¿He cambiado?

opinión, trayectos

“Cuando estaba en Cuba yo era más gusana que gusanín. Más de una vez hubo que sentarme y aconsejarme que me callara la boca, que la cosa estaba mala y la única perjudicada iba a ser yo.”


karinaKarina Hernández vive en Alberta, Canadá.


¿Que si he cambiado?, preguntas mientras clavas tu pupila del color que sea en este texto donde ahora clavo la mía. ¿Que si he cambiado? ¿Y tú me lo preguntas? Pues, la verdad, no sé. La jodedera es la misma, la música, el humor, los principios, los valores morales, la comida, la necesidad imperiosa de beber ron cuando se juega dominó…. Por lo menos creo que no he cambiado. Estoy generalmente demasiado ocupada con mi familia para darme cuenta de esas cosas.

Cuando pasa algo a nivel mundial, y veo que las opiniones que tengo no son necesariamente las mismas de mis compatriotas de aquí y allá me da por mirarme en el espejo de la paciencia y me doy cuenta que hay diferencias. Por eso prefiero no tocar ciertos y determinados temas; a estas alturas de mi vida las diferencias son casi insalvables, cada cual está firmemente aferrado a su opinión y se mantiene reacio a cualquier tipo de apertura.

Tratar de convencer a los demás conlleva a una búsqueda y acumulación de datos históricos, ejemplos, estadísticas y analogías, relativamente extensa, luego hay que presentar dichos datos de forma convincente y al mismo tiempo amistosa. Se necesita un control férreo del tono de la conversación para que a uno no se le suba la chancleta y se forme un salpafuera como los del cortometraje Utopía, una ecuanimidad que ni el Dalái lama. Y yo, mi chino, no tengo tiempo pa eso.

A mis amigos los quiero como son y piensen como piensen, así que pa’ qué convencerlos; mucho trabajo, soy muy vaga. Cada cual con su maletín. Pero sí, me dicen que he cambiado… mis amigos. Me dicen que no es que me haya tomado la Coca Cola del olvido, según ellos me tome una pipa, hay un embudo en mi boca con una manguera conectada directamente a la mismísima planta de elaboración de la Coca Cola del Olvido; y por si las moscas, también “culpan” a mi marido (como si cambiar en estas cosas fuera un crimen que necesita culpables) por alejarme del camino de la verdad.

Mi marido sí jugó un papel importante en el cambio pero ni él es maestro hipnotista ni yo soy tan anormal de dejarme meter cualquier guayaba sin fundamento; nadie hace cambiar a nadie, excepto uno mismo. Evito hablar de la política cubana. No pienso igual que la mayoría. He cambiado.

Cuando estaba en Cuba, yo era más gusana que gusanín. Más de una vez hubo que sentarme y aconsejarme que me callara la boca, que la cosa estaba mala y la única perjudicada iba a ser yo, y de todas maneras no perdía oportunidad de echar pestes contra el gobierno a derecha e izquierda.

Afortunadamente nunca fueron pestes demasiado grandes, y navegué con bastante fortuna, incluso cuando nos negaron plazas para trabajar en turismo al terminar la universidad por “hablabolsas” y “elitistas” o hablar claro y sin miedo. Casi todas las del aula, sin embargo, caímos de pie, y la mayoría estamos regadas por el mundo hablando absolutamente todo lo que nos da la real gana. Pero eso era antes de conocer a mi marido.

Mi marido es militar (pero no se llama Alberto, y si le da por ponerse un tricornio me muero de la risa) y por su profesión tiene que estar bien al tanto de muchísimas cuestiones políticas, económicas y sociales, no solo a nivel nacional sino mundial. Esto, unido al hecho de que es un tipo muy inteligente, al otro hecho de que también fue bocazas en su juventud y hubo que sentarlo y explicarle que cambiara el enfoque de lo que decía o se iba a meter en candela, y por supuesto al hecho de que cuando uno es novio todo lo que la pareja dice es interesante, propiciaron que me enterara yo de cómo son las cosas en el continente.

Y aconteció que en cada día de cada visita a Cuba para verme cuando éramos novios, en innumerables tardes de cervezas en cualquier mesita alrededor del Calixto García, me explicaba con lujo de detalles las cosas en el mundo “de afuera”. Como buena cubana que se respete, al principio, y hasta que salí de Cuba, pensé que él estaba hablando basura, al ser extranjero era imposible que supiera cómo estaban las cosas en Cuba aunque yo se lo hubiera dicho. Tampoco sabía lo que había sido el Periodo Especial de los 90 ( ¡aquello estuvo de ampanga, señores gobernantes!). Pero con la paciencia que solo se ve en los primeros meses de relaciones amorosas, mi marido persistió en explicarme las realidades del sistema “del enemigo”.

No lo hacía para esconder que estábamos mal, sino para corregir el colosal (y común) error de pensar que Cuba es el infierno tan despiadado que ni Dante se atrevería jamás a bajar a rescatar a nadie, y que el continente con el otro sistema político era el paraíso terrenal, con ríos de miel y leche y libertades de todos los colores. En aquel entonces le hice aproximadamente 70% de caso, no 100% porque convencer a un cubano no es asunto sencillo. Pero cuando vine me di cuenta de muchas de esas verdades.

Y me di cuenta también de que la tan celebrada libertad de expresión de muchos cubanos en el exilio consiste en la libertad de expresar la opinión general de que el socialismo es malo y el capitalismo es la octava maravilla, y en la libertad de mandar a freír tusas a quien no concuerde, no antes insultar, ofender y amenazar. Ahora es a mí a la que me dicen “Tú no estas aquí, tú estás allá; a ver, ¿por qué no regresas si esto está tan bueno?” No es tan sencillo. Mi familia está aquí, mi marido y mis hijos (cuadrúpedos y bípedos).

 “Al parecer, la libertad de expresión no incluye gente que piense como yo.”

A partir de ahí no escuchan nada más, no escuchan cuando digo que no es que no quiera que se quejen, (en la vida real hubo y hay de qué quejarse) pero hacer algo concreto, ¿sabes? Quejarse no resuelve nada, pasarse la vida contando miserias no resuelve nada, hacerse el ultra subversivo no resuelve nada, salir a la calle 8 con un cartel no resuelve nada, cagarse en la madre del que diga que la revolución tiene aspectos positivos no resuelve nada…si quieres quitar el gobierno prepara condiciones y quítalo. ¿Que oprimen a los disidentes?, igual pasaba en los 50. ¿Que te metes en candela si te cogen?, igual en los 50. ¿Que la gente no te sigue?, igual era en los 50, o peor, cuando aquello no había internet. ¿Que no hay dinero? Oiga, si habrá organizaciones e individuos dispuestos a aportar fondos, si alguien les muestra una estrategia concreta.

No me planches a mí por no quejarme, no te pases la vida recordando los problemas, haz algo por resolverlos. Les digo que se ha perdido la voluntad de ir a fajarse por los palos para obtener lo que se desea, ahora la gente se sienta a quejarse y esperar que alguien les dé exactamente lo que piden. Pero, al parecer, la libertad de expresión no incluye gente que piense como yo. En esto si he cambiado…por culpa de mi marido, según dicen. Como dije, convencer a un cubano no es asunto sencillo. Tengo tronco de suerte, que mis amigas del alma, mis hermanas postizas, me quieren pensemos como pensemos. Con eso me basta, mientras eso no cambie, cada loco con su tema. En fin, el mar.


La foto es de LEZ.

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