Todo por cumplir mi sueño

trayectos

En  octubre publicamos, con el título: Buscando a mi princesa azul, la primera parte del testimonio de este holguinero. Ahora ofrecemos el cierre de su historia, una narración sincera, descarnada y tantas veces replicada en quienes como él siguen optando por las relaciones interesadas, o la prostitución, para superar la circunstancia y la geografía que los constriñe.


carlos rubénCarlos Rubén Rodríguez vive en Florida, Estados Unidos


A la semana de irse Rita llegó mi prometida con las invitaciones para la boda. Fuimos a un hotel para reservar y pasamos una semana, lo cual me dio fuerzas para comunicarme con Canadá. Le dije a Rita que no era una buena decisión casarnos, que no nos conocíamos lo suficiente. La conversación fue intensa y dura, ella como buena negociadora me advirtió que por lo menos pasáramos una semana lejos, en un hotel, solos. Fue casi imposible decirle que no. No sé cómo se las arreglaba para manipular.

Y seguí mi juego. Había empezado también una relación clandestina con una mulata y no tenía intenciones de darlo a conocer. La conocí con su novio una semana antes de que ellos terminaran y había llegado a establecer cierta afinidad con él por lo que me sentía mal. Al mismo tiempo, lo prohibido disparaba mi adrenalina. Salir sin cogernos de las manos, comportarnos como extraños, mantener todo en secreto tenía su morbo y cuando nos dimos cuenta prácticamente estábamos viviendo juntos.

Con Rita pasé dos semanas traumáticas, aunque me ofrecía la oportunidad de sentirme económicamente como nunca antes. Me dijo que me compraría un carro, me regaló mucha pacotilla y me hacía sentir importante. Así, fijamos fecha para la boda, dos meses después. No podía tener relación con extranjeros dado mi trabajo en una cadena hotelera de las Fuerzas Armadas, si la Inteligencia lo descubría me podía negar la carta de liberación del hotel por cinco años, papel sin el cual no podía salir del país. Entonces decidí dejar el trabajo y confiar en que todo saliera bien. La boda con Emily, claro, se empezó a posponer hasta volverse nada.

frontera-usa-canada-peace-bridgeEn esa situación me vi de nuevo en cero, y el destino, y mi perseverancia o mi descaradés me llevaron a seguir para adelante con los planes de Rita. Fue uno de los días más contradictorios en mi vida. No sabía si realmente estaba viviendo una realidad o todo era ficción. Me acuerdo que en medio de la celebración recibí la llamada de la mulata para felicitarme y así como reía por fuera, lloraba por dentro al hablarle. Ahí empezó una de las etapas más tristes de mi vida.

La persona con que me casé era adicta al cannabis y tenía una personalidad bipolar. Nunca tuve tantas discusiones en mi vida con alguien, discusiones tremendas que en varias ocasiones terminaban en sacudidas que debía darle como terapia de shock para que volviera en sí. Era difícil mantenerla sobria, acabó haciéndome pelear con todos mis familiares y amigos. En una ocasión llegó a proponerme dinero para que le diera golpes a uno de ellos. Me aterrorizaba su forma de proceder.

En lo que mis papeles se arreglaban, cuando estaba de visita en Cuba nos quedábamos en hoteles; pero, lo que para cualquier cubano sería una fiesta para mí estaba siendo una tortura. Nunca me vi con la autoestima tan baja, engordé y me dejé crecer la barba. Recuerdo a ratos que yendo con ella por la calle empezábamos a discutir y avergonzado de repente me llegaba la idea de tirarme delante del primer carro que pasara.

En medio de todo este drama volví a buscar a la mulata. Necesitaba sentirme yo, de nuevo. Fue así como empecé a llevar las dos relaciones a la par. La cubana me daba las fuerzas para aguantar las semanas de infierno, sabía que cuando se acabasen tendría la recompensa de poder gastar mi dinero con alguien que realmente me gustaba, que sin darse cuenta era un soporte emocional y me hacía sentir seguro.

No se me olvida el día en el cual luego de acompañar a tantas personas a la embajada finalmente me tocó el turno.

