Nitidez de sentimientos

trayectos

Soy de Cienfuegos, con flechas, pero nunca me interesó el equipo provincial, aquel donde empezaría Puig a mostrar su talento de pelotero estelar. Para más precisión en la geografía, el jardinero de los Dodgers creció en Elpidio Gómez, uno de los dos centrales azucareros de Palmira. En el otro central, Espartaco, crecí yo.


IMG_4074Yaiset Rodríguez Fernández vive en Miami.


A mi abuela Nana
y a todos los que la conocieron

Con actitud de novata miraba la última Serie Mundial de la Liga Mayor de Béisbol. Escenarios de altos quilates, con luces perfectas, infografía sin faltas ni sobras, arte en el movimiento de cámaras. Hasta la altura de la lomita del pitcher parecía tener un rol en la dramaturgia del juego. Las voces de los narradores a tono con una afición cómplice de su equipo. Y entre la afición, algunas camisetas con apellido Puig, en azul. Y dentro del equipo con identidad naranja, un Gurriel que luce su número 10. ¡Tremendo! Le dije a Israel, mi esposo, con cara de “esto es lo mejor del show” mientras él, en su desinterés por las bolas o los strikes, sonrió con cara de “me alegro que lo disfrutes” y retomó su pausa en el capítulo de una serie de ficción.

Esta es la parte en la que se empezaron a revolver los criterios sobre choques culturales que luego encontraron muchísimo más de qué hablar. Esta es la parte en la que, por primera vez, en mis escasos meses de viajes y migraciones, sentí el peso que ya veía y leía en otros, con cierta incomprensión. Para evitar falsas expectativas, advierto a los lectores que no encontrarán un comentario profesional sobre pelota ni nada que se le parezca. En honor a la verdad, estoy corta de tiempo como para establecerme un público meta. Aunque muy en el fondo, sé a qué tipo de personas me dirijo.

entrada al central espartaco

Escribo porque hace mucho no sentía, como ahora, más de dos o tres ideas atragantadas que, de bajarlas sin antes masticarlas un poco, me adeudarían con el “de dónde vengo”, en su contexto natural, no en el espiritual. Escribo porque estos dos cubanos en las Grandes –hubo otros, pero estos dos en particular- envueltos entre azules y naranjas, como buenos bateadores que son, le hicieron swing completo a la slider del presente –mientras Yu Darvish descuidaba su mejor lanzamiento para prestarse a una guerrita impropia de un samurái- y el batazo, en HD y con nitidez de sentimientos más que de recuerdos, cruzó las gradas a la inversa y cayó veintitantos años atrás.

De donde vengo el apellido Gurriel estaba en una alineación de primera clase. Ya hubiera querido yo que Lourdes jugara con Villa Clara y no con Sancti Spíritus. Ahora, me sumo al coro de los que reiteran que Yulieski es un “fuera de serie (nacional)”, y no por dinastía –tan evidente en el terruño-, sino por mérito propio. En este punto, opto por seguir de largo sin abundar en lo del linaje, la voluntad personal y Cuba, no sea que me salga del tema. A lo que iba: soy de Cienfuegos, con flechas, pero nunca me interesó el equipo provincial, aquel donde empezaría Puig a mostrar su talento de pelotero estelar. Para más precisión en la geografía, el jardinero de los Dodgers creció en Elpidio Gómez, uno de los dos centrales azucareros de Palmira. En el otro central, Espartaco, crecí yo.

Para la fecha, todavía los jóvenes preferían la pelota sobre el fútbol y los centrales diferenciaban el tiempo de zafra del tiempo muerto. Para la fecha, los mejores pronósticos de todas las esferas eran los de Rubiera. Todavía a nadie se le había ocurrido, estaba fuera del radar, que las figuras de un Messi y un Cristiano invadirían cual alienígenas de la globalización una isla supuestamente más roja que Marte. Lo que sí se le ocurrió a alguien fue dejar, de Espartaco y tantas otras industrias azucareras, la torre junto a un montón de gente sin trabajo moliendo ilusiones con el combustible del ron barato y produciendo –en crudo y en refino- toneladas y toneladas de desesperanza.

¡¿A quién se le ocurriría pensar que una chiquilla, en el primer quinquenio de los noventa, iba a tener hojas nuevas para semejante bobería si «entonces», en la isla, tener cualquier cosa era, cuando menos, una osadía?!

