Como las clases medias mexicanas

registro de un observador

Mi vida se permeó de una atmósfera nueva a partir de ese momento, era como si de pronto hubiera dejado de pertenecer a esa clase media con pretensiones y hubiera escalado a una desde la cual podía conocer el otro lado del mundo sin necesidad de endeudarme.


marcoMarco Antonio Franco Flores vive en Ciudad de México


En noviembre del 2005 estudiaba el séptimo semestre de la licenciatura en Ciencia Política y Administración Pública en la Universidad Nacional Autónoma de México, una universidad pública, gratuita y de gran prestigio en el ámbito local e internacional. Mi tío Francisco Díaz me llamó por teléfono para preguntar si me interesaba viajar a China, con todos los gastos pagados, lo cual me sorprendió y emocionó mucho. Formo parte de esa clase media mexicana que difícilmente puede realizar un viaje tan costoso, ya que carece de la posibilidad de viajar a un país tan lejano con el ahorro de unos meses, menos con los de unas semanas.

Generalmente las clases medias en México sueñan con tener más de lo que realmente pueden conseguir, viven un poco el modo de vida “gringo o yanqui ”, ese que sueña con tener su gran casa alejada de los pobres, un gran auto a pesar de dejar sus tarjetas de crédito endeudadas y vestir a la moda, aunque la moda sea la llamada “Fast Fashion”; dicho de otra forma, sueñan con ser como las clases que no se endeudan para lograr tener todo lo anterior, y entre ello un viaje a China. Quizá por representar fielmente esa clase me emocioné hasta los nervios y le dije a mi tío que sí, que iría.

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Mi vida se permeó de una atmósfera nueva a partir de ese momento, era como si de pronto hubiera dejado de pertenecer a esa clase media con pretensiones y hubiera escalado a una desde la cual podía conocer el otro lado del mundo sin necesidad de endeudarme. Me veía en la Gran Muralla China observando el horizonte como aquellos guerreros que desde ahí esperaban a sus enemigos para aniquilarlos.

Pasaron unos días y comencé a concretar los trámites. Mi tío, quien me había preguntado si tenía Visa Americana, a lo cual contesté que no, había hecho la compra de los boletos. Haríamos escala de cuarenta y ocho horas en Madrid y Amsterdam antes de pisar el país oriental donde permaneceríamos dos semanas. El regreso tendría las mismas escalas e igual cantidad de días.

Obtuve el pasaporte sin ningún contratiempo y del mismo modo concreté el visado. Tenía todo en regla para el viaje, aunque lo emprendería sin saber chino ni inglés; por cierto, ¿a qué iría a China? Mi tío me dijo que a realizar unas compras y yo no objeté nada, pero conforme se acercaba la fecha me aclaró que era para realizar un viaje de turismo y de paso comprar ropa; algo así como ir de compras a China porque sí.

Saldríamos de la Ciudad de México el viernes 2 de diciembre a las once de la noche y arribaríamos a Madrid en la mañana del día siguiente. Me encargué de avisarle a algunos profesores de la universidad; también a mi novia de entonces. Ella se puso muy contenta por el viaje, tanto que hasta le hizo saber a sus hermanos y padres, quienes con gran cortesía me regalaron unos euros que tenían guardados por ahí. También ellos tenían acostumbrado viajar a Francia en verano para visitar a una hermana y como a veces les quedaban algunas monedas y billetes los compartieron conmigo.

Por cierto, ¿a qué iría a China? Mi tío me dijo que a realizar compras y yo no objeté nada, pero conforme se acercaba la fecha me aclaró que era para un viaje de turismo y de paso para comprar ropa; algo así como ir de compras a China porque sí.

Era la primera vez que saldría del país. La emoción crecía. Se trataba de cruzar “el charco”. Viviría algo inédito. Con otro tío conseguí una cámara de video para grabar lo más destacado del viaje. La noche previa no podía dormir de la emoción imaginando cómo sería estar en pleno Beijín sin saber nada del idioma local, aunque me consolaba sabiendo que mi tío, quien iba como por cuarta vez en el año, ya sabía la manera de comunicarse valiéndose del inglés como lengua “neutral”, acompañándose de las señas.

