El aire se torna blanco

trayectos

karinaKarina Hernández es licenciada en lengua inglesa


Vivo en Lancaster Park, Alberta, en las afueras de Edmonton. Es como decir que vivo en Holguín, pero en Sao Arriba: Edmonton flecha. Está cerca en carro, pero estás loco si vas a pie, y no hay guagua; o manejas, o te llevan, o pagas taxi, o no sales. Y para más remate estoy dentro de una base militar, una comunidad pequeña donde todo el mundo está más o menos en la misma situación.

Se siente como Holguín, un pueblo pequeño en una isla… y  a decir verdad hay muchos estereotipos de la mujer en la isla que se aplican a mi caso: canto a todas horas, pongo los Van Van a toda voz en pleno invierno, la nieve cayendo y el viento soplando y yo que voy a publicar tu foto en la prensa a toda voz con mi trapeador, o llamando al 443025 con Isaac Delgado. Despierto y me acuesto con música, tengo que oír música a toda hora; la que sea, no importa pero necesito  algo de fondo para mover el esqueleto. Y, bueno, estoy enamorada a morir de The Tragically Hip. No puedo vivir sin ellos.

11698658_10153269076629193_2523090415585973070_nDespués de todo me alegro de estar en Lancaster Park. Detesto las grandes ciudades con tanto bullicio y tanta vorágine. Ni la Habana me gustó nunca por eso, mucha gente. Pero si me preguntan por el país, de Canadá me gusta todo. Las estaciones son diferentes y cada una tiene sus cosas buenas y malas. El verano no es tan caluroso como en Cuba pero la mosquitera es la misma; si no te echas repelente te comen vivo. La humedad relativa puede ser bastante alta dependiendo en qué provincia de Canadá estés; de todas maneras no es lo mismo, y para los cubanos es bastante soportable.

Con el otoño uno nunca se aburre de ver los árboles como se ponen rojos, amarillos y carmelitas antes de secarse y quedarse pelados. El aire huele distinto, no sé cómo explicarlo, pero el otoño tiene su olor particular. Como el clima se va enfriando ahí es cuando te vistes con botines y chaquetas aunque todavía te puedes poner vestidos; es la mejor estación para vestirse bien antes de que entre la bestia del invierno: todo blanco alrededor de uno: el cielo blanco, la tierra blanca. Si tienes buenas botas, un gorro y un abrigo poderoso no importa que la temperatura baje a -30° C porque estarás bien. Cuando todo está cubierto de nieve es como si los sonidos se acallaran, predomina la calma, el aire se vuelve sereno y diáfano, blanco. Ya yo me he acostumbrado al frío de tal manera que en el verano extraño esa cosquillita en la piel, como cuando entras a una habitación con aire acondicionado después de haber caminado bajo el sol.

Lo primero que piensa la gente es que mi marido tiene como ochenta años y que yo lo conocí en el corredor de La Begonia jineteando y no fue así

A Canadá “me trajo mi marido”. Lo primero que piensa la gente es que mi marido tiene como ochenta años y que yo lo conocí en el corredor de La Begonia jineteando y no fue así. Cuando estaba en la universidad, si te ponías dichoso las prácticas pre-profesionales eran con las agencias de turismo, llevando turistas del aeropuerto al hotel y viceversa, luchando propinas a derecha e izquierda, ya fuera por habilidades lingüísticas, carisma, humor, y/o blusas escotadas. En uno de esos viajes al hotel conocí a un muchacho un año mayor que yo, acabado de llegar a Cuba por primera vez de vacaciones con su familia. Me tocó llevarlo al hotel, y aunque hubo sus miradas pícaras (por lo menos para mí aquello fue a primera vista, ¡qué cursi por tu vida!) no pasó nada, pero cuando hubo que llevarlo de regreso al aeropuerto, resulta que me tocó hacer de guía en el bus, y ahí sí intercambiamos email. Y ya, nos escribimos diariamente; yo era punto fijo en el laboratorio de informática en la universidad, y en la oficina de eventos de la Dirección de Cultura. El que me barajara mi tiempo de máquina estaba loco. Luego nos casamos, etc, etc…

No tenía ni puta idea de lo que iba a encontrar fuera de Cuba, solo sabía que venía a estar con mi marido. Lo demás, ni idea; he hallado tolerancia y hasta ahora nunca he experimentado la discriminación en carne propia. La cultura es muy diversa pero lo que me fascina es que todavía exista la cultura aborigen; en Cuba no quedó casi nada comparado con lo que hay aquí. Todavía no he tenido oportunidad de compartir con alguien, pero es cuestión de tiempo, cuando conozca algún nativo lo acribillaré a preguntas.

Soy una gente muy tolerante, tan tolerante que más a menudo de lo que sería recomendable la gente me coge la baja y me pasa por arriba con carretas y carretones. Así y todo, acepto a todo el mundo. Y ahora que lo pienso nunca comparo a los canadienses con los cubanos; los cubanos somos únicos, ¡qué pasa!

988393_10152113038229193_841867714_nEl día en que me dijeron que existían otros idiomas, como a los 4 años, fue una revelación tan grande que nunca me he repuesto de la curiosidad enorme que se despertó ese día. Si por mí fuera hablaría todos los idiomas del mundo. Cuando mi hermano estaba en la secundaria y yo en la primaria lo esperaba para preguntarle si había aprendido palabras nuevas en inglés. Al empezar Lengua Inglesa ya había pasado por la escuela de Idiomas, pero decidí hacer el concurso por la prueba de ingreso porque quería, necesitaba aprender más. Vivir aquí y escuchar los distintos acentos, descubrir palabras, conocer referencias culturales, comprender cómo se forman nuevos términos, ver como se amplían o reducen en su significado, eso  para mí es fascinante. De ahí que sea tan triste que no encuentre trabajo en mi área. ¡Tengo quijada, pero no me dan pan! Tristemente aquí no hay trabajo para traductores, así que el diploma con el título de la universidad no está ni en la pared. Pero, como sé tres idiomas, hablo como un perico. Vengo de una isla donde hay solidaridad de todos los colores así que trabajé como agente de servicio al cliente hasta que lo dejé. El idioma me gustó desde siempre.

Sé que existen comunidades hispanas, pero nunca las he visitado, y si hay cubanos están escondidos. En Edmonton existe un solo restaurante de comida cubana y es… ¡coreano!, sirve dos o tres platos de comida cubana. El pediatra de mis hijos es Colombiano, y su secretaria es latina, pero no sé de dónde. Con ellos hablo español formal. Ahora soy ama de casa y madre de dos bolas de humo. Insertarme son otros 20 pesos.

12072627_10153443915894193_2658117101149310877_nMis recorridos diarios se limitan a las distancias que se puedan hacer a pie, sigo sin aprender a manejar, me da miedo miedísimo… Otro recorrido que no he emprendido otra vez es el viaje a Cuba; vergonzoso, pero cierto; y eso que a mis hijos les hablo constantemente, mucho; ven videos, comen comida cubana, oyen la música… les encanta Compay Segundo, ¡y si los oyen cantando Hasta que se seque el malecón!, se desmayan de la risa. En YouTube hay videos de gente recorriendo los parques y las calles de Holguín, los vemos juntos y les digo: “Miren, por ahí iba yo a comprar naranjas”; “sí, eso es un coche con un caballo”; “vieron qué bicicleta más rara, con un asiento en el costado, es un bicitaxi”. El día empieza para mí con mis hijos, porque ellos son los que me despiertan a besos, y termina en mi reloj, porque si dejo de ver la hora no me duermo. Mis padres vinieron cuando nació mi hija, estaba trabajando y se pudo pagar el viaje. Pero hasta ahora he enfrentado sola la maternidad. Mi marido es soldado y Canadá tiene tropas en muchos países donde hay guerra. Si un día parte a una misión donde el jején puso el huevo y pasa lo indecible: veo el carro al frente y la gente uniformada en mi puerta como aquella escena de Algo más que soñar, mandaré a buscar a mis padres y aguantaré la respiración hasta que lleguen antes de romperme en mil pedazos. Y si algún día el ejército canadiense nos manda cerca del mar me gustará más; entonces Canadá olería a sal.


