El sueño

trayectos

“¿Por qué este sueño nos cuesta tanto y por qué, una vez cumplido, resulta tan difícil disfrutarlo a plenitud?”


Ariadna Guerrero vive en Estambul.Attachment-1.jpeg


Todo empieza como empiezan las verdaderas historias, con sueños que finalmente parecen realizarse.

Viajar, ver, conocer,  recorrer el mundo o al menos salir de la Isla.  La Isla nos cobija pero abriga tan fuerte que a veces cuesta respirar.  Viajar, ¿no es acaso el tabú más venenoso de los cubanos y el sueño más compartido también? Lo es. Pero viajar es, también, una acción que para algunos se convierte, inevitablemente, en “emigrar”.

27658927_1700804069984626_2081591238_nActualmente vivo en Estambul, Turquía. A mares y kilómetros de mi hogar y familia, de mis amigos y de toda mi vida. Lejos, pero no distante; porque uno viaja en cuerpo, pero no en alma. Transita, pero no abandona. Y esto es una realidad que pertenece solo a nuestra raza, los cubanos.

Siempre he viajado sola, a mis 27 años he tenido las oportunidades que más de la mitad de la gente que quiero y que me duplican en edad jamás han tenido; ni siquiera imaginándolo, porque salir de Cuba no es fácil, no es barato y requiere “huevos” y muchos sacrificios. Imposible para muchos, pero no así para mí, “por suerte”, por valentía y por el apoyo incondicional de mi familia. Me he aventurado en varias ocasiones a lo desconocido en este otro lado del mundo, he visitado y compartido países y culturas que siempre soñé conocer.

Pero ¿por qué este sueño nos cuesta tanto y por qué, una vez cumplido, resulta tan difícil disfrutarlo a plenitud? Esta pregunta es un puñetazo al estómago.

La respuesta es difícil, todos somos diferentes. Tenemos vidas diferentes y metas muy disímiles. Al cubano, por su insularidad, lo marcan muchas cosas, y lo vuelven un ser singular.

27718026_1700804163317950_1640221735_nA Turquía me vine con una amiga,  por primera vez desando el mundo con una cubana como yo y por primera vez puedo utilizar mi idioma en otro país. Se siente bien, raro pero muy grato a la vez.  Con ella comparto mis días turcos, grises, fríos y distantes, tan diferentes a los de Cuba, días llenos de silencios y de asombro ante las diferencias culturales, tan inmensas. También comparto mis miedos, mis nostalgias y mis inseguridades.

Ambas somos musulmanas y por esto conllevamos al menos un gran porciento de la cultura religiosa turca, pero aun así nos sentimos ajenas, ajenas a todo. Y he aquí una de las características que marcan al cubano doquiera que esté, “la insularidad”, un sentimiento que compartimos todos, los “de adentro” y los “de afuera”.

¿Pero cómo explicar la insularidad de los “de afuera”?

En pocas palabras lo entiendo como la resistencia pasiva a su “cubanía”, esa condición en la que tu nuevo círculo de amigos no entenderán tu pasado, tus chistes, tu cultura, tus acciones o tus gustos y se resistirán a comprender lo que te caracteriza.  Es el sentimiento de no encajar, de no pertenecer al lugar, al ambiente, al momento, al círculo y que inconscientemente crea una sensación de encierro en ti y te convierte en una isla donde quiera que te encuentres.

Lo he sufrido en Turquía, y en verdad duele. Es como un cáncer que se asienta y que lentamente se dispersa. Se expresa de tantas maneras que uno termina sintiéndolo como una agresión directa a la idiosincrasia.

Es muy duro verse rodeado de gente y a la vez sentirse solo. Es muy triste cuando a tu alrededor disfrutan de la música y los bailes, de la comida y cuanto integre una cultura y te descubres incapacitado de expresar la tuya. Este es el día a di de muchos de los cubanos “de afuera”.

Muchas cosas te cambian, a otras estás obligado a abandonarlas, a olvidarlas. El rasgo hiper-social del cubano es lo primero que sientes la necesidad de cambiar.

