En Brasil

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“Me convertía en una observadora (participante) de aquella espontánea obra teatral que iban protagonizando, sin saberlo, una gran variedad de personajes.”

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Unicornios y tropicolas

registro de un observador, trayectos

“La Cuba que estábamos conociendo era otra cosa: hasta nosotros que llevábamos unos cuantos dólares sentíamos hambre porque no había qué comprar.”

Sabrina e Irma (el huracán)

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“El poderoso huracán Irma tocaba tierra cubana el 8 de septiembre pasado tras dejar un panorama desolador en otras islas del Caribe. La entusiasta turista alemana Sabrina arribó dos días antes por el aeropuerto de la ciudad de Holguín, al Noreste de Cuba, inconsciente de lo que era un ciclón.”

“Tilcara dice mi corazón”

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“El abrazo de amigos que hicimos en Tilcara se instaló para siempre en nosotros, y el torrente de energía que allí emana del centro de la montaña también. Tanto es así que ya despidiéndonos sentíamos que el corazón nos latía distinto”.

Buenos Aires, como contabas Joaquín Sabina

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Este sábado, segundo de noviembre, Joaquín Sabina inicia una temporada de conciertos en la Argentina. Once en Buenos Aires, y presentaciones únicas en Rosario, Junín y Neuquén prolongan hasta el 9 de diciembre su permanencia en el país del que hay vastas huellas en su discografía y en su alma. Sabina es también un hombre de lecturas y viajes, viajes y escrituras. Aquí esta crónica e itinerario visual.


leandro estupiñánLeandro Estupiñán vive en Buenos Aires


Por el camarero de Clásica y Moderna, bar-librería de fino gusto ubicado en Callao a la altura de Paraguay, Buenos Aires, supe que tal vez en la mesa donde me sentaba esa tarde o en alguna otra ubicada a saber en qué exacto punto de ese sitio solía sentarse Joaquín Sabina, el cantautor que nunca regresó por allí después que sus relaciones con los propietarios quedaran enturbiadas por una historia donde había muerte y sobredosis. Yo, que he sido sabinero desde hace tanto, que Sabina me ha salvado de muchas cosas, entre ellas la muerte según mi hermano Antonio, estuve por un rato sugestionado con la negra leyenda, y recuerdo que ese día, cuando revisábamos mi libro sobre Lunes de Revolución a punto de ser impreso, aun abandoné el lugar cantando las mismas canciones que repetía desde mi adolescencia, cuando descubrí su voz de antes menos aguardentosa que la de hoy.

A metros de la puerta, buscando por la izquierda y a un extremo de la plaza Rodríguez Peña, yace la loza sobre la que fue plasmada una de esas canciones que escuché y canté hasta el aburrimiento de los demás. Era la época en que empezaba a conocer a Sabina y por él, de otra manera, a Buenos Aires. El hallazgo debe haber sucedido por el año 94 o 95 y podría haber estado yo en un estudio de la radio holguinera donde tantos amigos hice y donde invertí una parte de mis años adolescentes. Hubiera sido la mía una existencia radial si no es porque intereses como la literatura se alimentaban desde antes; a ese medio debo hoy algunos aprendizajes y descubrimientos musicales entre los que queda el del cantautor español.

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Te sentaba tan bien esa boina calada al estilo del Che /Buenos Aires es como contabas, hoy fui a pasear.
Con la frente marchita. CD: Mentiras piadosas. 1990.

Estaría en el primer estudio de grabaciones al cruzar la puerta y de pronto puede que me sorprendiera algún tema del disco Mentiras piadosas, en el mercado desde 1990 y del que escucharíamos a veces algunas canciones como Eclipse de mar, Y si amanece por fin o aquella Medias negras que creíamos escrita por Willie Chirino. Chirino lanzó desde Miami el petardo musical de propagación fulminante en toda Cuba en una época de penurias en que la gente pese a todo bailaba y cantaba y se las agenció para escucharlo aunque el hecho representara supuestos problemas ideológicos. Nunca pusieron la versión en la radio ni en la televisión, pero los de la radio y la televisión, y hasta los funcionarios del Partido y la Juventud Comunista movían su cuerpo con Willie Chirino cuando cantaba Medias negras, o cuando cantaba casi todo, la verdad.

Entonces Sabina no era el refugio de los esnobistas como lo fue después, y tampoco era moda imitarlo poniéndose uno en el papel de truhán, trasnochado y mujeriego. Quienes lo escuchábamos partíamos de cierta identificación con su estilo y con las historias que contaba, no con la caricatura suya que él mismo ayudó a propagar y de la que sabe reírse cuando quiere. Su rostro apenas empezaba a conocerse en la isla porque Pablo Milanés, a través de su fundación, PMRecords, lo había invitado y en La Habana ofreció conciertos y entrevistas. Yo estaba demasiado lejos como para intentar verlo en persona. A setecientos kilómetros lo menos que podía hacer era decirle “¡Hola!” a sus casetes grabados de favor por los operadores de audio.

Pero seguía tan impresionado con la música del español que para la época y como buen cubano lo ponía a todo volumen en la reproductora, y hasta llegué a pedirle al chofer de un ómnibus que en el verano nos llevaba a la playa que por favor pusiera “este”. Le pasé el casete con un disco “de tal Sabina” que reproducido y escuchado por los bañistas produjo en plena carretera una protesta colectiva por la que casi se suspende el itinerario, dado que el chofer lo valoró como un boicot. Aquella turba incluso en días de sol prefería viajar arrullada con el dúo Pimpinela, y de alguna manera el del volante estaba de su lado, pues: “los pasajeros tienen siempre la razón”, dijo, aclarándome a tiempo: “no un pasajero, si no: los pasajeros”. Así sucede en todo país donde impera el gusto de la mayoría.

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Este ladrón atrapado en tus dudas / La rueca de Penélope en Luna Park
Nos sobran los motivos. CD: Nos sobran los motivos. 2000

En materia de gustos musicales aquella gente era menos abierta a nuevas sonoridades que Frida, Con la frente marchita la hacía aullar melódicamente como los mejores lobos de las estepas en noches de luna llena y nosotros mostrábamos lo que creíamos un prodigio a todos los amigos visitantes. Heredé de mi madre esa divertida cocker spaniel y ella vivió con nosotros hasta su muerte por diabetes en 2013. En todo ese tiempo la veía aullar y desgarrarse con el bandoneón sin siquiera imaginar que un día iba yo a vivir en la ciudad a la cual hace referencia el tema desde su título, guiño al tango de Gardel y Le Pera, uno de esos cien motivos para no irse de este mundo, según el cantor.

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Qué poco rato dura la vida eterna / por el túnel de tus piernas, / entre Córdoba y Maipú.
Nos sobran los motivos. CD: Nos sobran los motivos. 2000

La cosa es que tal vez por ese disco, y en particular esa canción, comencé a pensar en Buenos Aires desde otra perspectiva. Sabina me ofrecía un nuevo modo de sentir sus recovecos, uno distinto al propiciado por la Historia, el periodismo o la literatura; incluso, tal vez, al cine. Otra dimensión tomaba la Plaza de Mayo o el cercano barrio de San Telmo en su voz e historias, con sus rimas e imágenes. Ni siquiera podría suponer yo que viviría en una zona colindante a San Telmo y, aunque tampoco alcanzaba a dilucidar  qué clase de lugar era, lo imaginaba maravilloso solo por el hecho de quedar en una postal. O, lo pensé después: tal vez la postal exigida a la chica que se regresaba era de otro tipo, acaso una antiguaya, de las muchas que se consiguen en el mercado de la calle Defensa o en cualquier quiosco de Corrientes. A esa conclusión  llegué cuando mi esposa y yo habíamos bebido mil cervezas en sus bares y San Telmo se me empezaba a parecer demasiado a La Habana Vieja, y si acaso no lo era del todo se debía a la ausencia del mar y al bullicio de músicos y a los bares impecables y a Mafalda sentada en una esquina en diagonal a dos pibes que esperaban a sus compañeros para seguir remolcando una montaña de cartones.

