La Seiba era el Rey

la crónica apócrifa

“Su intención era menos belicosa, apenas buscaba trastocar fichas en un juego de dos contendientes, lo más ingenuo que se podía hacer de tener presente que los barbudos habían cambiado mucho más.”

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El misterio de la mano autónoma

la crónica apócrifa

“El sol picaba sobre mi cabeza y sobre la cabeza del presidente nuevo y tal vez porque estaba a punto de calcinarnos los sesos creí ver en su sonrisa una mueca y su vista interceptó de pronto a su mano porque inesperadamente se torcía en sentido contrario al movimiento natural de un agarre humano”.


leandro estupiñánLeandro Estupiñán vive en Buenos Aires


Escucho la frase, en este o aquel momento, y me viene a la cabeza el día en que Mauricio Macri juró ante el Congreso de la nación argentina. Buenos Aires vivía una de esas jornadas bochornosas en las que apenas hace falta avanzar unos metros para que el cuerpo empiece a desintegrarse. El clima pampeano desafiaba cualquier recuerdo del verano cubano y las deliciosas brisas primaverales se habían pasmado como si la tierra dejara de girar.

Trataba de aliviarme del sopor desde un balcón que daba a una calle estrecha y siempre abierta a un tráfago imparable en una zona propicia al cambalache. Enfrente tenía el amplio techo donde una patrulla de vampiros dormitaba su siesta desvergonzadamente, aferrado con las patas cada animal pasaba la resaca nocturna de cabeza en el tejado. Miraba azoteas abandonadas o tan cercanas a un abandono destructivo que a veces me recordaban a La Habana, y dentro del departamento la voz de un locutor recordaba que a pocas cuadras estaba sucediendo el desfile por la asunción presidencial.

Pensé que si por curiosidad había ido a la última concentración en la que Cristina Fernández, sobre un entramado de tablones y luces que recordaba la entrega de algún premio, se despedía de sí misma y de sus seguidores, iguales causas podrían hacerme peregrinar hasta la zona por las que pasaba este presidente de ahora. Di media vuelta, me cambié de pulóver, le di un beso a mi esposa embarazada tendida sobre la cama con nuestro hijo estirándole la panza lo más que podía, y salí.

No reflexionaba seriamente sobre lo que significa un cambio de gobierno ni en todo el alboroto que ha de precederle, mi vida había estado ajena a estas realidades y los cambios políticos desde hacía años nunca lo fueron contundentes a mi alrededor. La verdad que no pensaba en nada y cuando tomé otra calle estrecha solo miraba vidrieras repletas de instrumentos musicales, violines de pulida madera, guitarras de todos los colores, criollas y eléctricas; saxofones y trompetas.

La gente se escurría por las aceras, entraba a algún edificio, se metía en este o aquel establecimiento mientras desde los postes, las tapas de los tachos o imponiéndose sobre la sonrisa que en un trozo de papel mantuviera cualquiera de los candidatos presidenciales, con ojos en papel minúsculo nos seguía alguna de esas chicas que en esplendida desnudez invitan a ser llamadas a  misteriosos números telefónicos para nuestra más íntima satisfacción.

En Avenida de mayo encontré un tumulto, personas de todas las edades atraídos por la misma causa que yo. Se agolpaba en la vereda siguiendo el curso que habría de llevar el desfile ya visible a mi izquierda. Los más desesperados escalaban por cualquier objeto que encontraran a su paso para observar la comitiva, y había quienes hacían saltar de emoción carteles o banderas ante las cámaras fotográficas y de televisión dispuestas a captar el acontecimiento. Y ya pasaban ante mí los briosos caballos encima de los cuales iban los granaderos con gorras y galones anchos y casacas de paño azul en las destacaban botones dorados y sables.

El auto donde se trasladaba había salido desde la Casa Rosada, se dirigía al Congreso y al fin la muchedumbre lo veía pasar por el tramo en el que me encontraba. Era un auto blanco de cristales oscuros gracias a los que yo no lograba ver nada de lo que sucedía dentro. Esquivando cuerpos caminé lentamente en su misma dirección con la esperanza de atisbar al presidente que jamás había observado en persona hasta que de repente lo vi surgir por la escotilla. Se le veía sonriente y levantaba el brazo derecho. Su mano se movía imitando un saludo o se quedaba inerte en el espacio como una nave espacial varada por alguna causa.

