Unicornios y tropicolas

registro de un observador, trayectos

“La Cuba que estábamos conociendo era otra cosa: hasta nosotros que llevábamos unos cuantos dólares sentíamos hambre porque no había qué comprar.”


Attachment-1(1).jpegAna Eichenbronner vive en Buenos Aires.


Una madrugada de marzo de 1994 aterricé en Cuba. Tenía 19 años, un novio tan jipi como yo y el corazón lleno de canciones de Silvio Rodríguez. Lo había escuchado por primera vez diez años atrás en la casa de mi amiga Evelyn Yamazato, en tardes imborrables en que sus hermanas mayores me contaban sobre la revolución cubana, la unidad latinoamericana, el Che, mientras sonaba “Canción urgente para Nicaragua” en el cuartito de la “casa vieja” detrás de la tintorería.

Tal como me había adelantado mi profesor de escritura y amigo Mundo -que había viajado unos meses antes- La Habana era un sitio muy raro. Llegamos en medio de un apagón cerca de las tres de la madrugada. No había luz ni en el  aeropuerto y caminamos a tientas escuchando voces que nos ofrecían taxis, cambio de dinero, habanos. Con las primeras luces del amanecer espié desde la ventana de la habitación a un grupo de muchachos que hablaban alto y bebían y se reían sentados debajo de un cartel borroso que decía Rampa. Recuerdo vívidamente mi primera caminata por el malecón, porque en el  mar había unos cuantos hombres que flotaban de espaldas sobre grandes cubiertas que a mí se me antojaron balsas, y ellos balseros. No pude contenerme y les grité que no se fueran, que el capitalismo era una mierda, “no se vayan”, y uno de ellos se dio vuelta para identificarme, ¿quién sería la comemierda que perturbaba la calma de su día de pesca, quién la loca que imaginara que esos pescadores inmóviles pudieran ser balseros?

En la caminata conocimos a dos jóvenes de nuestra edad, que nos pidieron caramelos y enseguida hablaron del Che cuando nos supieron argentinos (y nosotros de Fidel, porque nuestras almas ingenuas los pensaban equivalentes) y entre sonrisas y miradas intensas nos invitaron a un cumpleaños que esa noche se celebraba en un solar del Cerro. Dimos una larga caminata atravesando barrios completos en la oscuridad, nosotros silenciosos y un poquito tensos y ellos con planes de venir a visitarnos a Buenos Aires y que “la amistad es lo más lindo del mundo, y que somos hermanos, y que compremos ron por aquí, y mejor dos botellas”. El solar estaba de fiesta, lleno de gente que bailaba en una sala pequeña, “voy a publicar tu foto en la prensa/ y te haré una ampliación de cuarenta por cuarenta” cantaban los Van Van y los cuerpos se movían hermosos. Era cierto, había un cumpleaños y estaba lleno de Michael Jackson tropicales.  Yo bailé con un anciano que transpiraba ron, y luego con un jovencito y después con la mamá cumpleañera. Los dos que nos llevaron no paraban de hablar, querían ahora visitarnos a nosotros, deliraban con una Buenos Aires que ya se alejaba  de mí.

…nos proponía un trueque que se me antojaba hermoso: el Caribe por el Río de la Plata, mientras dejaba muy en claro que se cagaba en Fidel y de paso, ¡ay!, en Silvio “por descarao y millonario”.

Pocas horas más tarde nos vino a buscar el amigo cubano al que Mundo le enviaba cartas, un libro de Borges, el pedido de que nos cuidara y unos pocos dólares. Rodolfo era de lo más simpático, se rió muchísimo cuando le contamos nuestra aventura nocturna con los “amigos” del malecón (que luego vinieron cada día a buscarnos al hotel con cajas de habanos, artesanías, caracoles, hasta que pronunciamos las palabras de Rodolfo “estamos centrifugaos” que causaron un efecto casi mágico, porque no volvimos a verlos). Con Rodolfo y su novia visitamos el Museo de la Revolución (marcados de cerca todo el tiempo por un hombre que sería, sin dudas -según Rodolfo nos diría más tarde- de la Seguridad de Estado, término y oficio que ignorábamos por completo), la Casa de las Américas (¡con Retamar y todo!), el Capitolio y otra vez  caminata hasta el Cerro,  al solar de Fernandina donde vivía Conrado al que llamaban amistosamente “el zar de la carne de puerco”, un profesor de geografía que se emborrachaba y cantaba “nací en el Mediterráneo” y nos proponía un trueque que se me antojaba hermoso: el Caribe por el Río de la Plata, mientras dejaba muy en claro que se cagaba en Fidel y de paso, ¡ay!, en Silvio “por descarao y millonario”. Allí nos recibieron también su maravillosa mujer y sus hijos cariñosos;  mientras la gente entraba a comprar una libra de bisté o lo que fuera que le quedara del puerco trinitario que revendía el Conra encantador, adorable.