Finalmente llegó el día. Me levanté temprano a terminar de acomodar la ropa bastante organizada ya. Por la tarde mi padre, mi novia y un amigo me llevaron al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, Benito Juárez. Llegamos puntuales, justo tres horas antes del despegue, tal como lo indican las reglas internacionales de aviación. Mi tío apareció escasos minutos después. Documentamos el equipaje, me despedí de mis acompañantes y junto a mi tío ingresé en la sala de espera.

Sin mayores contratiempos abordamos el vuelo, despegamos y luego de un par de horas el piloto anunció zona de turbulencias. El mapa indicaba que estábamos volando sobre Florida, Estados Unidos y ya empezaba a sentirme lejos de casa. Pasó una hora más y llegó la hora de la cena. No recuerdo qué dieron pero tengo fijado perfectamente que había vino tinto y para celebrar el viaje hice un brindis con mi tío. Lo grabé con la cámara, que no sabía usar a la perfección y, por cierto, estaba con la batería a menos de la mitad.

Pasaron varias horas luego de la cena y mi tío y yo nos quedamos dormidos. Luego fuimos sorprendidos por la voz del piloto, anunciaba que prácticamente sobrevolábamos Portugal. Por la ventana se veía un espacio lleno de luz y alcanzaba a observar algunas poblaciones. ¡Europa estaba a la vista! Minutos después anunció que estábamos por aterrizar en el Aeropuerto de Madrid-Barajas. Habíamos llegado a España.

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Recogimos los equipajes, conseguimos un mapa de Madrid y localizamos una zona de hostales para dormir. En la noche del día siguiente viajaríamos a Ámsterdam.

El primer contacto con España y los españoles ocurrió en una oficina de Migración, sin ningún problema salvo la mirada inquisitoria del guardia que observaba fijamente mi pasaporte y posteriormente mi rostro, como esperando algún error de mi parte para impedirme el paso. Yo estaba sonriente por haber cruzado “el charco”, pero el oficial no cambiaba el gesto hasta que dijo: “Adelante”, en tono imperativo –quizá imperativo para quienes venimos de la América Latina, que aún se siente agraviada por el saqueo durante la colonia y que no es más que un resentimiento que hay que dejar atrás o resignificar– mientras apuntaba a la salida.

Mis primeros pasos por Madrid fueron en el metro, que comparaba con el de la Ciudad de México. Este era un metro aseado, sin la sobrepoblación en los vagones, sin vendedores ambulantes; aunque con músicos de esos que piden una moneda a cambio de una canción. No recuerdo el género, eran hombres de tez negra y llevaban saxofones y violines; tocaban con tal armonía que debí regalarles una moneda de un euro. Luego de ponérsela delante reparé en que  había entregado el equivalente a 15 pesos mexicanos. Con relación a mis posibilidades económicas era una locura, sobre todo si consideraba que con 30 pesos podía vivir un día en mi ciudad.

Después de regalar medio día mexicano llegamos a una estación muy cerca de la Plaza Puerta del Sol. Lo primero que hice fue sacar la cámara y grabar imágenes de Madrid. Estas debían haber contenido mucha gente con banderas españolas, algo que llamó mi atención, parecía un mitin político. Luego supe que el presidente José María Aznar festejaba el día de la Constitución española (según me comentó el recepcionista del hostal en el que dormimos. La Constitución cumple años el 6 de diciembre pero por algún motivo, que nunca supe, se festejaba ese fin de semana). Grabé durante algunos minutos pero acabé guardando la cámara, la batería estaba casi descargada.

Caminamos mucho hasta encontrar un hostal de buen precio. Era casi la una de la tarde y el famoso Jet Lag se estaba haciendo presente, no sabía qué hora era en México ni me importaba pero estaba cagado de sueño, se me cerraban los ojos como cuando sufría desvelos, padecía resaca o viajaba en colectivos llenos en las mañanas frías para irme a la universidad. No podía mantener los ojos abiertos y al llegar a la habitación me tiré a la cama. Mi tío hizo lo mismo, dormimos y despertamos a las seis de la tarde.

Habíamos perdido casi cinco horas durmiendo, dejamos de conocer lugares que sólo se pueden apreciar de día, como algunos museos; sin embargo platicamos y acordamos que el domingo sería un día para caminar, conocer y recorrer el famoso Museo del Prado.