El sol picaba sobre mi cabeza y sobre la cabeza del presidente nuevo y tal vez porque estaba a punto de calcinarnos los sesos creí ver en su sonrisa una mueca y a su vista interceptar de pronto la amistosa mano porque inesperadamente se empezaba a torcer en sentido contrario al movimiento natural de un agarre humano, de modo que los dedos quedaron estirados como los alambres que mantienen funcionando un paraguas cuando estos se descomponen a consecuencia de una ráfaga inesperada. Tal vez fuera así, y por eso quedó en el rostro del hombre una expresión de angustia, asombro y dolor. Seguido su cuerpo se encogió por la escotilla para que de inmediato tomara su lugar, sonriente, una primera dama que por la persistencia en la que miraba al fondo sostuve la hipótesis de que algo había sucedido.

Anduve un rato más al borde de la vereda. Caminaba a una distancia prudencial del auto, atisbándolo entre las patas de uno de los caballos guiados por los granaderos. Miraba yo con sigilo y esperaba que el político volviera a aparecer cuando en efecto surgió como un muñeco desde la caja de regalos. Desesperado entonces busqué una zona alta desde la cual tener un ángulo favorable a la observación, quería constatar lo que había creído descubrir antes.

Había unos trastos de construcción cerca del cine Gaumont y subí en ellos para elevarme unos veinte centímetros. Fue así que el rostro de ese hombre quedó delante de mí y entendí que así como su mirada era semejante a la de un androide su rostro transmitía satisfacción. En eso besó con la pasión de un humano a la primera dama y ambos rieron y tal vez hasta me miraran con planificada intención.

Les devolví el gesto con una mirada áspera. Estaba desilusionado, en particular molesto con él, Macri parecía saludarme con la mano que yo había imaginado descompuesta: no había ocurrido ninguna clase de accidente y si acaso otro fantasioso observador había creído ver anormalidades durante el desfile sus gestos plenipotenciarios decían lo contrario. Ahora se mostraba altivo, luciendo aún más saludable, tan solo un poco castigado por el sol y tal vez por eso su esposa y él acabaron devolviéndose al interior del auto que en pocos minutos estaba ya a la entrada del inmenso edificio al que se dirigían.

Emprendí la retirada no sin dejar de lado mi descerebrada hipótesis. La mano del presidente nuevo algo debía tener de estrafalaria, no podía estar tan demente yo como para imaginarla retorciéndose a la vista de todos. Debía tratarse de un artefacto implantado por alguna razón desconocida que a la vez, y probablemente, debía tener la facultad de revelarse ante su poseedor para hacer lo que le viniera en ganas, ya fuera descomponerse en medio de un desfile fundamental o salir por ahí a realizar a saber qué maldades en mitad de la madrugada, como recordaba había hecho la mano de un personaje en no sé qué película de mi infancia, escena esta que fue motivo de sostenidas pesadillas.

Una mano así nunca podría dejarse sola en un despacho presidencial, debí soltar en alguna velada, enarbolando una patriótica jarra de cerveza y todos soltaron la carcajada a la vez que me miraban con ojos de quien piensa: “pobre cubano que se nos ha vuelto loco en esta tierra de desquisiados”. Mi mujer fue más directa, insistió en que dejara de leer historias de ciencia ficción, que me olvidara de los libros e invirtiera mis energías en repartir nuevos currículos.

De todos los candidatos a la presidencia argentina el único que tiene un brazo postizo, en todo caso una prótesis prosaica, nada de tecnología de puntas, pertenece al que se apellida Scioli, dijo ella esa noche, agobiada porque la panza amenazaba con explotar y yo pensé que era verdad, que como casi siempre tenía la razón. Scioli era  de todos los candidatos a la presidencia de la Argentina el único que había perdido una extremidad, en su caso a causa de un antiguo accidente en una moto acuática. Será que estas elecciones son para la política como para el deporte los juegos paralímpicos, pero encubiertos, dije, y no se habló más del tema esa noche en que nada más que la amistad celebrábamos.

No obstante a lo que hubiera sido un lógico proceder junté información que corrobora mi teoría, y para mi descalabro teórico Macri resultó un hombre saludable. Los únicos problemillas que había mostrado eran episodios cardiovasculares, lesiones óseas, vulgares circunstancias más bien ligadas a la edad; nada contundente había visible en su historial clínico, nada como la amputación de una mano que lo llevara a valerse de un implante biónico al estilo de Hugh Herr o algo así.