Karina Hernández nació en Holguín hace suficiente tiempo como para no revelar en qué año. Vivió cerca del hospital Lenin hasta radicarse en Canadá. En la Universidad Oscar Lucero Moya estudió Lengua Inglesa con Francés. Ahora trabaja en la casa y vive en Alberta con su esposo, dos hijos y una perra, según advierte: más loca que una chiva.

Fotos: cortesía de la autora.

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Dos mujeres y treinta días por el Sudeste Asiático

registro de un observador

“La historia de mi viaje se cuenta en plural, dos amigas moviéndose hasta el otro lado del mundo (basta con decir veintiocho horas de viaje); consciente, pero a la vez presintiendo las grandes diferencias de nuestras culturas”.

¡Derecha!, ¡izquierda…!

la crónica apócrifa

El pasado 12 de abril murió en Miami de un paro respiratorio el púgil holguinero Ángel Espinosa, uno de los grandes del boxeo amateur, recordado por su demoledora pegada con ambos puños y el dominio absoluto de los pesos medianos. Si ahora lo traemos de esta manera (apócrifa) es porque se ha hablado recién de pelas y boxeo con el combate entre Floyd Mayweather y  Conor McGregor, y porque en Espinosa se encierra también otro de los dilemas que pasan por esta publicación, el de los viajes interrumpidos, esta vez por causas ajenas al individuo


leandro estupiñánLeandro Estupiñán es periodista y escritor


Ganarían terreno evitando el contacto directo, rompiendo las defensa con giros certeros, movimientos vertiginosos y golpes brutales.  A un ritmo que a la multitud hacía saltar en las gradas, como si estuviera enloquecida, iban demostrando su rabia; sin embargo, ninguno de los golpes con los que ambos trataban de imponerse logró que la pelea fuese un combate totalmente despiadado y la rabia que los llevaba a encararse con total intransigencia luego de cada separación había ido dando pie al agotamiento. Al tercer round el más joven descubrió el flanco débil que supo aprovechar su vivaz oponente y, pocos segundos después de haber comenzado: “le están aplicando conteo de protección” escuchamos por las rendijas del televisor.

Nunca había usado adjetivos como “brutal” o “despiadada” el comentarista, sino que estuvo aferrado a una descripción correcta de lo que definía como un “impresionante pleito”. Los segundos finales se escurrían como la arena de un reloj y los púgiles sin tiempo trataban de derribarse sacando fuerzas cuando escaseaban y a veces solían juntar sus brazos para mantenerse pegados hasta que las manos del árbitro los obligaba a abandonar semejante estado de indolencia. “Tremenda ofensiva de Armandito Martínez”, soltó de pronto la voz ahora más emocionada, y seguido: “¡Izquierda arriba de Espinosa!”, pero: “Armandito se resiste” y: “Espinoza contrataca” y: “¡Armandito!”, “está mayoreando”, “obliga a retroceder a Espinosa, lo arrincona Armandito; le pega con la derecha, ¡derecha!, ¡izquierda!”… y: “¡parece que Armandito le vuelve a ganar!”

Con el brazo agarrado al estilo de los niños conducidos por los padres cuando salen del colegio, y contra lo que era su voluntad de estar libre, y en el mejor de los casos cruzar los límites del cuadrilátero, de un trote descender los escalones y refugiarse en las duchas, Espinosa escuchó la voz que avisaba el resultado; en efecto, había perdido la pelea. Entonces sus ojos pudieron llenarse de un mercurio feroz, como si las pupilas fuesen  la hoguera que sobre el témpano amenazaba con desvanecerlo; inquieto miró al otro y en ese instante también fue lobezno al que se le ha arrebatado la presa, que en su caso era la realidad de otra revancha.

En 1984 también Espinosa tenía dieciocho años, y pese a los mítines organizados por la comisión nacional con el propósito de levantarle el ánimo a él y a sus compañeros, no pensaba en otro asunto que no fuera asistir a las olimpiadas para exterminar a su contrincante en vivo para todo el universo

Dos meses antes, al debutar en los 71 kilos, el mismo contrincante, ese  avileño de apellido Martínez, le había minado su impresionante montaña de victorias. La cima fue un golpe a la quijada de Meldrick Taylor con cuya caída Espinosa alcanzó el primer puesto en el Campeonato del Mundo en los pesos wélter. Perder ahora por segunda vez hubiera carecido de importancia si acaso fuese inaplicable aquella noticia, pero lo que en principio había sido un rumor entre compañeros solidificó una noche en el noticiero de las noticias principales y comprendió que en efecto iba a ausentarse de la competición donde se había propuesto destronarlo.

En broma había llegado a fanfarronear con el momento en el cual le arrebataba el primer lugar olímpico, el flamante oro de Moscú que con dieciocho años había convertido al avileño en gloria de su país. En 1984 también Espinosa tenía dieciocho años, y pese a los mítines organizados por la comisión nacional con el propósito de levantarle el ánimo a él y a sus compañeros, no pensaba en otro asunto que no fuera asistir a las olimpiadas para exterminar a su contrincante en vivo para todo el universo. “Olvídese de Armandito, usté es el que empieza; a quien tiene que demostrarle algo es a loj rusos eso que por su culpa no llegamo a los Ángeles”. Sarbelio Fuentes era su entrenador y tuvo que hablarle duro porque Espinosa en lugar de esperar dando salticos junto a la entrada del ring donde en pocos segundos habría de presentarse aquella tarde de agosto seguía detenido en mitad de un pasillo, chorreando llamaradas y con los puños palpitantes como si tuvieran vida propia. Las paredes habían trepidado de tal manera que poco le faltó para que el edificio se viniese a abajo y todos, empezando por él, corrieron para comprobar qué clase de incidente había ocurrido. Entonces encontraron a Espinosa transformado en una especie de titán resplandeciente.

El consejo parece haber calado lo suficiente y, como también decían los comentaristas el alumno puso “lo mejor de sí” cuando lo llamaron para el primero de los combates. Sus crecientes seguidores disfrutaron cada una de las peleas a las que dio el pecho como si en ellas radicara una última posibilidad. Ninguno podría asegurar a estas alturas, con Espinosa muerto, que la rivalidad deportiva no se hubiera trastocado desde aquel instante en una especie de extraña venganza política; ni siquiera el entrenador podía medir la intensidad de sus consejos y desde la esquina, toalla al hombro, ansioso y enronquecido de tanto vociferarle órdenes como: “aprovecha ahora”, “cuidado con bajal la guardia”, “mira a vel, mira a vel”, veía a su atleta peleando como un espartano para  acabar imponiéndose a fuerza de puñetazos ante un ruso, un alemán y un búlgaro; le faltaron golpes mortíferos y viscerales como el que unos meses antes había aplicado a Taylor, pero ninguno de los árbitros puso en duda su superioridad y, sobre todo, la efectividad de esas demoledoras pegadas con ambos puños.

La carrera de Ángel Espinosa mantuvo el ritmo después y avanzó cuesta arriba al punto de cerrar el año de 1984 con cinco medallas de oro, dos de plata y una de bronce; brillaba en el listado de los púgiles más importante de los 71 kilos y seguiría así por los años subsiguientes, acumulando medallas, sumando victorias y ni una sola derrota en tanto su pesadilla, Armandito Martínez, tuvo la mala suerte de lesionarse y si acaso no retrocedió es porque su andar se hizo tan lento en comparación con la velocidad de Espinosa que ya nunca pudo alcanzarlo en el ring.

Espinosa era imbatible y la comisión nacional y sus entrenadores queriendo un poco más, le recomendaron comer el doble y duplicaron sus tandas de pesas para que llegara al Peso Medio, los 75 kilos

En la Isla nadie soportaba el ímpetu del holguinero que liquidó a Ulises Castillo, a Jorge Guzmán y a una máquina de Pinar del Rio llamada Orestes Solano, su azote en más de un encuentro y del que se desquitó con un gancho a la quijada durante una edición del Campeonato Playa Girón a principios de 1986, año en el que ninguno de los comentaristas dudaba que al fin sería el oro de las venideras olimpiadas, sobre todo cuando el 18 de mayo, a las 4 y 25 de la tarde cubana, en la ciudad estadounidense de Reno un arbitro apretaba su brazo para satisfacción del atleta esa vez, pues indicaba que había vencido al rival de la República Democrática Alemana Eriko Richter y que era suya la mayor gloria en el Campeonato Mundial para Mayores. Espinosa era imbatible y la comisión nacional y sus entrenadores queriendo un poco más, le recomendaron comer el doble y duplicaron sus tandas de pesas para que llegara al Peso Medio, los 75 kilos.