Rita andaba celosa, creo que percibió lo que ocurría. Más de una vez se aparecía de sorpresa. Mi rutina diaria incluyó levantarme, llamar al aeropuerto y averiguar a qué horas llegaban los vuelos desde Canadá. Calculaba el tiempo y me quedaba alerta. Vivía tiempos de abundancia y al mismo tiempo de miedo a perder todo el castillo de cartón que había montado. Habían pasado dos años a la espera de los papeles.

No se me olvida el día en el cual luego de acompañar a tantas personas a la embajada finalmente me tocó el turno. A Rita le entró un ataque de celos esa noche en Varadero y le dio por decir que se iba a suicidar. Empecé a cuestionar mi decisión de irme, no sabía qué pasaría y una vez más ella regresó a Canadá con el compromiso de que al siguiente viaje la acompañaría. Corrí a donde mi otra relación con un nudo en la garganta, pues el reloj con su cuenta regresiva se había puesto en marcha.

Fueron tiempos difíciles. Un amigo hizo que me diera cuenta: en ese momento estaba yo en la otra cara de la moneda. La mulata me pedía quedarme como lo había hecho otras veces con relaciones anteriores, pero en Cuba nadie tiene el valor de dejar a un lado la oportunidad de irse. Oré al señor como pocas veces en mi vida y puse mi destinos en sus manos. Nunca esperé tener un respuesta tan rápida: al otro día pasé a saludar a mi novia en su hora de almuerzo y al ver que no salía le mandé un mensaje acaramelado que por error fue enviado a Rita en Canadá. Ese mensaje le dio un giro de 360 grados a mi vida.

Sin saber qué hacer tomé un bicitaxi y fui a ver a mi mejor amiga. No podía creer que un error tan simple pudiera joder el esfuerzo de los últimos años. Llegué a la casa, le conté en un temblor de nervios lo que había pasado y su reacción fue levantar un teléfono y llamar a Cubana de Aviación. Me sacó pasaje para el siguiente vuelo a Canadá. Yo no sabía si reírme, llorar o enojarme. Le pregunté si estaba loca y me contestó: “Ya tienes visa, vuela solo. Cuando llegues a Canadá brinca la frontera a Estados Unidos y ya está”. Ahí me confundí más. ¿Estados Unidos? Nunca pensé vivir en ese país, además no conocía a nadie.

Madrid fotos Kaloian-22En ese momento me acordé de un amigo del barrio con el cual había perdido comunicación. Todo este plan había que realizarlo en dos días, con el inconveniente de que el permiso de salida que debía darme Cuba demoraba alrededor de 15 días. No lo había sacado antes porque no me motivada la idea de irme. Corrimos a emigración, hicimos la cola y metimos un cuento. El otro inconveniente era el dinero. Llame a mi papá y le deje saber mi decisión. Entonces él me prestó el dinero. Le dejé algunos artículos de la casa y a solicitud suya me fui a consultar con uno de sus padrinos babalaos para que me diera el visto bueno.

Esa noche no dormí. Me reuní con todos mis amigos, saqué un viejo mapa tamaño pizarra de escuela que conservaba desde pequeño e intenté adivinar la travesía que me esperaba. Después de recibir la bendición de todos, entre los que había un miembro de la Iglesia. Esa persona dijo algo que me acompañó todo el viaje: “señor, sé que odias al pecado, pero amas al pecador”.

Desde que entré al aeropuerto fue todo un pasaje a lo desconocido. No sabía lo que el destino me preparaba pero iba dispuesto a todo por cumplir mi sueño. En aquel entonces fumaba y en la sala de fumadores conocí a una pareja de cubanos que vivían en Nueva York que viajaban a través de Canadá. Les conté mi historia y les pedí de favor que al llegar me adelantaran a la frontera. El señor hizo un gesto raro con la cabeza, pero si algo une a las personas son los tiempos difíciles. La mayoría de los cubanos sentimos la necesidad de ayudar a nuestros paisanos, y me dijo: “Bueno, tu proceso migratorio va a ser distinto al mío, si coincidimos en la salida te puedo ayudar”. Eso para mí era una esperanza: no estaría solo y me ahorraría el dinero del taxi.