Intenté cargar la batería de la cámara  pero no tuve éxito debido a que ignoraba que las conexiones eléctricas no son iguales en todo el mundo. Me sentí muy frustrado. No había podido grabar gran cosa y decidí que en lo adelante grabaría hasta donde la batería lo permitiera.

Madrid fotos Kaloian-10Encontramos un lugar de nombre VIPS. Cenamos un tipo de pasta no recordable más que por la anécdota. Luego caminamos por la famosa Gran Vía, llegamos a las no menos famosas Fuente de Cibeles y la Puerta de Alcalá. La vista era muy interesante y linda, quizá por lo novedosa para mi vida o quizá porque simplemente así es ese pedacito de Madrid, realmente inolvidable.

Decidimos buscar algún bar para probar las famosas tapas españolas. En el camino liquidé la batería grabando todo lo que veía. Llegamos al bar en medio de una lluvia y con un descenso de la temperatura algo agresivo. Se registraban cerca de 4 grados y si no sufrimos frío fue porque íbamos muy bien cubiertos y porque en la Ciudad de México a veces ese clima no es ajeno y estábamos ligeramente acostumbrados.

En el bar probamos las tapas: pan con jamón serrano y queso manchego, un autentico manjar para nuestros paladares. No sé exactamente cómo describir los sabores, que aunque no me eran ajenos, ahí, en esa atmósfera y a lo mejor por aquel vino tinto español, alcanzaron un rincón muy especial de mi memoria y me dejaron muy satisfecho y contento. Las tapas y el vino pusieron mis pies sobre la tierra, me sentía realmente en España aunque no hubiera tenido gran contacto con los españoles. A las doce y media de la madrugada decidimos volver al hostal para descansar y continuar el viaje al siguiente día.

Platicamos poco mi tío y yo, él durmió mucho durante el vuelo, yo vi una película con la hermosa Scarlett Johansson, con quien no me pude concentrar demasiado pues a cada minuto me estremecía con mi infortunio.

Pusimos las alarmas para levantarnos a las ocho y treinta, con la idea de conocer un poco más durante la jornada del domingo.Platicamos de lo interesante que habían sido el recorrido, luego nos dimos las buenas noches y nos dormimos. De pronto, apenas una hora después, mi tío se despertó abruptamente diciéndome que le dolía la cabeza, que se tomaría algún medicamento y así lo hizo. Se volvió a acostar y a dormir pero como una hora después volvió a despertarse adolorido, juraba que con cada minuto la molestia se hacía más grande. Me preguntó si lo quería acompañar al médico; yo no entendía lo que le estaba pasando de manera que mi tío salió y regresó con la noticia de que se sentía tan mal que había decidido cancelar el resto del viaje a China, y que por tal motivo había hecho un cambio de vuelo. Regresaríamos a México en la mañana. Estuve un rato pensando en lo que me había dicho hasta que caí en la decepción. Entonces volví a dormirme.

Despertamos a las siete de la mañana y nos pusimos a guardar el equipaje. Avisamos a la familia que debíamos regresar y salimos al aeropuerto. Platicamos poco mi tío y yo, él durmió mucho durante el vuelo, yo vi una película con la hermosa Scarlett Johansson, con quien no me pude concentrar demasiado pues a cada minuto me estremecía con mi infortunio.

En México nos esperaban mi padre, mi novia y uno de mis amigos. Mi padre decidió llevar a mi tío a su casa y yo me fui con mi novia, quien me había esperado ridículamente con un ramo de flores; ridículamente digo porque mi viaje duró aproximadamente 48 horas y me parecía una burla, sentía que vivía el momento más patético de mi vida.

Tuve que reconfortarme riéndome de la situación, explicando a mis amigos con sarcasmo que solo había ido a cenar a Madrid un fin de semana, como lo hacen las grandes burguesías de México, esas que no saben en qué gastar su dinero y de pronto se arman un viaje a Estados Unidos o Europa para festejar o comprar alguna frivolidad.

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Al pasar de los días platiqué con mi tío sobre su estado de salud y me comentó que el médico le había diagnosticado una posible embolia debido a que había viajado mucho ese año y había subido mucho de peso. Todo eso le estaba causando el problema de presión que le había originado el fuerte dolor de cabeza. Luego me explicó que había decidido, correctamente desde mi punto vista, volver a México porque en Ámsterdam sería muy costoso presentarse a un médico y que en China no tendría muchas posibilidades de entenderse con ninguno.

