Hasta el final

opinión

“La noticia que se tragaba a la noticia era en verdad que el presidente cubano Raúl Castro condecoraba a tres de sus hombres más fieles, a tres compañeros suyos, amigos en las verdes y en las maduras…”


leandro estupiñánLeandro Estupiñán


En mi muro (de Facebook, no sé si vale la pena aclararlo) la directora del periódico Granma explicó haces unos días que no eran ellos los autores de la mutilación a la foto publicada el 24 de febrero tanto en la edición de papel como en la digital, que todo partía del desconocimiento y que la imagen de mi preocupación estaba ya en el basurero de la porquería binaria. Su opinión, que valoro y agradezco, partía de una queja publicada por mí.

Y es que para recordar otro aniversario de Radio Rebelde, en un texto del periodista Pedro de la Hoz, el diario había regresado a la práctica de ese deporte exitoso antaño en la Unión Soviética de descartar figuras antipáticas a la visión de Stalin. Yo no estaba descubriendo nada al reparar en eso, claro está; solo que en mi memoria fresca yace la lectura del libro Retrato de familia con Fidel, donde su autor, Carlos Franqui (1921-2010), se encargaba de advertir lo que fuera el primer despiste de Granma con su imagen en 1973.

El que contradijera a Fidel Castro se iba, no importa si por la izquierda o por la derecha, en fade out o en cross fade, la cosa es que no estaba más en las hemerotecas y las pantallas públicas.

Entonces, en un prodigio de la maquetación, enchumbaron de tinta una foto para convertir en ordinaria sombra a quien había sido figura principal en la propaganda revolucionaria, que lo dice el tango (¡para algo estoy en la Argentina!): sombras nada más entre tu vida y mi vida, sombras nada más entre tu amor y mi amor.

Bien escogido tenía su eslogan Antolín el Pichón, el personaje humorístico devenido conductor de un espacio de entrevistas en la televisión cubana: “El que me haga sombra se va”. O sería mejor si hubiera dicho: “el que se interponga en mi camino se va a la sombras”. La cosa es que parodiaba lo que fuera una verdad histórica, pero que en su momento fue peliaguda realidad. El que contradijera a Fidel Castro se iba, no importa si por la izquierda o por la derecha, en fade out o en cross fade, la cosa es que no estaba más en las hemerotecas y las pantallas públicas.

A estas alturas, tal vez sea inútil averiguar si las tijeras las entregaba el comandante o simplemente eran las armas preferidas de quienes para estar en buenas con él no dudaban en sacarles filo dejando ver en el acto el gran tamaño de sus guatacas. La cosa es que la gente, ¡zas-zas!, cortaba y cortaba, y los que antaño habían sido brillantes figuras de la realidad terminaban por difuminarse hasta ser opacados por la oscuridad del desconocimiento.

El libro de Franqui llegó a mis manos gracias a Alfredo viñas, fallecido periodista y director de Radio Habana Cuba que en su tiempo también tuvo tijeritas (Franqui, incluso, había tenido las suyas.  ¡Tijeras para qué!, podría ser la verdadera frase.), pero que cuando nos conocimos era bastante manso y amigable y esperaba la hora del almuerzo en la UPEC, cacharra en mano, con charlas inteligentes y recomendaciones de lecturas a estudiantes universitarios que le hacíamos la corte en los jardines del Instituto Internacional de Periodismo José Martí.

La edición (Seix Barral, 1981) contrapone dos imágenes en portada: en una, Fidel Castro habla ante un micrófono que sostiene Jorge Enrique Mendoza; en la otra se repite la escena, pero en el fondo logramos ver a Carlos Franqui.

Entre las décadas de los setenta y ochenta Fidel habrá dicho suficientes deméritos de Franqui como para que el aparato ideológico le permitiese perpetuar su estampa en el diario oficial del Partido Comunista, aun cuando hubiera sido el villaclareño uno de los primeros responsables de impulsar la propaganda revolucionaria en la clandestinidad y en las montañas, y pese a haber sido un cercano colaborador de Fidel, al punto de que solo a él le confesó su renuncia al cargo de Primer Ministro para que sorprendiera a todos con el titular.

Franqui había llegado a la Sierra Maestra desde Miami, en un avión piloteado por Pedro Luis Díaz Lanz y un cargamento de armas, el primero que procedente del extranjero nutrió las fuerzas de los barbudos. Lo mandaron a buscar después del fracaso de la huelga de abril para que se ocupara de Radio Rebelde, ya en precario servicio pese a los esfuerzos inaugurales del periodista Luis Orlando Rodríguez y el Che Guevara.

Su experiencia, valentía y creatividad lo hizo un hombre ideal para este puesto. Desde que fundará el primer órgano clandestino del Movimiento 26 de Julio, por lo cual había llegado a ser el responsable de propaganda del Movimiento, y con un conocimiento periodístico dado el trabajo en diarios como Hoy (del PSP) o la revista Carteles, además de sus relaciones en el mundo cultural, era una figura valiosa para la eficaz propagación de las ideas revolucionarias.

Luego se encargó de darle impulso y visualidad a la gesta  desde el periódico Revolución, del que salió disparado como proyectil cuando la Seguridad del Estado mostró a Fidel Castro un legajo donde se le incluía en una conspiración vinculada a Hubert Matos. Esto, unido a que los comunistas del antiguo PSP se encargaban de asegurarse en los principales poderes y hasta remplazaban descaradamente a los líderes de 26, terminó poniéndole zancadillas a cada uno de sus proyectos, desde Lunes de Revolución y Revolución hasta la Oficina de Asuntos Históricos.