Pero estuve largo tiempo pensando en aquel insólito hecho. A la hora de hablar del asunto apenas reparaba en la muchedumbre de seguidores juntada ante la Casa Rosada aquella tarde de diciembre para agasajarlo, en el librero escéptico ante el político triunfador con el que hablé a unos metros del Café Tortoni o en aquella pareja de cubanos enfermos, como dice un amigo poeta que todos los de la isla estamos; y es que en verdad hay que estar muy enfermo para gritarle a uno: “ ¡A ver cuando tienen ustedes elecciones verdaderas!”, cuando uno, o sea yo, solo buscaba captar con mi cámara la única bandera cubana que había por todo aquello y nada tengo que ver con el gobierno de la Isla.

Hoy desconozco si algo extraño sucedió verdaderamente con la extremidad, pero cervezas de por medio insisto en que aquella mano de alguna manera se descompuso. Y hasta reprocho que nadie más lo viera, que todo el mundo estuviese pendiente del brazo del Scioli y de la boca de Cristina; incluso que llegaran a difamar de la ligera bizquera de no recuerdo qué político, mientras la mano se desprendía peligrosamente. Hoy lo traigo a colación porque he escuchado otra vez la frase esa de: “pará la mano, Macri”. Y entonces tengo que decirle a los amigos: que no es él, es ella; la mano autónoma de Buenos Aires.


 

García en los confines

la crónica apócrifa

En agosto de 1967 el escritor colombiano Gabriel García Márquez visitó Argentina por única vez. Llegaba para sumarse al jurado del concurso de novela auspiciado por el semanario Primera Plana y la editorial Sudamericana, pero también porque los auspiciadores tenían la intención subyacente de que, aquellos que en masa habían empezado a comprar dos meses antes su novela Cien años de soledad, lo conocieran.


leandro estupiñánLeandro Estupiñán


Ganas de comer, un bife de chorizo, pero Martínez solo los vio satisfacer el deseo de recién llegado en aquella última cena, mientras lo husmeaba a discreción, tratando de comprender todavía los engranajes mentales de su invitado; porque era suyo y de Paco, o lo era de Paco y suyo dado que el editor había leído primero el manuscrito de la última novela escrita por el hombre que tenía delante.

Cuatro meses antes Paco había levantado el teléfono para comunicarse con él, jefe de redacción de una importante revista que sabía significar el papel de los escritores poniéndolos en portada. Borges había estado en su delantera, y para ese minuto en que Martínez lo miraba con algo de curiosidad, también García había sido rostro y cuerpo de unos 60 mil ejemplares. Podía recomponer la imagen: con una chaqueta de colores eléctricos García caminaba por su calle de San Ángel Inn. En la redacción agregaron un título que alguien interpretaba como otro de esos recursos efectivos del merchandising.

Título y entrevista fueron más o menos proyectados la noche lluviosa en que abandonó lo de Paco, entonces Martínez, sorteando esas losetas mal puestas en la vereda que debieran ser tan famosas como los tangos la ciudad, tuvo el presentimiento de que se había dejado impresionar. Y pronto comprendió que su entusiasmo quedaba respaldado por la anhelante lectura de un libro poderoso y oportuno dado que tocaba asuntos sobre los cuales en América Latina se tenía necesidad de hablar; lo hacía valiéndose de un lenguaje atemporal, desmesurado y moderno con alegorías antediluvianas y futuristas. Encargó la entrevista y el periodista elegido voló presto al D. F.

Para el número en el que dicha conversación fue publicada Cien años de soledad llevaba dos semanas en librerías comercializándose a un ritmo estable y vertiginoso. Sin embargo, después de la nueva publicidad sobrevino tal tsunami de lectores hambrientos que en Sudamericana se vieron obligados a reeditarlo para finales de mes. Ocho mil ejemplares primigenios habían quedado extinguidos en poco más de seis semanas.

Mientras agarraba el cuchillo para trozar también su bife de chorizo, Martínez se fijaba en el autor del que algo había conocido. Tenía aires de gitano y vestía otra de sus camisas de tonalidades carnavalescas. La madrugada en que lo recibió en el aeropuerto de Ezeiza, aquel 16 de agosto de 1967, llevaba el mismo saco de colores felices pero su cara era desencajada y mustia. Había viajado en Avianca desde Bogotá en un vuelo nocturno frustrado por un resguardo de nubes que le había tronchado la imagen de las cordilleras y la luna. Tampoco lograba sacudirse el espanto de haber sobrevolado el continente metido en aquella capsula confortable. Una hermosa hembra le fue presentada de inmediato a Martínez.

