Para (re)leer a José Martí…

bitácora

“Al menos, para mí, en ese futuro rememorado (o en ese pasado imaginado) estará siempre ese otro Martí: imprevisible, daimónico, personal, extraño y familiar a la vez (como decía Bloom de Shakespeare). A ese, lo espero siempre.”


IMG_3824Jorge Luis Arcos


 También es como el río interminable

que pasa y queda y es cristal de un mismo

Heráclito inconstante, que es el mismo

y es otro, como el río interminable.

“Arte poética”, J. L. Borges

A los espacios entregarme quiero

Donde se vive en paz, y con un manto

De luz, en gozo embriagador henchido,

Sobre las nubes blancas se pasea,-

Y donde Dante y la estrellas viven.

“A los espacios”, José Martí

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Cualquier madrugada, entre 1975 y 1980, años en los que estudié en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, leía los “Cuadernos de apuntes”[2] de José Martí (dudas, preguntas, sueños eróticos, apuntes sobre lecturas diversas, pensamientos aislados, libros imaginados y nunca escritos: fragmentos, como restos de un naufragio). Tenía en mi cuarto los veintiocho tomos de sus Obras completas, algo desmesurado para la entonces incipiente y parca biblioteca… Leía en esos cuadernos a otro Martí, un Martí íntimo, ajeno a la academia y al severo contexto ideológico de entonces, después llamado como la década oscura; reitero, un Martí inconcluso, abierto, fragmentario, a veces imprevisible… Un Martí que siempre ha prevalecido en mí sobre otros… Sin embargo, tengo que confesar que, en alguna de esas madrugadas de vértigo e insomnio, padecí una ambivalencia que, desde entonces, me acompaña siempre: sentía la presencia, la gravedad de una suerte de conciencia moral, como un dios omnipresente, que de alguna manera me interpelaba, me retaba y me avergonzaba, porque intuía que nunca podría estar a la altura de esa dura, sublime, inalcanzable conciencia[3]. Algo comprendí, después, de las semejantes ansiedades o angustias de una fuerte influencia, como las describe Harold Bloom[4].

PPO2

Uno de los Martí del pintor Pedro Pablo Oliva.

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Hace apenas unos meses, viajé al cerro donde pervive el glaciar del cerro Tronador. Caminando a través de un bosque aledaño, ahíto de naturaleza salvaje, y seguramente entusiasmado por ésta, jugué a recordar algunas estrofas de Versos sencillos. Pero cuando agoté las estrofas conocidas, las que, gracias a la genial intuición de Julián Orbón, son acompañadas por la música de la Guantanamera, continué intentando recordar otras… Para mi asombro, iban sucediéndose unas a otras, no en su orden original, por supuesto, pero sí prístinas, íntegras… ¿De qué extraña, imprevisible región desconocida de la memoria emergían? Y yo, que soy un devoto amante de las ciudades, de sus ambiguos paraísos, de sus luces artificiales, de sus noches turbias, casalianas, me sorprendía a mí mismo recitando, como en un rapto de rememoración creadora, uno tras otro, casi todos los poemas de ese libro de Martí, donde, entre otras extrañezas, es tan preeminente una poética de la naturaleza, y, muy significativamente, una naturaleza animada, algo que constituye no sólo una acusada diferencia con otros escritores modernistas, como advierte Rojas, sino una importantísima singularidad cosmovisiva que lo sitúa dentro de un linaje mayor, más allá de movimientos o escuelas: Nietzsche, María Zambrano, José Lezama Lima, por ejemplo.

3

Durante toda mi vida, he leído mucho a Martí: algunas prosas a las que vuelvo siempre (obvio las enfáticas sentencias que pueblan/fatigan físicamente la isla o los innumerables textos donde se le cita apasionada y profusamente, muchas veces sin pudor ni piedad), pero, sobre todo, su poesía. Y, sin embargo, nunca había tenido una clara conciencia de su rara presencia en mi inconsciente. ¿Cómo es el inconsciente, o légamo, o magma creador de un poeta? ¿Qué mantiene en la luz de la vigilia, y qué guarda en la oscuridad de su inframundo?¿No será que, a veces, lo más obvio es lo más invisible, y lo más natural, lo más desconocido? ¿Qué es lo que prevalece en mí de Martí, su palabra, su tono, su pathos, sus visiones poéticas, su intensidad, o sus ideas? No creo que prevalezcan sus ideas, por importantes que estas puedan ser para mí. Martí, entonces, el escritor; Martí, el poeta… Aunque sería oportuno recordar que, por ejemplo, para José Lezama Lima: “La poesía de Martí, en la más esencial de sus dimensiones, nos enseña, cómo debe vivir y morir un cubano”[5]. Un escritor, un poeta -esa “alma trémula y sola” que “padece al anochecer[6]– muchas veces desigual, excesivo, pero en cuyos textos se puede esperar siempre que acaezca “el instante raro[7], el profundo reconocimiento dentro de su extrañeza: entrar, por ejemplo, en ese “baile extraño” donde como “delante de un ciego, / pasan volando las hojas[8]. Aclaro esto, para que se comprenda mi singular perspectiva, por supuesto que personal y unilateral.

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El ensayista cubano Rafael Rojas, en su libro José Martí: la invención de Cuba[9], publicado en 2000, pero escrito en 1996, dice, en un interesante prefacio, que: “Olvidar a Martí es una tentación difícil de resistir”[10]; que “Para los cubanos, olvidarlo es, pues, una vía de liberación o, por lo menos, un aligeramiento”[11]; que -continúa Rojas-:

Tal vez, lo mejor de Olvidar Foucault, aquel ensayo de Jean Baudrillard que causó tanto revuelo a finales de los 80, fue la sutileza del título. Foucault, el niño terrible de la filosofía francesa, que maldijo el trono de Sartre, muy pronto se convirtió en una nueva estatua. Esos mismos emblemas del saber, que él denunciara como ropajes del poder, lo habían transformado en un monumento distante y sombrío. ¿Cómo recordar esa cosa? –se preguntaba Baudrillard. Olvidándola…; para luego evocarla de un modo radicalmente distinto.

Algo similar merecería José Martí.[12]

Y propone, al concluir: “volver a sus páginas después de olvidar la pesadumbre del mito”[13].