Los siguientes rastros de esta ciudad en la discografía de Sabina llegaron en el disco  junto a Fito Páez, aunque ese no lo escuché tanto como debí haberlo hecho en su momento, tal vez porque no lo tuve en mis manos a tiempo ni a destiempo. Y hoy, no sé por qué complejo mecanismo de la memoria, cuando lo evoco, en lugar de tararear sus canciones me viene a la cabeza una reseña escrita por Joaquín Borges Triana para El Caimán Barbudo.

Pero tal vez el más contundente sentido de esta ciudad lo haya recibido yo en su impresionante 19 días y 500 noches. Algo en el ritmo decía que había más que recurrencia del lenguaje, pese a que la decodificación verbal ocurrió de a poco y tuve que estar asentado en estas tierras para que así fuera. Solo llegado ese momento entendí lo de la jermu; ya había subido a un colectivo y vislumbrado la Bombonera ante la que razoné sobre el verdadero significado de Boca. También había visto que Corrientes y Callao era una populosa intersección que podía tornarse agobiante en ciertos horarios y que estaba ubicada a poca distancia del bar-librería Clásica y Moderna.

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Pero todo se acaba, ya es hora de decirte ciao, / me ha citado la luna en Corrientes esquina Callao.
Resumiendo. CD: Alivio de luto. 2005

Solo tuve que avanzar unas cuadras por veredas colmadas de gente aquella tarde veraniega en que el sol se volvía sanguinario y déspota para, sin preverlo, encontrarme otra vez en la encrucijada, uno de los sitios nombrados sin sentido por mí una y otra vez en el Holguín vaporoso, casi tanto como había nombrado el Córdoba y Maipú en mis intentos melódicos. Incluso desconocía datos esenciales como que Sabina estaba ligado más profundamente de lo que imaginaba a este país, que su conexión partía del amor y determinados hitos de su carrera. El productor de lo que muchos consideramos su mejor disco es un argentino, Alejo Stivel, quien contó en algún momento que, sin menospreciar a sus músicos, le molestaba que en las grabaciones anteriores siempre obligaran a Sabina a cantar. Una madrugada, escuchándolo en su casa madrileña, debió decirle: ¡Así es como tienes que hacerlo, Joaquín!

Argentina andaba con Sabina ya desde su juventud, cuando en aquellos años londinenses se le presentó en forma de mujer y con esa mujer quiso casarse librándose de paso de la reclusión obligatoria que le dejaba el servicio militar. Otra vez, cuando ya era famoso, tuvo un romance de un año  con una “mina” porteña, y gracias a que ella lo abandonó por un tipo más joven poniéndole fin a una relación a distancia hoy tenemos un tema como Dieguitos y Mafaldas. ¡Que viva el desamor!

En otros discos posteriores a 19 días y 500 noches vuelve Buenos Aires y con ella la Argentina, en forma de mujer, de melodía, de hipertexto, de desamparo y recuerdo. Un día caminando por la 9 de Julio me encontré a un náufrago como en su canción Cuando me hablan del destino. También la familia le había despojado de sus bienes y se las arreglaba para sobrevivir en las calles en una situación que, según me contó, a él mismo le daba vergüenza. Cuando nos despedimos, estrechándonos las manos, sintiendo en la mía el polvo y el hollín acumulados en las suyas, pensé otra vez en Sabina.

Había avanzado unos pocos metros y esperaba el cambio de luz. Miré a los lados, me envolvía la hermosa y anárquica Buenos Aires, la que suele acoger al emigrante y es capaz de encantarlo o llenarlo de terrores si a una cirujana de no sé qué anacronismo inmoviliario para estas geografías le da por quejarse de los que toman mate ante sus narices en la pileta. Ella, la ciudad coqueta, distinguida, cultural e inmensa seguía siendo ese bicho ensortijado del que alguna vez habló Sabina; el mismo animal que generoso y cruel seguía avanzando movido por los sueños y la confusión.


Fotos de Rafa Gallar y Lez.

Para disolver al unicornio

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“El río Mekong quedaba muy lejos, el dinero no era tanto, la fantasía de navegación selvática nos empujaba naturalmente al Norte de Brasil”. 


juan martinJuan Martin Angera vive en Catamarca


Demoliendo hoteles

Todo comenzó con un estallido encarnado en el grito de El sordo. AAAAAAh!! Era el recibimiento que me daba al llegar a su departamento de la avenida Chacabuco, lugar que yo visitaba varias veces por semana, sólo que ese día comenzaba a sentirse el olor de un cambio que no dejaba de humear en la cocina de nuestros cuerpos de sedentarios flashadores de departamento. Yo estaba cerca de recibirme y El sordo estaba simplemente disconforme. Ambos habíamos horneado al calor de los paraguayos que fumábamos el anhelo de rodar tierra. Habíamos leído a Kerouac, habíamos visto Apocalipsis Now, Into the wild y nos inspiraba un emergente movimiento cultural tendiente hacia lo aventurero que, sumado a nuestros espíritus movilizados dentro de la quietud de dos envases aburridos, formaban un caldo de cultivo que solo pedía renuncias a los compromisos personales, mochilas prestadas y vacunas contra enfermedades tropicales.

El río Mekong quedaba muy lejos, el dinero no era tanto, la fantasía de navegación selvática nos empujaba naturalmente al Norte de Brasil. Simón llegó con el dato de que un tal Tupac (yoga, literatura, viajes a la India, sustento en base a renta de departamentos heredados) emprendería un nuevo viaje y podríamos encontrarnos con él en Belem do Pará (extremo norte de Brasil), para tomar el barco que nos llevaría finalmente por el río Amazonas hasta su lado peruano. Pero comenzaríamos en Río de Janeiro, donde un avión que partía desde Córdoba haciendo sapito en Montevideo, nos colocaría inmediata y tramposamente, como quien mueve su pieza en un tablero de juego desde un punto a otro distante, saltando varios casilleros. Ya estaba rompiendo una de las primeras reglas en mi estructura ideal de viajero, estaba llegando en avión al primer punto mientras mi héroe mental hubiera comenzado con unos pocos pesos haciendo dedo en la ruta. Sin embargo todo iba a encajar en el diseño de la bomba interior que nosotros mismos estábamos armando. Llegar a Río de un saque significaba cambiar el canal como quien lo hace con un control remoto, y eso para dos tiernos que habían pasado los últimos seis años de su vida jugando con un globo terráqueo, fumando, leyendo y viendo películas resultaba una especie de suicidio identitario.

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Si bien tener un objetivo como el de alcanzar a Tupac era alentador para encarar un viaje tan largo, radicó allí uno de los mayores conflictos con mi compañero de viaje, de quien tuve la sensación de que comenzaba a mudar de piel antes de salir de viaje, con aquel grito que excedía la talla del departamento en el que se daba, donde sacó la euforia de su cuerpo como quien salta arriba de un pomo de pasta. “Dice Tupac que el día previo a salir no querés ir…” me decía El sordo, como llamando a la comprensión en caso de desvarío, la verdad que a mí me jugaba a favor el espíritu de poca planificación e inconciencia sobre el asunto, de hecho preparé la mochila completa para un viaje de al menos dos meses una media hora antes de salir para el aeropuerto. Me había quedado simplemente haciendo cualquier cosa que me viniera en ganas antes de pensar en aprovisionamientos o resguardos. Lo más organizado que tenía encima era una bolsa de fármacos que mi cuidadosa y bióloga madre me había preparado. Me había mandado una encomienda desde Catamarca llena de instrucciones, besos, advertencias y miedos acerca de asuntos penetrantes en la agenda latina de ese momento como la guerra civil en Río de Janeiro o el dengue en Iquitos.