Para su segunda presentación en la nueva categoría, como si fuera en su historia una especie de cábala, terminó perdiendo la pelea. “Cualquiera pierde con ese yanqui, cualquiera”, fueron palabras para apaciguarlo, pero a Espinosa no le hicieron gracia. Y dicen quienes presenciaron el intercambio, sucedido todavía en el aeropuerto, que se puso de pie, en silencio, y por respeto al hombre que consideraba su padre y el padre de los boxeadores se alejó del grupo. Habría pedido una cerveza pero el dinero que llevaba era reservado para invertirlo en una tienda habilitada especialmente para deportistas como él y donde habría de adquirir lo que también denominaba: “pacotilla”, simples obsequios necesarios para su familia holguinera, de manera que debió calmar su frustración con agua de un bebedero público. Acababa de ser derrotado otra vez en mucho tiempo y por si fuera poco no por cualquier peleador, sino pora uno que parecía el azote de los boxeadores comunistas, como si hubiera sido entrenado por la CIA para derrotar a cada uno de los rojos que se le pusieran delante.

Se llamaba Bomani Parker y la pelea  había sucedido en la ciudad de Sacramento donde se desarrollaba otro de esos topes Cuba-Estados Unidos organizados desde hacía tiempo para demostrar que se podía burlar el embargo y que el bloqueo a veces no lo era tal y que dada la inexistencia de conflictos bélicos la mejor manera de que dos gobiernos midieran sus fuerzas era sobre el cuadrilátero. Por eso cuando un boxeador cubano se enfrentaba contra un boxeador norteamericano su cuerpo debía soportar el peso de once millones de almas y hasta el del mismísimo Comandante en Jefe, que se teletransportaba mediante microondas, y porque tanto peso caía sobre sus espaldas tal vez perdiera Espinosa en la ocasión.

En 1987 acabó con cuatro cubanos, dos alemanes, un polaco, un húngaro, un yugoslavo, un uruguayo y a los dos yanquis a los cuales se enfrentó acabó lanzándolos al suelo por nocaut. Era Campeón Mundial de los pesos medianos y orondo se ajustaba el cinturón para derrotar a quien fuera su contrincante en el año de las olimpiadas, mas cuando parecían a punto de anunciarse, cuando se acrecentaba en los entrenamientos y tenía las condiciones para con sus puños enterrar entre números a quien fuera su contrincante, el noticiero de pronto otra vez anunciaba eso de que los cubanos no estarían en Seúl, y en un encuentro con directivos del inder supo que debían solidarizarse con “los hermanos de Corea del Norte”.

Espinosa desconocía que tuviera semejantes lazos sanguíneos en el Asia y probablemente en el momento de escucharlo ni siquiera pudiera localizar el punto del mapa donde se encontraba Pyonyang. Pese a las explicaciones dotadas de frases patrióticas, un cubo de agua fría sobre su cuerpo caliente de tanto entrenar, Espinosa se mantuvo golpeando a troche y moche, y venció a Duvergel, a Richter, a Ottke. En cada encuentro subrayaba esa manera elegante de enfrentar a los rivales sobre el ring, una técnica que afinaba sus pegadas compuestas por un perfecto dominio de sí mismo.

Seguía impresionando y durante otro tope con los boxeadores de los Estados Unidos el mismísimo Ray Sugar Leonard dejaba cualquiera fuera el compromiso para irse a los entrenamientos de los cubanos y, acomodado en un rincón, disfrutar del impetuoso Espinosa quien, nadie sabía bien por qué, y jamás sabiéndolo Sugar, había sido infectado para ese minuto por el virus de la desidia. La exacerbación llegaría a finales de ese año cuando se vio despojado de una pelea contra el último soviético con el que habría de pelear en la capital de un país que ya no existiría más en unos pocos meses.

Fue la cábala adelantada, pues después de esa derrota lo subieron de categoría. Abandonaba los pesos medianos para sobrevivir en los semipesados, donde no falló hasta año y medio después al enfrentarse a Orestes Solano, con quien perdió dos veces consecutivas en competiciones diferentes ocurridas el mismo año olímpico.

Espinosa pudo llegar al fin en una olimpiada en agosto. Tenía entonces treinta y seis años y el tiempo había ejercido una rara influencia sobre él; en apariencias se mantenía joven y brioso pero al mirarle los ojos se le veía cansado. Los años habían corroído su alma como es desgastado el metal por el polvo abrasivo compuesto a base del esmeril. Y semejante pesadumbre se puso de manifiesto en el ring, cuando enfrentó a un italiano que hoy nadie recuerda y después a un polaco que se recuerda solo en los anales de los juegos olímpicos. Ya no era más que el eco de lo que había sido diez años atrás en aquellos días en los que su lucha interna contra un campeón olímpico parecía el combustible que mantenía afinado el motor de su artefacto combativo.

Ángel Espinosa estaba viviendo al fin el sueño de su vida deportiva, pero al despertar no sostenía ninguna medalla y tampoco era ya aquella persona que había peleado por materializar la más inmensa de sus aspiraciones. Desde ese día el mundo no fue igual para él; ni para nadie, la verdad. Estábamos en 1992, Freddie Mercury y la Caballé cantaban juntos: Barcelona.

 


Ilustración de Ricard Opisso. Estampería Económica Paluzié nº 385

Con un campo de trigo

trayectos

La ruta Los Balcanes es un trayecto incorporado al mapa que dibujan por el mundo los cubanos que abandonan la isla. La historia de Gretell, su esposo Albert y el pequeño Kevin, quienes dieron la cara a lo incógnito en 2014 con tal de cumplir un deseo, así lo prueba


gretel (1) Gretell Aguirre trabaja de camarera en diversos restaurantes de Madrid


Por ese tiempo mi amiga La China, un travesti, se había ido por Serbia, cruzó la frontera de Hungría y estaba en un campo de emigrantes. Yo había llamado a la mamá para saber de su paradero y me dio un consejo bastante desalentador; acababan de retornar, de la peor manera, a unos vecinos suyos y me advertía lo que podría pasarme si me iba por ahí. Así y todo llamé a la embajada, quería saber si Serbia seguía siendo libre visado para los cubanos. Me atendió una señora muy amable que preguntó el propósito del viaje. No se me ocurrió nada mejor y le dije que íbamos de luna de miel. Cuando colgué el teléfono tenía a mi marido delante, sonriente me dijo: “Buena idea, legalizamos el matrimonio”.

Fue una semana de correr y  juntar papeles que seguramente nos harían falta. Mi suegra y yo preparamos una lista, entre las cosas a priorizar, por supuesto, debía localizar un vestido de novia. El 28 de febrero hicimos la boda, pequeñita, y Kevin, mi hijo de ocho años, estaba que no cabía de felicidad. Fue él quien me entregó al novio.

Luego sacamos pasaje y el 6 de marzo salimos de La Habana rumbo a Serbia con una escala de siete horas en Rusia. Nos quedamos asombrados de tanta belleza en el aeropuerto de Moscú: perfumes, elegancia. Kevin se veía muy contento aunque había salido enfermito, con una tos un poco rara, parecía asma; le habían recetado un medicamento en La Habana antes de salir y yo veía que no mejoraba.

ruta de cubanos a serbia

Infografía tomada del periodico catalán: La Vanguardia.

En Belgrado, al escuchar que éramos cubanos, como si le hablara a un animal un oficial de inmigración nos ordenó en inglés que nos situáramos al final de la fila.  Me sentí una judía en el fascismo, la verdad. Pasaron como dos horas hasta que nos llamara otra vez y lo primero que me preguntó fue el motivo de nuestro viaje. Respondí que estábamos de luna de miel (a todas estas Kevin pensaba que era así, que íbamos a Serbia de luna de miel, no sabía nada sobre nuestro plan de cruzar fronteras) y  se echó a reír, sarcástico me dijo: “¿A Serbia de luna de miel, por qué? “Es la única posibilidad de libre visado para un cubano interesado en conocer Europa”, dije y me respondió: “Tu sabes que no es verdad, siéntate”. Fui y me senté.