Unos días más tarde y gracias a él viajamos a Trinidad (“el lugar más bonito de esta isla”, decía), luego de subir de contrabando a un ómnibus Astro que era solo para cubanos. Yo estaba fascinada (no entendía que  fumaban así porque no había qué comer, ni que los cubanos eran  tan flacos porque estaban mal nutridos, víctimas de una época tristemente llamada “período especial”. Yo los veía preciosos y me encantaba que hablaran tan lindo y tan fuerte, y que fumaran dentro del bus durante todo el viaje  y se dieran rápida confianza entre ellos y se trataran de “mi amol”, “nené”, “cosita rica”, “vida mía”). El chofer paró un montón de veces. A los veinte minutos de salir se detuvo porque “caballero, aquí las naranjas son de lo mejol”, y todos tan contentones. Algunos se quedaron en sus asientos, otros bajaron, pero a la hora el micro entero olía a naranjas y yo creo o fantaseo que hasta nosotros comimos. Al poco rato el chofer volvió a parar, contando a los gritos que tenía “una jeba de lo más bonita allí, y que frenaba “pa atenderla, pa da´le amol”. Yo miraba estupefacta a los pasajeros, qué humor tienen, nadie se enfada, nadie está apurado, esta gente no putea, pensaba. Todo lo contrario, muchos alentaban al chofer o comentaban entre ellos “y sí, caballero, esa mujel debe estar de lo mejol. Goza”. Y se reían y yo volvía a escuchar la palabra “singal” y “qué ricooooo” (que también escuché en el cine Yara mirando la película de estreno “Fresa y chocolate” cada vez que se mostraba alguna escena de sexo, pero sobre todo, cada vez que aparecía comida y entonces el público cubano gritaba un “¡qué ricoooo!” entre alegre y quejoso).

Llegamos a Sancti Spíritus (¡qué eclesiástico sonaba!) luego de muchas horas (antes estuve en una casa del camino haciendo pis. Y una viejita me acercó “aguïta” y una toalla para que me lavara las manos, y me acarició la cabeza). De Sancti Spíritus a Trinidad viajamos en “el gallo”, una guagua antigua que se demoraba dos horas para hacer 40 kilómetros. El chofer nos pidió que le pagáramos el viaje no con dinero sino con dos jabones que nosotros no teníamos (no nos bañábamos demasiado, hay que decirlo), pero el hombre dijo que no había problema, que al otro día compráramos en la chopin y él los pasaba a buscar. Ustedes son los amigos del Conra, yo sé. Ya todos sabían.

Esa noche Conradito (el hijo de Conrado) nos asó un pargo exquisito y caminamos por el pueblo buscando un lugar donde comerlo (porque en Trinidad la gente tenía  miedo de dejar entrar extranjeros a su casa, algo que había estado prohibido hasta hacía muy poco) Seguramente habremos pasado mil veces por delante de La Canchánchara, la taberna más famosa del lugar (en la puerta, jugando trompo, un niño de 12 años quizás nos mirara pasar sin saber que una década más tarde sería mi marido). Esa noche tomamos ron, comimos arrancando con las manos los pedazos de pescado y cantando, y apareció una guitarra, y mucha música mexicana, y rock, y cantamos folclore -que era lo que Emiliano y yo más hacíamos en esa época- y entonces “a desalambrar, a desalambrar”  y risas y me la pedían de nuevo, “qué profunda tú eres, chica” (estaba conociendo algo del famoso choteo cubano).

Recuerdo la vergüenza de ser extranjera, esa sensación que no deja de apoderarse de mí luego de 23 años de viajar y vivir en Cuba.

Maricela y Bernardo nos cedieron generosos su cama y su casa y celebramos comida y amistad en ese patio trinitario maravilloso. Recuerdo el día en que fui a la chopin a comprar crema de enjuague para Maricela. No olvido la cola enorme de cubanos que dejaban entrar de a uno a esas tiendas pedorras, y que me dijeron que yo no, que yo pasara sin hacer cola. Recuerdo la vergüenza de ser extranjera, esa sensación que no deja de apoderarse de mí luego de 23 años de viajar y vivir en Cuba.  Esa triste escena repetida: “esto es para extranjeros, no pueden entrar al hotel, no pueden pasar. No. Que pasen los yumas”. Recuerdo de esos días una mañana en que me sentí muy triste por todo y no quise levantarme de la cama y salir de visita al campo a conocer a Gradelio, poeta legendario, y elegí quedarme en la casa a llorar encerrada en el cuarto prestado.

