Ser comido

bitácora

“¿Hasta qué punto un individuo es libre de ceder su cuerpo para que sea comido por otro?, ¿qué diferencia la libertad de la imbecilidad?”


Gerardo Suárez vive en Buenos Aires


Leer noticias sobre Cuba es una de las costumbres que mantengo desde la distancia, pero a veces leo sobre otros países y sobre otras costumbres, porque una de los retos ante el que mejor dispuesto me mantengo en la emigración es el del aprendizaje. Quien está fuera de su casa, que es la verdadera patria al fin y al cabo, debe reinventarse cada día para no acabar devorado por la amable sociedad que lo recibe. Así como una nación  abre los brazos  para maternal mimarlo a uno cuando el pecho quiere explotársenos por la tristeza, también parece dispuesta a devorarnos a la más mínima señal de flaqueza o distracción.

Una sociedad puede engullirte de distintas maneras, de un bocado vertiginoso o lentamente como se disfruta un postre, al estilo de las enfermedades sutiles, aquellas que corroen hasta a los especímenes más vigorosos luego de embasárseles en algún punto del organismo. Entonces algo allí empieza a desmoronarse hasta que un día la persona cae desfallecida sin que sepa siquiera las consecuencias. Cansancio, estrés, hambre. Es lo que viene a la cabeza cuando en silencio ha empezado el proceso de consumación.

Existen también los países dispuestos a almorzarte a pedazos; un día te arrancan este brazo y vives manco por un tiempo porque te deja en país, hasta que le regresa el apetito y te muerde otra vez llevándose a saber qué trozo. Ni siquiera hay que ser emigrante para que esto suceda, conozco personas que han vivido por años en el país natal, incluso en la misma provincia, aún más: en el mismo municipio, con apenas trozos de lo fueron al nacer. Y así, digamos que con dos tercios del cuerpo, seguramente llegaran a la vejez y  así mismo les llegará el final inclusive de muerte natural.

Leyendo una de esas noticias que leo desde esta distancia he preguntado si acaso aceptaría un monto determinado por la venta de mi cuerpo. Mi mujer no entiende, se mantiene como perpleja y me veo obligado a precisar si es capaz de aceptar una suma generosa sabiendo de ante mano que esta no es más que el pago obtenido por mí, no porque me haya prostituido, le aclaro, si no porque en el hipotético caso de que sucediera habré sido aderezado según el gusto de los comensales, literalmente, como le sucede a los carneros. Más perpleja aun quiere saber en qué ando y le respondo que en nada extraordinario para ganarme la vida, que es solo un comentario propiciado por mis lecturas en internet, por suerte y para su tranquilidad.

El caso es que la pregunta sin respuestas de su parte me ha dejado pensando en que pareciera existir otra manera en que un ser vulnerable, como casi siempre lo será el emigrante, puede garantizarle la existencia, al menos por un tiempo limitado, al resto de su linaje. El restaurante que en Japón ha sido autorizado para elaborar carne humana, según la página en español de la National Geographic, podría ser un hito cuyo antecedente estaría acaso en aquellas personas que desde hace tanto venden sus órganos, desde un riñón hasta la sangre.  Qué persona es capaz de hacerlo, me pregunta ella desganada ya ante las cazuelas, y le respondo: cualquier desesperado.

En la escuela de mi hijo una de sus maestras se confiesa preocupada porque los vientos gélidos del invierno se prolongan hasta las puertas del verano. “Pero,  ¡si el clima es lo de menos, mujer”, debo decirle. “Vos no te das cuenta, es una circunstancia anormal”, responde: “Un hecho que me tiene preocupada” Para sacarla del trance en el que parece haber caído le pregunto si acaso a estas alturas existe algo normal. El mundo cada vez pareciera subyugado por lo absurdo, comento; y entonces pienso si acaso lo que hemos entendido por normal, corriente u estándar no es en realidad lo realmente anómalo.

Comparto con la maestra la noticia de Japón y el restaurante cuyos menús serán sustentados por la  carne humana y deviene entre nosotros una conversación sobre libertades. ¿Hasta qué punto un individuo es libre de ceder su cuerpo para que sea comido por otro? ¿Qué diferencia la libertad de la imbecilidad? Son solo preguntas y ya la maestra pareciera aterrada, de manera que no hablé más no sea que siendo el más vulnerable en su país donde no soy más que un extranjero a alguien le dé por zamparme dado mis extravagantes pensamientos.

Un día después, otra vez leyendo novedades, doy con que la noticia leída en la National Gaographic en español es falsa, que se trata de un rumor extendido en cientos de medios de prensa, incluso prestigiosos, y que por la red los internautas repitieron hasta morirse. ¿Qué diferencia la libertad de la imbecilidad?, me pregunto ahora en silencio; y, aunque feliz de que nadie fenezca por alimentar a otro, ando severo frente a la pantalla. De alguna forma he sido comido, no por persona caníbal o caníbal nación, sino por la falsa noticia y la moda extendida hasta en los grandes medios de no verificar un dato y lanzar la información en pos de dislocadas masas de megustas y lectores. Está ratificado, maestra: vivimos la era de la anomalía.


La foto pertenece a Davide Ragusa.

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