Gilberto

trayectos

“Gilberto había pasado cuarenta años viajando, cambiando su hogar o, mejor dicho, llevándolo consigo, en su guitarra. Él pertenecía a tantos sitios que ya no era de ninguno.”


saraSara García vive en Edimburgo.


Al venir de una familia numerosa, de clase media-baja, no he tenido muchas posibilidades de viajar fuera de mi país. Antes de emigrar a Edimburgo sólo había salido de España dos veces: a Italia, por un viaje de fin de curso escolar (cuyo pago mis padres afrontaron ahorrando y haciendo sacrificios que nunca podré agradecerles lo suficiente) y dos semanas a Inglaterra, por una beca. Aun así conseguí viajar bastante por el mapa nacional: de muy pequeña, aferrada siempre a  la mano de mis familiares, paseé por la Gran Vía madrileña. Vi nevar por primera vez en las montañas de Granada, sorprendiéndome por la forma perfectamente estrellada de los copos. Fotografié manadas de caballos salvajes en los pirineos catalanes. Recorrí, maravillada, los bosques de Asturias; tan verde, tan diferente al campo amarillo y a los olivares de Andalucía. Y cada verano me sumergía en las aguas del Atlántico, con la vista fija en los acantilados coronados de encinas de la costa de Huelva. Aquellos viajes me permitieron conocer a fondo España y su riqueza, pero siempre me quedó, durante toda mi vida, el anhelo de cruzar la frontera.

Cuando ya llevaba dos años en Edimburgo, trabajando y ahorrando como todas las hormigas migrantes, caí en la cuenta de que tenía el dinero y la independencia suficiente como para viajar por placer al extranjero. Por fin tenía los medios que no había tenido antes para explorar un poco el mundo. Ya había hecho las visitas obligadas a casa, a brazos de unos padres sedientos por beberme de nuevo, aunque fuese unos días. Ya había visto un poco de Escocia, por coche y por tren, empapándome de nieve y silencio. Era hora de ver algo más que el hogar juvenil y el hogar adulto. Por fin podía viajar de verdad.

Carcassone 5.jpgAbrí la página de una compañía de vuelos y miré los más baratos, los más convenientes. Y entre todas las opciones, vi Carcasona. La coincidencia me hizo reír, ya que Carcassone (el nombre original del sitio) es también un juego de mesa con el que mi pareja y yo pasábamos muchas horas muertas. Me giré hacia Cian, con una sonrisa de lado a lado.

– ¿Quieres jugar a “Carcassone” en Carcassone?

Carcasona es un pueblecito pequeño en el sur de Francia, tranquilo, que alberga en su vientre dormido una ciudadela medieval perfectamente conservada; declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Pasear por ella es volver a siglos pasados, a tiempos cuando los muros de piedra que aún se erigen en esta población occitana representaban protección ante invasiones de hombres montados a caballo. Más allá de sus murallas se extiende la ciudad moderna, con calles empedradas y  plazas y arboledas mediterráneas que me llenaron de nostalgia nada más poner un pie en ellas. Y es que aquel pueblo francés viejo, aunque fuera en su parte más reciente, se parecía demasiado a cualquier ciudad española. Las fachadas de sus edificios, la estrechez y sinuosidad de sus pasajes, las tienditas llevadas por una misma familia durante décadas, la abundancia de árboles… Realmente no me di cuenta de lo diferente que era Reino Unido de España hasta que llegué a Francia. La sentía familiar y cercana, a pesar de que nunca antes había estado en el país. Quizás la nostalgia me hacía ver más las similitudes que las diferencias, quién sabe.