Pero, este desvío, a lo Bloom, ¿es posible, más allá de todo comprensible hartazgo y/o deseable intencionalidad revisionista?

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En El fuego secreto de los filósofos. Una historia de la imaginación, Patrick Harpur, inquietantemente, expresa:

Olvidar puede ser, perfectamente, un movimiento necesario pero en sentido contrario: una entrada en la oscuridad, una pérdida de conciencia para despertar a otra diferente, la conciencia de los sueños que apenas puede recordar el cotidiano mundo de la vigilia[14].

Y precisa:

Olvidar podría ser la manera de recordar del inconsciente. Cuando el alma quiere recordarnos su presencia, abre una grieta en la base de la conciencia, a través de la cual se desliza lo único que absolutamente debemos recordar; y olvidamos. Olvidar lo que creemos que es importante podría ser recordar aquello que es verdaderamente importante[15].

De manera que incluso aquel oportuno texto de Rolando Sánchez Mejías, “Olvidar Orígenes”[16], cuando el Coloquio Internacional Cincuentenario de la Revista Orígenes, en La Habana de 1994, se nutre de una necesaria ambivalencia y de una singular profundidad a la luz de este juicio de Harpur.

¿es posible “olvidar la pesadumbre del mito”? Es decir, ¿es posible olvidar, eludir, derrotar un contenido mítico?

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Pero, también, valdría la pena preguntarnos: ¿es posible “olvidar la pesadumbre del mito”? Es decir, ¿es posible olvidar, eludir, derrotar un contenido mítico? Los mitos pueden transfigurarse, reprimirse, invertirse, pero no podemos hacerlos desaparecer. Regresan siempre. El propio Harpur recuerda aquella frase del neoplatónico Salustio del siglo I a.C.: “Estas cosas nunca sucedieron; son siempre”[17]. Quiero decir: es acaso inútil intentar revertir un contenido mítico, porque los mitos son daimónicos, ambivalentes por naturaleza. Se nutren tanto de su anverso como de su reverso. Pueden ser, son, simultáneamente, ambas cosas. La visión mítica participa de lo que tanto Lezama como Harpur llaman la doble visión, a lo William Blake[18]… Querer desmitificar un mito ¿no es participar de la propia naturaleza mítica? No por gusto muchos de ellos nos entregan desde un principio (¿tienen un principio?) dos versiones contrapuestas, como un Jano bifronte.

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Tanto el libro de Rojas, como otros textos de Antonio José Ponte :”El abrigo de aire”, “El anacrónico Martí” e “Historia de una bofetada”)[19]; o de Francisco Morán: Martí, la justicia infinita. Notas sobre ética y otredad en la escritura martiana (1875-1894)[20], nos entregan necesarias e inteligentes relecturas[21] de Martí. Desde el término medio de Rojas (acaso el texto más objetivo), o los incisivos y apasionadamente lúcidos e imaginativos de Ponte, hasta el académicamente prolijo y certero de Morán, nos regalan imprescindibles relecturas. Hay otro autor, el poeta y excelente cronista y crítico de cine, Néstor Díaz de Villegas, a quien Enrique del Rico[22], otro agudo lector revisionista de la historia insular[23], considera como un Martí redivivo, pero no, claro, por sus ideas, sino por su afinidad con la percepción extraña, compleja, contradictoria, intensa, de sus motivos, y hasta por la forma, el estilo de la mirada. Todos estos escritores nos devuelven un Martí menos sublime, menos Gran Relato. Esas relecturas, valga aclarar, deconstruyen no sólo a Martí sino, sobre todo, a muchas de sus recepciones. Son importantes (y deseables e inevitables) aventuras cognitivas. Ya se conoce el dicho: “De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno”. Digo esto para llamar la atención sobre lo contrario, porque muchas veces el resentimiento es dador de buena literatura…

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Autoretrato.

Creo que el término “aligeramiento”, de Rojas, es el más pertinente. Todavía estaba de moda entonces lo del llamado pensamiento débil; lo de la perspectiva lateral o marginal; mirar desde los bordes, etcétera. En lo que fracasan, en última instancia, algunas de estas lecturas revisionistas, es en intentar desmitificar (que no es lo mismo que desacralizar) a Martí. El mito se alimenta del mito. No existe un Martí anterior o posterior al mito. Ni destino vesperal o ulterior. Por supuesto que (es de esperar) podrán desaparecer, aligerarse, disminuir, las recepciones ideológicas unilaterales, fanáticas, teleológicas, totalitarias. Pero el mito Martí no desaparecerá nunca. Sin embargo, ese movimiento (alguien diría, como del alfil) es también necesario. Pueden y deben refutarse las recepciones sublimadoras tanto como las empequeñecedoras, aunque lo que queda al cabo como ganancia ¿no es el despliegue de la imaginación? La percepción crítica, como la memoria o rememoración creadora o el olvido oportuno, es también un movimiento de la imaginación (o, para decirlo con término de Bloom, una mala lectura). Incluso Borges, cuando al calificar a Martí, dice: “esa superstición antillana”[24], le está confiriendo, aunque con displicencia, una cualidad mítica. No es que estas y otras lecturas revisionistas (¿qué lectura, en el fondo, no lo es, siempre?) sean inútiles: todo lo contrario: son importantísimas (inevitables, imprescindibles y deseables) cognitivamente. Sólo conjeturo que no derrotarán el mito, sino que lo acrecentarán, incluso a su pesar. Hay dos planos de la realidad que no se tocan, aunque se presuponen uno al otro, el plano mítico y el plano literal. Creo que el texto de Ponte pertenece al plano mítico; el de Rojas, es un término medio; el de Morán (también Jorge Camacho[25]), al literal.