27658154_1700804073317959_1720399322_nEn Turquía se ve mal que la mujer haga muchas cosas en la calle, desde comer helado o doblar el cuerpo para abrocharse los zapatos fuera de una mezquita hasta conversar con un hombre extraño. La gente nota y distingue cuando eres extranjero y en el mejor de los casos te mira con ojos torcidos, pero usualmente eres víctima de malentendidos por no conocer o entender los tabúes de la sociedad donde te encuentras.

La familia es un tema delicado porque para muchas personas en las sociedades occidentales, especialmente en Turquía, la familia se resume al esposo y a los hijos, no más. Para el cubano la familia empieza por los padres, los abuelos y las miles de generaciones de tíos, tías postizas, primos primeros, segundos y terceros, la ex suegra  y hasta el gato de la familia. Para nosotros todos son familia y todos merecen muestras de afecto.

Otra cosa que resulta dolorosamente imposible de explicar es que los cubanos que emigran tienen, no un deber, sino una obligación de asegurarse de que la familia que dejaron atrás no pase trabajo. Es una responsabilidad elemental y el no poder hacerlo causa una angustia infinita.

En países fríos como Turquía la gente básicamente no socializa, sólo trabaja, reza y duerme. Y cuando están estresados toman pastillas, meditan, viajan al campo o hacen yoga. Cuando el cubano está estresado de nada le sirve eso. Sólo lo resuelve con una botella de lo que sea, música bien alta y domino, o llama a los vecinos para hacer unos cuantos chistes. Esto en Turquía significa un asalto a la tranquilidad rutinaria y muchas veces una ofensa a la religión y a las tradiciones, sobre todo de arraigo otomanas. Y no es que unos sean correctos y otros no; es que resulta muy difícil entender que el cubano necesita traer un poco de su Isla consigo y que a eso es a lo que él llama, en un país ajeno, “desestresar”.

La frialdad es algo que nos disgusta y, en lo particular, la gente fría me hace estornudar.

En lo particular no soy el mejor exponente de la cubana jodedora y bailadora, y como ya expliqué antes, comparto muchas de las tradiciones musulmanas que existen en Turquía; sin embargo  algo que me afecta grandemente es el extremo sentido de privacidad de los hogares turcos y la frialdad que caracteriza a estas personas. De donde vengo se sobrevive en comunidad compartiendo lo que tienes. La frialdad es algo que nos disgusta y, en lo particular, la gente fría me hace estornudar.

En los hogares turcos de tradición otomana existen incluso dos tipos de al aldabones: uno pequeño para la mujer y otro más grande para el hombre, están diseñados para alertar y avizorar el género de quien tocó la puerta y así saber quién debe abrirla. Aún se utilizan en algunas residencias y muestran las características extremadamente segregativas en todas las esferas de la sociedad. Para un cubano, musulmán o no, estas son cosas a las que no podrás jamás acostumbrarte.

Otro ejemplo, si un cubano llega a tu casa, y tú estás comiendo y no le brindas o invitas a comer, en su mente eres lo peor de ser humano que hay en el mundo. En Turquía es, digamos, algo complicado, porque en un primer lugar no deberías llegar sin ser invitado.

27658631_1700804953317871_1495504553_n.jpgPor lo tanto el calor humano extremo en los cubanos es lo que más uno extraña cuando está fuera de su país. La libertad de expresarte en plena calle, de escandalizar. Extrañas lo que jamás imaginaste necesitar: el barrio, la vecina que te grita desde su casa pidiéndote azúcar o arroz, los pregones en la calles, el olor del café en la mañana que sale de tu casa y de la casa de al lado, los apagones porque eran los momentos propicios para cantar en familia y escuchar historias de tu infancia, tu abuela bailando con tu papá y la fiestas de fin de año que al igual que la comida son únicas en el mundo.

En fin, vivir lejos de tu tierra duele, y haberla abandonado crea resentimientos y por eso resulta tan difícil disfrutar a plenitud el sueño de haber salido. A los “de adentro”, en su gran mayoría se les pasa la vida sobreviviendo la intensa pero simple cotidianidad de Cuba y soñando con salir, a los “de afuera” se les pasa luchando con una sociedad que no conocen y que jamás los aceptará totalmente. Recordamos y vivimos el día a día con la melancolía y la nostalgia propia que muy pocos alcanzan a comprender.


Todas las fotos pertenecen a la autora.

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