Lo veíamos caminar de un lado a otro, de una oficina a la otra con nuestros pasaportes. Luego se acercó para preguntarnos cuánto dinero llevábamos. Le respondí que tres mil euros, que nos quedaríamos en una pensión a la que podía llamar para asegurarse. Con la misma nos dio la espalda y se alejó. Como a los veinte minutos nos volvió a llamar para ponerle cuños a los pasaportes, y con la misma cara de perro nos dio la bienvenida al país. Le dimos las gracias, caminamos hasta una mesa próxima para pedirle a una chica que nos enviara en taxi y mientras la miraba comenté a mi marido que con la ayuda de Dios en poco tiempo estaríamos en España, a lo que escéptico me respondió con una pregunta: “¿Tú crees?”

aeropuerto de belgrado

Vista del Aeropuerto NIkola Tesla de Belgrado.

En cuanto llegamos a la pensión una señora amable nos dijo dónde comer, eran las dos de la madrugada y lo primero que probamos en Europa fueron unas pizzas margarita. Pasamos tres días paseando por la ciudad, por el centro. Desde la pensión  nos comunicábamos con La China, quien estaba buscando algún contacto que nos quisiera llevar hasta Hungría. Nadie quería hacerlo, es duro el control fronterizo para entrar a la Unión Europea y como las gestiones no daban resultado llamé a mi papá,  le conté que nadie se atrevía a llevarnos hasta España, que probablemente tuviéramos que pasar la frontera caminando. Su respuesta fue el clásico: “de los cobardes no se ha escrito nada”. Después  comencé a llorar, tenía mucho miedo, el niño se ponía cada vez peor por esa tos y me sentía insegura, es la peor sensación que yo haya podido experimentar.

Esa noche no pude dormir, Kevin tosía mucho y en una de esas se quedó sin respiración. Desesperada comencé a gritar y a darle palmadas por la espalda hasta lograr que respirara. Me puse a investigar en Google sobre los síntomas y di con la tos ferina y con que el medicamento que le habían mandado en Cuba lo ponía peor. De pronto recordé que en el barrio de Cuba había una niña con tos ferina, pero sus padres no lo habían podido decir porque unos amigos médicos los persuadieron; en no sé qué año Fidel había dicho que en Cuba se había erradicado la tos ferina, y como saben, eso era santa palabra, no se podía contradecir, debían mantener en silencio el verdadero diagnóstico.

Por suerte La China me puso en contacto con la persona que nos llevaría hasta la frontera, un muchacho con el que hablamos por teléfono y quedamos en vernos a la tarde. Esperó a unas manzanas de la pensión para decirnos que esa misma noche, a la siete, nos recogía en su carro y nos llevaría a los límites de Serbia, sin cruzar la frontera. Kevin había vomitado, tosía mucho por lo cual no sabía si arriesgarnos; pero, como decimos los cubanos, ya estábamos montados en el burro. Sacamos lo imprescindible de las maletas, y algunos recuerdos: el álbum de boda, unos viejitos de yeso que nos regaló una amiga ese día, una virgencita entregada por otra amiga para que nos acompañara, unas mantas y agua. Mi papá me había dicho que comprara un GPS pero a mí se me pasó.

la virgen de la caridad de cobre, en llavero

Virgen de la Caridad del Cobre (detalle).

Subimos al carro del muchacho a las siete y cuando estábamos dentro dibujó un plano en el que indicaba lo que debíamos hacer; apenas entendimos, solo teníamos claro que había que recorrer un camino en forma de C; imagínense. Ese mapa era lo único que teníamos y no lo quiso dejar por temor a que nos agarrara la policía de Serbia. A mitad de trayecto nos cambió a un taxi. Ya era de noche cuando él, que se había mantenido sin hablar una palabra hasta allí, nos dijo que desapareciéramos por una cuneta que se veía desde la carretera. Tratamos de preguntarle algo más y nos sacó repitiendo: “Vamos, vamos”.

Saltamos del auto y a pocos pasos encontramos una cerca. Albert pasó primero y cuando estaba del otro lado le hice llegar a Kevin y después las mochilas. Crucé de la misma forma, también por arriba. Seguí tras él  por un terreno arenoso algo raro, por el teléfono teníamos cinco grados de temperatura y para ganar tiempo empezamos a correr. Más adelante saltamos otra cerca y terminamos en medio de varios sembrados con casitas, como graneros.

Teníamos que movernos en silencio, La China nos había advertido que quienes vivían ahí tenían la obligación de informar a la guardia fronteriza en caso de descubrir intrusos; y así íbamos cuando sentimos a un animal que se nos venía encima y echamos a correr nuevamante. No sabíamos qué era, pero lo imaginamos enorme y no paramos hasta que lo dejamos atrás. Era un perro que debía cuidar ese territorio, porque a partir de un punto no nos persiguió más. Pero el incidente fue suficiente para que Kevin entrara en pánico y yo con él. Le decía a Albert que iba a regresar, me puse muy histérica y a él le tocó ponerse fuerte; se echó a Kevin en los hombros  y me dijo que ni loca podía virar.

Más tarde nos encontramos en un punto muerto, sin rumbo. Albert quería seguir caminando, haciendo una curva, y yo protestaba. “¿Pretendes darle la vuelta a Europa?”, le pregunté en una de esas, desesperada, y tuvimos que reírnos los tres; nosotros los cubanos igual que los delfines, con el agua hasta el cuello pero riéndonos. Echamos a andar otra vez. No veíamos nada y nos sentimos perdidos. Kevin se puso a llorar, me dijo que creía ser muy chiquito para esa aventura. Otra vez quise volver y Albert volvió a ponerse duro conmigo.

Al rato divisamos un hueco y paramos para beber agua. Era una especie de escalón en el terreno y me quedé con Kevin, pero Albert, que estaba inspeccionando, dio un resbalón y cayó en un agua apestosa. No sabíamos qué era aquello. Lo ayudé a salir y nos quedamos descansando y bebiendo agua con tanta suerte, y no siendo en vano todo lo que orábamos en ese mismo instante, que justo por encima del lugar pasó el carro de la guardia fronteriza de Serbia.

¿Qué iba a hacer? Me puse a gritar, que No, que no y llamé a Albert, que ya salía de donde estaba con Kevin en brazos. Se estaba metiendo las manos en el bolsillo, buscaba dinero por si había que sobornar, les preguntaba en inglés que dónde estamos, que si era Serbia aún. El policía entonces quiso calmarnos, dijo: “Tranquilos, tranquilos, ustedes están en Hungría”

No podíamos creer la suerte que habíamos tenido. Nos quedamos por un rato a la espera de que se alejaran y cuando no escuchamos más el sonido salimos. Veíamos un puente y caminamos para meternos por debajo. Llegamos a un sembrado inmenso de trigo. Y ahí, Dios mío, la cosa se puso fea: ¿han escuchado el dicho: “perdido en un campo de maíz”? Pues lo mismo nos pasó, pero con un campo de trigo. No sabíamos qué hacer, para donde mirábamos todo era igual y por momentos se nos metían los pies en riachuelos o qué sé yo era aquello, el caso es que se nos congelaban los pies. Ya no nos quedaba agua y el frío nos estaba desesperando. En medio de eso me pregunta Albert que qué hacíamos. Le respondí: “Vamos por aquí”. Yo solo oré y me dije: “mi único GPS eres tú, Dios mío, guíanos”. Albert tuvo que preguntar si estaba segura de lo que decía. Le dije: “Claro que estoy segura”.

Seguimos caminando en la nada hasta encontrarnos con una especie de ciudad abandonada, algo raro, como en las películas del oeste: un viejo teléfono, como una taberna, todo cerrado, ni un alma. Saltamos una reja muy grande que nos rompió los abrigos y vimos dos banderas, una era la de la Unión Europea y la otra, ¡cuánta ignorancia!, no sabíamos si era la de Hungría, pero yo miraba a mi izquierda y seguía viendo la frontera. Ansiosa llamé a La China y ella, desesperada, quiso saber si de verdad era la frontera. Le dije que sí, pero que ya no podíamos más y de pronto vimos un camionero, porque aquello era como un parqueo grande.

