca, a quien, según lo escrito por él mismo, la perfección sobre el tablero le había hecho pensar que el juego to­caba a su fin y se había dado a la tarea de salvar­lo. A fin de cuentas como admirador del Gran Maestro estaba convencido de algo: donde quiera que hubiera un tablero ahí estaría Capablanca, uno de los cubanos más reconocidos en el mundo, de los más grandes. Y él no aspiraba a tanto.

A finales de 1960 solo había querido que los cubanos se sentaran a jugar de un modo más cercano a los acontecimientos, propuesta por la que le habían tratado de extravagante o loco. Y qué más daba este criterio si al fin y al cabo era la época en que todo el mundo parecía haber perdido el juicio llegando a las fiestas con ametralladoras al hombro y viendo a las vacas pastar junto a cohetes atómicos.

Su intención era menos belicosa, apenas buscaba trastocar fichas en un juego de dos contendientes, lo más ingenuo que se podía hacer de tener presente que los barbudos habían cambiado mucho más. La propuesta de Hurtado no parecía inspirada en historias y personajes de galaxias distantes, sino en elementos de su cultura. El juego llamado “El revolucionario” proponía figuras reconocibles para el pueblo y, si acaso de carambola. lo ponía a pensar.

El ajedrecista revolucionario habría de utilizar por Rey una Seiba, y en lugar de Reina movería a la Palma real, belleza mágica de la naturaleza cuyo hechizo sin embargo suavizaba el carácter e incitaba a la abulia. Para la fecha estaba convencido de que con su esplendor este árbol causaba el efecto contrario al esperado en el cubano cuya savia provenía del linaje del árbol más grande y misterioso.

La Seiba, siempre con ese, no con la ce traidora de los académicos ignorantes, era, a diferencia de la palma, robusto con ramas en expansión a los puntos cardinales, espacios propiciatorios para el desarrollo infinito. No hay bosque allí donde crece porque es ella de soledades, aspecto que tal vez le ofreciera ese extraño estado poético y su evidente antelación mitológica. En Cuba, sobre todo en occidente, sigue siendo sagrada, madre de todas las prendas, la que ofrece sombra y amparo a quien sea capaz de reverenciarle.

Hurtado ya había escogido la Seiba como elemento fundamental en su poética, tal vez porque representaba el paisaje sin claudicaciones, aunque es más certero repetir lo que escribiera en el prólogo de su libro de igual nombre: la Seiba lo había escogido a él para manifestarse en la poesía. Y sus ideas al respecto pudieron ser leídas por miles de cubanos porque además de símbolo religioso la Seiba se convertía también por obra y gracia del autor en insignia poética y prueba de identidad.

Si acaso escaseaban voluntarios daba paso a temas de su predilección, y mientras cada vecino permanecía alerta ante su televisor escuchando el discursar del Comandante, hablaba él del misterio escondido en las pinturas rupestres…

Volviendo al juego de ajedrez propuesto a sus compatriotas, como alfil el jugador revolucionario habría de mover un machete, ese instrumento de trabajo con probada utilidad bélica en la isla desde que Pepe Antonio lo empuñara contra los ingleses. En lugar de Caballo tendríamos centauro, el central azucarero sería la Torre, y el miliciano el Peón.

Por si esta variante no convenciera del todo también ofreció otra manera de jugar basando las piezas en algunos productos nacionales. En esta forma alterna el Rey pasaba a ser la Caña de azúcar mientras la Piña tomaba el lugar de la Reina; el Plátano suplantaba al alfil, el mango al Caballo, la frutabomba a la Torre y como peón se tendría al tabaco.

Pero nada pasó de una simple propuesta al estilo de los juegos del Hurtado, cuyo sentido del humor pasaba de lo pantagruélico al más fino humor inglés para romper con el choteo en ocasiones; y si el ajedrez nada debe hoy al escritor, este sí absorbió del juego, como pasa con el tablero que le sirvió de patrón para la torre de su Korad, ciudad en la región marciana de Electris donde vive amenazada por vampiros de metano la princesa Dejah Thoris.

Años después, en el Vedado siguió jugando al ajedrez Oscar Hurtado, no al suyo, que apenas había prosperado en la memoria, sino al clásico, al conocido y eterno. A su departamento llegaban amigos aficionados que también se aficionaban a la poesía solamente por la intención de constatar que aún quedaba un escondrijo para lo extraordinario.

Como los miembros de una peculiar cofradía se daban cita los viernes y, completo el número de cofrades, eran, dicen, interrogados primero por el anfitrión. Vestido al estilo de los camareros de aquellos cafés en la ciudad ahora desaparecidos, preguntaba en el tono de los mayordomos transilvanos si alguien había llegado con textos o ideas y la intención de ponerlos en discusión.

Si acaso escaseaban voluntarios daba paso entonces a los temas de su predilección, y mientras cada vecino permanecía alerta ante su televisor escuchando el discursar del Comandante, hablaba él del misterio escondido en las pinturas rupestres, de las lluvias de peces en Texas, de la verdadera residencia de Sherlock Holmes o de los inauditos plagios de William Shakespeare.

A veces cantaba una vieja canción con su voz de tenor antediluviano o extendía el brazo en gesto magistral para darle paso a cualquiera de los presentes, tal vez a su amigo Virgilio Piñera, quien uno de aquellos viernes, cortejado por el piano melancólico de Natalio Galán, recitó con tétrico acento un poema del venerado Poe. Fue así que junto a la voz revolucionaria de los televisores sobrevoló por La Habana como un cuervo benigno aquel negro poema en forma de estertor.


En portada trabajo en ilustraciones del pintor Carmelo González para el magazín Lunes de Revolución.

 

 

 

 

 

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