 

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Incluso cuando desaparezca la lectura sustentada y amparada por un poder totalitario (que es como el paroxismo del Gran y Único Relato), quedará el imaginario en libertad, el mito libre (que solo necesita para existir alimentarse de sí mismo); quedará el escritor fuerte, el que se inventó a sí mismo (como Nietzsche, su parigual en tantas cosas, como supo advertir Rojas con sagacidad[26]), y prevalecerá la ya fatal ambivalencia simbólica entre la persona, el autor y el personaje del relato martiano. Es esperable que acaezca un “aligeramiento” de su mesianismo insular (alimento de peligrosos nacionalismos narcisistas), pero quedará el pathos de su prosa barroca, su desbordada pero efectiva sentimentalidad romántica, su morbosa pulsión de muerte, su destino sacrificial, su imaginario caníbal, su irrefrenable paranoia de libertad, su trascendentalismo emersoniano, su vocación cósmica, su elocuencia whitmaniana, sus reminiscencias órficas y pitagóricas, su extrañeza visceral, su otro mundo siempre entrevisto… Porque, hay que advertir también, la intensidad del rechazo que provoca su desmesura discursiva y afectiva es muchas veces como el espejo invertido de su seducción, de su irresistible atractivo… Ese, por cierto, al que sucumbió Ezequiel Martínez Estrada cuando escribió su delirante y maravilloso libro Martí: revolucionario[27], donde, en su conmovedor final, advierte como una fatalidad trágica en el destino martiano[28].

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En un ensayo donde polemizo con el texto de Roberto González Echevarría “Oye mi son: el canon cubano”[29], y luego también en una entrevista[30] que le hice al amigo y colaborador de Bloom para la redacción de la parte hispana y sobre todo latinoamericana de El canon occidental, le señalo la, al menos para mí, pasmosa ausencia de Martí. Porque si Bloom incluye a Montaigne y a otros prosistas y ensayistas, ¿cómo no incluir ya no al poeta Martí sino, sobre todo, acaso al mayor escritor de prosa literaria en castellano de su tiempo? Hasta su antípoda ideológico, Sarmiento, admitió que: “En español nada hay que se parezca a la salida de bramidos de Martí, y después de Víctor Hugo nada presenta la Francia de esta resonancia de metal”[31]. Y ya se sabe que el Martí que Rubén Darío incluyó en Los raros, era, más que el poeta (al que apenas conoció Darío ni sus contemporáneos), el escritor de deslumbrantes crónicas periodísticas, el detentador de una prosa como no se leía acaso desde Quevedo y Cervantes… (No por gusto el propio Martí elogió en una misma sentencia la risa de Cervantes y la sonrisa de Quevedo[32]). Recordad el significativo reconocimiento mutuo cuando se encontraron por única vez en Nueva York, cuando, antes de abrazarse, Darío le dijo: maestro, y Martí: hijo. Sus textos, por ejemplo, sobre Emerson, Whitman, Wilde, los pintores impresionistas, las crónicas norteamericanas, sus ensayos “Nuestra América”, “El poema del Niágara”, entre otros muchos; su inigualable diario de campaña; muchas páginas de su revista para niños La Edad de Oro; sus conmovedoras cartas; las trascripciones de sus delirantes discursos revolucionarios, lo sitúan sin duda como el mayor escritor de su época en lengua española y uno de los mayores de todos los tiempos en nuestra lengua. Es cierto que pecó de exuberancia, de exagerada elocuencia, de inflamado tono oratorio, rezagos de un romanticismo exterior que asoló nuestras letras decimonónicas, como reconoció Octavio Paz al valorar sobre todo nuestro primer romanticismo, pero, simultáneamente, sus aciertos fueron muchos e inobjetables. Su intensidad cognitiva, sus lujos y aciertos verbales, le confieren una fuerza difícil de igualar. En aquella entrevista aludida, González Echevarría trató de justificar su ausencia en el listado canónico de Bloom aduciendo que: “Martí no viaja bien en inglés”. Pero eso sólo indicaría una limitación de Bloom, porque no es el idioma inglés (ni ningún otro) la vara de medir canónica de la literatura universal. Es cierto que, como advierte Ricardo Piglia, en la traducción de la prosa, a diferencia de la de poesía, hay algo que puede trasmitirse sin perder su esencia, aunque, al ser la prosa de Martí tan poética, eso, acaso, consiento, la acerca a la intraducibilidad tonal de la poesía, pero aun así no me parece un argumento suficiente para excluirlo del canon iberoamericano.

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Fotograma del filme producido por el ICAIC: Páginas del Diario de José Martí. José Massip. 1971.

Además, cuando aminore el influjo de su biografía confundida con la política, la historia y el destino nacionales (¿sucederá eso alguna vez?, pregunto un poco escéptico), quedará el permanente y más libre influjo de sus textos, despojados ya de su aura mesiánica y providencialista. Como aduce Bloom en su último libro, Anatomía de la influencia[33], donde pone el énfasis de la angustia o ansiedad de la influencia en los textos y no en los autores, será entonces cuando el valor y la intensidad cognitiva de la escritura martiana se hará más nítida al compararlo con otros autores, y, hasta cierto punto, ya, “sin la pesadumbre del mito”…

 

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En la introducción a Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX[34], y en otro texto posterior[35] argüí -reconozco que exageradamente- que Julián del Casal era el poeta canónico de la poesía cubana, y no Martí. Sin embargo, han variado mucho mis juicios desde entonces…

Martí tiene efectivamente un ímpetu solar que desconoció el autor de Nieve. Pero ¿y lo lunar o mercurial o daimónico martiano?