Si El sordo se había desprendido de su euforia en un grito yo, en cambio, estaba dosificando mi naturalmente abundante cantidad que, lógicamente, se potenciaba por el salto cuántico que significaba haberme quitado de encima trabajo, proyectos y novia. En esta etapa previa a tomar el avión, mis días transcurrían entre episodios protagonizados por actitudes experimentales que coqueteaban entre la soberbia y la apatía por el mundo que sentía dejar. Francamente me sentía un sujeto en retirada, entonces el deseo corriente hacia una muchacha, por ejemplo, se traducía en una abrupta y despreocupada invitación a tener romance, cuyo esperable rechazo solo me generaba cierta desvergonzada diversión. Quizá este podría ser un punto de partida para entender la cadena de cambios; un sujeto respetuoso y soñador toma la decisión de finalizar una etapa de su vida con un exilio aventurero. El impacto de los pasajes comprados se traduce en un sujeto desbocado que va jugueteando con la ciudad que dejará, como en aquellos sueños donde uno puede tomar conciencia de estar soñando y comenzar a destruir todo a su paso o abusar de las personas.

Malandro é malandro e mané é mané

Río era todo lo que mis fantasías solían dictarme sobre él. De hecho se daba el lujo de ser mejor, ya que no solo era imagen sino, y sobre todo olor, temperatura y energía. A su vez la realidad era finalmente superada por un diario de viaje de Luis Franco que Manu me había prestado para esos meses, en donde el crack del poeta belicho describía su paso por la ciudade maravilhosa con una precisión y profundidad que me ahorraba la reflexión y hasta la propia escritura sobre el tema. Para cuando el avión comenzó a sobrevolar la bahía de Guanabara, la pastilla natural de éxtasis que mi cerebro guardaba ya había explotado. El sordo, en cambio, conservaba la calma expectante, basta solo recordar lo que cada uno hizo con su euforia antes de pisar el aeropuerto. En ese éxtasis miraba por la ventanilla y escuchaba desde mis ya ortopédicos auriculares la canción que Nash me había guitarreado en el grabadorcito del MP3 días antes de partir. Todo era exacto, Brasil se abría como un escenario nuevo en un videojuego y la canción genial del amigo despedía una vida con nostalgia y saludaba lo desconocido con agitada alegría.

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Llegamos a un hostel que en Copacabana tenía un argentino que nos tocó de compañero de asiento, la improvisación y la casualidad comenzaban a imponerse como método de resolución de las cuestiones más básicas. Diría que estaba, yo al menos, básicamente entregado. Solo quería llegar a un espacio donde alguna porción de gente joven y aventurada girara en torno a mi remolino de entusiasmo. Estaba claramente de joda.

La humedad y el calor del ambiente potenciaban cualquier olor y esto hacía que Copacabana oliera ambiguo; como a frutas pero también como a toalla mojada, realmente excitante. El hostel estaba repleto de extranjeros tipo “lonely planet”, el concepto de hípster aún no terminaba de cuajar del todo en ese entonces, así que las fachas eran muy variadas. Yo quería conversar con cualquiera, pero sobre todo quería hacerlo con empleados del lugar, con brasileros de verdad y en portugués, después de todo el centro de ese viaje eran la lengua y geografía brasileras, los extranjeros enfiestados eran una especie de sana distracción. Pero yo también estaba de joda. Subimos a la terraza donde rolaba un bar, recorrimos los pasillos, ocupamos nuestro lugar en las habitaciones; todo era agitación y mini conversaciones idénticas: “de dónde eres”, “de dónde vienes”, “a dónde vas”. Igual  sentía que toda la experiencia era un bocado demasiado grande para comérmelo de un solo mordisco, sin embargo intentaba hacerlo tirando tarascones al aire y, ahora que lo pienso, creo que el ecosistema energético que formábamos o debíamos formar con El sordo como compañero de viaje comenzó a desequilibrarse desde ese mismo comienzo. Yo con mi euforia estaba comiéndome toda la algarabía solo, era difícil seguramente pararse a mi lado y disfrutar equilibradamente de las cosas, como si me robara todo el oxígeno y solo dejara dióxido de carbono para que respiren los otros.

Uno llevaba una pelota y el otro una pistola, los ojos rojos y la sádica alegría de una araña que se encuentra con una polilla atrapada entre la tela.

Sería precisamente aquella eufórica llegada la vía perfecta para que la vida misma nos pusiera en perspectiva sobre el total de sus posibilidades, como corrigiendo la receta de sustancias que nos movían hasta el momento. Imagino a la vida diciendo: “mmm, a ver a ver… demasiado unicornio en estas cabecitas, vamos con un poco de lobo, otro poco de…”, y puso frente a nosotros y a esa primera hora de la nochecita a un muchachito de islas Bermudas que insistió en ir hasta la playa a fumar su marihuana traída del Caribe y a escuchar mi guitarra. Entonces, con parte del cuerpo aun bajando del avión y la cabeza pidiendo nafta nos fuimos con él, total, no había más plan que dejarse llevar por las circunstancias.

Si la vida había dispuesto este escenario para comenzar a, literalmente, ampliarnos la conciencia, fueron dos muchachos habitantes de aquel morro erguido sobre el mar que veíamos desde la pornográfica arena amarilla los encargados de ponerle fin al estado de conciencia que manejábamos hasta este momento del relato.

Entre ambos formaban una especie de síntesis de la marginalidad brasilera; uno llevaba una pelota y el otro una pistola, los ojos rojos y la sádica alegría de una araña que se encuentra con una polilla atrapada entre la tela. A lo lejos, podía divisarse un policía en clara actitud de libración de zona y el espacio de cara al mar estaba desierto. Probablemente las próximas personas luego de nosotros podrían ser los vecinos de las costas africanas, una vez cruzado el océano atlántico, claro. El terror más novedoso que había sentido hasta ese momento me trepaba por la espalda, mientras los malandros se burlaban de nuestra frágil humanidad relatándonos su guerra civil contra la policía, meciendo su arma, coqueteando con unos repentinos cambios de humor que se balanceaban entre la simpatía demoníaca y la ira descontrolada. Yo al menos, pero creo que los otros dos hicieron lo mismo, abandonaba mi cuerpo entregándome a una especie de autismo, como los bichos que dejan la cáscara de su cuerpo en un árbol y se mudan, renuncian. Ya había hecho lo mismo aquella vez que un policía me increpaba por el olor sospechoso de mis dedos, yo simplemente no respondía, o como relata Capusotto en un programa de radio a propósito de un episodio en que fue víctima de un asalto dentro de una farmacia; simplemente transmigraba. La única estrategia de un cagón.

Volvíamos al hotel en silencio, los garotos no nos habían robado nada más que la tranquilidad.