Pero por mucho que yo creyera estar en una ciudad más de España, la ilusión se rompía una vez que intentaba hablar en francés. Había estudiado el idioma durante seis años en el instituto, pero llevaba aún más años sin practicarlo. Así, cada vez que quería utilizarlo durante el viaje, con una camarera para comprar pan, o simplemente para preguntar alguna dirección a un viandante, mi cerebro se acobardaba y, desesperado, me lanzaba palabras en español. O, más fascinante y ridículo aun, en inglés. De esta forma, mi simple petición de un vaso de agua acababa teniendo estructura inglesa, acento español con alguna que otra palabra suelta y un poco de francés mal conjugado. Esto no desanimaba a mis interlocutores, acostumbrados al turismo cambiaban a español casi automáticamente. Y sin embargo, aunque eso tendría que haberme facilitado inmensamente las cosas, me sorprendí a mí misma todavía pensando y respondiendo en inglés preguntas que se me hacían en mi propio idioma. Mi cerebro sabía que estaba en el extranjero. Mi cerebro quería comunicarse en el idioma de mi hogar. Mi cerebro ya no sabía si “hogar” era España o Reino Unido.

Y no sólo me pasaba con el idioma. Mientras paseaba por Carcasona, me di cuenta de que las referencias que utilizaba con respecto al hogar también se mezclaban. Mientras miraba los horarios imposiblemente tempranos de los bistros franceses, le comentaba a mi pareja que eran muy parecidos a los de casa, en Edimburgo. Pero hacía un tiempo tan bueno y soleado para ser Noviembre, ¡como en casa, en Sevilla! El chocolate caliente también se pagaba a precio de oro, igual que en Edimburgo. ¡Los bares también tenían mesas fuera, como en Sevilla! Y en la ciudadela medieval, las piedras grises y el musgo me llevaban de vuelta a la ciudad escocesa. En aquel país desconocido, muchas cosas me recordaban a casa. Pero mi hogar ya no era un lugar fijo en el mapa, un punto exacto que señalar con el dedo o marcar con un rotulador rojo. No era una habitación o un rinconcito especial de ninguna ciudad. Sólo era un sentimiento abstracto, flotando dentro de mí, que no podía atar ni relacionar con nada.

Los primeros días no tuve mucho tiempo para reflexionar sobre aquello, Carcasona estaba hecha para disfrutarla. Desde las soñolientas mañanas desayunando en el  balcón que daba a la ciudadela, en cuyas calles centenarias nos perdíamos por la tarde, haciendo fotos para no olvidar ni un segundo de aquel viaje; a las noches en la ciudad nueva, disfrutando de un reconfortante plato de casoulette. Vivíamos Carcasona lentamente, sin prisa, saboreándola. La ciudad era tan pequeña que podíamos pasearla varias veces en los diez días que teníamos; no había por qué ir corriendo de acá para allá. Visitamos el castillo y recorrimos sus murallas defensivas, acompañados de otros tantos turistas. Pude recrearme varias veces en los tejados cónicos de las torres de la ciudad medieval, azules y rojos, vivos contra el gris de la piedra; y en los campos tendidos justo a las afueras, decenas de cuadrados de hierba de distintos colores, como una manta de retales.  Nos sentamos en los bancos de las plazas a disfrutar del simple hecho de no tener nada que hacer, contemplando a los gatos callejeros que tomaban sol junto a los setos. Visitamos el Museo de Bellas Artes, lleno de obras de artistas de los que nunca habíamos oído hablar y a las que íbamos poniendo nombres alternativos, siempre intentando provocarnos la risa.

Carcassone 3.jpgComo teníamos tanto tiempo y tan poca Carcasona que ver el primer domingo se nos ocurrió tomar un tren al pueblo de Colliure. El objetivo era presentar nuestros respetos al poeta Antonio Machado, que descansaba allí desde 1939, cuando se exilió de España debido a la Guerra Civil. Él, como yo, llevaba en su memoria a Sevilla, a sus árboles frutales y su sol. Tan cerca de aquel lugar ligado a un grande de la literatura de mi tierra no podía dejar pasar la oportunidad de visitarle. Sin embargo, el sistema ferroviario de Francia y mi bolsillo tenían otros planes: Billetes de ida y vuelta a más de cincuenta euros por persona nos hicieron abandonar la idea. Tuve que guardarme las palabras que quería decirle a Machado, y pronunciarlas silenciosamente.

Y aunque en ese momento me sentí decepcionada, ahora pienso que si hubiésemos visitado Colliure, nunca habríamos conocido a Gilberto.