Estuve un poco frustrado por ese tiempo, pero después comprendí que esa microhistoria de mi vida había sido un parte aguas y un verdadero estímulo para intentar salir al mundo y conocer otros lugares distintos. Hoy, cuando recuerdo ese viaje me río de la situación y disfruto porque mi memoria sea lo suficientemente benévola como para no hacerme olvidar los detalles descritos. Unas semanas después del regreso llevé el cassette de video a un amigo para que lo pasara a un formato de disco compacto y nunca lo pudo pasar. Quedó traspapelado entre los múltiples cachivaches de su casa y un día desapareció.

Hoy digo con ironía y un acento “fresa” (o como dicen en España: pijo; en Argentina: cheto; en Colombia: gomelo, en Cuba: Mikey; en Venezuela: sifrino; etc…), que me fui de fin de semana a España para subrayar que mi posición social sí me permite salir a Europa un viernes y regresar el domingo. Como si fuera un gran logro ostentar, al estilo de las clases medias mexicanas.


Marco Antonio Franco Flores es mexicano, analista político y de medios de comunicación en su país; politólogo por la Universidad Nacional Autónoma y pasante de maestría en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de La Plata, en Argentina. Ha trabajado en libros y revistas académicas dedicadas al análisis de la enseñanza de las Ciencias Sociales y ha colaborado con el periódico El Universal, en México.

fotos de Scott Umstatt, Frank Lopez y Kaloian Santos Cabrera.

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Sonidos de espanto y muerte

registro de un observador

En el pasado número y bajo el título “Cronología de cosas que fueron aconteciendo”  presentamos la primera parte de este texto, originalmente una serie de mensajes de correo electrónicos destinada a familiares y amigos. Hoy culminamos la entrega, testimonio de lo que vio y sintió el autor mientras se desempeñaba como corresponsal en Damasco, Siria, de la agencia de noticias Prensa Latina.


luis brizuelaLuis Brizuela es periodista radicado en La Habana


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Diciembre de 2012

Mi amistad con Fady crece por días. Le debo en gran parte el conocimiento que poco a poco adquiero sobre hábitos y costumbres de este país. Ha dejado de ser el “molesto” gallo de mi desentrenado espíritu de madrugador para convertirse en el colega imprescindible que saca del apuro cuando guardias de seguridad o custodios solicitan pasaporte, indagan, cuestionan mi presencia en algún sitio. Comparto con él varias horas de cada jornada, desde el temprano recorrido que hacemos hasta el Ministerio de Información -donde trabaja-, pasando por la humeante taza de té de la cual me ha hecho aficionado como parte del desayuno. Luego es mi brújula en los largos recorridos por oficinas de trámites, zonas de la ciudad, mercados, calles y avenidas; traductor siempre de los crípticos caracteres y diálogos en árabe.

A Fady le duele la violencia que sacude y desangra su país, añora los días en que solía sacar a sus pequeños a cualquier parque, sin temor de que una bala o un coche bomba le arrancara sus mejores frutos con alevosa impunidad. La guerra lo ha privado de muchos amigos. Uno de su misma edad, con quien creció en la natal aldea de Rabow, cerca de Myssiaf, provincia de Hama, falleció día atrás, perdido en la nebulosa de un coma irreversible después que un proyectil opositor le atravesara el cuello y fracturara tres vértebras.

Atentado con coche bomba frente a casa - 29 abril 2013 B

Atentado con coche bomba. 29 abril 2013.

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuenta con nostalgia de las blancas noches de un Damasco siempre insomne, de gente despreocupada caminando a deshoras, de zocos y comercios a punto de reventar, de plazas sin mendigos ni mujeres pidiendo limosnas, del frenesí turístico que oteaba cada rincón de un país de milenaria historia. Los perros de la guerra mordieron esa paz, y aunque no lo dice, sé que a Fady, como a una gran cantidad de sirios, también. “¡Hay, Siria! ¿Qué te han hecho?”, lo he oído lamentarse en varias ocasiones. Y en ese momento siento algo de vergüenza por pensar en tantas ocasiones que esta guerra no es mía, de observar la situación del país con ojos y actitud de turista, escudando cualquier consideración en lo estrictamente profesional.