Recalculando

Ya no había lugar para la euforia que me había llevado hasta allí, ni para las chispas de magia que mi inocencia veía destellar en cada detalle de la erótica Río. Yo solo quería huir de Río, desaparecer de Río. Inmediatamente comencé a pergeñar la salida hacia el norte para el día siguiente, francamente estaba entre aterrorizado y desilusionado. Quién sabe qué cantidad de figuritas y frascos y estatuitas y tonteras derribaron aquellos dos favelados de las estanterías de mi mente en esa playa, mi mente ordenadamente bohemia e inocente, mi mente mágica y amistosa, unicornia o ciertamente pelotuda.

Quizá fue una reacción de mi espíritu, el cual suele no dejarme de a pie, porque en lugar de cumplir con el deseo lógico de ir a acostarme para dormir hasta la hora de tomarme el primer OVNI que saliera con rumbo a Recife o a Brasilia, no importaba realmente, decidí subir a la terraza del hostel para pasear mi cagaso entre los que estuvieran allí presentes. Vino a sentarse a mi lado para preguntarme qué me ocurría una pequeña y latinísima muchacha que comenzó a reírse cuando le conté mi reciente tragedia. “¡Pero cómo eres cagón, argentino! Cómo se nota que nunca ves armas. Deberías visitar donde mi papá en El Salvador, allí sí que ves armas todo el tiempo”. Mientras la vida seguía evidentemente cumpliendo un rol fundamental como ecualizador de mis experiencias, la muchacha seguía hablándome: “Sabes lo que tienes que hacer ahora, ¿no?”. “Sí, seguir viaje mañana mismo”, respondí como si aún me quedase algún resabio de valentía frente a ella. “¡No!”, dijo entre enojada y burlona. “Tienes que salir a la calle, ahora mismo. Quitarte la sensación de miedo de encima, porque de otra manera ese miedo mañana crecerá dentro tuyo y ahí sí que no podrás seguir”. La sola idea de pisar la calle me apavoraba, la ciudad tenía conmigo un promedio de una salida; un asalto, cien por ciento de peligrosidad. Además yo ya no era un personaje de aventuras dentro mío, sino más bien una clara sensación de miedo, es decir que pasé de ser una representación extasiada a ser directamente una sensación sin cuerpo. En el tiempo que acabó de relatar esto último, la muchacha ponía las cosas de forma tal que si no salía, me iba a sentir peor que si me enfrentaba al miedo de reaparecer en una calle carioca.

Así fue que tomado de la mano, y no precisamente por romance, de una morena salvadoreña una etapa menor que yo, encaramos las calles de Río  junto al grupo de extranjeros que había abordado de manera soberbia cuando por la tarde entré por primera vez al hostel, hecho un latino extasiado y confianzudo.

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La noche transcurrió pacífica y divertidamente. Tomamos omnibuses, anduvimos a pie y más allá de una botella arrojada desde un balcón mientras cantábamos en la vereda de un barcito, nada extraño ocurría, al menos en la calle. Yo por mi parte, un poco cagado, pero bien divertido, era un organismo en recomposición, intentando reinventar un personaje que debía disfrutar de las cosas entendiendo que la muerte acecha en cualquier esquina, como si no ocurriera nada, difícil síntesis. El relax de un hombre atento, la alegría de un espíritu calmo, el uso adecuado de las velas frente a los vientos, el festejo de las batallas ganadas en medio de una guerra que continúa todo el tiempo. Síntesis que el natural acontecer de las cosas me empujaba a realizar solo en las primeras ocho horas de un viaje que duraría poco más de dos meses. ¿Qué sigue a esto?, más y más cambios; un desfile de pozos en los que puede caerse todo el tiempo, solo que acelerados por la maquinaria salvaje de rodar, un acelerador de etapas interiores, un video juego espiritual.


Juan Martin Angera vivió en múltiples lugares cuando era chico. Nació en Buenos Aires, pero su vida ha transcurrido en la montañosa Catamarca, al norte de Argentina. Es músico  y licenciado en Periodismo. Compone canciones, escribe en un periódico  e imagina relatos que comparte en las redes sociales.

Fotos: Everton Vila, Carlos Irineu da Costa, Kyle Peyton y Juan Martin Angera.

Japón era mi amiga íntima del colegio. Los tejidos de su madre. Japón eran la guerra y las películas de artes marciales. Las finales de fútbol. Luego, con el tiempo, fueron las técnicas de teatro; el Kabuki y el Buto era Japón. Fue un tsunami un día. Menos de dos semanas allí sirvieron para generar cientos de preguntas y ninguna respuesta. De ahí esta reflexión sobre el silencio, el silencio en el que se sumergia mi cuerpo al transitarlo“.

Japón, un silencio atómico

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Un cubano en la alfombra roja

registro de un observador

Rodado en playas habaneras este año, Agosto es un filme que un equipo de realizadores internacionales proyecta desde 2011. Su última incursión fue en el Festival de San Sebastián, pero antes ha pasado por certámenes de Suiza, Argentina y Francia. Sobre la estadía en La Fabrique des Cinemas du Monde en el Festival de Cine de Cannes cronicó su director


armando capóArmando Capó vive en Gibara


Estoy en la sala de navegación de la UNEAC en Holguín. Logro entrar al correo y descubro que tengo infinidad de mails, pero de ellos hay como quince que tratan de lo mismo y me empiezo a emocionar. Intento que abran pero la conexión es muy lenta.

Vuelvo a las 8 de la mañana, soy el primero. Por fin la noticia: La Fabrique des Cinémas du monde nos ha seleccionado con Agosto, el proyecto de largometraje con guión de Abel Arcos para estar presente en esta edición del Festival de Cannes. No lo puedo creer.

festival de cannes

Contacto en el chat con Marcela Esquivel (una de las productoras, costarricense, graduada, como yo, en la EICTV, la otra es cubana que ahora reside y trabaja en Chile: Claudia Olivera ): “¿Cómo vas con el tema de la ropa?” “¿Qué ropa?”

Una advertencia de Marcela, quien a veces se cansa de sobrellevarme como si fuera un niño: “Capó, lee todos los correos, son importantes. No puedo estar pendiente como si fuera tu mamá… para las presentaciones oficiales debes llevar  traje negro, zapatos negros, camisa blanca y corbata; ah y sería prudente que lleves un paraguas grande.”

Ahora sí, de dónde saco un traje que me sirva y no me sienta ridículo. Si no tengo camisas de mangas largas, zapatos de vestir, cinto ni pantalón de vestir, ¿cómo voy a tener traje?

Empiezo a buscar en el hotel Habana Libre.  Hay unos zapatos carmelitas… me gustan. Me acompaña Javier Ferreiro, español, estudiante de la EICTV: “Esos no te sirven, deben ser negros y con cordones”. Me enseña unos zapatos como de colegial, feos, grandes, con una punta alargada. “Pero esos que me estás enseñando son horribles”. “Son así, aunque no tan feos como estos… con la suela negra y sin hebillas. Las medias deben ser de caballeros, cuando cruzas las piernas no se puede ver más arriba de ellas. Y esos cintos no te sirven, el cinto de vestir es ligeramente estrecho, discreto”.

Sinceramente estoy muy feo. Hace dos semanas no pienso en la película y el guión por el que voy a Cannes, solo en la ropa.  Es absurdo.

Voy de las tiendas del Habana Libre a las del Meliá Cohíba, a Galerías Paseo, a la calle San Rafael, a la sastrería de Obispo, donde al menos aparece el cinto. En el Comodoro hay trajes. El Elegante. La señora me dice que me queda muy bien. Pero una amiga tira varias fotos y las veo después, con la cabeza fría. La verdad, parece que me voy a casar con un traje alquilado. Las mangas son demasiado largas.  Las hombreras no caen donde deben ir.