Albert esperanzado levantó la cabeza y me dijo: “Pídele ayuda, dale, que va en dirección al camión”; él estaba arreglándole las botas a Kevin y ahí mismo salí corriendo en dirección al hombre. No había avanzado ni diez metros cuando dos policías salieron de la nada exigiendo que levantara las manos. ¿Qué iba a hacer? Me puse a gritar, que No, que no y llamé a Albert, que ya salía de donde estaba con Kevin en brazos. Se estaba metiendo las manos en el bolsillo, buscaba dinero por si había que sobornar, les preguntaba en inglés que dónde estamos, que si era Serbia aún. El policía entonces quiso calmarnos, dijo: “Tranquilos, tranquilos, ustedes están en Hungría”.

Fue un momento inolvidable, nos abrazamos, llorábamos los tres, lloramos mucho. Cuando nos calmamos un policía preguntó si éramos de Pakistán. “No”, dijimos cada cual como pudo a la misma vez: “somos cubanos”. “¿Cubanos?”, preguntó el otro con asombro: “¿Pero qué hacen unos cubanos aquí?”

Al rato nos  montaron en un patrullero y nos llevaron a una estación. Aún recuerdo, en la patrulla tenían puesta la radio y sonaba una canción que a mi mamá le encanta, Stereo Love, de Edwards Maya. Tenía al niño cargado, me acerqué a Albert y le dije: “Yo creo que es una buena señal”.

En la estación nos quitaron las pertenencias; La China me había explicado cómo era el procedimiento así que no teníamos miedo. Nos desnudaron y nos revisaron. Había una policía con tremendo mal carácter que quería quitarle la ropa a Kevin, pero otra, desde que llegamos muy cariñosa con nosotros, le impidió hacerlo; sólo lo revisaron por encima de la ropa. Esa otra policía trataba de calmar al niño, le regaló caramelos de los que estaba comiendo y a nosotros nos ofreció algo caliente. Luego nos explicaron que nos iban a separar: Albert estaría en una celda y nosotros en otra,  con calefacción.

Al día siguiente Kevin amaneció muy mal, con mucha tos, vomitando. Había otra guardia muy HP, por cierto, pues le pedía que me dejara buscar los medicamentos y me respondía que no, que hasta que lo viera el médico. Compartiamos la celda con unas cuantas mujeres africanas, al despertar habían estado riéndose de mí y habían llegado a decirme: “Buenos días, princesa” (yo era la única blanca), pero cuando la cosa comenzó a ponerse tan fea con Kevin (había llegado la tarde y no venía ningún médico) todas se pusieron a discutir con la guardia. Se armó una que fueron los policías hombres a ver qué pasaba. Por fin me autorizaron a salir por el medicamento.

Todo el mundo tiene al menos una historia falsa para justificarse, pero tristemente la nuestra es verdadera: la dirección de la Vivienda en Holguín había falsificado mis expedientes; el propio gobierno, criminalística, la policía cubana comprobó la falsificación pero así y todo una mañana parquearon frente patrullas policiales, ambulancias y más de 25 personas de la Vivienda

Las mochilas estaban a la entrada de unas jaulas a la intemperie, cerca de donde dormían los hombres. Un policía que había visto la desesperación de Albert durante la noche gritó: “¡Cuba!” Albert salió del grupo y desesperado me abrazó, quería saber dónde habíamos estado. Le respondí: “Aquí mismo, adentro”. Pobre, no le habían puesto al tanto de nuestro paradero. “No sabes la noche que he pasado sin saber a donde los habían llevado”, dijo. En las mismas estaba un turco, quien me preguntó por su mujer, traía un bebé, habían llegado hacía como dos horas. Al menos pudo quedarse tranquilo porque le ratifiqué que los dos estaban conmigo, en la celda de mujeres y niños.

Kevin preguntaba: “¿Ma, estamos presos?”, y le tenía que decir: “No, mi amor, solo nos están cuidando”. Pero me respondía: “¿Y por qué hay rejas?” “Para protegernos”, volvía a decirle yo. El policía que me había dejado buscar las medicinas explicó que para salir rápido podría responder en inglés a una especie de entrevista obligatoria, que si esperábamos al traductor podía tardar. Respondí que prefería al traductor, que esperaríamos. Al fin, en la noche me llamaron con un grito, había llegado el traductor.

Nos pasaron a los tres a una sala y allí nos preguntaron si queríamos asilo político o regresar a nuestro país. Adivinen la respuesta. Todo el mundo tiene al menos una historia falsa para justificarse, pero tristemente la nuestra es verdadera: la dirección de la Vivienda en Holguín había falsificado mis expedientes; el propio gobierno, criminalística, la policía cubana comprobó la falsificación pero así y todo una mañana parquearon patrullas policiales, ambulancias y más de 25 personas de la Vivienda. Yo estaba en la casa de una vecina y me enteré a los gritos de otra: habían roto la puerta y salí corriendo. Se llevaban a mi marido preso y habían dejado al niño solo dentro de la casa, que al verse en aquella situación cogió un bate para defenderse. Empecé a darle golpes a la patrulla donde tenían a Albert y seguido fui hasta la casa. Unas policías mujeres me siguieron, esperaron que entrara y me redujeron, me golpearon, me dejaron los brazos llenos de moretones delante de mi hijo. Al final levantaron una pared y dividieron mi casa. Dejaron todas las pertenencias tiradas en el pasillo llenas de mezcla. Estuve llorando por días y la única solución que vi fue poner el cartel:  “Se Vende” en la parte que me dejaron; con suerte vendí rápido.

Así estuve aquella noche, contando nuestra historia y pidiéndole asilo en su país. El policía entregó unos papeles con los que nos enviaba a un campo de inmigrantes en Debrecen. Me dio tremenda alegría escucharlo; ahí mismo estaba La China. De cuatro campos de emigrantes que había, nos enviaban justo a ese.

La China nos esperaba en la estación, con Rafa, su amiga travesti también que había sido su compañera de viaje. A las dos las habían echado de la estación (en Hungría hay mucha homofobia), pero allí estaban, afuera, muertas de frio, esperando. Nos dimos el abrazo más feliz que se puede dar. Noté flaquita a mi pobre chinita, me dio tanta nostalgia recordar las cosas que habíamos vivido en Cuba.

En el Centro de Emigrantes me dieron una casita frente a la de ellas. Había gente de todos los países allí, muchas culturas juntas; conocimos a otra pareja de cubanos con dos niños que hasta habían aprendido el húngaro y el inglés porque tenían una escuela en el centro. También había un hospital psiquiátrico y una cárcel. Aquello era para volverse loco, pasábamos con los travestis por la cárcel y se burlaban de ellas; por el hospital lo mismo.

Paseamos la ciudad y nos compramos ropa. La salud de Kevin mejoraba y por la felicidad que tenía no parábamos de reírnos. Al cuarto día hablamos con unos árabes, eran ellos quienes llevaban ese negocio: nos llevaron hasta un garaje donde nos esperaba un muchacho para llevarnos hasta Alemania. Pero, ¿en Alemania que haríamos para llegar a España? Mi papá estaba en Madrid, sin papeles también, no podía ir a buscarnos. Seguía la desesperación, hasta que recibo la llamada de mi mamá diciéndome que Agustín, un español casado con María Elena, una cubanísima amiga nuestra de años, le había llamado para decirle que se atrevía a buscarnos a Alemania, que lo acompañara, que todo iría bien.

Salimos rumbo a Alemania. La frontera de Austria estaba muy controlada, pero la pasamos sin problemas. Llegamos a una ciudad donde nos esperaba otro amigo de mi mamá quien nos dio comida y dormitorio.

A las 5 de la mañana tocaron la puerta, eran mi papá y Agustín: ese valiente que regresó a España con su carro lleno de emigrantes indocumentados. No recuerdo cuántas horas exactamente, pero fueron demasiadas. Aún seguíamos deslumbrados con el mundo. Llegamos en la madrugada, ¡tantas veces di gracias a Dios!: ¡qué bonito Madrid! Cuando encontré a mi mamá esperándonos a la entrada del edificio no sé cuántos abrazos, besos, saltos de alegría. Era increíble, y, como imagino pase a todos los emigrantes, llegué a pensar que la cosa había terminado ahí; y no, a partir de ese momento es cuando hay que ponerse valiente y eso es lo que no sabe nadie.