¿Cómo permanecer imparcial cuando, por los motivos que sean, se asesina a gente inocente, niños que no saben nada de política, mujeres que solo viven para atender a sus esposos e hijos? ¿Es justo que mueran por odios o mezquinos intereses de algunos, gente como Fady, su esposa, hijos, amigos? Da lecciones de dignidad y entereza sin pronunciar palabra, cuando va al mercado y compra la mercancía del más humilde de los vendedores, de quien todos se burlan por tener las naranjas un poco más pequeñas que el resto. Con él voy aprendiendo lo mejor del alma siria, su nobleza y gallardía, su alegría y constancia para salir adelante.

Me llama con premura cuando explota un coche bomba o lanzan un mortero cerca de mi apartamento. “No salgas de la casa, no te muevas”, aconseja; y le hago caso como a un hermano mayor. Siente que mi vida está en sus manos: se ha convertido en mi talismán; quizás en el más corpóreo de los tantos ángeles de la guarda que aquí me acompañan.

Espada de Damasco

Monumento conmemorativo de la Espada Damasquina. Plaza de los Omeyas. Damasco.

El día que parta hacia mi tierra sentiré despedirme de él. Será uno de los tantos sinónimos o imprescindibles recuerdos que vengan a mi mente cuando alguien me pida valorar, narrar los aspectos más importantes de mi viaje por el mítico país del Levante.

 

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“En ocasiones es necesario alejarse de la cosas, para verlas de cerca”. Ignoro de quién es la frase. Hace unos días la recordé cuando escribía a un buen amigo. La retomo porque resume la condición de viajero en la que me he convertido, hambriento de mundo y nuevas experiencias, pero que no ha olvidado el lugar de donde proviene ni a sus seres queridos.

Ando distante de casa y el año toca a su fin. Tiempo de recuento y de nostalgias multiplicado. La fecha obliga a hacer un alto, valorar lo recorrido, pautar nuevas metas de cara al porvenir. Los doce meses que culminan fueron especialmente buenos para mí. Nunca hice tantas cosas ni viví a la velocidad que me impusieron estos 365 días. El arribo a los “ta” marcó un viraje en actitudes, conceptos, planes. Año de hallar nuevos amigos y salir a explorar otras partes del mundo por vez primera. Periodo de viajes hacia adentro y hacia afuera. Crecimiento, madurez, esperanzas renovadas, podría resumir.

En la lejanía cada momento agradable o doloroso destapa la evocación de familiares y amigos: los queremos cerca para compartir los ratos buenos; lejos, para evitar que teman o sufran ante escenas y noticias desagradables

Viajar cambia las perspectivas, aclara el cristal por donde se asoman nuestras valoraciones, destierra dogmas; despeja el camino hacia la tolerancia, el respeto y el reconocimiento de diferentes maneras de ser, pensar, actuar. Viajar concreta sueños y puede llegar a sobrepasarlos; abre puertas a amistades, culturas, ideas; moldea, transforma, revoluciona. Jorge Mañach diría que el hombre es más culto en la medida que es “hombre viajado”, aventurero, explorador desafiante. Imposible aprender las complejidades de la vida sin respirar cada circunstancia, sin dotarnos de la capacidad de poder y saber elegir una entre múltiples opciones. Y para crecer, madurar, ascender, -que de eso se trata la vida-, es imprescindible algo más que leer libros o escuchar los testimonios de otros. Que nadie cuente lo que podamos y estemos dispuestos a experimentar en carne propia, a pesar de riesgos y peligros incluso para la propia vida.

Todo viaje implica a su vez pérdida, separación; caldo donde ebullen nostalgias y miedos que frustran los intentos de avanzar, que inmovilizan, marchitan y hasta pueden truncar la existencia. Mi lejanía no es la del desterrado o exiliado que sufre su estancia en tierra extraña y hosca, que mira con amargor al horizonte sabiendo vedados los caminos de retorno al hogar. Mi estancia en otras partes del globo palpa cada instante, intenta atrapar cada sabor, olor, sonido, sensación, imagen en pensamientos y textos, a fin de compartirlos luego con familiares y amigos.

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Edificios de Doummar. Damasco.