Sinceramente estoy muy feo. Hace dos semanas no pienso en la película y el guión por el que voy a Cannes, solo en la ropa.  Es absurdo.

Ayer me llamó Dean Luis Reyes, mi amigo crítico de cine, para decirme que en el Miramar Trade Center había unos blazer que me podían servir. Voy y no me sirven por el color, pero encuentro un pantalón. Compro las medias.

Rosa María (mi novia) me llama desde Holguín: “Mi amor, te tengo dos camisas blancas. Ah, y lo mejor: a Jose, el novio de mi hermana, el padre le mandó de Estados Unidos un traje. Costó como seiscientos dólares y yo creo que te va a quedar bien. Te lo mando con la gente que venga de la EICTV al Festival de Cine Pobre. Mi papá te tiene un juego de yugos de plata, lindísimos, dice que él no los va a usar nunca.”

Voy nuevamente a buscar los zapatos. El problema es que uso el treintainueve, un número demasiado pequeño. La señora termina explicándome que dentro de un pedido de doce solo hay un treintainueve y un cuarentaicinco.

Marcela Esquivel me escribe para que dé el visto bueno a mis tarjetas de presentación. Armando Capó. Director. AGOSTO. Pregunta: ¿Cómo andas con la ropa? Ya el tema de mi ropa y el viaje tiene vida propia en Facebook. Mis conocidos y amigos empiezan a hacerse eco de mi angustia. Parece más difícil encontrar la ropa que ir al Festival de Cannes. Le respondo a Marcela: “Es lo más difícil que he hecho en mi vida.” “Uff, Capó, qué difícil es todo en Cuba. Mándame la talla y veré si lo puedo encontrar aquí, si no miramos en internet si los podemos comprar o alquilar en Cannes. Siempre está Zara o HM. Ya no te angusties más”. Y sucede el milagro.

Voy a la Habana y entro por costumbre a una tienda a la que he entrado ya dos veces. Miro los zapatos y pregunto: “¿Ese es un 39?” Me llevo los zapatos y espero a ver si el traje que me mandan de Holguín funciona… y sí: el traje me sirve y me gusta. Ya empieza a despertar la vanidad, puedo decir a todos que me voy a Cannes. Nunca había viajado en primera clase.

Traje que me pruebo en el elegante y que no me queda bienEn París me encuentro en una absurda discusión con la chica que atiende aduanas. He comprado en Duty Free de La Habana una botella de ron Santiago. Aunque está dentro de un sobre transparente sellado me exigen un comprobante que nunca me dieron. Trato de explicar a la chica que es así. Que es el Duty Free de La Habana y que La Habana es absurda, pero no entiende. Me voy molestando más y ella me amenaza con llamar a seguridad y no dejarme entrar a territorio francés. Suficiente. Me despido del ron y sigo adelante.

El aeropuerto de Niza está pegado al mar. La ciudad empieza a subir por las colinas y a los lejos Los Alpes y la nieve. Salgo del avión y el calor me golpea. Empiezo a sudar copiosamente. Las horas de viaje ya salen. Necesito bañarme. Busco entre la multitud alguien con un cartel. Salgo. La gente corre por un taxi y casi me dejo llevar. Un señor muy alto que habla por teléfono lleva el cartel  que necesito.

“Hola”. “¿Bonjour monsieur?” “Armando Capó, Fabrique de Cinema du Monde”. Es mi chofer. Sin esperar, carga mi equipaje y se va a grandes zancadas mientras habla por teléfono. Le persigo hasta la berlina. Me quedo mirando la espiga dorada que adorna el Peugeot y que me anuncia que estoy en el Festival de Cannes. Qué lindo, qué glamour. Peugeot, partenaire oficial. Festival de Cannes.

Mis compañeros de viaje llegan. “Hola, I’m Kamar, from Bangladesh and she’s Sara”. “Hola”. El auto tiene el techo transparente y el sol me castiga. En Cuba a nadie se le ocurriría tener un auto con el techo de cristal.

La carretera va pegada a la costa. El chofer sigue hablando por teléfono y me fijo en la velocidad: ciento cuarenta. Me pongo apresuradamente el cinturón porque ahora inicia una discusión y al menos quiero llegar entero y directamente al hotel, no al hospital.

Salto por el pasillo en el que ponen la alfombra unos trabajadores. Mi habitación es la treintaitrés (tiñosa). Un señor da golpes con un martillo en la pared. Se vira y empieza a recoger apresuradamente las herramientas mientras me pide disculpas. Se van y por fin puedo meterme al baño. A ver si me quito la peste que me acompaña. Abro la ducha y cae el chorro del agua más fría que he tocado en la vida. Grito y salto fuera del baño cagándome en la madre de todos los franceses. Espero, pero el agua nunca se calienta. Y me voy a dormir. Sucio, sin ver Cannes, sin esperar a Marcela que llega mucho más tarde, cansado. Esperando el nuevo día.

El pabellón de Cinémas du Monde está al lado de la playa. Casi todos los pabellones están a lo largo de la playa. Algunos más allá del palacio del festival y otros antes. En la parte de atrás de nuestro pabellón está Radio Francia Internacional y a la izquierda Qatar. Pero muy pocos están dentro del palacio. El pabellón de Venezuela tiene dentro al pabellón de Cuba y está dentro del palacio. Muy simpático. Hasta aquí seguimos juntos. Voy a verlo con Gustavo Rondón, uno de mis compañeros venezolanos. Su proyecto ¨La familia¨, trata de la violencia cotidiana de Caracas. Bromeamos de hacer algo junto. Tal vez un documental sobre los guerrilleros cubanos que pelearon en Venezuela. De seguro la Villa del Cine y el ICAIC nos lo financiarían con los ojos cerrados.

Pabellón de Venezuela y Cuba

Regreso a tiempo para la primera presentación del Pabellón y encontrar a Marcela. No nos vemos desde hace un año en que vino a Cuba como asesora de producción a la EICTV y me confirmó que trabajaríamos juntos. Este primer día es como una luna de miel, todo cariño, así que nos sentamos y nos ponemos al día con los asuntos personales. Llega Walter Salles, nuestro padrino de la Fabrique. Nos unimos en una especie de mesa redonda y empiezo a conocer realmente al resto de mis compañeros. Después nos toca una sesión de fotos con Walter, quien resiste pacientemente a que pasemos todos, con su sonrisa de oreja a oreja te murmura cosas del guión, tal como haría un conspirador.  “Agosto”, mi película, es una conspiración. Acabo de caer en cuenta de que esta es la mejor manera de describir este proceso. Una conspiración.

Nos sueltan temprano este día. Debemos vestirnos y regresar a tiempo para ir a la alfombra roja. Severine confirma que tengo la ropa reglamentaria. Un error. Hay un error. Marcela me trajo corbatas pero hay que asistir con un corbatín en el cuello.

Debo ir al Monoprix, el supermercado donde están los corbatines más baratos (y feos) de Francia. Los corbatines están al lado de las Coca Colas. Uno parece que se ajusta a mi cuello. Nueve euros con noventinueve. Solo me salva del ridículo el que soy extranjero. Pero alguien me confesó a partir de la primera foto que mandé al festival que parecía pobre, argelino y terrorista.

Ahora el agua caliente sí que funciona, pero la plancha no aparece por todo el hotel y el encargado se encoge de hombros. No importa, la etiqueta no dice nada de si la ropa debe estar planchada o no. Me voy con Damien y Jzedi. Ambos hablan español y son argelinos, yo también… casi.

