En Brasil

registro de un observador

“Me convertía en una observadora (participante) de aquella espontánea obra teatral que iban protagonizando, sin saberlo, una gran variedad de personajes.”


Attachment-1.jpegJimena Claverie


Llevaba un año y medio viajando por América del Sur cuando llegué a Río de Janeiro. Atrás quedaban los caminos sinuosos de Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia.

En el transcurso de esas experiencias tomé la decisión de trabajar vendiendo mis producciones (accesorios de diseño), lo que me permitía contar con una cierta autonomía rodante. Esto, por un lado, me posibilitaba obtener los recursos económicos para “sobrevivir” a diario y, por el otro, se adaptaba perfectamente a la dinámica del viaje, ya que siempre (o casi siempre) encontraría en las ciudades y pueblos una calle donde parchar*.

En Río me hospedé en un hostel situado en Lapa, reconocida por ser una zona bohemia y de gran actividad nocturna. Mi primera sensación fue la de haber llegado a una ciudad sumamente atractiva. La naturaleza fusionada con el arte y la arquitectura moderna hace de Río de Janeiro un lugar sexy por donde se lo mire. Pero, los viajeros (no turistas, viajeros) no solemos conformarnos con primeras impresiones. Así fue que mis pensamientos sobre Río fueron modificándose con el pasar de los días.

2Parchaba al pie de las famosas Escaleras de Selarón, escalinata de unos 125 metros de largo, intervenidas por el artista chileno Jorge Selarón. Tiene miles de azulejos recolectados por todo el mundo y adquirió aún más resonancia cuando, en el año 2013, encontraron a Selarón muerto a sus pies.

Un historiador brasileño me dijo alguna vez que amaba ese barrio por su diversidad, por la particularidad de hacer confluir todo tipo de personas. Yo entendía perfectamente a lo que se estaba refiriendo.

Desde muy temprano, y al borde de mi parche, me convertía en una observadora (participante) de aquella espontánea obra teatral que iban protagonizando sin saberlo una gran variedad de personajes:  vecinos del barrio, turistas, dealers,  oficinistas,  artesanos y principalmente aquellos en los que me voy a centrar: los habitantes de calle.

“¿Por qué la ciudad huele a orines?”, me preguntó una turista mexicana. Mi respuesta fue lacónica: Por el capitalismo.

Lo cierto es que aquel sitio no sólo olía a orines y a varios días sin ducha, sino que también desprendía un fuerte tufo a desigualdad, indiferencia y olvido. Lamentablemente, personas en situación de calle hay en el mundo entero, la diferencia es que allí la cantidad era abrumadora y la situación parecía aún más grave por el alto grado de concentración en aquel barrio céntrico.

De acuerdo a un estudio realizado por la Secretaria de Desarrollo Social de Río de Janeiro, son 5 580 las personas que viven en las calles de esta ciudad. La mayor parte son hombres (81,8%) y el 69,9% tiene entre 25 y 59 años. En segundo lugar están los jóvenes de 18 a 24 años, que suman el 17,5%. Las similitudes que atraviesan las historias de estas personas son las siguientes: baja escolaridad, alta exposición a conductas de riesgo, uso de alcohol y drogas, trastornos mentales y psiquiátricos, relaciones familiares rotas e historial de violaciones.

Los vi paseándose desnudos, aspirando cocaína, durmiendo la siesta en el medio de la avenida; los vi con la cabeza enteramente cubierta de pintura,  zamarreándose por un fondito de cachaza o lanzándose debajo de un colectivo; los vi haciendo pis y caca en la vereda; los vi (des) poseídos, cantando o bailando; los vi a los gritos y a los gestos. Los vi con miedo y con hambre. Los vi siempre solos, con el abandono estaqueado en la mirada, como quien se resigna en la lucha por un lugar más digno en la sociedad. Pero, lo más llamativo de todo es que jamás vi a nadie mirándolos.

Personas en situación de calle hay en el mundo entero, la diferencia es que allí la cantidad era abrumadora.

En uno de sus últimos discursos, el Papa Francisco expresó lo siguiente: “Me pregunto si somos capaces de reconocer que estas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global, ¿reconocemos que este sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?” Y continúa: “cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo…”

La confirmación de esa destrucción de la “fraternidad interhumana” de la que hablaba el Papa Francisco es la que me golpeó significativamente en esta experiencia carioca. Lo cito a él no por corresponder a una filiación religiosa sino porque creo que sus dichos en este tiempo y bajo tamaña institución no pueden pasar desapercibidos.

Hay todavía una escena que me conmovió particularmente. Llovía con furia sobre una gran plaza de cemento. En ella y bajo el agua un centenar de habitantes de calle formaban fila. Lo oscuro del abandono coloreaba esa formación, hombres en su mayoría. En el otro extremo de la fila los recibía, bajo la protección de un paraguas, una monja vestida de blanco inmaculado. Los hombres recibían un permiso para acceder al comedor del barrio.

¿Por qué creés que hay tantas personas viviendo en las calles?, le pregunté a un artesano argentino, ex militante del ERP, quien vivía en la ciudad hacía más de una década. Su respuesta, con palabras en español y portugués, fue algo así: “Y qué querés que te diga. Consiguen la comida fácilmente; frío por las noches aquí no hace, así que pueden dormir tranquilamente a la intemperie y la droga también la obtienen fácil. Viven cómodos.”

3Indudablemente esa respuesta acotada me generó desilusión, y mientras él iba pidiendo otra ronda de cerveza yo me hacía la pregunta internamente: ¿En qué momento de la vida comenzamos a naturalizar estas situaciones injustas? ¿En qué momento blindamos nuestra realidad para quedarnos al “resguardo” del otro?

Hago hincapié en “en qué momento” porque así como no naturalizo la desigualdad tampoco lo hago con la indiferencia. Y, si no nacemos indiferentes, ¿qué nos hace así?

El dramaturgo Bertolt Brecht sostuvo que no debemos aceptar lo habitual como cosa natural pues, en tiempos de desorden sangriento, de confusión organizada, de arbitrariedad consciente, de humanidad deshumanizada, nada debe resultar imposible al cambio.


 

*Parchar: Entre los viajeros y artesanos es el término que se utiliza para referirse a la acción de vender en la calle, exhibiendo sobre una tela las artesanías o manualidades.

Fotografías de Jimena Claverie.

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