De pómulos andinos y labios como los de Cesária Évora, Mercedes se mostraba serena y a veces dejaba entrever una faraónica sonrisa, expresión que se le vio en restaurantes, bares y cafeterías, incluso cuando caminaba por Corrientes y Florida en busca de vidrieras bien surtidas y a paso urgente para escapar de la brisa y la lluvia invernal. Era su más socorrida reacción ante cualquiera de las extravagantes respuestas de su marido, un deporte que solía practicar con frecuencia y que hubo de poner en práctica otra vez en Caracas donde recién había discursado en un congreso de escritores culminante con la entrega del Rómulo Gallegos al peruano Vargas.

Vargas y García se conocieron en el aeropuerto Internacional de Maiquetía, aunque para entonces mantenían una prolongada y divertida correspondencia. Compartieron paneles y se lamentaron juntos por las consecuencias de la más reciente catástrofe nacional. Si de alguna manera habían llegado para pisotear los escombros literarios de Iberoamérica tuvieron la mala suerte de que la visita fuera precedida por un seísmo verdadero. Más de 200 muertos y dos mil heridos el resultado de la catástrofe que obligó a retardar el congreso donde un Otero Silva informado aseguró que García había escrito un prodigio.

Ese prodigio iba sumando decenas de fanáticos por minutos y cada lectura parecía trastocar desdoblarlo en interpretaciones nuevas e inmoderadas, tanto que casi podrían haber dado lugar a un libro igualmente alucinógeno como el que estaba rompiendo record de ventas en el continente. También García solía jugar a recomponer su historia, divertimento que practicaba desde aquellas veladas para lectores exclusivos que tuvieron por sede “la cueva de la mafia”, su estudio y celda de creación, cárcel y retiro de San Ángel Inn; cuatro paredes que había visto crecer aquel monumento caído sobre su cabeza durante un viaje a Acapulco. El hecho sucedió como ocurre el despegue de cualquier obra creativa, en un momento que vendría a ser como cuando el agua alcanza su punto de ebullición. Luego de haber sido pensada por tiempo incalculable la idea brotó clara; rompió y germinó.

Había escrito durante dieciocho meses, sorteando aprietos y penurias, protegido por Mercedes quien ponía el pecho a la realidad para que así escuchara lo que su pasado tenía que soplarle al oído. El proceso de escritura finalizó a principios de 1967 y casualmente por esos días, alentado por un crítico chileno, en Buenos Aires el principal editor de Sudamericana se animaba a escribirle solicitándole los derechos de sus libros, petición a la que García contestó con una contraoferta.

En Caracas juraba a los periodistas que la escritura de Cien años de soledad pertenecía a Mercedes, y que él solo ponía su nombre porque a ella, dado el pésimo resultado, le apenaba reconocerla. Lo mismo repitió en Buenos Aires a quienes procuraron por él en el modesto hotel de la calle Arenales donde Martínez los llevó todavía en la madrugada. Pasaba mucho tiempo refugiado por allí, debía leerse los manuscritos que aspiraban al premio de novela por el que se encontraba en la ciudad donde años antes le habían rechazado sus primeros libros. Por eso se la tomaba con calma, disfrutaba los lugares  de Buenos Aires pero cuando el cemento y el asfalto austral lo absorbía quedaba en él la impresión de terminar disuelto en la imaginería de otros.

Un día subió a un colectivo y no más ponerse en marcha se descubrió escudriñado desconsideradamente por los viajeros solo por el hecho de tener las manos libres. Tiró de Mercedes en la siguiente parada y sobre la vereda respiró aliviado por la proliferación de rosas rojas y calas, de gladiolos horribles, de claveles casi negros; en fin, de todos los ramos  inquisitorios que había encontrado en las manos de los viajantes. Levantó el brazo y junto al taxi que había señalado surgió un hombre de bufanda amarilla que se adelantó a la pareja y metiéndose por una puerta con la misma salió por la otra como si ya hubiese llegado a su lugar.