Hoy día insisto todavía más en que, en realidad, el contraste tan atrayente entre Martí y Casal, como entre lo solar y lo lunar, es engañoso. Ya advertía antes que Casal, en cierto modo, está subsumido dentro de Martí. Me explico. Esa visión tan blanca, tan positiva de Martí, debida en parte a cierto tipo de recepción sublimadora (la de Vitier, por ejemplo, para nombrar a una de las más importantes y polémicas actualmente) es una perspectiva unilateral, que no enriquece sino que empobrece a Martí. Martí fue también Casal. De cierta manera, uno en el exilio, otro en el insilio, fueron como el anverso y reverso de la misma moneda. Pero Martí fue más rico en registros, en capacidad para asimilar lo diferente, que Casal, quien fue muy recurrente en sus énfasis, a veces demasiado absoluto o abstracto (por ejemplo, el otro mundo casaliano es muy tópico, muy previsible). Martí tiene efectivamente un ímpetu solar que desconoció el autor de Nieve. Pero ¿y lo lunar o mercurial o daimónico martiano?: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche. / ¿O son una las dos?“, escribió en “Dos patrias”[36]. O aquel verso de “Hierro”: “Y las oscuras / Tardes me atraen, cual si mi patria fuera / La dilatada sombra[37]. El verso famoso de Casal, tan destacado por Lezama en su “Oda a Julián del Casal”, “Ansias de aniquilarme solo siento[38], fue una obsesiva propensión martiana; porque Martí (quien dijo: “Tengo miedo de morirme sin haber sufrido bastante[39]) evocó profusamente la muerte, el otro mundo, con una variedad de registros y una intensidad como nadie antes o después en la literatura cubana. Asimismo, su capacidad de extrañeza (como ensayará Jorge Luis Borges en “Borges y yo”), su otredad, es notoria también. Léanse, por ejemplo, los poemas VIII (“Yo tengo un amigo muerto…“), “XI” (“Yo tengo un paje muy fiel…“), “XIII” (“Por donde abunda la malva…“), el ya citado “XXII” (“Estoy en el baile extraño…“), “XXVI” (“Yo que vivo aunque me he muerto….“), de Versos sencillos para apreciar esto. Aquí, como en tantos otros momentos de su obra, asoma la otra tradición cubana, la oculta, la sumergida, también llamada del no o negativa, el reverso oscuro, el otro mundo, o su noche oscura, como cuando escribe sobre ese “campo inmenso: ¡otro más vasto lo aliviará mejor!“, en “Hierro”… Esa tradición en clave de reverso, que comenzó no con el Zequeira de “Oda a la piña” (el exaltado por Vitier en Lo cubano en la poesía) sino con el delirante y oscuro de “La ronda…”[40]. Quiero decir que Martí, como pocas veces se ha querido ver, asumió las dos tradiciones contrarias: la del sí y la del no. Fue a la larga más ambivalente, más rico, más contradictorio, más hamletiano que Casal.

El movimiento unitivo que hace Raúl Hernández Novás, en su extraordinario y paradigmático poema “El sol en la nieve”[41], para unir aquellas dos recepciones unilaterales aludidas, la solar y la lunar, encarnadas por Martí y Casal, es importante para relacionarlas y no separarlas, pero acaso peca de cierta obviedad al no constatar que ya Casal estaba dentro de Martí…

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A veces he pensado que su muerte, tan rápida (casi absurda, o hasta tragicómica, desde cierta perspectiva) y, a la vez, tan previsible, tan oscura y explícitamente deseada[42], más allá de que podamos también argumentar sobre las razones, y los hechos, más o menos objetivos, que lo pudieron inclinar más, en esos días finales, hacia “la dilatada sombra” añorada, fue como el movimiento, el corrimiento iniciático del chaman hacia el otro mundo. “Sé desaparecer[43], confesó en aquellos días inauditos, donde tanto en cartas como en su diario -como supo ver muy bien Martínez Estrada, porque hizo, creo que no por casualidad, una edición conjunta de ambos testimonios[44]– se explayó casi obsesivamente sobre esa extraña certidumbre. He pensado también si no fue como si finalmente se pusiera el sombrero de Zequeira (quien, ya loco, creía que, al ponerse el sombrero, se tornaba invisible), y desapareciera (o, más exactamente, entrara, definitivamente, en la temblorosa, ambivalente, daimónica eternidad mítica).

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En los anteriores comentarios, he insinuado la existencia de otro Martí (que cada quien pueda intentar esa personal apropiación y propiciar entonces su singular resurrección, es ya una prueba rotunda de su pervivencia mítica): ese que cada lector podrá imaginar (nunca mejor dicho) desde su solitaria percepción… En mi caso, es obvio que privilegio más al Martí lunar que al solar. Pero, para ser sincero, eso no significa que no pueda emocionarme (o incluso avergonzarme, o apesadumbrarme, para utilizar también el verbo de Rojas) con el Martí más espectacular: el que se expone a la luz dentro de la oscuridad, y dice -como el Rilke de Elegías de Duino-: “Siempre hay algo que ver”…

Lamento y padezco, como mis colegas aludidos, la exaltación mesiánica de muchas de las tradicionales recepciones que ha provocado (porque convengamos en que mucho de mesiánico tuvo también el propio Martí), y, en algunas de esas recepciones, la esquizofrénica identificación de su patria soñada (inventada, imaginada, por Martí -“el mito que nos falta”, decía Lezama en su Coloquio con Juan Ramón Jiménez[45]-, al escribirla o decirla) con la patria actual, como imponiéndole un deber ser inalcanzable (por utópico, por imposible) al destino nacional… Ya se conoce, por ejemplo, aquella afirmación de Vitier[46] sobre que la lectura de Martí impediría que los jóvenes cubanos abandonaran el país… De ser cierto esto, o de acuerdo con esa lógica causalista que asustaría al incondicionado Lezama, se estaría reconociendo el fracaso de todos los demás textos y hechos de la Revolución cubana… Asimismo, Vitier imaginó que Martí no estaba en el pasado sino en el futuro, condenando, con esta teleología retrospectiva o profética, a toda la ulterior historia de Cuba a despeñarse hacia un punto ciego (como escribe, como apresando una imagen en cámara lenta, Jorge Manrique: “allí van los señoríos / derechos a se acabar / e consumir[47]), hacia un imposible…[48] Pero estas son ideas acaso muy fáciles de refutar, y también de comprender: el mito se prolonga como mito.

Lo difícil, si no imposible, es ciertamente olvidar a Martí, incluso desde la asunción de un desvío o mala lectura creadora. Ya advertí sobre el peligro de olvidar lo que luego podría regresar con una gravedad mayor… Acaso la lectura pertinente del mito sea exactamente una lectura mítica (como realiza Ponte, por cierto, en “El abrigo de aire”, no sé si consciente o inconscientemente, porque, aunque con objetivos diferentes, tan mitopoética es la perspectiva sobre Martí de Ponte como de Lezama): una lectura que tome en cuenta la cualidad ambivalente del mito, su extraña pero poderosa capacidad de travestismo para perdurar, a veces en las maneras más imprevisibles.