Vuelvo al tema de la pelota, cuando en 1994 –vaya año- empecé a escribir una crónica de números en la sala de mi casa mientras el equipo azul soñaba con disputarle el título de campeón al equipo naranja -“¿Qué tú haces, niña?”, “Estoy llevando las estadísticas del juego, Mami.”-, no vi la reacción de mi abuela Nana desde su sillón, pero estoy segura que hizo una de esas muecas muy suyas, con movimiento de cabeza y todo. Desde temprano me estuve alistando para tener todo lo necesario: un lápiz con goma, una regla y los nombres completos de las novenas, en el orden al bate, claro está, sobre unas hojas dignas de ser detalladas. ¿De dónde habré sacado esas hojas? Seguro que venían de alguna oficina de contabilidad del Central, cortesía de mi tío Lorencito. Eran más grande de lo normal, y a juzgar por su color de hepatitis mal cuidada, muy viejas, además. Desechables, sobra decirlo. ¡¿A quién se le ocurriría pensar que una chiquilla, en el primer quinquenio de los noventa, iba a tener hojas nuevas para semejante bobería si «entonces», en la isla, tener cualquier cosa era, cuando menos, una osadía?!

El Sandino estaba repleto, era el último juego de la temporada. “¿Por qué estos narradores hablan tanto, y cosas que no tienen nada que ver con la pelota?”, le pregunté a mi abuela, desde el sillón, en referencia al dúo trascendental de Héctor y Eddy. Con 11 años yo ignoraba los motivos para tanta mezcolanza y nadie me había contado el cuento de la pulga. De existir el avance digital de hoy, me hubiera quedado con el sonido ambiente. De tener un mando, hubiera puesto el Mute. Mas, ¡¿a quién en el año ´94 se le iba a ocurrir que en mi casa tendríamos un televisor con control remoto?!

“Mami, es mejor estar allá en el Estadio.”, “Qué va, muchacha, mejor verlo por televisión.” Y le hice caso. Ella que se había paseado por todos los estadios cercanos lo decía porque estaba vieja ya. De cualquier forma, yo aprendí a disfrutar de la transmisión de un juego y, para gustarme la pelota, he estado bastante poco en las gradas. De hecho, recuerdo sólo tres visitas, muy típicas: oriente, centro y occidente.

Al estadio Guillermón Moncada, de Santiago de Cuba, llegué una noche como parte de un grupo atrevido de preuniversitarios que salieron sin permiso de la vocacional. Habíamos viajado desde Cienfuegos para una olimpiada de conocimientos, en una guagua girón con dos o tres tanques de petróleo en el pasillo. Casi setecientos kilómetros por carretera turnándonos los asientos y los tanques, cual si hubiera variación alguna en la consistencia de ambos. Valió la pena cada bache. En el que fuera mi primer viaje a Santiago, y a través de la autopista más boca de lobo que un humano haya visto, alcanzamos el estadio atestiguando una paliza de los santiagueros a los granmenses, y la condición del alumbrado público. Cumplimos el kilometraje de regreso en la misma guagua con sus tanques, los baches, pocas medallas y sin gota de sentimiento de derrota.

La visita al Sandino, sede de mi equipo naranja, fue en primer año de la universidad. Estaba yo en plena faena de desplazamiento interprovincial. Por motivos tanto románticos como prácticos, de La Habana me iba lo mismo para Cienfuegos que para Santa Clara. Tan tarde llegué a este último destino, que por más que trato de acordarme ahora no sé si logré ver algo del juego. Creo que Villa Clara acababa de perder. De lo que sí estoy segura es de lo malito que estaba el transporte para regresar a la universidad central. De alguna extraña manera -favorecida esta vez por el escaso volumen que ocupa mi cuerpo- me subí a una de las guaguas y hasta asiento alcancé. A la hora de bajarse el asunto seguía espinoso. Sin pensarlo mucho, salí por la ventanilla.

Un público-actor de la dinámica del transporte cubano post-Perestroika, entenderá la urgencia de hacer una pausa aquí. ¡La ocasión de moverse de un lugar a otro a través de un medio cualquiera se asemeja tanto a una obra de teatro! Es mayor el tiempo que pasas en la espera (montaje) que la distancia a recorrer (puesta en escena). Tendrás paradas inesperadas en el camino (un oscuro, una caída del telón o un intermedio entre actos). Puedes presenciar lo mismo un musical que una tragicomedia –o todos los géneros a la vez- sin separarte del diseño de iluminación y de sonido. Cuando termina la obra, te haya gustado o no, tienes que salir del teatro, y esto también puede tomar su tiempo. Si lo pienso mejor, la comparación es injusta. Además, ¿qué tienen que ver el transporte y el teatro con la pelota?