 


Gretell Aguirre cursó el nivel elemental de Danza en la Escuela Vocacional de Artes de Holguín y más tarde comenzó la carrera de Derecho en la Universidad Oscar Lucero. En la actualidad vive en Madrid, donde ha ejercido de camarera en diversos restaurantes.

Fotos principal: Glenn Carstens Peters

Cronología de cosas que fueron aconteciendo

registro de un observador

De noviembre de 2012 a septiembre de 2013 Luis Brizuela fue corresponsal de la agencia de noticias Prensa Latina en Damasco, Siria, en lo que sería su primera experiencia periodística fuera del país; tenía entonces 30 años y su objetivo era trabajar y tratar de amparar la existencia; pero, a partir de ese momento la vida y su sentido se transformaron por completo para él. Originalmente el texto que reproduciremos en dos partes fue escritos para sus familiares de Cuba a manera de mensajes electrónicos


luis brizuelaLuis Brizuela es periodista radicado en La Habana


A las dos y treinta de la madrugada del 8 de noviembre la nave de Syria Airlines se interna, es absorbida por el espeso manto de nubes que, como de costumbre, se deshace en una desprejuiciada lluvia sobre la ciudad. Pienso en muchas cosas. Ando en paz, pero camino a una nación en guerra. Por la ventanilla diviso la luna en cuarto menguante y se me antoja un presagio para quienes intentan hacer de la violencia un lugar común, su casa.

Diez mil pies debajo. Aparece de vez en vez la explosión luminosa de grandes ciudades o se intuye la presencia de pequeños conglomerados humanos por el esquivo titilar. Va despertando el día y con cada metro que desciende el avión se aproxima una nueva aventura, retos de los cuales sacaré otras lecciones. Habrá que cuidarse en extremo para seguir contando y viviendo. A las 5:05, cuando el tren de aterrizaje se posa sobre la pista, inicia mi camino hacia Damasco.

∗∗

Como toda gran ciudad Damasco es lugar de contrastes, la capital habitada más antigua del mundo. Hace honor a ese linaje de unos siete milenios. A primera vista parece reñida con el color; los altos edificios y residencias, de fachadas terrosas y ocres, son una continuación de las montañas que la circundan, como si hubiesen emergido de aquel agreste paisaje. Por momentos la arquitectura se vuelve monótona, de trazos rectos y reservados, sin embargo al interior existe un mundo de decorados y detalles magníficos, coloridos.

De antenas parabólicas anda sembrada la techumbre, metálica selva por donde mirar al mundo, atisbar costumbres, absorber el desarrollo y preservar la identidad. Hacia el firmamento, espigados, se alzan los minaretes de las mezquitas, otra suerte de antenas por donde los mortales corderos de Alá intentan comunicarse con ese ente de verticales mandatos, quién sabe si en el fondo malinterpretados. Damasco murmura, invoca salmos y penitencias, ora sin descanso su credo y el de los fieles que postran su fe sobre el Corán, como medida de todas las cosas.

Vista de Damasco al atardecer desde Monte Qassyoon

Vista de Damasco al atardecer, desde Monte Qassyoon. Foto: cortesía del autor.

Aún en medio de gélidas temperaturas el centro citadino reverbera. Gente que va y viene por cientos de miles desbordan aceras, pelean contra un tráfico neurótico que esquiva a los peatones kamikazees, al osado viandate que desafía las columnas de vehículos modernos, taxis, minibuses, buses, camiones y motocicletas. Damasco revienta de comercios, tiendas, mercados, puestos, bazares, bulevares, sitios improvisados para vender y vender hasta el delirio. Muchas tiendas para varios millones de almas que buscan como hormigas, sedientas, hambrientas, desnudas, urgidas de vestirse por fuera y por dentro. Sabor a aceituna, a falafel, a higos y dátiles secos, a la explosión colorida de frutas y verduras. Ciudad ungida de esencias aromáticas, cremas, jabones, inciensos; gusta de enamorar el paladar con el picor lujurioso de especias y semillas. Urbe horneada cada madrugada junto al pan sagrado donde sus hijos envuelven los mejores deseos de subsistencia.

Damasco es el hotel Dame Rose y el Cham Palace, la Calle Recta, la Citadele, la espada y la torre que llevan su nombre, la moderna Universidad, la Biblioteca Nacional, el Zoco Al-Hamidiyya, la Gran Mezquita de los Omeyas, Sheikh Saad, cada anchurosa avenida o raquítico callejón, las suntuosas mansiones de barrios residenciales o las casuchas de los periféricos cerros donde se escalona la miseria. Ortodoxa por momentos, cada vez más permisiva, tolerante, ecuménica; de mujeres enigmáticas cuya belleza muestran sin tapujos o la cubren tras un velo de pudores y represiones; de jóvenes alegres con negrísimas barbas, distraídos, enganchados a los modernos artilugios de la comunicación; que marcha vestida de ejecutivo, de engrasados overoles, de opresivos jeans, de abrigos, suéters y sobretodos.

Hierve la ciudad a la sombra de sus 45 grados veraniegos; que tirita y se agazapa alrededor de las estufas cuando las ventiscas la rebozan de nieve. Ciudad de cruces de caminos, entre la tradición y la modernidad, ufana hasta los arqueológicos cimientos de su estirpe milenaria. Damasco de luces y sombras, de días como peces; de mil y una noches deslumbrantes, selváticas, infinitas, tantas como las historias que le nacen a diario y estimula a contar.

Escribo el despacho cablegráfico sobre lo ocurrido cuando dos explosiones enervan otra vez los nervios. El terror vuelve a golpear, y cerca. En el propio Al Mezzeh, muy cerca de donde vivo, impactaron dos proyectiles de mortero. El primero hizo blanco en la avenida Villas, una zona muy concurrida, donde se registraron dos lesionados graves; el otro, en un complejo residencial en construcción

∗∗∗

La medianoche está instalada. No hay películas para anestesiar el aburrimiento y darle visa temporal a la soledad. La cama espera por la monótona faena de sostener un cuerpo, más cargado que cansado por el fardo de distancias, ausencias, recuerdos. Entonces la detonación estremece todo. Un sonido distinto, nada semejante ni de tal magnitud había escuchado después de 10 días en una expectante Damasco que no merece vivir tanta zozobra.

Al momentáneo silencio sobreviene el ruido de sirenas. El corazón anda aún encabritado. ¿Qué hacer? ¿Pararse, mantenerse sentado, apagar las luces, llamar a los pocos cubanos que conozco aquí? Tomar decisiones. Dilemas. Llego a la ventana de la sala. Descorro la cortina. La calle, al frente, al igual que los balcones y ventanas de los edificios circundantes, se salpica de cuerpos, rostros e inquietudes. Todos lo saben: fue muy cerca de aquí.

Atentado con coche bomba frente a casa - 29 abril 2013

Atentado con coche bomba, 29 abril 2013. Foto: cortesía del autor.

“Una bomba explotó minutos después de la medianoche de hoy en un estacionamiento del barrio de Al-Mezzeh, en esta capital, sin que se reportaran víctimas. La carga de 40 kilogramos, escondida dentro de un automóvil, fue detonada a distancia. Varios de los vehículos aparcados alrededor quedaron totalmente destruidos”, escribiré horas después en mi primer despacho del día, tras personarme en el lugar del hecho, temprano en la mañana.

El lente de la cámara se inunda de destrucción, de rostros pasmados y tristes, de miradas que claman en silencio por el fin de tanta violencia en un país en el que hace apenas dos años, se podía caminar por las calles a altas horas de la madrugada sin temor a encontrar la muerte sembrada en cualquier recodo, automóvil, tanque de basura o alcantarilla.

Escribo el despacho cablegráfico sobre lo ocurrido cuando dos explosiones enervan otra vez los nervios. El terror vuelve a golpear, y cerca. En el propio Al Mezzeh, muy cerca de donde vivo, impactaron dos proyectiles de mortero. El primero hizo blanco en la avenida Villas, una zona muy concurrida, donde se registraron dos lesionados graves; el otro, en un complejo residencial en construcción. “Son considerables los daños materiales”, referirá la correspondiente nota, minutos más tarde.