12

Entonces ¿qué hacer con el problema Martí? Tal vez cuando ese problema sea sencillamente fruto de una opción personal y no de una representación ideológica, un deber ser estatal y/o nacional, deje de constituir un problema a resolver o a perpetuar, y deje entonces de sentirse como una “pesadumbre”, o deje de imantarnos con la fascinación morbosa de lo imposible…

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Acaso el conflicto central del barroco Martí estuvo, como en una tragedia de Calderón, como en otro monstruoso Segismundo, en el nudo trágico del dilema entre la necesidad y la libertad. Una gran parte de su poesía da fe de esto -“Académica”, “Yugo y estrella”, “He vivido: me he muerto”, entre otros[49]-. Por un lado, es obvio que Martí optó por el deber (“He vivido: al deber juré mis armas”, escribe en un verso[50]) -la necesidad-, es decir, usó su libre albedrío, su libertad (¿no decía Marx que la libertad es el conocimiento de la necesidad?) para acatar un deber casi sobrehumano, un (nunca mejor dicho) martirologio. Su fin era la libertad pero su medio el deber. Destino sacrificial, diría María Zambrano, que lo vio como Hombre Verdadero en su texto publicado en La Habana en 1953 (al leer el Diario de campaña: De Cabo Haitiano a Dos Ríos), “Martí, camino de su muerte”[51] -como después a Lezama Lima[52]-. Por eso, acaso, es que tantas veces Martí deseaba liberarse a sí mismo de ese “yugo” (impuesto por el destino, por ese afuera histórico, pero también autoimpuesto por un adentro ineludible) o de esa “estrella que ilumina y mata[53]. Repárese en que, paradójicamente, los dos extremos casi se tocan en un punto, que es la cruz, que fue la cruz para Martí, como él tantas veces reconoció. Entonces ve la muerte como una liberación -por ejemplo, en “A los espacios”[54]-, y acepta, con un júbilo agónico, su tragedia como un camino hacia la libertad de la muerte, o de una vida superior, hacia una futuridad u otredad desconocidas… Este último Martí (ese mi otro Martí), el que muere antes de morir (como le decía Lezama a María Zambrano en una carta memorable[55]), el que desciende al inframundo, como Orfeo, y renace -y este rito de paso sucede no una sino muchas veces en su vida, hasta su apocalipsis final-, es, por un lado, expresión de un destino trágico, fatal, y, por otro, simultáneamente, de un destino buscado, añorado…

martí en jamaica.jpg

En Jamaica, 1892. Fotografía de Juan Bautista Valdés.

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Pero este otro Martí, ese “misterio que nos acompaña”, como lo llamó Lezama, ¿no es una construcción mítica también? Sin duda. Yo prefiero ese Martí, siempre, en la difícil intersección, en el umbral, en el confín, en la linde, en la frontera, en el borde, en la orilla, en el horizonte, en la encrucijada (María Zambrano diría: en la cresta de la ola) entre este y el otro mundo, como un chaman[56], como un viajero mítico, como un mago presocrático o renacentista, como un místico, como un alquimista del alma, como un poeta, como un hombre nuevo, como un niño futuro… ¿No creó Martí, como imagen de sí mismo y de un hombre ulterior, ese su monstruoso Homagno[57] dantesco y barroco… Todo esto, consiento, es parte del mito también. Al menos, para mí, en ese futuro rememorado (o en ese pasado imaginado) estará siempre ese otro Martí: imprevisible, daimónico, personal, extraño y familiar a la vez (como decía Bloom de Shakespeare). A ese, lo espero siempre.

San Carlos de Bariloche- Buenos Aires, 2 de noviembre, 2016.


Este texto fue escrito para la jornada “¿Cómo leer a Martí en el siglo XXI?”, organizada por el Grupo de Estudios Caribeños, el Instituto de Literatura Hispanoamericana y la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires en 2016. Recién fue incorporado a un dossiere dedicado a Martí en la revista Zama.

La foto de portada pertece a Ernesto Fernández, y su título es: 1957 01.


Notas:

[2] José Martí, “Cuadernos de apuntes”, Obras Completas, Editora Nacional de Cuba, 1964, vol. XXI.
[3] Semejante sensación describe Fina García-Marruz al leer su epistolario: “Huir, ya no es posible (…) ¿De dónde procede esa fuerza suya para implicarnos enseguida en el halo cálido de su argumentación, de su entusiasmo o de su pena? ¿En qué nos conciernen estas efusiones dichas a otros [o a sí mismo, en el caso de sus “Cuadernos…”], esas tareas de un pasado ya histórico, que, de pronto parece que nos enfrentan con nuestro propio tiempo, como demandando algo que hubiéramos olvidado, o que estuvieran dirigidas [sus cartas] directamente a cada uno de nosotros”, y también: “que todos sintamos que hemos recibido todas sus cartas, como si estuvieran dirigidas a la vez a un conocido y a un desconocido, a alguien cercano y a alguien distante”, en “Las cartas de Martí”, Cintio Vitier, Fina García-Marruz, Temas martianos, La Habana, Departamento Colección Cubana, Biblioteca Nacional José Martí, 1969, p. 306 y pp. 306-307, respectivamente.
[4] Harold Bloom, La angustia de las influencias, Caracas, Monte Ávila Editores, 1991.
[5] José Lezama Lima, “Palabras para los jóvenes”, El Caimán Barbudo, La Habana, abril, 1968, y en Imagen y posibilidad, Selección, prólogo y notas de Ciro Bianchi Ross, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1981, p. 124-126.
[6] José Martí, “X”, «Versos sencillos», Poesía completa, Edición de Carlos Javier Morales, Madrid, Alianza Editorial, 1995, p. 177.
[7] José Martí, “Julián del Casal”, Obra literaria, Prólogo de Cintio Vitier, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1978, pp. 333-334.
[8] José Martí, “XXII”, «Versos sencillos», Ob. cit., p. 185. Véase, por ejemplo, el pasaje donde Lezama interpreta estos versos en “Paralelos. La pintura y la poesía  en Cuba (Siglos XVIII XIX)”, La cantidad hechizada, La Habana, Ediciones Unión, Contemporáneos, 1970, pp. 183-184. Toda la interpretación que hace Lezama de Martí en este ensayo es poderosamente mitopoética.
[9] Rafael Rojas, José Martí: la invención de Cuba, Madrid, Editorial Colibrí, 2000.
[10] Idem
[11] Idem
[12] Idem
[13] Idem
[14] Patrick Harpur, El fuego secreto de los filósofos. Una historia de la imaginación, Girona, Atalanta, p. 335.
[15] Idem
[16] Rolando Sánchez Mejías, “Olvidar Orígenes”, Diáspora (s). Documento I, La Habana, septiembre, 1997.
[17] Patrick Harpur, Ob. cit.
[18]Patrick Harpur, “La doble visión”, Ob. cit., pp. 321-322; José Lezama Lima [carta a Fina García-Marruz, junio de 1961], Como las cartas no llegan…, Introducción, selección y notas de Ciro Bianchi Ross, La Habana, Ediciones Unión, 2000, pp. 95-97. Le dice allí Lezama a García-Marruz: “Así, una amiga como usted, me da la visión doble, la presencia dual absoluta donde estamos muertos en lo que hemos visto, pero hemos visto. Lo que hemos visto en esa región relámpago de cacería. Esa penetración, aunque sea en la costumbre, es su plenitud anillada. Es el momento en que la ardilla blanca sube por el árbol azul, cuando el ciervo y el faisán ven absortos saltar el delfín. Ahí, Dios se sabe más cerca del hombre. El precio de la eternidad es ese silencio en que Dios no puede conversar con el hombre. Sorprender también ese silencio. Apuntalarlo en la nieve. Todo detrás de la lluvia, ese algo. Se mueve la poesía, oscuro movimiento de ese algo. // Desde que el padre José Martí decidió alzarse al mayor esplendor que ha sido nuestro, la sangre corrió hacia el lado del espíritu. Nos dejó la sangre como escala de Jacob, que ascendía con el sentir de las plantas y el vivir de los animales inocentes. La costumbre del aire, donde lo inmenso penetra en la caja pequeñita. Y la sombra, inapresable, en busca del punto hecho por el hombre. Eso es lo que hemos tenido, lo verdadero nuestro. La poesía escrita, que es una sombra que busca, que sale por la alquería o por el salón de baile, la sombra que sonríe indescifrablemente al caer en las trampas frágiles hechas por el hombre.” [El subrayado es mío]
[19] Antonio José Ponte, “El abrigo de aire”, Revista Encuentro de la Cultura Cubana, Madrid, (16/17): 45-52, primavera/verano, 2000; “Historia de una bofetada”, Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, (696), junio, 2008, y “El anacrónico Martí”, La Habana Elegante, http://www.habanaelegante.com/Archivo_Marti/Marti.html [Puede consultarse, para otras recepciones, en esta misma entrada, el interesante “Archivo de José Martí”]
[20] Francisco Morán, Martí, la justica infinita. Notas sobre ética y otredad en la escritura martiana (1875-1894), Madrid, Editorial Verbum, 2014.
[21] Véase: Ottmar Ette, José Martí. Ápostol, poeta, revolucionario: una historia de su recepción, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1995.
[22].Enrique del Risco, “Lars Von Trier, Martí, Néstor Díaz de Villegas”, jueves, 5 de enero de 2012, Enrisco (Blog), http://enrisco.blogspot.com.ar/2012/01/lars-von-trier-marti-nestor-diaz-de.html
[23] Enrique del Risco, Francisco García, Leve historia de Cuba, Los Ángeles, Pureplay, 2007.
[24] Jorge Luis Borges, citado por Antonio José Ponte, “El abrigo de aire”, Revista Encuentro de la Cultura Cubana, Madrid, (16/17): 50, 2000.
[25] Jorge Camacho, José Martí: las máscaras del escritor, Boulder: The Society of Spanish & Spanish-American Studies, 2006 [José Martí: the writer’s masks]; Etnografía, política y poder a finales del siglo XIX: José Martí y la cuestión indígena, Chapel Hill: University of North Carolina Press, Romance Languages Series, 2013 [Ethnography, Politics and Power at the end of the 19th century: José Martí and the Indigenous Question]; Miedo negro, poder blanco en la Cuba colonial, Madrid: Iberoamericana /Vervuert, 2015. [Black fear, white power in Colonial Cuba].
[26] Rafael Rojas, Ob. cit.
[27] Ezequiel Martínez Estrada, Martí: revolucionario, La Habana, Editorial Casa de las Américas, 1967. Es significativo que Cintio Vitier distinga en su prólogo a la compilación Martí en Lezama, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2001, los capítulos II (“El ciclo fatídico del héroe”) y V (“El hombre biológico y mítico: su ser esencial”).