Anduve de paso por la desproporcionada Moscú, ciudad de dimensiones inabarcables, hecha a la medida del espíritu de un pueblo de recias costumbres y no menos férrea resistencia ante el clima y los avatares que ha debido enfrentar en la historia. Quedé fascinado por sus monumentales construcciones y el cronométrico metro y estaciones cinceladas con inigualable belleza. Damasco me abrió las puertas a una cultura distante y cercana a la vez, a personas nobles, generosas, hospitalarias, que intentan construir un país a la medida de sus sueños, donde sus hijos puedan crecer en paz y ser útiles. También me mostró los horrores –y errores-, de la guerra, esa hoguera donde se queman sin parar vidas de gente inocente, de niños y mujeres, por enquistados odios, mezquindades, ambiciones pueriles.

He conocido los sonidos del espanto y la muerte, del temor que acompaña cada paso que pudiera ser el último si una bala, un petardo, un mortero o un coche bomba deciden pararnos los relojes. Pero también he fortalecido la esperanza, el deseo de que la guerra termine mañana, que se pueda comenzar otra vez, haya paz y el regreso sea una certeza. En la lejanía cada momento agradable o doloroso destapa la evocación de familiares y amigos: los queremos cerca para compartir los ratos buenos; lejos, para evitar que teman o sufran ante escenas y noticias desagradables. Cuando se anda lejos bañamos nuestras ansiedades en cábalas y augurios, dejamos que nos unjan energías, buenos pensamientos y seres –ángeles quizás-, que uno termina por sentir, aunque no los vea.


Luis Brizuela Brínguez es Licenciado en Periodismo y Máster en Ciencia Política, egresó del XIII Taller de Técnicas Narrativas en el Centro Onelio Jorge Cardoso. Trabaja como periodista en la Agencia Latinoamericana de noticias Prensa Latina para la cual ha sido corresponsal en Siria y Bolivia.

Fotos cortesía del autor.

Amigos migrantes

registro de un observador

No hay cubano sin anécdota que contar sobre la migración. Amigos, familiares y conocidos que se alejan de forma transitoria o definitiva dejan en quien permanece en la isla una sensación de vacío, confusión y soledad. 

Dos mujeres y treinta días por el Sudeste Asiático

registro de un observador

“La historia de mi viaje se cuenta en plural, dos amigas moviéndose hasta el otro lado del mundo (basta con decir veintiocho horas de viaje); consciente, pero a la vez presintiendo las grandes diferencias de nuestras culturas”.

Cronología de cosas que fueron aconteciendo

registro de un observador

De noviembre de 2012 a septiembre de 2013 Luis Brizuela fue corresponsal de la agencia de noticias Prensa Latina en Damasco, Siria, en lo que sería su primera experiencia periodística fuera del país; tenía entonces 30 años y su objetivo era trabajar y tratar de amparar la existencia; pero, a partir de ese momento la vida y su sentido se transformaron por completo para él. Originalmente el texto que reproduciremos en dos partes fue escritos para sus familiares de Cuba a manera de mensajes electrónicos


luis brizuelaLuis Brizuela es periodista radicado en La Habana


A las dos y treinta de la madrugada del 8 de noviembre la nave de Syria Airlines se interna, es absorbida por el espeso manto de nubes que, como de costumbre, se deshace en una desprejuiciada lluvia sobre la ciudad. Pienso en muchas cosas. Ando en paz, pero camino a una nación en guerra. Por la ventanilla diviso la luna en cuarto menguante y se me antoja un presagio para quienes intentan hacer de la violencia un lugar común, su casa.

Diez mil pies debajo. Aparece de vez en vez la explosión luminosa de grandes ciudades o se intuye la presencia de pequeños conglomerados humanos por el esquivo titilar. Va despertando el día y con cada metro que desciende el avión se aproxima una nueva aventura, retos de los cuales sacaré otras lecciones. Habrá que cuidarse en extremo para seguir contando y viviendo. A las 5:05, cuando el tren de aterrizaje se posa sobre la pista, inicia mi camino hacia Damasco.

∗∗

Como toda gran ciudad Damasco es lugar de contrastes, la capital habitada más antigua del mundo. Hace honor a ese linaje de unos siete milenios. A primera vista parece reñida con el color; los altos edificios y residencias, de fachadas terrosas y ocres, son una continuación de las montañas que la circundan, como si hubiesen emergido de aquel agreste paisaje. Por momentos la arquitectura se vuelve monótona, de trazos rectos y reservados, sin embargo al interior existe un mundo de decorados y detalles magníficos, coloridos.