Los zapatos nuevos empiezan a molestarme y el lazo me lo guardo en el bolsillo. No hay que pasar pena antes de tiempo. Aquí todo el mundo viste mejor que yo, desde los meseros hasta los guardias de seguridad. Incluso los paparazzi respetan las normas de la ropa. Damien graba todo con una cámara pequeñita, para la posteridad.

Desde que llegué lo que más me ha impresionado es que no hay tiendas baratas, los súper están escondidos y para encontrar una panadería tienes que caminar bastante. Para llegar al pabellón de la Fabrique cojo por la calle principal hasta el Paco Rabanne, doblo después en Diesel y avanzo hasta llegar a la playa. Cruzo frente al hotel Martínez por la cebra que tiene una pantalla gigante de Transformers y llego a la exhibición del último Mercedes,  custodiado por modelos anoréxicas. Pero hoy no puedo hacer eso. Desde mucho antes de llegar hay barreras y para pasar hay que enseñar las credenciales y la invitación. La última no la podemos sobrepasar. Por aquí debe entrar Cate Blanchet en una limosina, no dos argelinos y un cubano. Media vuelta; hay que flanquear por otro lugar. Los paparazzis nos tiran fotos. No tienen manera de comprobar si somos importantes o no. Todo el mundo se viste igual para entrar a ver la película de la selección oficial así que podríamos ser VIP. Nunca se sabe.

De nuevo las boutiques.  Me detengo en seco. “Damien, oye, ¿ese es el precio del vestido?” “Sí”. Veintiún mil euros. No puede ser. Es una ofensa, sigo choqueado. Que cine ni un carajo. Y es solo el vestido…Los flash me paralizan. Un tipo camina sonriente y los paparazzis corren a su alrededor como en una carrera de relevos.  Damien aprovecha y le tira fotos. ¿Y ese quién es? “¿No sabes?” Qué voy a saber. “Es el príncipe de Mónaco…” “¿El alto y rubio?” “No, ese debe ser el guardaespaldas.”

Al fin llegamos al pabellón. Nos tienen como a los pollitos para pasar la alfombra roja acompañando a Walter Salles. Marcela ya estaba preocupada por mí. “Capó, por favor, mira que los franceses creen que los latinos llegamos tarde a todos los lugares.” Es la hora de colocarse el corbatín y soportar las bromas. Mi camisa blanca es para corbata y este corbatín barato no ajusta bien. Otra lección, hay una camisa distinta cuando llevas corbatín, el cuello es más pequeño.

Los directores por aquí, con Walter. Los productores van todos juntos después. ¿Noooooo? Sí. Este es un festival de cine de autor. Salimos, los guardias de seguridad nos rodean para cruzar como los seiscientos metros hasta la alfombra roja del cine principal. Se hablan por walkie talkies y nos detienen y nos hacen avanzar como si fuéramos un rebaño. Lo somos. Hasta nos protegen de los paparazzis. ¿Para qué, si yo lo que quiero es que me tiren fotos? Damos la vuelta por atrás del palacio y llegamos de improviso a la alfombra roja.

Ahora sí. La gente está apiñada junto a la baranda. Los fotógrafos tienen banquitos sobre los que se suben. Hay un pequeño momento de paz. Y es que somos nosotros y no Cate Blanchet quien está pasando. El tipo que arrea nos empuja y caemos en medio de la alfombra. Cada vez que mi madre enseña el video, la gente celebra mi ecuanimidad  y la sangre fría con que me separé del grupo para destacarme. Todo un señor. La verdad es que salí tarde del empujón y no pude mantenerme en el grupo que se movía para los fotógrafos. La seguridad es mi concentración en mantener el equilibrio. Y sonrío de la misma forma que lo hacía cuando era estudiante y me atrapaba el director llegando tarde. Simplemente no sabía qué hacer. Estoy como pescado en nevera, absolutamente convencido de que hago el ridículo pero con la certeza de que ya no hay vuelta atrás: estoy en la alfombra roja.

Momento en que el paparazzi se lanza debajo del vestido de la actriz

Subimos las escaleras y Marcela se agarra de mi mano. “Capó, que emoción, dijeron tu nombre”. “¿De verdad?” “¿Sí, no lo oíste?” Los asientos tienen el nombre de la persona que lo va a ocupar para que nadie se equivoque. Por ejemplo: Joe Kancisky y Cate Blanchet. Wao, estoy solo dos filas delante de Cate Blanchet. Por la pantalla enorme del cine vemos cómo prosigue el desfile de gente importante en la alfombra roja. Un tipo se tira abajo del vestido de América Ferrera. El teatro entero grita y le pone un poco de emoción al drama que disfrutamos en vivo.

Son los últimos en llegar. Entran Cate y América. La gente aplaude y voltea mirar. América tiene un vestido muy feo, la verdad el tipo que se le lanzó debajo de la falda tiene un muy mal gusto en vestidos. Es metálico brillante, con un hueco que atraviesa toda la parte delantera y las tetas agarradas como si se las hubiera enyesado. Aprovecho y me saco un selfie con Cate Blanchet.

La película empieza y poco a poco me voy adormeciendo hasta que me caigo completamente. Despierto y trato de ver pero está fuera de foco. La película suena muchísimo y es que hay una batalla de dragones fuera de foco. Tardo unos segundos en darme cuenta de que he dejado caer mis gafas 3D. Me las pongo y las imágenes toman sentido. Ante mí How to train my Dragon II, La película de dibujos animados por la que he desfilado en la alfombra roja. Qué vergüenza venir a Cannes, desfilar por la alfombra roja a ver dibujos animados… pero qué se le va a hacer. Volver al hotel va a ser toda una odisea con dos ampollas nuevas en los pies.

Llego tarde de nuevo. Con la manía de puntualidad que tienen los franceses y Marcela que me lo ha recordado. Ayer fueron solo cinco minutos y como he adelantado algo mi reloj no estoy seguro de si estoy a tiempo o no. Entro justo para pedir a Cristóbal un café y sentarme en la mesa antes de que el productor llegue a la cita. Ya le estoy cogiendo el gusto a eso de los pitch.  Como los deportes de alto riesgo, desprende adrenalina.

Entre la gente con la que hablamos hay de todo.  Desde a los que solo les importa el dinero y ven en un buen guión la manera de asegurar una tajada, aunque después las decisiones que toman pueden no ser las mejores para la película pero sí para asegurar la parte que les debe tocar, hasta los que se enorgullecen de producir las películas que les gustan, descubrir nuevos talentos y que cada vez la aventura sea distinta, con diferentes obstáculos. Estos son los productores que necesitamos. Y casi siempre son los que encontramos.

Una presentación básica es: “Soy fulano, mi empresa se llama ¿?, tengo la película tal en la sección. El año pasado produje X que fue premio en Berlín, tengo dos  películas en posproducción, una de ellas con el director vietnamita que ganó la Semana de la Crítica hace dos años y otras con un nuevo talento del Congo y dos a punto de empezar el rodaje.”

Estamos buscando coproductores que les interese participar en un proyecto donde no van a ganar dinero, que es una aventura  y posiblemente habrá infinidades de incomprensiones y dificultades en Cuba. Donde se respete la esencia de la película y la mirada del autor y además aporten el dinero.