De regreso en La Habana  y en casa de Rodolfo, que era la gloria (entraban y salían músicos, actores, pintores;  lectores que recitaban de memoria a Vallejo, a Pizarnik, a Lezama, a Gelman), conocí a Pascual Cruz Varela, lector voraz, hermano de la famosa poeta encarcelada por disidente, amante de Borges, adorador de Silvio, poeta él también, una persona increíble;  a Ariel, un joven de treinta años que hablaba como nueve lenguas y se dedicaba a traducir del mongol antiguo. Conocí también al grupo de teatro Obstáculo de Víctor Varela una tarde habanera que nunca se irá de mi memoria.

Viajamos a Varadero porque era parte de nuestro paquete turístico “para estudiantes”. Allí debimos compartir una casita frente a la playa con unos italianos que festejaban día y noche rodeados de jineteras jovencísimas. Ese ambiente turístico me resultaba aterrador. Después Rodolfo nos enseñó una canción que hablaba de esto, de la Cuba para los turistas, que sólo se llevaban tropi-colas en la cabeza y que regresaban a sus países sin conocer nada de la Cuba verdadera: “y en sus cabezas llevan, tropi cola, colas, colas”, cantaba risueño mirándonos fijo a los ojos.

La Cuba que estábamos conociendo era otra cosa: hasta nosotros que llevábamos unos cuantos dólares sentíamos hambre porque no había qué comprar. Una vez escuché que pregonaban “croquetas” y me abalancé a la calle a comprar unas cuantas por un dólar y nadie en la casa quiso comerlas (excepto Pascual que las compartió conmigo diciéndome “las quiero para comerlas, no para casarme con ellas”). Luego supe que en esos años se cocinaron colchas de trapear, preservativos, perros y hasta restos de muertos que el hospital traficaba. Recuerdo tantas historias que escuché en noches de apagón en las que compartí las horas conversando con gente sin rostro. En una de ellas Pascual me habló de Virgilio Piñera, el escritor al que le vengo dedicando tantos años de estudio desde entonces.

Todos los amigos que conocí en La Habana emigraron. Todos. Hubo una navidad triste del 2001 en la isla, porque los extrañé intensamente, porque me dolió que Cuba se los estuviera perdiendo.

Luego me pasarían tantas cosas con la isla en el centro de mi vida: mi hermano mayor que se enamoró y se fue para allá, una sobrina que nació en Santa Clara y que se llama igual que yo, un ex marido trinitario con el que viajé a Alemania en busca de euros con el loco propósito de regresar y abrir una guarapera en la casa de su tía, a la entrada del pueblo que se convirtió además en mi casa (mi amada casa); dos hijos mitad cubanos que la adoran casi por encima de todo lo demás, mi comadre Sol, amigos entrañables, ferias del libro, peñas, mágicas noches de baile en “la década” con mis vecinas de la barranca. Los dos apodos que llevo orgullosa: “la pejera” y “la yuma gozona”; una beca que me dio la UBA para investigar sobre Piñera y otros escritores cubanos, entre ellos el más hermoso: Marcial Gala, que se volvió además  mi compañero de aventuras. Amigos cubanos y cubanófilos o que sufren de “cubanitis aguda” como yo, y andan esparcidos por  el mundo. Cuba, que  de una u otra forma me  acaricia.

Tomé en La Habana el mismo vuelo que Silvio Rodríguez de regreso a Buenos Aires en ese primer viaje. Con tanta buena fortuna que logré convencer a su hermana para que nos dejara charlar un ratito mientras volábamos entre nubes. Sentada a su lado en el avión algo le conté de lo mucho que había vivido en su isla, de lo contradictorio, de mi perturbación y también de mi dicha. De que, entre otras cosas, Cuba para mí era también él. Después sentí pudor por la actitud de los turistas argentinos que regresaban en ese vuelo y se le abalanzaron en Ezeiza para sacarle fotos como si fuera un souvenir. Y lástima por ellos, que en sus cabezas llevaban, seguramente, “tropicola, colas, colas”.


La imagen que acompaña este trabajo pertenece al fotógrafo cubano Raúl Cañibano.

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