Escribir en un país en guerra, narrar las historias cotidianas y hacerlas comprensibles, atendibles, interesantes, resulta un reto. Cada bando en pugna lleva su cuota de razón, o no. Transitar sobre la cuerda floja de la objetividad y la intencionalidad obliga a análisis mesurados, a mantener distancia prudencial de los apasionamientos y las verdades inamovibles. Los lectores merecen observar el cuadro de la guerra con las mejores pinceladas, con líneas firmes y colores lo más parecidos a la vida real.

Tumba de Juan Bautista en Mezquita Omeyas

Tumba de Juan Bautista en Mezquita Omeyas. Foto: cortesía del autor.

Los despachos informan, dan cuenta, registran para conformar más tarde, quizás, la Historia. Ninguno de ellos, sin embargo, expresa el posible terror de quien narra, sus dudas, sus zozobras, sus anhelos. Al menos no de manera directa. Lo que no dijeron los cables, lo que no fue noticia en el cast de la agencia este domingo, es que las explosiones con bombas y morteros fueron las primeras y más cercanas de las cuales he estado desde mi llegada a Damasco. Es previsible que volverán a ocurrir y seré testigo -ojalá y no protagonista-, quien sabe cuántas veces, de mucha destrucción y muertes injustas e innecesarias. Quería dejar registro de este acontecimiento, que ojalá no se vuelva frecuente o se instale en mi memoria como algo normal, tolerable, definitivo.

La muerte anda con pies de plomo por este lugar. Ha erigido un reino de incertidumbres y tristezas. En cualquier esquina su paso irreversible puede dar el alto al tiempo, segar vidas, sembrar el caos. El desafío diario es permanecer vivo, a salvo de su gélido aliento.

¿A quién invocar la protección, a Dios, a Alá; a Jesús, Mahoma o a todos los profetas que en el mundo han sido; a la Providencia Divina, a la razón, al sentido común de quienes deciden sobre la vida de sus semejantes; a nuestro instinto de auto conservación?

Pienso que seré un sobreviviente. No puedo pensar de otro modo. Alguien, y quiero ser yo, entre muchos, debe seguir viviendo para contar.

(Fin de la primera parte)

 


Luis Brizuela Brínguez es Licenciado en Periodismo y Máster en Ciencia Política, egresó del XIII Taller de Técnicas Narrativas en el Centro Onelio Jorge Cardoso. Trabaja como periodista en la Agencia Latinoamericana de noticias Prensa Latina para la cual ha sido corresponsal en Siria y Bolivia. Vive en La Habana.

Aguas

trayectos

marian torres Marian Torres es antropóloga y vive en Medellín


Ese día estaba sola aunque vivía con dos amigas; Ángela, venezolana, y Sara, colombiana. Las dos habían ido a Buenos Aires mientras yo había quedado ahí. La casa colindaba con Los Hornos y estaba en planta baja. El día estuvo lluvioso, primero empezó a meterse el agua por una gotera muy cerca de un toma y yo trataba de controlarla, me daba susto que pasara algo con la electricidad. Había estado toda la tarde inventando la manera de que el agua no llegara al toma hasta que la controlé. Como llovía tanto me fui a la habitación a leer y también estuve comunicándome por chat.

Al rato empezó a tronar más fuerte y apagué el computador. Chateaba con una amiga y tuve que decirle: “No, no, esto está como que muy fuerte, voy a apagar”. Apagué pero lo dejé en la cama y me recosté a seguir leyendo; me había ido sumergiendo en la lectura de un libro de Carlos Castaneda y de repente empecé a escuchar un sonido extraño, algo así como un “glub glub glub glub glub”. En principio no le puse atención, seguí la lectura pero el “glub glub glub” cada vez era más fuerte. En un momento miré al piso y vi que había agua. Pensé: “Ay carajo, qué pasó”. El piso era de madera y cuando me levanté se sentía como si flotara.

Estaba convencida de que esa agua se debía a la gotera que se había roto más, no sé, nunca imaginé que estuviera sucediendo algo más grande; pero cuando pasé por la habitación de una de mis compañeras vi que su cama ya estaba flotando. Era increíble que en un momentico hubiera surgido tanta agua. Me fui al patio. Al abrir la puerta se me vino toda el agua encima, alcanzaba hasta la mitad de mis piernas. Ahí, no sé, me confundí, como que no entendía mucho qué estaba pasando ni qué tenía que hacer. Mi reacción fue subirme encima del lavadero y allí pensar qué podía hacer.

Se me ocurría meter la mano en el sifón, estaba convencida de que algo lo había tapado y de que si lo destapaba el agua terminaría escurriéndose. Pero me daba susto que la mano me quedara atorada, así que no me atreví. Entonces me puse a llamar. Al lado había un pasillo y al fondo una casa. Le grité al vecino para que saliera pero nadie respondió. Como no había reacciones me bajé y caminé hasta la puerta de la calle.

La calle parecía un río: el agua tapaba los autos con mucha fuerza. A todas esas yo seguía sin comprender, me preguntaba: “¿qué es esto?”, “¿qué pasó?” Más confundida aun me devolví al patio. Traté de trepar el muro y no pude. Había otro menor, pero los cables de la electricidad estaban allí y, pensando que podría topar alguno, no me atreví a subir. Entonces volví a gritar sin ningún resultado. El agua iba subiendo rápido, ya la tenía por las rodillas y de seguir así quedaría atrapada, así que intenté llegar a una casa aledaña.

la plata, tomada del diario Perfil. foto Dyn

La Plata, 2013; tomada del diario Perfil. foto: Dyn.

No había nadie por toda la cuadra, era como estar en la selva con un río delante. Frente a la casa pedí auxilio, grité muchas veces. Al momentico vi a un señor que salía de su casa sujetándose de una puerta. Al principio me miró con desconfianza. Dije que yo era la que vivía ahí, que era su vecina y que no sabía qué estaba pasando, que si me podía ir a donde estaba. Entonces me dijo que si. Mi casa tenía una puerta y una reja. Pensé que si ponía la puerta el agua se la podría llevar, así que solamente aseguraré con la reja. En enero de ese año habían entrado los ladrones, de modo que estábamos con la paranoia de los ladrones y tratábamos de protegernos.

Por el motivo de los robos las chicas habían escondido los computadores antes de irse. Zara le había traído un computador de Colombia a Ángela como una semana antes, era nuevecito; el de ella no, era muy viejo. Por la tarde había estado buscado su cargador y no lo pude encontrar, así que no me esmeré; si con calma no lo había podido localizar peor así. Solo busqué el de Ángela, lo puse encima de la nevera, coloqué la reja y salí.

Cuando llegué a donde los vecinos todavía tenían controlada el agua y estaban tratando de salvar las cosas, ponerlas en lugares altos. Me prestaron un celular porque quería  comunicarme con algunos amigos sin haber podido; ese día había hecho todo lo que no se debe hacer: no me había bañado, en casa siempre estoy de piyama y me había puesto un short y una camiseta de tiritas; no había almorzado, el celular se iba a descargar y tampoco tenía saldo. Llamé a una amiga, cuando me contestó sentí en su voz la  salvación. Le pedí que por favor llamara a los bomberos, que la casa estaba inundada; no me imaginaba que estuviera pasando en toda la ciudad. Después me dijo que en ese momento no me había creído. Enseguida entró también la llamada de otro amigo, Mariano. Cuando lo escuché le dije casi en gritos: “Llama a los bomberos, por favor, llama a los bomberos”. Quería irse a donde yo estaba a lo que respondí que no, sentía que lo ponía en peligro si aceptaba. “Avísale a los bomberos solamente”, dije, y se me descargó la batería.

Los vecinos tenían a dos niños sobre una cama; los había visto jugando con el agua pero de repente noté que el colchón empezaba a flotar, el agua iba y volvía, estaba subiendo mucho así que les advertí para salir, corríamos el riesgo de quedar atrapados. También había una viejita que les había estado insistiendo mucho para que salieran pero ellos no aceptaban. La viejita estaba muy angustiada y yo ratificaba sus consejos. Entonces nos dijeron que saliéramos si queríamos, pero que ellos tenían niños y se quedan en su casa. Era su decisión, así que yo salí.

la plata inundada, foto tomada de La izquierda diario

Una calle de La Plata inundada. 2013. Foto tomada de La izquierda diario.