Después nos toca presentarnos a nosotros y debemos hacer hincapié en el porqué mi productora es de Costa Rica, en el porqué no tengo y posiblemente no tendré dinero de Costa Rica o de Cuba. Explicar cómo pensamos que podríamos financiar el proyecto y qué tiene de novedoso e interesante esta película para ellos. Como son inteligentes, casi siempre nos responden con las cuentas o conclusiones que han sacado mientras hablamos. Y son más o menos estas:

“Que ‘Agosto’ es un proyecto que no está dentro de la política editorial del instituto de cine cubano, que Costa Rica difícilmente apoye porque transcurre en Cuba, con actores cubanos y director cubano. Que es una ópera prima de un director joven que solo ha realizado documentales de autor (más o menos extraños), que difícilmente Cuba y Costa Rica puedan llegar al veinte por ciento del dinero total. Que los coproductores extranjeros deben poner el presupuesto para el rodaje y la posproducción, y además nos deben ceder el control creativo…”

Sí, básicamente es eso. Estamos buscando coproductores que les interese participar en un proyecto donde no van a ganar dinero, que es una aventura  y posiblemente habrá infinidades de incomprensiones y dificultades en Cuba. Donde se respete la esencia de la película y la mirada del autor y además aporten el dinero. “Ah… qué bien, entonces estamos en sintonía. A mí me encantan las aventuras, voy a ver los documentales de Armando y envíenme el guión. Yo acabo de pasar dificultades parecidas con la película de Vietnam. No pudimos utilizar técnicos franceses porque no nos otorgaron la visa. El instituto de cine de Vietnam no nos apoyó y el dinero salió entre las aportaciones de la directora y el equipo técnico que por supuesto no cobraron nada para asegurar un por ciento de la peli. El dinero de rodaje y posproducción fue todo del fondo francés y el fondo noruego…”

“Gracias, les mandaré el guión pero aun no tengo la versión final al francés”. “Puede ser en inglés pero que sea una muy buena traducción”. Así será. “Un gusto, seguimos en contacto”. Se va y me pregunta Marcela: “¿Cómo te parece que nos fue? Me da buena onda y me cae bien, además, me parece que fue un muy buen encuentro. Respuesta de Marcela: “A mí también.” Creo que esto solo puede pasar en Francia.

Quiero seguir viendo películas pero Marcela no me deja. Hay que ir a las fiestas. Para volvernos a ver con los que hemos hablado o con otros nuevos, para encontrarse con los responsables de los fondos, con seleccionadores de los festivales, los distribuidores. Este es un universo de relaciones personales, y el capital de todo productor empieza en los contactos. De ahí sale todo. Y: “Capó, no viniste aquí a ver películas, viniste para poder hacer una”.

de fiesta

Las entrevistas con productores se repiten con variaciones todos los días. Con mejor o peor onda, con más o menos entusiasmo. Casi todos nos piden el guión y prometen ver mis cortos. Algunos vuelven y se toman un café, una cerveza. Me despachan y hablan en francés con Marcela sobre números y obligaciones contractuales. O me interrogan concienzudamente sobre la vida, Cuba, mis motivaciones para hacer la peli.

Hay quien me dice que le cuente la película, cómo va a ser visualmente porque acaba de ver mi documental La marea y quiere saber si se parece a lo que ha visto o es totalmente experimental y en blanco y negro como Nos quedamos.  Marcela abre los ojos y trata de hacerme señas: que experimental no…. Pero no hace falta, claro que no va a ser tan experimental, ni tan lenta como La marea. Ni con esa distancia de los personajes…

Nadie tiene tiempo aquí en Cannes, la gente se va pronto o tienen otras reuniones, así que esos veinte minutos que nos dedican son muy importantes, por eso cuando vuelven es un gran gesto y significa que de verdad les interesa el proyecto. El primer encuentro es solo para vernos, nadie quiere trabajar dos años con un director que sea insoportable. O con un productor ingenuo o mala persona (las dos variantes son igual de dañinas).  Entonces en este primer encuentro nos vendemos todos para saber si hay filing. Si podemos tener algo en común con el otro. Si vale la pena.

Cannes me parece una pasarela y no un festival, pero puede ser porque los otros festivales deberían parecerse a este. Con tres autos de los que hay aparcados cerca se financia mi película y los que están en el frente del Hotel Martínez equivalen a todo el dinero que da el Fondo de Cinema du Monde, que es varias veces el dinero que da Ibermedia en un año. Lo del traje, las normas de etiqueta, la extraordinaria seguridad que acompaña todo el evento, la comida cara, los paparazzi y el champán que me dan en todos lados me siguen pareciendo absurdo.  Cannes es un gran negocio para los hoteles, para la localidad, para las boutiques y la televisión, para el cine y el sistema de estrellas. Aquí se vende un sueño, un estilo de vida, una ilusión.

No me acuerdo muy bien de lo que me decían que era el cine de autor. Pero me es inevitable pensar en las convenciones de la UNESCO y ese invento francés que es la diversidad de las expresiones culturales. Y pienso en lo bien que se amolda el cine de autor a la necesidad de proteger las industrias culturales francesas del capitalismo norteamericano. A la gran France en deuda con sus excolonias y  tal vez por eso esa vocación del cine del mundo, de apoyar cinematografías emergentes, de descubrir… al contrario de los Estados Unidos, que son un imperio joven y aun no presentan signos de culpa.

Pero también aquí hay gente buena, gente que sueña el cine como arte, que cree en el autor, que quiere hacer películas en un país como Cuba, a pesar de las dificultades y sin que el ganar dinero sea el motivo fundamental. Gente que te puede amar desinteresadamente. Por eso vale la pena estar aquí. Ponerse un traje;  aceptar la etiqueta y las normas. Y la respuesta básica a la pregunta que me hacen los productores: “De los posibles festivales a lo que podría ir Agosto para ser estrenado, ¿cuál crees que sería el indicado?”, tiene una sola respuesta posible: Cannes. Total, ¿qué puedo hacer en Cuba con mi traje?


Armando Capó Ramos nació en Gibara. Estudió pintura, pero como no se consideraba un artista plástico eligió la dirección y se fue al ISA. La ficción no le iba bien y opta por la documentalística, carrera que estudia en la  EICTV. Ahora pinta acuarelas por placer y está terminando su primer largo de ficción. Y ya no quiere hacer documentales.
Fotos del autor.

Moscú o la venganza del capitalismo

registro de un observador

En uno de sus últimos libros Beatriz Sarlo habla de lo que ella denomina saltos fuera de programa, que vendrían a constituir “la esencia misma del viaje: un shock que desordena lo previsible, rompe el cálculo y, de pronto, abre una grieta por donde aparece lo inesperado, incluso lo que no llegará nunca a comprenderse del todo”. Algo así fue mi encuentro con la VDNJ.


lauraLaura Sesnich vive en Buenos Aires


Llegué a Moscú como turista en pleno invierno ruso. O tal vez exagero, porque Román, el taxista que me llevó desde el aeropuerto a la ciudad me aseguraba que ese día el tiempo era muy bueno: “la temperatura no llega a menos diez grados”.

En el camino iba mirando por la ventanilla las construcciones grises, las fábricas, los carteles escritos en ruso y hasta el nuevo estadio que se estaba construyendo para recibir el Mundial de Fútbol el año que viene; sin embargo, recién terminé de convencerme de que estaba en Moscú (y que Moscú era una ciudad llena de sorpresas) cuando ese mismo día, más tarde, puse un pie en la Plaza Roja.

Esa plaza en la que yace el cuerpo de Lenin en su mausoleo de mármol rojo y negro, que recibe en mayo las celebraciones por el Día del Trabajador, y a partir de 1945 los desfiles militares que conmemoran la victoria soviética contra los nazis, estaba convertida en una especie de feria, de parque de diversiones. La adornaban luces, globos y banderines de colores entre stands  dispuestos para la venta de artesanías, peluches, gorritos, juguetes y demás chucherías estratégicamente ubicados frente a un escenario que daba la espalda al Kremlin y sobre el que dos parejas enfundadas en vistosos (y abrigadísimos) trajes tradicionales cantaban canciones infantiles a una multitud de niños entre los que se mezclaba un adulto disfrazado de oso bailarín. Suele decirse que los rusos gustan de extender sus festejos varios días, el enorme cartel de “Feliz Año Nuevo 2017” en pleno febrero lo confirmó.