Fue en el pasillo de las verduras de un supermercado. Mi pareja había ido a buscar algo a otra sección y me dejó elegir qué vegetales comeríamos en los próximos días. Mientras examinaba un cajón de lechugas, un hombre mayor y pequeño, vestido con chaquetón y sombrero, se acercó a mí. Me dijo algo en francés, que por supuesto no comprendí.

Je suis desolé. Je ne parles pas français —respondí, ofreciéndole una sonrisa apologética. Era la única frase que sabía pronunciar a la perfección en francés.

El hombre me contempló un momento, con unos ojos agrandados por sus gafas redondas. Parecía estar considerando algo sobre mí.

—¡Ah! —exclamó, iluminándosele el rostro. Luego, inquirió con un acento que no supe situar en el mapa —¿Español?

—Eh… —sinceramente, yo había esperado que la conversación terminase cuando comuniqué que no hablaba francés. Pero me sentía mal cortándole directamente, así que le respondí: —Sí, soy española.

—¿De dónde? —continuó, igual de emocionado.

—Sevilla.

—¡Ah, Sevilla! —el desconocido abrió sus brazos y me rodeó con ellos. —¡Sí, sí! ¡Yo viví en Sevilla! ¡Hace muchos, muchos años! ¡En el 83! ¡Calle Mateos Gagos!

Lo único que supe hacer fue devolverle el abrazo torpemente y separarme. Eché una mirada de reojo hacia el pasillo por donde había desaparecido Cian. ¿Dónde estaría? Aquel hombre seguía hablando, sin advertir mi palpable incomodidad.

—¡Viví tres meses! —El desconocido parecía poder comunicarse únicamente en exclamaciones —¡Ah, España! Tenéis rey, ¿no? ¿El Borbón? ¿Sabes lo que dicen del Borbón?

– Eh… ¿El qué?

—¡Que el único bueno es el que se toma con hielo!

Aquello hizo que aquel hombre me cayese un poquito mejor, aunque todavía recelaba un poco. Inmediatamente después de su chiste, me tendió su mano.

—Soy Gilberto. ¡Italiano!

Cian apareció unos segundos después, sosteniendo un pack de cervezas en sus manos. Se colocó junto a mí y sonrió cortésmente al desconocido. La mayoría de las personas habrían sufrido unos minutos de confusión al verme hablando con un extraño, pero la mayoría de las personas no llevan años a mi lado. Quién pasa aunque sea una tarde conmigo observa cómo tengo el incómodo poder de hacer que los desconocidos se me acerquen a charlar, aun sin provocación alguna por mi parte. Mi pareja ya estaba más que acostumbrada. Y también lo estaba al hecho de que, cuando me veía atrapada en esas situaciones, no sabía cómo salir de ellas.

—¡Ah, hola! —Gilberto también le alargó la mano y Cian la estrechó —¿Español también? ¿Y qué hacen aquí? ¿Viven aquí? ¡Yo vivía aquí, hace muchos años! ¡Viví por trece años!

—No, nosotros estamos aquí de vacaciones. Vivimos en Edimburgo.

—¡Ah, vaya! ¡Escocia! ¿Y qué hacen ustedes tan lejos de España?

De Arba Minch a Awassa. (15).JPG

Viajeros en Awassa, Etiopía. Imagen tomada del blog: https://pilargbcn.blogspot.com.ar

Gilberto hablaba y hablaba, preguntaba y antes de que pudiésemos responder, volvía a hablar y preguntar. Parecía emocionado de poder charlar con alguien. En un espacio de tiempo impresionantemente corto nos contó que había nacido hacía sesenta años en Etiopía cuando esta todavía era la colonia italiana de Abisinia; que su familia había emigrado a Francia, que llevaba cuatro décadas viajando, porque era músico itinerante e iba a donde la música le requería. Que su vida  nómada le habían llevado a vivir en Francia, España, Estados Unidos, India, China, Japón y, más recientemente, Alemania, y que hablaba los idiomas de todos esos países. Nos inquiría sobre nuestra vida y, entre cuestión y cuestión, metía un chiste (“¿Saben por qué Trump deja de mascar chicle cuando va a pensar? ¡Porque no puede hacer dos cosas a la vez!”). Su energía y buen humor era apabullante, nos desbordó en pocos minutos y, sin saber cómo, acabamos aceptando su invitación de ir al día siguiente a tomar un café a la casa que compartía con un amigo.