De antenas parabólicas anda sembrada la techumbre, metálica selva por donde mirar al mundo, atisbar costumbres, absorber el desarrollo y preservar la identidad. Hacia el firmamento, espigados, se alzan los minaretes de las mezquitas, otra suerte de antenas por donde los mortales corderos de Alá intentan comunicarse con ese ente de verticales mandatos, quién sabe si en el fondo malinterpretados. Damasco murmura, invoca salmos y penitencias, ora sin descanso su credo y el de los fieles que postran su fe sobre el Corán, como medida de todas las cosas.

Vista de Damasco al atardecer desde Monte Qassyoon

Vista de Damasco al atardecer, desde Monte Qassyoon. Foto: cortesía del autor.

Aún en medio de gélidas temperaturas el centro citadino reverbera. Gente que va y viene por cientos de miles desbordan aceras, pelean contra un tráfico neurótico que esquiva a los peatones kamikazees, al osado viandate que desafía las columnas de vehículos modernos, taxis, minibuses, buses, camiones y motocicletas. Damasco revienta de comercios, tiendas, mercados, puestos, bazares, bulevares, sitios improvisados para vender y vender hasta el delirio. Muchas tiendas para varios millones de almas que buscan como hormigas, sedientas, hambrientas, desnudas, urgidas de vestirse por fuera y por dentro. Sabor a aceituna, a falafel, a higos y dátiles secos, a la explosión colorida de frutas y verduras. Ciudad ungida de esencias aromáticas, cremas, jabones, inciensos; gusta de enamorar el paladar con el picor lujurioso de especias y semillas. Urbe horneada cada madrugada junto al pan sagrado donde sus hijos envuelven los mejores deseos de subsistencia.

Damasco es el hotel Dame Rose y el Cham Palace, la Calle Recta, la Citadele, la espada y la torre que llevan su nombre, la moderna Universidad, la Biblioteca Nacional, el Zoco Al-Hamidiyya, la Gran Mezquita de los Omeyas, Sheikh Saad, cada anchurosa avenida o raquítico callejón, las suntuosas mansiones de barrios residenciales o las casuchas de los periféricos cerros donde se escalona la miseria. Ortodoxa por momentos, cada vez más permisiva, tolerante, ecuménica; de mujeres enigmáticas cuya belleza muestran sin tapujos o la cubren tras un velo de pudores y represiones; de jóvenes alegres con negrísimas barbas, distraídos, enganchados a los modernos artilugios de la comunicación; que marcha vestida de ejecutivo, de engrasados overoles, de opresivos jeans, de abrigos, suéters y sobretodos.

Hierve la ciudad a la sombra de sus 45 grados veraniegos; que tirita y se agazapa alrededor de las estufas cuando las ventiscas la rebozan de nieve. Ciudad de cruces de caminos, entre la tradición y la modernidad, ufana hasta los arqueológicos cimientos de su estirpe milenaria. Damasco de luces y sombras, de días como peces; de mil y una noches deslumbrantes, selváticas, infinitas, tantas como las historias que le nacen a diario y estimula a contar.

Escribo el despacho cablegráfico sobre lo ocurrido cuando dos explosiones enervan otra vez los nervios. El terror vuelve a golpear, y cerca. En el propio Al Mezzeh, muy cerca de donde vivo, impactaron dos proyectiles de mortero. El primero hizo blanco en la avenida Villas, una zona muy concurrida, donde se registraron dos lesionados graves; el otro, en un complejo residencial en construcción

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La medianoche está instalada. No hay películas para anestesiar el aburrimiento y darle visa temporal a la soledad. La cama espera por la monótona faena de sostener un cuerpo, más cargado que cansado por el fardo de distancias, ausencias, recuerdos. Entonces la detonación estremece todo. Un sonido distinto, nada semejante ni de tal magnitud había escuchado después de 10 días en una expectante Damasco que no merece vivir tanta zozobra.