García, que estaba en sus cuarenta, tenía la clase de dificultades a las que Mercedes estaba familiarizada, pero a Martínez seguían pareciéndole increíbles y con asombro vio como aquella mañana en que ya solo les faltaba consumir el café se ponía de pie y tirando por el brazo de su dama, remolcándola, caminó hasta ubicarse en mitad de la calle Santa Fe para allí besarla y levantarla en vilo y hacerla girar sin que les importara el mundo, mucho menos el tránsito. Cuando espléndidos regresaron a la mesa pensó Martínez que acaso el arrebato era consecuencia de un hecho que recién habían atestiguado: por la vereda habían visto pasar a una señora abrazada a una bolsa repleta de vegetales y frutas entre las que asomaba, casi de manera casual, un ejemplar de su novela reimpresa.

El libro no solo había sido impulsado por la revista en la que era jefe Martínez, sino que en verdad llevaba meses publicitándose por América y Europa. Algunos grupos empezaban a tomarlo como el verdadero trasatlántico que no se atascaría en ninguna jungla latinoamericana, sino que sería capaz de surcar las selvas de las ideologías hasta volverse ariete de un sentimiento viralizado por la revolución cubana. Con los primeros capítulos listos, había ido ganado incuestionables y entusiastas adeptos. El mexicano Fuentes, a quien García los hizo llegar por correo porque se encontraba en Europa, quedó deslumbrado con el argumento y el modo en que su autor lo había desmadejado. De un golpe escribió un artículo llamándolo “magistral” y el texto fue reproducido por una importante revista mexicana. Seguido aparecieron fragmentos de la novela en Colombia, Francia, México, Argentina, Lima y Uruguay; bengalas descubiertas por el extraviado lector. El éxito fue fulminante y en el momento en el que García, Mercedes y Martínez dejaban el restaurante para seguir recorrido por la ciudad llevaba vendidos más de once mil ejemplares.

Pero García no terminaba de descubrir las mañas de la ciudad que lo estaba haciendo famoso y en ella algunos se dedicaban a desentrañar las mañas del escritor, porque a fin de cuentas su novela había sido cuidadosamente pensada, trabajada, ordenada, ensamblada en su carpintería personal. A esta fina concepción, sucedida de un contundente aparataje publicitario, al que deben sumarse sus artificiosas entrevistas, otro escritor con nombre de bolerista, Rodolfo Enrique, habría de llamarle: vulgar estrategia publicitaria, de ahí que para él no hubiera García Márquez posible como se leía en las solapa de los libros sino un brillante Marketing García muy marketinero.

A fin de cuentas también Rodolfo Antonio era sagaz agente de publicidad y escribía novelas y versos artificiosos aunque, según él, solo fuese dueño de una pequeña técnica infalible: “decir la palabra indebida para una escena”. La escena es la de la única visita que García realizó a Buenos Aires, ciudad de donde se largó convertido en una aclamada estrella, y Martínez tuvo la certeza de que el milagro se habría obrado la noche del almuerzo en aquel café. Llegaron a un teatro de la calle Florida, García y Mercedes buscaban puesto cuando alguien gritó desde alguna parte: “¡Bravo, bravo!”. Seguido y por la cara de desconcierto que había puesto el autor alguien debió ser preciso: “¡Por su novela!”. No hicieron falta gritos nuevos para que la sala rompiera en aplausos.

Al día siguiente García y Mercedes abandonaron la ciudad. Martínez miraba el avión, lo veía diluyéndose en las nubes, licuarse en el espacio y pensaba en lo que su invitado acababa de decirle. Ya no volvería jamás a estas tierras australes. Buenos Aires quedaba demasiado en el fin del mundo y pisar sus calles de melancólico asfalto y edificios de tangos opresivos era sentir sobre la espada el peso del globo terráqueo, tener la sensación de que se acababan los caminos, vivir con la seguridad de estar visitando una tierra remota y temible, los confines del mundo en los que uno puede encontrarse solamente con el principio o el fin.


ilustración: Flammarion. Originalmente aparecida en el libro de Camille Flammarion: L’Atmosphere: Météorologie Populaire, publicado en Paris, 1888.