—Puede que sea una experiencia interesante —le decía a Cian la tarde en que caminábamos a encontrarnos con Gilberto.

—Sí, va, no te engañes: Vamos a ir a tomar café a casa de un completo desconocido porque tú no sabes decir que no a la gente —me replicó él, medio sonriendo.

—¿Crees que es un traficante de órganos y esto es una trampa? —Dibujé una mueca —¿Vamos a morir?

—Vamos a morir —confirmó Cian, solemne.

La plaza de Neptuno, llamada así por la fuente en honor al dios griego que presidía su centro, estaba silenciosa aquella noche. El fin de semana había terminado y la mayoría de los turistas que poblaran la ciudad desde el viernes habían vuelto a sus casas. Las sillas de los bares estaban apiladas cuidadosamente junto a las puertas cerradas y una mezcla de basura abandonada y hojas húmedas se arremolinaba en las esquinas. Tuve el vago pensamiento de que, a aquellas horas, ya sólo quedábamos tres forasteros en Carcasona: Cian. Gilberto. Y yo.

—¡Ah, mis amigos! ¡Sí, sí! ¡Pasen! —el anciano nos saludó efusivamente cuando llegamos al apartamento —François, mes amis sont ici!

Desde el salón de la casa, un francés entrado en la cuarentena nos dedicó una mirada asesina y continuó leyendo el libro que tenía apoyado en el regazo. No parecía que le agradara mucho que Gilberto nos hubiese invitado. El anciano resopló e hizo ademán como para que no le diéramos importancia. Nos invitó a pasar a la cocina, donde preparamos la merienda. Allí, Gilberto habló de cómo había sido trabajar en un restaurante japonés (“¡Muy duro! ¡El capitalismo! ¡Muy duro, sí!”); de la  segunda casa que su hermano tenía en Túnez; de  su ex-mujer y su hija, que  vivían todavía en Estados Unidos; de cómo en una protesta anti-globalización en Carcasona, que habían celebrado frente a un McDonald’s, había conseguido que el encargado del restaurante le diera agua gratis a los manifestantes, ¡a pesar de que se estaban manifestando justamente contra empresas como aquella!

La vida de Gilberto estaba llena de aventuras, de anécdotas y conocidos repartidos por aquí y por allá. Era la vida romántica que muchos deseaban tener: viajando, tocando música, no quedándose demasiado tiempo en ningún sitio, empapándose de otras gentes y otras culturas. ¿Quién no lo dejaría todo por hacer lo que él había hecho? ¿No era un poco lo que nosotros habíamos hecho, en menor medida? Pudimos haber emigrado dentro de España, pero la desesperanza que sentíamos y, para que engañarnos, un poco de sentimiento viajero nos hizo lanzarnos fuera, a otro país, a un mundo muy distinto del que conocíamos. ¡Pero pocas personas podrían haberlo conseguido al nivel de este anciano africano, europeo, americano, asiático! Gilberto había vivido durante cuarenta años el sueño de todos los encadenados a un único lugar.

Sin embargo, cuánto más hablaba, más se veía la ceniza que se colaba entre las grietas del sueño. Entre recuerdo de concierto y chiste a costa de algún político, Gilberto dejaba  escapar un comentario que, aunque dicho de forma despreocupada, hacía que Cian y yo nos mirásemos disimuladamente con cierta tristeza.

—¡Y vuelvo a Francia, después de tantos años, y mi hermano dice que no tiene habitación para mí! ¡Él, que tiene una casa enorme! ¡Qué le voy a hacer!

Mirada.

—Yo siempre felicito a mi ex-mujer por su cumpleaños. Ella nunca, ¿saben? Siempre mando un mensaje allá a Estados Unidos, ¡me acuerdo! Ella no. ¡Qué le voy a hacer!