[28] José Lezama Lima expresa: “Ezequiel Martínez Estrada, el notable escritor argentino, quien dedicó los diez últimos años de su vida a estudiar su obra [la de Martí], lo ha considerado la personalidad más señera que ha dado las letras hispanoamericanas”, “Prologo a una antología”, VV. AA., Antología de la poesía cubana, Compilación, prólogo y notas de J. L. L., Tres tomos, La Habana, Consejo Nacional de Cultura, 1965. García-Marruz también pondera los juicios de Martínez Estrada sobre Martí: “no se puede menos que comprender que incluso en estudios tan acuciosos como el de Martínez Estrada se eche de pronto por la borda todo método y se diga en un arranque casi carbonelino aunque de veras admirable: «Lo más sensato que se ha dicho de Martí es el deslumbramiento insensato: era un águila, era un león, era el océano, era un meteoro…»”, “Las cartas de Martí”, Cintio Vitier, Fina García-Marruz, Temas martianos, La Habana, Departamento Colección Cubana, Biblioteca Nacional José Martí, 1969, p. 311.
[29] Roberto González Echevarría, “Oye mi son: El canon cubano”, VV. AA., Cuba: Un siglo de literatura (1902-2002), Madrid, Editorial Colibrí, 2004, pp. 19-36.
[30] Jorge Luis Arcos, “«Martí no viaja bien en inglés». El canon cubano del siglo XX. una entrevista a Roberto González Echevarría”, cubaencuentro, Madrid, viernes, 2 de septiembre, 2005, http://www.cubaencuentro.com/txt/entrevistas/articulos/marti-no-viaja-bien-en-ingles-5021.
[31] José Domingo Faustino Sarmiento: “En español, nada hay que se parezca a la salida de bramidos de Martí (…) después de Víctor Hugo, nada presenta la Francia de esa resonancia de metal”, «La Libertad iluminando al mundo», Obras, tomo XLVI, Buenos Aires, l900, pp. 175-176. Citado por Roberto Fernández Retamar, “Introducción a «La Edad de Oro»”, José Martí, La Edad de Oro, Edición crítica anotada y prologada por R. F. R., México, Fondo de Cultura Económica, 1994., p. 7.
[32] José Martí, citado por Fina García-Marruz, Quevedo, México, Fondo de Cultura Económica, 2003: “Se ha de llegar, por el conocimiento y serenidad supremos, a la risa de Cervantes y a la sonrisa de Quevedo”, p. 92.
[33] Harold Bloom, Anatomía de la influencia. La literatura como modo de vida, Buenos Aires, Taurus, 2011.
[34] Jorge Luis Arcos, “Las palabras son islas. Introducción a la poesía cubana del siglo XX”, VV. AA., Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX, Compilación, introducción, bibliografía y notas de J. L. A., La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1999, pp. XIX-XXII.
[35] Jorge Luis Arcos, “Sobre el canon cubano (da capo)”, Desde el légamo. Ensayos sobre pensamiento poético, Madrid, Editorial Colibrí, 2007, pp. 47-60. Véase, también, de J. L. A., “Notas sobre el canon (Introducción a un texto infinito sobre el canon poético cubano)”, Desde el légamo…, Ed. cit., pp. 33-46.
[36] José Martí, “Dos patrias”, Poesía completa, Ed. cit., pp. 214-215.
[37] José Martí, “Hierro”, Poesía completa, Ed. cit., p. 95.
[38] Julián del Casal, “Nihilismo”, Poesía completa y prosa selecta, Edición de Álvaro Salvador, Madrid, Editorial Verbum, 2001, p. 187.
[39] José Martí, citado por José Lezama Lima, “El 26 de julio: imagen y posibilidad”, Imagen y posibilidad, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1981. Expresa Lezama en este importante texto, publicado por primera vez en 1968: “La imagen es la causa secreta de la historia. El hombre es siempre un prodigio, de ahí que la imagen lo penetre y lo impulse. La hipótesis de la imagen es la posibilidad. Llevamos un tesoro en un vaso de barro, dicen los Evangelios, y ese tesoro es captado por la imagen, su fuerza operante es la posibilidad. Pero la imagen tiene que estar al lado de la muerte, sufriendo la abertura del arco en su mayor enigma y fascinación, es decir, en la plenitud de la encarnación, para que la posibilidad adquiera un sentido y se precipite en lo temporal histórico. Ese tesoro que lleva escondido un ser prodigioso como el hombre, puede ser tan solo penetrado y esclarecido por la imagen. La imagen apegada a la muerte, al renunciamiento, al sufrimiento, para que descienda y tripule la posibilidad. La historia en ese rumor de la posibilidad actuando en lo temporal, penetrando en esa vigilancia audicional del hombre. Estar despierto en lo histórico, es testar en acecho para que ese zumbido de la posibilidad, no nos encuentre paseando intocados por las moradas subterráneas, por lo intrahistórico caprichoso y errante. // En el maravilloso capítulo de la Odisea, donde Ulises desciende a las profundidades para contemplar a su madre muerta, ve como la sombra de su madre lo esquiva, a pesar de su patético esfuerzo por acercársele. Pero al fin oye la voz más querida que le dice: hijo, no permanezcas más en este sombrío valle, asciende pronto hacia la luz.” Y más adelante, sobre Martí: “Decía José Martí: tengo miedo de morirme sin haber sufrido bastante. Sufrió lo indecible en vida, pero después de muerto siguió sufriendo. Ascendió purificado por la escala del dolor, decía Rubén Darío cuando lo recordaba. Ya era hora de que descansara en la pureza de sus símbolos, siendo un dios fecundante, un preñador de la imagen de lo cubano. Llegó por la imagen a crear una realidad, en nuestra fundamentación está esa imagen como sustentáculo del contrapunto de nuestro pueblo. Esa fue la interpretación de las huestes bisoñas lanzadas al asalto de la fortaleza maldita. La posibilidad extendiéndose como una pólvora de platino, fue interpretada y expresada. No fue un fracaso, fue una prueba decisiva de la posibilidad y de la imagen de nuestro contrapunto histórico, al lado de la muerte, prueba mayor, como tenía que ser. Son las trágicas experiencias de lo histórico creador. «La mar, color de cobre, dice el trágico griego, contempla impasible la muerte del hombre de guerra.» Pero la tierra, que devuelve lo que devora, convierte al héroe muerto en legión alegre que trepa por lo estelar, para apoderarse del nuevo reto del fuego”.[La Gaceta de Cuba, La Habana, noviembre-diciembre, 1968]. Recuérdese, también, el impresionante texto de Lezama en Orígenes: “Secularidad de José Martí”, publicado también en Imagen y posibilidad, Ed. cit., originalmente en Orígenes, La Habana, (53), 1953, y cuyas palabras finales fueron tan convenientemente reinterpretadas después por Vitier y otras recepciones de sesgo ideológico y político. Para leer todas las recepciones de Martí por Lezama: José Lezama Lima, Martí en Lezama, Compilación y “Brevísima presentación” de Cintio Vitier, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2000.
[40] Manuel de Zequeira y Arango, “La ronda verificada la noche del 15 de enero de 1808. Décimas”, José Lezama Lima, Antología de la poesía cubana, Tomo I, Siglos XVII-XVIII, Madrid, Editorial Verbum, 2002.
[41] Raúl Hernández Novás, “El sol en la nieve”, Poesía, Premio de poesía Casa de las Américas 2000, Compilación, introducción y notas de Jorge Luis Arcos, La Habana, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2007, pp. 396-398. Véase, al respecto: Luisa Campuzano,