Porque luego de haberse ido separando lentamente de sus amigos revolucionarios, tan influidos entonces por los soviéticos, Celia Sánchez trató de rescatarlo dándole la responsabilidad de ordenar los archivos de la guerra. Un día llegué al edificio donde funciona esa institución y al preguntar por la memoria de Carlos Franqui me miraron espantados como si hubiera mencionado al demonio. Su trabajo en este acápite había sido notable, incluso el periodista polaco K. S. Karol escribió a finales de los sesenta que para conocer la historia de la Revolución en el periodo de la Sierra Maestra el interesado debía dirigirse inevitablemente a Fidel, a Celia Sánchez y a Carlos Franqui.

DSCF2544.JPG

Carlos Franqui junto a Jean Paul Sartre en la sede del periódico Revolución que hoy acoge al Granma. 1960.

Para Franqui la tarea de compilar la historia fue interrumpida por problemas personales. Salía y entraba del país debido a esta causa y, luego de un último intento fallido por aferrarse a la Revolución organizando aquel Salón de Mayo en 1968, su firma en una carta protesta de varios intelectuales por los hechos relacionados con el encarcelamiento del poeta Heberto Padilla hizo que, casi por arte de magia, su nombre de desvaneciera al fin de los libros oficiales de la historia más reciente.

Conversando con Alfredo Guevara en 2007, el fundador del ICAIC  vinculado a la facción que al interior del Movimiento 26 de Julio le hizo la guerra a Franqui (grupo en el que destacaban Raúl Castro y Ramiro Valdés) admitía de alguna manera la responsabilidad de lo que le había sucedido: “Carlos Franqui no estaba predestinado por la historia a ser contrarrevolucionario”, dijo. Por una u otra razón los hechos lo habían depurado.

Todo eso lo recordaba yo aquella mañana en que intercambiaba opiniones con la directora de Granma en mi muro. Pero, también en ese momento, y por esas trampas de la era moderna donde el mundo confluye en una pantalla, me saltó el video ese que rápidamente me puso a pensar. En La Habana, con un acto oficial, al fin reabrían el Capitolio, esa inmensa mole, un huevo histórico que luego de un paréntesis de sesenta años recuperaba parte de sus funciones originales porque otra vez recibiría a la Asamblea.

Recuerdo que una vez le pregunté al historiador de La Habana, Eusebio Leal, si este momento representaría el final de un ciclo, y Leal, agudo y oportuno, me respondió que no, que la Revolución cubana no había terminado, que no terminaría hasta el momento en que se derrumbara el bloqueo, entregaran la base naval de Guantánamo y se derrumbaran las leyes anticubanas, es decir, “cuando el sacrificio de varias generaciones y fundamentalmente la generación de vanguardia del Moncada haya logrado sus grandes objetivos. Entonces el país podrá decir que ese ciclo habrá terminado, porque cierra un período triste de la historia de Cuba.”, dijo.

El tiempo es infinito pero quienes lo transitamos montamos un tiovivo sobre el que habrá siempre tijeras disponles, ¡Zas-Zas!

Pero, la noticia que se tragaba a la noticia era en verdad que el presidente cubano Raúl Castro condecoraba a tres de sus hombres más fieles, a tres compañeros suyos, amigos en las verdes y en las maduras, razón por la que siguen junto a él. Allí estaban, dos de ellos vistiendo el verde olivo de siempre mientras los otros, los que asistían a la condenación en nombre del Gobierno, e incluso uno de los homenajeados, lucían elegantes vestimentas. Como todo sucedía en el mismo momento me puse a pensar que, justo cuando se volvía a hablar del Capitolio como sede de la Asamblea Nacional y al conferir la orden honorifica de Héroes del Trabajo a aquellos hombres, Raúl Castro no hacía más que reforzar a sus compinches en las fotos que la historia podría mutilar en el futuro. El tiempo es infinito pero quienes lo transitamos montamos un tiovivo sobre el que habrá siempre tijeras disponles, ¡Zas-Zas!

Como la mente es como es tampoco me detuve en las peculiaridades del acto y la noticia, sino que dejé que el video corriera mientras repasaba lo que ya otros habían escrito sobre la foto mutilada. Entonces llegó el minuto en el cual Raúl entraba en diálogo con Gladys Rubio, la periodista de la Televisión Cubana. Había visto él un trabajo suyo recientemente. Lo había reconocido por el estilo, dijo,  que le había gustado mucho, resumió, y que siguiera reportando tan bien, recalcaba ya con la mano de la periodista envuelta por las suyas. Fue ahí que dejó correr la frase que me hizo olvidar la fotografía de Franqui, los criterios de algunos y la reiteración de un error en Granma: Sigue, sugirió Raúl Castro ya alejándose de Gladys Rubio, sigue hasta el final.

“Sigue hasta el final”. Es una frase demasiado potente como para que pase desapercibida. Se trata de una palabra que he escuchado demasiadas veces. Ahora, desde las antípodas del mundo, sigue golpeándome el cerebro. Me pregunto cuál es el final al que se refiere el presidente, ¿el de la periodista, el suyo, el de la Revolución…?


La foto de portada pertenece a Alberto Korda y fue tomada en 1959, cuando Carlos Franqui acompañaba a Fidel Castro en su viaje a los Estados Unidos.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s