Mirada.

—Nadie de mi familia me vino a dar la bienvenida cuando volví de Alemania, hace unos días. ¡Qué le voy a hacer!

Mirada.

—Y ese —señalaba hacia el salón, donde François seguía leyendo su libro, enfurruñado —Es mi amigo, ¿saben? ¡Pues tuve que pagarle para que me dejase vivir aquí, unos días, hasta que vaya a Malta! ¡Vaya un amigo! ¡Qué le voy a hacer!

Gilberto había pasado cuarenta años viajando, cambiando su hogar o, mejor dicho, llevándolo consigo, en su guitarra. Él pertenecía a tantos sitios que ya no era de ninguno. ¿Cómo podía considerarse italiano si había nacido en Etiopía y se había criado en Francia? ¿Cómo considerarse francés, si no había vivido en Francia ni un cuarto de su vida? Estados Unidos le había dado su familia, pero ni eso pudo atarlo a aquella tierra. Hablaba francés con acento italiano y español con acento francés, mezclando palabras alemanas. En todos los países que había visitado siempre había alguien que conocía y que podía brindarle ayuda, pero todo el mundo le veía como un extranjero. No tenía sitio en el que descalzarse y sentirse cálido, más que en el rincón dentro de sí que conservaba todos los recuerdos de lo vivido a lo largo de las décadas.

Siempre hablábamos de que, tal y como rezan tantas canciones, el hogar era dónde estuviésemos juntos. Pero el hogar también eran las personas que habíamos dejado al marcharnos.

Tal vez los primeros veinte, treinta años, aquel errar no le pesara. Pero, tal y como nos confesó después casi de pasada, como si fuese un pensamiento inconcluso, aquella vida se le hacía cada vez más difícil. Nos repetía que se iría a Malta en unos días y que a lo mejor ese sería su último viaje.

La merienda terminó tras un par de horas más de charla y, aunque Gilberto insistía que nos quedásemos más, no queríamos seguir imponiendo nuestra presencia a su compañero de piso. Mientras caminábamos de vuelta a casa, recorriendo el camino junto al río que dejaba atrás la ciudadela iluminada, la charla del anciano se mezclaba con los sentimientos que había experimentado días antes cuando llegué por primera vez a Carcasona.

¿Estaríamos en camino de convertirnos en Gilberto? Siempre hablábamos de que, tal y como rezan tantas canciones, el hogar era dónde estuviésemos juntos. Pero el hogar también eran las personas que habíamos dejado al marcharnos. Y aunque conserváramos intactas en nuestra memoria a familia y amigos, la realidad era que no eran entes estáticos. Seguían con sus vidas y, con el paso del tiempo, nuestra ausencia cada vez se le haría un poco más llevadera, hasta que algunos ni la notasen. Nos habíamos ido, ¿qué derecho teníamos a esperar que no continuaran adelante, que no nos olvidaran ni un poquito? Reflexionando sobre ello, me di cuenta de que, aunque echaba de menos a rabiar mi tierra, no me importaba mucho llegar a un punto en el futuro en que no me supiera española o británica. No me preocupaba mezclar idiomas o incluso empezar a usar alguno mal. Eso era lo de menos. El lugar en el que había nacido, las costumbres que había adoptado y la lengua que hablase eran casualidades. El amor de mi familia, no. Las amistades cultivadas y cuidadas, no. Tal vez el error de Gilberto hubiese sido lanzarse a viajar sin pensar en los que dejaba atrás, en cómo mejor mantener el contacto y el cariño desde la distancia. Tal vez su error hubiese sido pensar que las personas que conocías no tenían cabida en el sentimiento de pertenencia, que allá donde fueras nueva gente las sustituiría y no echarías nada de menos. Tal vez. No puedo decirlo. Apenas le conocí unas horas. Horas que, aunque escasas, me valieron para meditar sobre mis últimos dos años.

Creo que ya nunca perteneceré a ningún sitio al que vaya. Pero espero poder pertenecer siempre a las personas que encuentre por el camino.


La foto de portada fue hecha por la autora del texto.

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