Sabrina e Irma (el huracán)

registro de un observador

“El poderoso huracán Irma tocaba tierra cubana el 8 de septiembre pasado tras dejar un panorama desolador en otras islas del Caribe. La entusiasta turista alemana Sabrina arribó dos días antes por el aeropuerto de la ciudad de Holguín, al Noreste de Cuba, inconsciente de lo que era un ciclón.”


amaurisAmauris Betancourt vive en Holguín


La temporada ciclónica sobreviene anualmente en el Caribe entre el primero de junio y el 30 de noviembre. Los huracanes en esa etapa resultan una dura realidad a la que los habitantes del área deben resignarse, ahora con más frecuencia debido a las aciagas consecuencias medioambientales. En ese contexto los viajes han de considerarse antes de emprenderlos, lo cual, por supuesto, repercute en la economía de la zona y afecta la industria de ocio. Cuba sufrió esos efectos naturales y económicos manifiestos en destrucción de la infraestructura hotelera en la región norte-central y la cancelación de viajes y estancias durante la baja turística.

El poderoso huracán Irma tocaba tierra cubana el 8 de septiembre pasado tras dejar un panorama desolador en otras islas del Caribe. La entusiasta turista alemana Sabrina arribó dos días antes por el aeropuerto de la ciudad de Holguín, al Noreste de Cuba, inconsciente de lo que era un ciclón.

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La mayor parte de los turistas y turoperadores le temen a tales eventos meteorológicos pero existen algunos, de los primeros,  que,  ya instalados, curiosidad mediante, desean vivirlo. Sabrina Meyers no era el caso. No le resultaba placentero o curioso atestiguar un fenómeno con riesgos fatales para otros seres humanos, pero sí anhelaba sobremanera conocer Cuba.

Cuando de los 10 compañeros de viajes cinco cancelaron y los restantes ya en el aeropuerto de Frankfurt, con equipajes a bordo, desistieron, ella persistió y se convirtió en la única cliente de ese circuito turístico nacional. Había esperado mucho por la visita e Irma no se la impediría. Soñaba con su varias veces planificado viaje.

Tras recibir varias llamadas para interrumpirlo, minutos antes de abordar el “Condor” de línea aérea Thomas Cook, Sabrina hizo caso omiso. “¿Y por qué razón va usted?”, le espetó autoritariamente –como lo saben hacer los alemanes– su agente de viajes en Alemania cuando no le quedaba otro recurso. “Sencillamente porque reservé”, respondió. No quería posponer y le aseguró al turoperador que ella no exigiría ninguna reclamación luego.

Yo, en calidad de guía turístico, esperaba a seis clientes en el aeropuerto; pero, tras corroborar que todos los pasajeros habían desembarcado, resolví, tras consultas con la agencia, dirigirme al hotel de la primera pernoctación solo con ella. En el breve trayecto, Sabrina se disculpó por ser la única y expresó sus temores de la cancelación del tour que le llevaría por la mayoría de las provincias cubanas, lo cual sucedió a pesar de los múltiples percances.

Pero Sabrina había ascendido al Everest y había visitado y convivido en tribus africanas haciendo honor al espíritu teutón aventurero. Una tormenta huracanada no le aterraba.

“¿Y por qué no viajaron los otros clientes?”, quise saber. “Les preocupaba mucho el confort”, dijo, y agregó que habían sucumbido a la presión porque les auguraban serios peligros. Pero Sabrina había ascendido al Everest y había visitado y convivido en tribus africanas haciendo honor al espíritu teutón aventurero. Una tormenta huracanada no le aterraba.

Abandonamos Holguín rumbo a Santiago de Cuba el siguiente día, tras una breve reunión de información en la que le hice saber que el programa sufriría varios cambios por fuerza mayor. Ella, de carácter flexible, reaccionó receptivamente. “Lo entiendo”. Así que, tras la llegada, vísperas del huracán, la eco-cervezería Rey del puerto se convirtió en su primera visita en la ciudad mirador, catalogada así por la disposición montañosa de las calles en descenso en forma de anfiteatro o escaleras hasta morir en el malecón. La Rey del Puerto nos animó a una segunda visita un par de días después tras catar in situ las producciones claras, oscuras y negras en su salón caluroso.

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Ese mismo jueves, antes de que se interrumpiera la recepción wifi en la mayor parte de los espacios públicos por la cercanía de Irma, y camino a proseguir acuartelados en el hotel Casagranda, centro de evacuación para los turistas en la ciudad, Sabrina me contó la certeza de familiares, amigos y colegas de que la Isla sería totalmente devastada por los vientos e inundada por el mar.

Era un suicidio su estancia, según las noticias en los medios de prensa alemanes y a entender por las informaciones recibidas vía Whatapps y otras redes sociales. “Exageran todos, aquí no pasa nada más allá de unas rachas de vientos y lluvias a intervalos”, me dijo. Puse en duda los conocimientos geográficos de los alemanes, al igual que la objetividad noticiosa y el práctico sentido común de ellos. En cuanto a mí, lejos del huracán, el acuartelamiento sirvió para, vía celular, mantener informado a mi hijo de por dónde iba Irma cuando vientos y lluvias arreciaron y se desplazaban lentamente al norte de Holguín y Las Tunas.