Feria en la Plaza Roja

Moscú o la venganza del capitalismo

Este espectáculo infantil montado frente a las oficinas de Vladimir Putin estaba auspiciado por las famosas tiendas GUM (siglas para: Principales Tiendas Universales), ubicadas frente a la Plaza Roja. El GUM es uno de los lugares más representativos de Moscú, no porque sea un bellísimo palacio decimonónico de más de doscientos metros cuadrados que figura en todas las guías y folletos turísticos, sino porque a través de los vaivenes de su asignación de funciones se lee la historia misma de Rusia.

Fue construido en la época zarista como centro comercial, pero luego de la revolución Stalin lo utilizó como edificio administrativo e incluso como mausoleo a su esposa. Más tarde adquirió las funciones de gran almacén o tienda departamental que siguió siéndolo hasta su privatización tras la disolución de la URSS.

Blas, mi profesor de ruso, conserva el recuerdo del GUM durante su juventud en la Unión Soviética: un enorme mercado en el que las josiaikas iban a hacer las compras para la familia, una especie de Mercado Central dentro de un palacio ruso con techo vidriado. El edificio donde antes se vendían zapatos, pollos y remolachas para el borsch es hoy un shopping de lujo donde tienen sede las marcas internacionales más lujosas (Gucci, Armani, Hermès…) con precios imposibles para el ciudadano común. Y es que Moscú es un poco eso, la gran venganza del capitalismo.

En 1958, Gabriel García Márquez resumía las impresiones de su viaje a la entonces URSS con el título “22.400.000 kilómetros cuadrados sin un solo aviso de CocaCola”. Al leerlo vino a mi mente el hecho de que, casi sesenta años después, mi primera foto en Moscú fuera a un cartel de McDonald’s escrito en caracteres cirílicos. García Márquez ilustraba su relato con cifras colosales que daban cuenta de la contundencia de ese título (ciento cinco idiomas, doscientos millones de habitantes, etc…); en la Rusia post soviética esas cifras y ese título se resignifican y son también una forma de dimensionar los efectos contradictorios de un país cuya población adulta nació y se crió en otro.

Stalin y Messi

Del mismo modo que el GUM es testigo de esos cambios en Moscú es posible encontrarse a cada paso rincones o escenas que dan cuenta del pasado comunista en el presente capitalista. En las tiendas de souvenires las mamushkas de los dirigentes soviéticos y las de las figuras del deporte y el espectáculo se mezclan sin distinción, y así la lógica de la mercancía posibilita la extraña convivencia entre Stalin y Lio Messi. Las enormes filas que en la época soviética se agolpaban frente al mausoleo de Lenin para presentarle sus respetos hoy están conformadas en su mayoría por turistas curiosos, atraídos por el morbo y la conveniencia de la entrada gratuita. Los carteles de las grandes cadenas yanquis, incluida Coca-Cola, abundan por toda la ciudad.

Doscientas hectáreas de un enigma soviético

En uno de sus últimos libros Beatriz Sarlo habla de lo que ella denomina saltos fuera de programa, que vendrían a constituir “la esencia misma del viaje: un shock que desordena lo previsible, rompe el cálculo y, de pronto, abre una grieta por donde aparece lo inesperado, incluso lo que no llegará nunca a comprenderse del todo”. Algo así fue mi encuentro con la VDNJ.

Sin embargo, en lugar de entrar allí llamó mi atención una construcción enorme (piensen en algo enorme y después tripliquen ese tamaño, esa es la medida de “enorme” en Rusia).

Era el día más frío de mi estadía en Moscú y mi amor incondicional por la perra Laika me hizo salir hacia el Museo de la Cosmonáutica a pesar de los más de veinte grados bajo cero. Mucho abrigo mediante me dirigí hacia el sector norte de la ciudad, más exactamente a la estación VDNJ de la línea naranja del metro, junto al museo. Sin embargo, en lugar de entrar allí llamó mi atención una construcción enorme (piensen en algo enorme y después tripliquen ese tamaño, esa es la medida de “enorme” en Rusia).

El arco coronado por una estatua de bronce de una pareja de campesinos levantando sobre sus cabezas un atado de trigo me atrajo como un canto de sirena. Caminé hasta el arco y lo atravesé con algo de recelo. Pasados algunos minutos no había venido todavía ningún policía con ushanka y cara de pocas pulgas a decirme que me retirara, entonces me adentré para encontrar de repente un predio poblado por construcciones tan hermosas como soviéticas. Carelia, Armenia, Bielorrusia, Kirguistán, Ucrania… cada uno de esos edificios llevaba el nombre de una de las repúblicas de la ex URSS, pero el misterio persistía: ¿qué era ese lugar?

Esa pregunta me acompañó durante el recorrido por ese predio nevado, vacío de curiosos pero repleto de hoces y martillos. Detrás de la obligada estatua de Lenin se encontraba un edificio alto rematado con una estrella en la punta, decorado con doce columnas y en lo alto los escudos de cada una de las repúblicas que conformaban la Unión Soviética en el momento de su construcción. Pasando ese edificio había otros, dedicados al arte o a la tecnología, junto con aviones, helicópteros y cohetes espaciales de tamaño real. El edificio con el nombre de Ucrania era simplemente deslumbrante. Casi no me crucé con nadie, solo tengo el recuerdo de alguien que parecía ocuparse de tareas de mantenimiento y de un hombre de unos cincuenta años y sonrisa nostálgica que me pidió le sacara una foto frente a una fuente vacía.

Lenin y pabellón principal de la CCCPPor la extensión del predio no pude recorrerlo entero. Tampoco pude, durante el tiempo de mi visita, dilucidar qué era o había sido ese lugar. Lo primero que hice cuando volví al hostel (y se me desentumecieron los dedos) fue meterme en Internet para tratar de averiguar dónde había pasado la tarde. Recién ahí supe que había estado en un lugar casi mítico, la VDNJ, siglas para “Exposición de Logros de la Economía Nacional” (hoy Centro Panruso de Exposiciones), un predio construido en 1939 para celebrar las hazañas tecnológicas y los logros económicos de la Unión Soviética. Dispone de cientos de edificios y una superficie de más de 200 hectáreas, lo que es casi cinco veces todo el territorio del Vaticano.

Hoy por hoy, mi recuerdo de la VDNJ es una sensación indescriptible de caminar fascinada por un lugar maravilloso sin tener la menor idea de qué se trataba. Mi ignorancia fue una bendición. La posibilidad de haber visitado ese fragmento de historia soviética sin ningún tipo de información previa me permitió conocerlo sin expectativas ni decepciones, y constituye una prueba personal de aquello que dice Sarlo: “las experiencias inolvidables están hechas de materias perfectamente casuales”. Más que la Plaza Roja o la Catedral de San Basilio, la VDNJ es el rincón de la experiencia vivida que más atesoro de mi breve paso por Moscú.


Laura Sesnich nació y se crió en Puerto Santa Cruz, un pueblo remoto de la Patagonia argentina. Vivió varios años en La Plata, donde estudió el Profesorado en Letras. Es profesora de la carrera de Letras de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y le apasionan los idiomas (sobre todo el ruso). Trabaja en su tesis de doctorado en la UNLP mientras planea futuros viajes por ahí.

Fotos cortesía de la autora.