La última visita paradigmática fue, por supuesto, al Latino. Jamás me gustó el equipo azul. Ni antes ni durante los diecisiete años que pasé en La Habana. Se me salía el guajiro cada vez que hablaba con algún habanero sobre pelota, entre otros temas. Voy a omitir los motivos por los cuales rechazaba a los Industriales. Primero, porque son archiconocidos a nivel nacional; segundo, por si aparece un industrialista mediático con la intención de ponerme una demanda; tercero, porque para gozar días felices, dice un salmo, hay que frenar la lengua de hablar el mal y buscar la paz. Lo cierto es que entramos Israel y yo al coloso del Cerro sólo porque nuestro amigo Daniel, cubano-americano, y seis o siete extranjeros con él, nunca habían visto en vivo y en directo un estadio de la isla.

Mi abuela tenía razón, los juegos de pelota se ven mejor por televisión.

Fue una estancia corta y hasta temeraria. Lo mejor de la noche, sin dudas, el entusiasmo de Daniel y su cara alegre. Lo otro, la clase de rata que nos pasó por entre los pies a los que estábamos en la fila delantera. Si algún despistado del juego nos vio en ese momento, probablemente pensó que, a juzgar por el brinco nuestro, habían dado un jonrón con las bases llenas. Memorable el Latinoamericano.

Mi abuela tenía razón, los juegos de pelota se ven mejor por televisión. Tanto así que de no ser por las cámaras, nunca nadie hubiera visto al Yuli rasgarse los ojos, sin necesidad, cuando él es medio chinito también. Puede ser que antes del año cincuenta del siglo pasado, la gente no se ofendiera tanto porque faltaban los medios suficientes para propagar las ofensas. Puede que entonces fuera mayor el número de paisanos que  perdonaba a sus ofensores hasta setenta veces siete y –rechazando la amargura-  disfrutaba de una vida un poco más sana, con menos cargas. Puede que en ese tiempo no existieran tres generaciones infectadas de prepotencia y orgullo. De cualquier forma, ahora las transmisiones tienen mayor calidad.

El Estadio hollywoodense estaba tan repleto la última como la primera noche. El equipo anfitrión, favorito, solo debía ganar un juego. Aun así tuve la impresión, desde el comienzo, que estaban sentenciados. No me pareció, para nada, el mejor de los siete partidos. Durante el primero quise que ganaran Gurriel y Puig. Luego, con todo y el escenario perfecto, la edición y las luces me resultó tan patética la película del asiático resentido porque le llamaron como el vecino, que me incliné por los Astros, siempre deseando que el Dodger cienfueguero tuviera una buena actuación. ¡Ni con el actual avance digital puede uno quedarse sólo con el sonido ambiente! ¡Ni con un mando sofisticado puede uno poner en Mute las coletillas mal nacidas! ¡Ni queriendo puede uno separar ciertas cosas desde la lógica!

Desde arriba 2

Con actitud de novata he leído y escuchado más comentarios que nunca sobre una final de pelota. Unos con el arte de la palabra, loables, otros con el alma vendida, lamentables, y los restantes con la mediocridad del panfleto, risibles. Yo, sin mucho de arte en la palabra, agradecida del destino de mi alma y con un “Dios me libre” del discurso panfletario, mientras Houston celebra el triunfo sobre Los Ángeles recuerdo a Villa Clara ganándole a Industriales, naranjas sobre azules también, con más de veinte años de todo tipo de diferencias. Recuerdo la sala de mi casa, mis notas estadísticas y los dos sillones. Me recuerdo con mi abuela, en nuestros mejores momentos, celebrando victorias con un batido de chirimoya o una infusión de tilo y caña santa.

No soy de esas personas que piensan que todo tiempo pasado es mejor. Tampoco suelo descuidar, como ahora, los peligros de absolutizar. Sin embargo, a menos que mi pequeño zurdo inquieto de cuatro años integre las grandes ligas, me complace decirles, con las imprecisiones de la memoria y la nitidez de los sentimientos, que ya he visto el mejor juego de pelota del mundo.


En la foto de portada: Yasiel Puig, pelotero cubano de 27 años, hoy jardinero de Los Angeles Dodgers. Las fotos del Central Espartaco fueron facilitadas por la autora.

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