Tomé el vuelo y luego, al ver las luces de Toronto, me impresioné y asusté. Cuando nos bajamos me llevaron por un camino separado para realizar la última entrevista del proceso. Preguntaron cosas sobre mi mujer, la cual dije que estaba esperándome afuera.  No podía creerlo cuando me hicieron saber que podía continuar viaje. Los nervios no me dejaban abrir la puerta de la oficina, había perdido el “pull and pusch”. Fui a un baño y allí me disfracé con 3 jeanes, 4 suéteres, una gorra y un gorro. Nunca había estado en un lugar tan frío y no sabía cómo podría reaccionar.

Entre miles de personas encontré a la pareja que me había prometido ayuda. Con un poco de pena fui corriendo a saludar al señor, le ofrecí ayuda para cargar su equipaje, pero se negó. No confiaba. Luego salimos y me percaté de que tenía problemas para comunicarse en inglés y le costaba ubicar donde había parqueado el carro. Ahí puse en práctica mi inglés y habilidades como guía turístico. También volví a ofrecerle cargar su equipaje y esta vez cedió. La barrera de la confianza estaba sobrepasada.

Me dejaron en un lugar llamado Duty Free, en la frontera, y aproveché para comprarme unos guantes. Me moría del frío. Allí hice confianza con una de las personas que trabajaba y me prestó el teléfono . Vi por primera vez un McDonald’s y decidí comer porque no sabía lo que iba a pasar después. En eso una muchacha con que había hecho confianza se apareció con un amigo del gobierno para decirme que podía quedarme a vivir en Canadá. Pero luego de una larga conversación seguí rumbo a mi destino. En la frontera de Estados Unidos y Canadá pedí asilo político.

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“Sereno corres, majestuoso; y luego / En ásperos peñascos quebrantado, / Te abalanzas violento, arrebatado, /Como el destino irresistible y ciego.” (José María Heredia escribió estos versos al Niágara, que recuerdan hoy algunos cubanos de los que han cruzado por allí a los Estados Unidos)

A las pocas horas me encontraba lejos del paso fronterizo, viajando de Búfalo a Miami.  Estaba viviendo una mezcla de emociones.

Me fue a recoger al aeropuerto mi amigo de ejercicios, Adrián. Al llegar y sentirme seguro empecé a llorar, no por haber salido de Cuba, sino por todo el estrés que viví los últimos años con la Rita.

Así comencé a vivir en este, el que considero un gran país, porque a pesar de no ser perfecto tiene una gran tolerancia con la emigración. No me imagino como reaccionaríamos en Cuba si los extranjeros fueran a ocupar muchos, y hasta los mejores, puestos de trabajo.

Mi amigo me hizo el favor de alojarme en su casa con su novia. Yo sabía que era algo transitorio y en una bicicleta empecé a recorrer la ciudad en busca de trabajo. La ansiedad se me iba dándole a los pedales. Mis papeles no estaban listos todavía y no estaba acto para trabajar. Mi desespero era tanto que en un restaurante, al preguntarme si tenía papeles, respondí que sí. Me dijeron: “Bueno, pues empiezas mañana a las 4”. Fue una de las pequeñas ilusiones iniciales. Trabajé con mucho empeño como ayudante de mesero pero, al final de la noche, cuando pidieron papeles para contratarme respondí que estaba en proceso. Me informaron que lo sentían y me regalaron 15 dólares. Pero agregaron que apenas tuviera papeles me acercara porque tendría trabajo seguro.

Luego apreció un trabajo en la construcción, demoliendo paredes con una mandarria. No era trabajo para cubanos, escuché allí, y en verdad trabajaban guatemaltecos a quienes doblaba en tamaño y masa muscular, sin embargo esos hombres eran termitas destruyendo casas. Fue una de las cosas más duras que he hecho en mi vida. Cada minuto dando mandarrias cuenta como una hora. Mis manos se hinchaban y conocí lo que es picazón por el polvo de vidrio usado en la climatización.