¡Derecha!, ¡izquierda…!

la crónica apócrifa

El pasado 12 de abril murió en Miami de un paro respiratorio el púgil holguinero Ángel Espinosa, uno de los grandes del boxeo amateur, recordado por su demoledora pegada con ambos puños y el dominio absoluto de los pesos medianos. Si ahora lo traemos de esta manera (apócrifa) es porque se ha hablado recién de pelas y boxeo con el combate entre Floyd Mayweather y  Conor McGregor, y porque en Espinosa se encierra también otro de los dilemas que pasan por esta publicación, el de los viajes interrumpidos, esta vez por causas ajenas al individuo


leandro estupiñánLeandro Estupiñán es periodista y escritor


Ganarían terreno evitando el contacto directo, rompiendo las defensa con giros certeros, movimientos vertiginosos y golpes brutales.  A un ritmo que a la multitud hacía saltar en las gradas, como si estuviera enloquecida, iban demostrando su rabia; sin embargo, ninguno de los golpes con los que ambos trataban de imponerse logró que la pelea fuese un combate totalmente despiadado y la rabia que los llevaba a encararse con total intransigencia luego de cada separación había ido dando pie al agotamiento. Al tercer round el más joven descubrió el flanco débil que supo aprovechar su vivaz oponente y, pocos segundos después de haber comenzado: “le están aplicando conteo de protección” escuchamos por las rendijas del televisor.

Nunca había usado adjetivos como “brutal” o “despiadada” el comentarista, sino que estuvo aferrado a una descripción correcta de lo que definía como un “impresionante pleito”. Los segundos finales se escurrían como la arena de un reloj y los púgiles sin tiempo trataban de derribarse sacando fuerzas cuando escaseaban y a veces solían juntar sus brazos para mantenerse pegados hasta que las manos del árbitro los obligaba a abandonar semejante estado de indolencia. “Tremenda ofensiva de Armandito Martínez”, soltó de pronto la voz ahora más emocionada, y seguido: “¡Izquierda arriba de Espinosa!”, pero: “Armandito se resiste” y: “Espinoza contrataca” y: “¡Armandito!”, “está mayoreando”, “obliga a retroceder a Espinosa, lo arrincona Armandito; le pega con la derecha, ¡derecha!, ¡izquierda!”… y: “¡parece que Armandito le vuelve a ganar!”

Con el brazo agarrado al estilo de los niños conducidos por los padres cuando salen del colegio, y contra lo que era su voluntad de estar libre, y en el mejor de los casos cruzar los límites del cuadrilátero, de un trote descender los escalones y refugiarse en las duchas, Espinosa escuchó la voz que avisaba el resultado; en efecto, había perdido la pelea. Entonces sus ojos pudieron llenarse de un mercurio feroz, como si las pupilas fuesen  la hoguera que sobre el témpano amenazaba con desvanecerlo; inquieto miró al otro y en ese instante también fue lobezno al que se le ha arrebatado la presa, que en su caso era la realidad de otra revancha.

En 1984 también Espinosa tenía dieciocho años, y pese a los mítines organizados por la comisión nacional con el propósito de levantarle el ánimo a él y a sus compañeros, no pensaba en otro asunto que no fuera asistir a las olimpiadas para exterminar a su contrincante en vivo para todo el universo

Dos meses antes, al debutar en los 71 kilos, el mismo contrincante, ese  avileño de apellido Martínez, le había minado su impresionante montaña de victorias. La cima fue un golpe a la quijada de Meldrick Taylor con cuya caída Espinosa alcanzó el primer puesto en el Campeonato del Mundo en los pesos wélter. Perder ahora por segunda vez hubiera carecido de importancia si acaso fuese inaplicable aquella noticia, pero lo que en principio había sido un rumor entre compañeros solidificó una noche en el noticiero de las noticias principales y comprendió que en efecto iba a ausentarse de la competición donde se había propuesto destronarlo.

En broma había llegado a fanfarronear con el momento en el cual le arrebataba el primer lugar olímpico, el flamante oro de Moscú que con dieciocho años había convertido al avileño en gloria de su país. En 1984 también Espinosa tenía dieciocho años, y pese a los mítines organizados por la comisión nacional con el propósito de levantarle el ánimo a él y a sus compañeros, no pensaba en otro asunto que no fuera asistir a las olimpiadas para exterminar a su contrincante en vivo para todo el universo. “Olvídese de Armandito, usté es el que empieza; a quien tiene que demostrarle algo es a loj rusos eso que por su culpa no llegamo a los Ángeles”. Sarbelio Fuentes era su entrenador y tuvo que hablarle duro porque Espinosa en lugar de esperar dando salticos junto a la entrada del ring donde en pocos segundos habría de presentarse aquella tarde de agosto seguía detenido en mitad de un pasillo, chorreando llamaradas y con los puños palpitantes como si tuvieran vida propia. Las paredes habían trepidado de tal manera que poco le faltó para que el edificio se viniese a abajo y todos, empezando por él, corrieron para comprobar qué clase de incidente había ocurrido. Entonces encontraron a Espinosa transformado en una especie de titán resplandeciente.