Al momentáneo silencio sobreviene el ruido de sirenas. El corazón anda aún encabritado. ¿Qué hacer? ¿Pararse, mantenerse sentado, apagar las luces, llamar a los pocos cubanos que conozco aquí? Tomar decisiones. Dilemas. Llego a la ventana de la sala. Descorro la cortina. La calle, al frente, al igual que los balcones y ventanas de los edificios circundantes, se salpica de cuerpos, rostros e inquietudes. Todos lo saben: fue muy cerca de aquí.

Atentado con coche bomba frente a casa - 29 abril 2013

Atentado con coche bomba, 29 abril 2013. Foto: cortesía del autor.

“Una bomba explotó minutos después de la medianoche de hoy en un estacionamiento del barrio de Al-Mezzeh, en esta capital, sin que se reportaran víctimas. La carga de 40 kilogramos, escondida dentro de un automóvil, fue detonada a distancia. Varios de los vehículos aparcados alrededor quedaron totalmente destruidos”, escribiré horas después en mi primer despacho del día, tras personarme en el lugar del hecho, temprano en la mañana.

El lente de la cámara se inunda de destrucción, de rostros pasmados y tristes, de miradas que claman en silencio por el fin de tanta violencia en un país en el que hace apenas dos años, se podía caminar por las calles a altas horas de la madrugada sin temor a encontrar la muerte sembrada en cualquier recodo, automóvil, tanque de basura o alcantarilla.

Escribo el despacho cablegráfico sobre lo ocurrido cuando dos explosiones enervan otra vez los nervios. El terror vuelve a golpear, y cerca. En el propio Al Mezzeh, muy cerca de donde vivo, impactaron dos proyectiles de mortero. El primero hizo blanco en la avenida Villas, una zona muy concurrida, donde se registraron dos lesionados graves; el otro, en un complejo residencial en construcción. “Son considerables los daños materiales”, referirá la correspondiente nota, minutos más tarde.

Escribir en un país en guerra, narrar las historias cotidianas y hacerlas comprensibles, atendibles, interesantes, resulta un reto. Cada bando en pugna lleva su cuota de razón, o no. Transitar sobre la cuerda floja de la objetividad y la intencionalidad obliga a análisis mesurados, a mantener distancia prudencial de los apasionamientos y las verdades inamovibles. Los lectores merecen observar el cuadro de la guerra con las mejores pinceladas, con líneas firmes y colores lo más parecidos a la vida real.

Tumba de Juan Bautista en Mezquita Omeyas

Tumba de Juan Bautista en Mezquita Omeyas. Foto: cortesía del autor.

Los despachos informan, dan cuenta, registran para conformar más tarde, quizás, la Historia. Ninguno de ellos, sin embargo, expresa el posible terror de quien narra, sus dudas, sus zozobras, sus anhelos. Al menos no de manera directa. Lo que no dijeron los cables, lo que no fue noticia en el cast de la agencia este domingo, es que las explosiones con bombas y morteros fueron las primeras y más cercanas de las cuales he estado desde mi llegada a Damasco. Es previsible que volverán a ocurrir y seré testigo -ojalá y no protagonista-, quien sabe cuántas veces, de mucha destrucción y muertes injustas e innecesarias. Quería dejar registro de este acontecimiento, que ojalá no se vuelva frecuente o se instale en mi memoria como algo normal, tolerable, definitivo.

La muerte anda con pies de plomo por este lugar. Ha erigido un reino de incertidumbres y tristezas. En cualquier esquina su paso irreversible puede dar el alto al tiempo, segar vidas, sembrar el caos. El desafío diario es permanecer vivo, a salvo de su gélido aliento.

¿A quién invocar la protección, a Dios, a Alá; a Jesús, Mahoma o a todos los profetas que en el mundo han sido; a la Providencia Divina, a la razón, al sentido común de quienes deciden sobre la vida de sus semejantes; a nuestro instinto de auto conservación?

Pienso que seré un sobreviviente. No puedo pensar de otro modo. Alguien, y quiero ser yo, entre muchos, debe seguir viviendo para contar.

(Fin de la primera parte)

 


Luis Brizuela Brínguez es Licenciado en Periodismo y Máster en Ciencia Política, egresó del XIII Taller de Técnicas Narrativas en el Centro Onelio Jorge Cardoso. Trabaja como periodista en la Agencia Latinoamericana de noticias Prensa Latina para la cual ha sido corresponsal en Siria y Bolivia. Vive en La Habana.