La lejanía del huracán se convirtió  en ventaja para adquirir (aunque es prohibida la venta de bebidas alcohólicas durante la ocurrencia de ciclones) una botella de ron Caney, del linaje Bacardi, para entender y replicar mejor las noticias de la emisión especial de la Televisión Cubana y de la CNN hasta que la tormenta enrumbó al Norte alejándose de nosotros.

En los dos días posteriores, imposibilitados de abandonar sin autorización la ciudad, en la que la mayoría de los lugares públicos y turísticos permanecían cerrados por un huracán que apenas había afectado la urbe, debí dividir las visitas en sectores para no aburrirla. Combiné sitios históricos con lúdicos y con esquinas dedicadas a la afroreligiosidad cubana. Sabrina y yo juntitos paseando por todo Santiago. Yo, sin el uniforme corporativo, resultaba sospechoso. A juzgar por las miradas era un gigoló afortunado: joven agraciado por la compañía de una dama mayor y extranjera.

En el hotel comía, bebía y dormía. Era aburrido. Deben saberlo los franceses quienes en cuatro días solo los vi moverse de las poltronas del lobby al restaurante, y viceversa. Para entretenernos o bromear, costumbre nacional aquí, por idea de Sabrina valoramos cenar rápido para hacernos primero de los sitios a ver qué hacían ellos. Preferimos luego no hacerlo, pues uno, que había trabajado en Alemania, se nos acercó y entabló amistad. Nos contó de los infinitos deseos de abandonar la Isla sin concluir la gira turística nacional debido al huracán y porque ya no sabían qué hacer en la ciudad. Su guía turístico los dejaba solo la mayor parte del tiempo.

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El tedio era insoportable y, aunque declarada la fase de normalidad en Santiago, me impidieron, gente de oficina, continuar hacia Baracoa. Había contactado a colegas y amigos quienes me aseguraron que allí no había riesgos ya. No pude convencer a los jefes y tuve que permanecer un día más hasta que partimos. }

Desde Baracoa nos fuimos hasta Bayamo y luego a Trinidad en el centro sur de Cuba tras una visita breve a la ciudad de Camagüey. El próximo destino fue Remedios. Curioso, en Baracoa, donde los efectos del huracán fueron leves en comparación con Remedios, no pude, por orientaciones de la agencia, realizar el programa turístico previsto aunque sí me dieron luz verde para esa otra pequeña ciudad. Aquella solo había sufrido embates de olas y lluvias; en cambio Remedios, ubicada en el centro norte de Cuba, había sido severamente dañada, no tenía electricidad y los mosquitos, organizados en batallones, atacaban.

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El viaje nos permitió ir constatando la desolación causada por Irma y cómo, poco a poco, no solo los pueblos, con el esfuerzo propio o la ayuda oportuna de colaboradores y militares, se recuperaban sino, además, como el follaje quemado y seco por la fuerza del viento cedía paso a un nuevo y verde ramaje. Así de increíble es la naturaleza tropical de la Isla.

La Habana era el destino final y llegábamos erráticamente por el mítico túnel habanero. Estaba cerrado. Debimos retornar y bordear el municipio de Regla, al otro lado de la bahía hasta la Habana Vieja. El Malecón, ese balcón grande de la ciudad al mar, punto de encuentros de habaneros y visitantes, para nuestra decepción permanecería desolado durante nuestra estancia. Los daños habían sido colosales y el cordón policial en torno impedía el acceso. La Habana sin malecón resultaba monótona.

Aun así la gira nacional nos mantuvo lejos del huracán y de las consecuencias constatadas parcialmente varios días tras su paso. Aceptaba con agrado que ningún motivo lúdico o voyerista alimentara el espíritu de Sabrina, quien, a pesar de todo, mantuvo una conducta objetiva y comprensiva aunque ligeramente distante, típica de la cultura alemana. Las víctimas fatales, por ejemplo, tras haberle explicado las causas, las tomó solo, más bien, como una irresponsabilidad y no como una incompetencia del sistema de defensa civil cubano. Lamentaba incluso no poder jugar Golf en Varadero, donde haría estancia tras terminar el recorrido conmigo  y antes de volar de retorno.

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Así, Irma era historia y la recuperación el presente cuando terminé en La Habana. Amigos y conocidos no cesaban de preguntarme sobre la situación. Una vez más emergía el sabor amargo y triste del volver a comenzar; la leve e imperceptible mejoría socioeconómica también retrocedía socavando las esperanzas. Ahora todos los recursos, principalmente los de la construcción, escasearían y se encarecerían. La agricultura tardaría en recuperarse. Y todo eso en medio de una crisis política a raíz de supuestos ataques acústicos a la embajada estadounidense en La Habana ¿El Eterno Retorno preconizado por Friedrich Nietzsche? “No es fácil”.


Las fotos pertenecen todas al autor.

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