El consejo parece haber calado lo suficiente y, como también decían los comentaristas el alumno puso “lo mejor de sí” cuando lo llamaron para el primero de los combates. Sus crecientes seguidores disfrutaron cada una de las peleas a las que dio el pecho como si en ellas radicara una última posibilidad. Ninguno podría asegurar a estas alturas, con Espinosa muerto, que la rivalidad deportiva no se hubiera trastocado desde aquel instante en una especie de extraña venganza política; ni siquiera el entrenador podía medir la intensidad de sus consejos y desde la esquina, toalla al hombro, ansioso y enronquecido de tanto vociferarle órdenes como: “aprovecha ahora”, “cuidado con bajal la guardia”, “mira a vel, mira a vel”, veía a su atleta peleando como un espartano para  acabar imponiéndose a fuerza de puñetazos ante un ruso, un alemán y un búlgaro; le faltaron golpes mortíferos y viscerales como el que unos meses antes había aplicado a Taylor, pero ninguno de los árbitros puso en duda su superioridad y, sobre todo, la efectividad de esas demoledoras pegadas con ambos puños.

La carrera de Ángel Espinosa mantuvo el ritmo después y avanzó cuesta arriba al punto de cerrar el año de 1984 con cinco medallas de oro, dos de plata y una de bronce; brillaba en el listado de los púgiles más importante de los 71 kilos y seguiría así por los años subsiguientes, acumulando medallas, sumando victorias y ni una sola derrota en tanto su pesadilla, Armandito Martínez, tuvo la mala suerte de lesionarse y si acaso no retrocedió es porque su andar se hizo tan lento en comparación con la velocidad de Espinosa que ya nunca pudo alcanzarlo en el ring.

Espinosa era imbatible y la comisión nacional y sus entrenadores queriendo un poco más, le recomendaron comer el doble y duplicaron sus tandas de pesas para que llegara al Peso Medio, los 75 kilos

En la Isla nadie soportaba el ímpetu del holguinero que liquidó a Ulises Castillo, a Jorge Guzmán y a una máquina de Pinar del Rio llamada Orestes Solano, su azote en más de un encuentro y del que se desquitó con un gancho a la quijada durante una edición del Campeonato Playa Girón a principios de 1986, año en el que ninguno de los comentaristas dudaba que al fin sería el oro de las venideras olimpiadas, sobre todo cuando el 18 de mayo, a las 4 y 25 de la tarde cubana, en la ciudad estadounidense de Reno un arbitro apretaba su brazo para satisfacción del atleta esa vez, pues indicaba que había vencido al rival de la República Democrática Alemana Eriko Richter y que era suya la mayor gloria en el Campeonato Mundial para Mayores. Espinosa era imbatible y la comisión nacional y sus entrenadores queriendo un poco más, le recomendaron comer el doble y duplicaron sus tandas de pesas para que llegara al Peso Medio, los 75 kilos.

Para su segunda presentación en la nueva categoría, como si fuera en su historia una especie de cábala, terminó perdiendo la pelea. “Cualquiera pierde con ese yanqui, cualquiera”, fueron palabras para apaciguarlo, pero a Espinosa no le hicieron gracia. Y dicen quienes presenciaron el intercambio, sucedido todavía en el aeropuerto, que se puso de pie, en silencio, y por respeto al hombre que consideraba su padre y el padre de los boxeadores se alejó del grupo. Habría pedido una cerveza pero el dinero que llevaba era reservado para invertirlo en una tienda habilitada especialmente para deportistas como él y donde habría de adquirir lo que también denominaba: “pacotilla”, simples obsequios necesarios para su familia holguinera, de manera que debió calmar su frustración con agua de un bebedero público. Acababa de ser derrotado otra vez en mucho tiempo y por si fuera poco no por cualquier peleador, sino pora uno que parecía el azote de los boxeadores comunistas, como si hubiera sido entrenado por la CIA para derrotar a cada uno de los rojos que se le pusieran delante.