[42] Véase, por ejemplo, Cintio Vitier, “Etapas en la acción política de José Martí”, Cintio Vitier / Fina García-Marruz, Temas martianos, La Habana, Departamento Colección Cubana, Biblioteca Nacional José Martí, 1969, pp. 18-66.
[43] José Martí, citado en Cintio Vitier, Ob. cit., p. 65.
[44] José Martí, Diario de Campaña, Ordenación y Prólogo de Ezequiel Martínez Estrada, La Habana, Editora del Consejo Nacional de Cultura /Casa de las Américas/ Editora Nacional de Cuba, 1962 [Incluye los diarios De New York a Inagua, De Playitas a Dos Ríos, y un Apéndice con numerosas cartas, circulares y el Manifiesto de Montecristi].
[45] José Lezama Lima, «Coloquio con Juan Ramón Jiménez», VV. AA., Juan Ramón Jiménez en Cuba, Compilación, prólogo y notas de Cintio Vitier, La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1981, p. 159.
[46] A Vitier y a García-Marruz se deben algunas de las recepciones idealizadoras de Martí aquí comentadas, pero también muchos de los principales estudios sobre Martí. No tuvo Martí lectores más profundos, constantes y prolijos, más allá de cualquier interpretación ideológica con la que discrepemos. Por cierto, en el prólogo a Martí en Lezama (La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2000), “Brevísima presentación”, donde Vitier hace sus recurrentes identificaciones entre Martí y la Revolución cubana, hay, sin embargo, valiosísimas precisiones sobre la lectura mitopoética de Lezama sobre Martí. Véase pp. 9-10. En este mismo prólogo, Vitier destaca, por ejemplo, el motivo original que tomó Ponte para su ensayo “El abrigo de aire”, cuando se refiere a ese «”enorme abrigo” que arrastraba “el hombrecito” en un salón de fiesta, en la noche fría del Norte”», citando el comentario de Lezama en “Las imágenes posibles”, escrito en 1948 (José Lezama Lezama, Analecta del reloj, La Habana, 1953), “Le oí relatar a un emigrado…”, pp. 15-.16.
[47] Jorge Manrique, Coplas a la muerte de su padre y otros poemas, Prólogo y notas de Gabriela Mogillansky, Buenos Aires, Editorial Losada, p. 32.
[48] Francisco Fernández Sarría comenta sobre la recepción que hace Vitier de la relación Martí-Lezama: «Partiendo de la premisa de que la Revolución era la última era imaginaria, y de formulaciones como las de teleología insular, tradición por futuridad, Cintio fundamenta religiosamente el advenimiento histórico de la Revolución cubana como una especie de parusía política que realizara temporalmente las promesas divinas hechas por el Mesías martiano, aprovechando, claro está, las eventuales y dispersas referencias a Martí en los escritos de Lezama. Identificando a Martí con aquel “logos” o “sentido poético” perdido en 1953, Cintio le da el toque cristológico a un Sistema para el cual Martí, antes y después del 59, fue la piedra de toque fundamental para Lezama, esa eticidad “inscrita en el ser”, como un don espiritual infuso gracias al cual el autor de Paradiso participó en la manifestación política del 30 de septiembre de 1930,—dato autobiográfico recogido en esa novela y exaltado allí como el hecho germinativo de su poesía y de la vinculación de esta con la historia (política). Cintio incluso fundamenta todo el “sistema” en la figura de Martí, al decir que el mundo verbal de Lezama corresponde al período de frustración histórica de aquel, que su sistema de “imágenes posibles” quiere llenar el vacío dejado por la muerte histórica del Apóstol durante la República. Paradiso no es sino una lectura de la historia (política) de Cuba desde la imagen de José Martí, y toda su obra no es otra cosa que una respuesta antifonal a la de Martí. Para Cintio la ausencia de telos, de finalidad de la historia republicana, era consecuencia de la ausencia “espiritual” de Martí en ella, y precisamente para suplir esa ausencia teleológica es que Lezama implementa la solución teológica de su escatología, implícita en el “sistema”, entre ellas, la de teleología insular. Si la Revolución cubana era la manifestación histórica, real, de dicha era imaginaria, nada más lógico entonces que José Martí fuera el logos (imago) encarnado en esa historia, y que ese momento histórico fuera la Parusía.», “Paradisos artificiales (sobre la edición crítica de Paradiso: instaurar el Sistema, una lectura insoluble y la importancia de llamarse Cintio Vitier)”, Cacharro(s), (8-9), enero-junio, 2005 (http://jorgealbertoaguiar.blogspot.com.ar/2008/02/francisco-frnndez-sarra-paradisos.html). En otros dos importantes textos, Fernández Sarría analiza las recepciones de Martí por Cintio Vitier: “Cristo sin cruz: Una interpretación martiana sobre Jesús”, Revista Encuentro de la Cultura Cubana, Madrid, (30/31): 174-196, otoño/invierno, 2003-2004, y “Cintio Vitier: escritura y Revolución”, Revista Encuentro de la Cultura Cubana, Madrid, (48/49), primavera/verano, 2008. Para acceder a estos dos últimos textos, véase: http://www.cubaencuentro.com/usuarios/autores-re/francisco-fernandez-sarria.
[49] José Martí, Poesía completa, Ed. cit.
[50] José Martí, “He vivido: me he muerto”, Poesía completa, Ed. cit., p. 115.
[51] María Zambrano, “Martí, camino de su muerte” [Bohemia, La Habana, a. 45 (5): 45, 83, feb., 1953], Islas, Edición, introducción, bibliografía, y cronología de Jorge Luis Arcos, Madrid, Editorial Verbum, 2007.
[52] María Zambrano, “José Lezama Lima: Hombre Verdadero” [Este es el texto que ella publicó en vida en varias revistas], y “Hombre Verdadero: José Lezama Lima” [Este texto, mucho más extenso, primera versión del anterior, se conservaba inédito en su papelería hasta esta publicación], Islas, Ed. cit., pp. 214-218, y 219-223, respectivamente.
[53] José Martí, “Yugo y estrella”, Poesía completa, Ed. cit.
[54] José Martí, “A los espacios”, Poesía completa, Ed. cit.
[55] José Lezama Lima, “[Carta XXX. 2 de febrero de 1974. De José Lezama Lima, La Habana, a María Zambrano, en La Piece, Francia]”, VV. AA, Correspondencia entre José Lezama Lima y María Zambrano y entre María Zambrano y María Luisa Bautista, Edición, introducción y notas de Javier Fornieles Ten, Sevilla, Ediciones Espuela de Plata, MMVI, p. 171.
[56] Como un chamán, un taita, describe esencialmente Lezama a Martí, para caracterizar su sabiduría, en “Paralelos. La pintura y la poesía en Cuba 8siglos XVVIII y XIX)”, Ob. cit., pp. 184-187.
[57] Véase: José Martí, “Homagno”, “Homagno audaz”, Poesía completa, Ed. cit.
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