Después de dos meses en la casa de mi amigo, por las circunstancias, me dio un ultimátum. Tenía problemas con su relación. Me volví loco, fue uno de los tiempos más difíciles pues no conocía a nadie, ni sabía cómo defenderme en este país. Dando vueltas por todos los mercados latinos conocí a un señor que me hizo el favor de alquilarme un cuarto aún sin tener yo el dinero para pagarle. Seguía con el trabajo en la construcción por el día y con otro  por la noche.

Cuando obtuve el permiso, y gracias a una agencia que ayuda a los cubanos a encontrar trabajo, empecé en un hotel limpiando habitaciones. Ahí cambié a limpiador de áreas públicas, luego ponía toallas a los clientes y después pasé a ser camarero y bartender, que es lo que hago ahora. Actualmente trabajo para un hotel cinco estrellas en una compañía que ofrece muy buenos beneficios.

Mi mente estaba entrenada para sobrevivir y no para escoger.

En cuanto a lo sentimental, estuve con una ecuatoriana. Tuvimos una relación por cinco años. Yo que había jurado que no estaría con más nadie de Latinoamérica, pero otra vez la vida me enseñaba que atraemos lo que más queremos. Crecimos como personas los dos, pero ahora solo queda una linda amistad.

Entre las cosas que me chocaron al principio, preguntaban: “¿qué quieres comer?”, y yo contestaba: “lo que sea”. Mi mente estaba entrenada para sobrevivir y no para escoger. Vivo en un gran país que son muchos países a la vez. Traje a mi Holguín conmigo adentro. Es cómico como uno sufre el síndrome del emigrante, de no sentirte completo en ningún lugar. Desde el primer día en que puse un pie aquí mi deseo más grande era el de regresar y contar todo a mi familia. Dos años me tomó el primer viaje.

También conocí Ecuador y Puerto Rico. Estuve en Nueva York, conocí el Broadway y disfruté del Circo del Sol en Las Vegas, lo cual había sido uno de mis sueños. Visité San Francisco, Chicago, Orlando y Los Ángeles. Es infinita la lista de lugares que pienso conocer. Viajar es, sin duda alguna, una forma más de educación. Mis gustos por la comida y la bebida han cambiado. Solo como comidas saludables. Tomo muy poco, solo un trago de vodka en ocasiones.

Me he ido amoldando a este país. Lloraba los primeros años, imaginaba mi regreso… Cuando llegó el día, al pasar por la Aduana de Cuba una voz me dijo: “por esto te fuiste”. Esa voz no me dejó tranquilo en todo el viaje. Encontrar a mi familia, constatar que teníamos otra realidad y otro punto de vista me dejaba pensativo. Claro, con independencia económica se hace más fácil juzgar, pero me daba cuenta de que ya no era el de antes y tampoco mis amigos eran los mismos.

No sé qué perdí y qué gane en todo este proceso. No me siento mejor que antes, no creo que tenga más dinero, pues todavía no he aprendido a llegar a fin de mes, pero creo que he ganado en independencia y en libertad, que es una palabra que cuando la escuchamos en Cuba pesa tanto, pero que se hace tan fácil pronunciarla aquí. Me considero mejor persona, he aprendiendo que no por hablar más alto se tiene la razón y que quien piensa distinto no es necesariamente un comemierda.

Es bueno apreciar de dónde venimos y cómo crecimos, pero al mismo tiempo somos más que un idioma, país o bandera. Nuestro espíritu es más grande que todo eso y podemos encontrar almas gemelas en cualquier latitud. Aferrarnos a nuestra historia a veces nos hace arrastrar problemas que contaminan nuestro entorno y tampoco necesitamos llenar ninguna expectativa dependiendo de nuestro lugar de procedencia. Hay que aprender a quererse uno mismo, aunque no siempre hayamos tomado las mejores decisiones.


Las fotos que acompañan este trabajo fueron tomadas de Internet y de Kaloian Santos Cabrera.

 

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