Se llamaba Bomani Parker y la pelea  había sucedido en la ciudad de Sacramento donde se desarrollaba otro de esos topes Cuba-Estados Unidos organizados desde hacía tiempo para demostrar que se podía burlar el embargo y que el bloqueo a veces no lo era tal y que dada la inexistencia de conflictos bélicos la mejor manera de que dos gobiernos midieran sus fuerzas era sobre el cuadrilátero. Por eso cuando un boxeador cubano se enfrentaba contra un boxeador norteamericano su cuerpo debía soportar el peso de once millones de almas y hasta el del mismísimo Comandante en Jefe, que se teletransportaba mediante microondas, y porque tanto peso caía sobre sus espaldas tal vez perdiera Espinosa en la ocasión.

En 1987 acabó con cuatro cubanos, dos alemanes, un polaco, un húngaro, un yugoslavo, un uruguayo y a los dos yanquis a los cuales se enfrentó acabó lanzándolos al suelo por nocaut. Era Campeón Mundial de los pesos medianos y orondo se ajustaba el cinturón para derrotar a quien fuera su contrincante en el año de las olimpiadas, mas cuando parecían a punto de anunciarse, cuando se acrecentaba en los entrenamientos y tenía las condiciones para con sus puños enterrar entre números a quien fuera su contrincante, el noticiero de pronto otra vez anunciaba eso de que los cubanos no estarían en Seúl, y en un encuentro con directivos del inder supo que debían solidarizarse con “los hermanos de Corea del Norte”.

Espinosa desconocía que tuviera semejantes lazos sanguíneos en el Asia y probablemente en el momento de escucharlo ni siquiera pudiera localizar el punto del mapa donde se encontraba Pyonyang. Pese a las explicaciones dotadas de frases patrióticas, un cubo de agua fría sobre su cuerpo caliente de tanto entrenar, Espinosa se mantuvo golpeando a troche y moche, y venció a Duvergel, a Richter, a Ottke. En cada encuentro subrayaba esa manera elegante de enfrentar a los rivales sobre el ring, una técnica que afinaba sus pegadas compuestas por un perfecto dominio de sí mismo.

Seguía impresionando y durante otro tope con los boxeadores de los Estados Unidos el mismísimo Ray Sugar Leonard dejaba cualquiera fuera el compromiso para irse a los entrenamientos de los cubanos y, acomodado en un rincón, disfrutar del impetuoso Espinosa quien, nadie sabía bien por qué, y jamás sabiéndolo Sugar, había sido infectado para ese minuto por el virus de la desidia. La exacerbación llegaría a finales de ese año cuando se vio despojado de una pelea contra el último soviético con el que habría de pelear en la capital de un país que ya no existiría más en unos pocos meses.

Fue la cábala adelantada, pues después de esa derrota lo subieron de categoría. Abandonaba los pesos medianos para sobrevivir en los semipesados, donde no falló hasta año y medio después al enfrentarse a Orestes Solano, con quien perdió dos veces consecutivas en competiciones diferentes ocurridas el mismo año olímpico.

Espinosa pudo llegar al fin en una olimpiada en agosto. Tenía entonces treinta y seis años y el tiempo había ejercido una rara influencia sobre él; en apariencias se mantenía joven y brioso pero al mirarle los ojos se le veía cansado. Los años habían corroído su alma como es desgastado el metal por el polvo abrasivo compuesto a base del esmeril. Y semejante pesadumbre se puso de manifiesto en el ring, cuando enfrentó a un italiano que hoy nadie recuerda y después a un polaco que se recuerda solo en los anales de los juegos olímpicos. Ya no era más que el eco de lo que había sido diez años atrás en aquellos días en los que su lucha interna contra un campeón olímpico parecía el combustible que mantenía afinado el motor de su artefacto combativo.

Ángel Espinosa estaba viviendo al fin el sueño de su vida deportiva, pero al despertar no sostenía ninguna medalla y tampoco era ya aquella persona que había peleado por materializar la más inmensa de sus aspiraciones. Desde ese día el mundo no fue igual para él; ni para nadie, la verdad. Estábamos en 1992, Freddie Mercury y la Caballé cantaban juntos: Barcelona.

 


Ilustración de Ricard Opisso. Estampería Económica Paluzié nº 385