Mientras caminaba por el  pasillo y con el agua ya en los hombros pensaba: “¡Ay, no, no es posible que me venga a morir a Argentina”. Yo veía aquello como muy desesperanzador. Y no era tanto lo alto como la corriente, que era fuerte: se llevaba los autos, la basura, los troncos de los árboles, un río. Era muy difícil acercarse sin que no se lo llevara a uno.

En la entrada había un auto y logré acercarme. Un muchacho me dio la mano para que subiera hasta el techo. Cuando me subí, buscando una respuesta que me diera esperanzas, no sé por qué le pregunté: es cierto que nos vamos a morir. Con los ojos encharcados me dijo: “Sí, yo creo que sí”. Hacía dos días había llegado desde una provincia, sus padres eran de Bolivia, creo. Venían a trabajar, andaba con muchas herramientas y el auto lo tenía ahí debajo lleno de agua. No me dio esperanzas. Entonces empecé a insistir, debíamos buscar un lugar más alto para subirnos. Respondió que no, que no había forma.

Al lado había una casa con tres pisos. Otra gente había tratado de meterse y no habían podido. Los dueños no estaban y las puertas parecían aseguradas. En frente había otro edificio, pero era imposible cruzar. Pensé en los árboles, tampoco se veían demasiado resistentes. En ese instante pasa una pareja; el hombre llevaba a su hija sobre los hombros y supuse que eran los dueños de una casa grande que quedaba al lado de la mía. Me emocioné, bajé a la acera y los seguí. Pregunté si eran los dueños. “No”, respondió él: “estábamos de viaje y la camioneta se nos quedó atrapada”. ¡Qué desesperanza!

Entramos todos al frente de la casa. El agua seguía subiendo y no paraba de llover. Serían las nueve de la noche, por ahí. El papá del muchacho, que me había seguido, estaba custodiando otra camioneta al frente y le dijimos que cruzara, que lo íbamos a ayudar, pero era un viejito y no quiso. Se excusaba con las herramientas que traía en su auto. Lo alertamos, dijimos que las cosas se recuperaban, pero que si la corriente arreciaba se lo podría llevar. Después le tocó subirse en un muro y ahí pasó toda la noche, de pie. El muchacho por momentos decía que iría a salvarlo, se lamentaba de aquella situación.

La hija de la pareja tenía retraso mental, le tenía pavor al agua y para tranquilizarla sus padres le hablaban de pizzas, pastas y eso, tema al que ayudábamos, pero a veces se iba de control y empezaba gritar: “ ¡La puta madre, la puta madre!”. Hacía mucho frío. Los vecinos me habían prestado una campera pero se le pegaron unas hormigas que me estaban haciendo la vida muy incómoda. Llovía con más fuerza y la crecida subía.

A estas alturas seguía sin entender, en mi cabeza tenía la idea de que el agua seguiría subiendo hasta el infinito. Cada cual rezaba, pedía salvarse, hacía promesas. Ahí es cuando empiezan a pasarle cosas por la cabeza a uno, pensamos que la vida se puede ir en un momentico. La madre de la muchacha había empezado a quejarse, no aguantaba más. El esposo trataba de darle ánimos, la abrazaba, la besaba, pero en una de esas también se desesperó y manos al cielo se puso a gritar: “¡Eh viejo, qué hacés viejo, pará, pará!”. Me sentía diminuta, la naturaleza estaba haciendo lo suyo y uno es un ser minúsculo ante eso.

Seguía sin entender y en mi cabeza tenía la idea de que el agua seguiría subiendo hasta el infinito. Cada cual rezaba, pedía salvarse, hacía promesas. Ahí es cuando empiezan a pasarle cosas por la cabeza a uno, pensamos que la vida se puede ir en un momentico

Habían quitado la corriente y la soledad fue mayor: nada de una sirena, ningún ruido, apenas escuchábamos gritos a lo lejos. Cerré los ojos y pedí que, si me iba a morir allí al menos no quedara desaparecida, no era muy romántico pensar en mi cuerpo flotando por el Río de la Plata. Pensaba en la reacción de mi mamá y mi papá cuando supieran la noticia. Hubo un momento en el que no había nada que decir y nos quedamos todos en silencio. Había gran silencio.

De repente se abrió la puerta de la casa, la fuerza del agua la hizo estallar y aprovechamos para meternos dentro. Subimos al primer piso y mientras lo hacíamos en la planta baja todo empezó a estallar a la vez: los vidrios, las maderas, todo estallaba por la fuerza del agua y tuvimos la impresión de estar a un segundo de que la casa se nos cayera encima.  Alguien dijo: “Ahora sí creo en las películas de ficción donde un tipo corre y corre y detrás estallan los autos o lo que sea”. A veces uno es escéptico ante esas escenas, las cosas no pueden suceder con esa precisión; y es así. Nos reímos mucho por eso.

Estaba muy angustiada, me imaginaba que el agua iba a seguir subiendo y como la casa estaba enrejada y los dueños no estaban quedaríamos atrapados. El señor trataba de calmarme. Empezaban a buscar ropas para cambiarse, mantas para cubrirse. La chica  seguía alterada y nosotros nos veíamos obligados a hablar de empanadas, asados y cosas así. Eran las diez de la noche, me acuerdo porque había un reloj. Ángela se devolvería de Buenos Aires y quería llamarla para decirle que no lo hiciera. Entonces el señor me prestó su celular, cambié la sim y entró la llamada de Mariano. Le conté que todo era un desastre, que habíamos podido entrar a otra casa y esperábamos ayuda. Estaba tan nervioso que quiso llamar un remix para rescatarme. ¡Un remix!, pienso, ¡en todo caso hubiera necesitado un helicóptero! Lo calmé diciéndole que al día siguiente necesitaría su compañía, que se mantuviera tranquilo.

La comunicación estaba muy mala, pero también logré contactar con Sara. No me creía una palabra. Pensaba que era una inundación normal, luego se quedó pensando y me dijo: “Ay, Marian, ¿entonces perdimos todo lo de la casa? Le respondí: “Yo creo que sí, todo, todo”. Le insistí mucho para que no viniera, para que buscara la forma de quedarse en Buenos Aires. Después me recosté en el piso. Al rato me empezó a dar hambre. La señora tenía unos panes que estaban mojados, pero igual nos los cominos así, como para disimular. En esas condiciones pasamos la noche. Hacía mucho frío, no me había querido cambiar y estaba muy mojada, las hormigas se me metían por el cuerpo; picaban por todas partes. No podíamos dormir. Había calma y de repente algo sonaba produciendo entre nosotros mucha tensión.

Como a las tres de la mañana el agua empezó a bajar, había bajado bastante y por los ruidos parecía que había salido gente a robar. Como la pareja tenía el auto cerca estaban muy pendientes y a cada rato iban a espantar a los merodeadores. Estaban rabiosos por eso. Como a las cinco el agua ya estaba muy bajita y salí. Si algo se hubiera podido salvar  podría salirse por la reja, pensaba en el computador nuevo de mi amiga. Justo también ese día me habían pedido el bolso prestado y había dejado las cosas encima de la cama: la tarjeta del banco, la plata, el dni, todo. En ese momento esas cosas cobraban importancia, pues mucho no sabía qué iba a hacer al otro día, así que no quería que se fuera por la rendija. Llegué a la casa, cerré y me devolví.

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Intersección de La Plata. Foto: Ignacio Amiconi.

Como a las siete salimos al patiecito. La señora estaba bastante angustiada, pues estaba convencida de que podrían pensar que estábamos dentro para robar y podrían acusarnos. El señor trataba de calmarla diciéndole que no, que solo buscábamos salvarnos. Pero el tema creó mucha tensión y decidimos abandonarla.

De regreso en la casa vi que todo era un desastre, la nevera estaba en el living y en la tasa del baño había quedado incrustada una olla; una puerta se había zafado y todo estaba por el piso. El agua parecía aceitosa, con mucha tierra y algunas culebritas, mucha basura. El computador nuevo de mi amiga había quedado en el fondo, pero las cosas que habían dejado sobre la cama estaban en su lugar, la cama había flotado y eso las salvó. No se me ocurrió poner nada ahí, cuando comenzó la inundación lo que menos me importaba era lo material; solo había tratado de proteger los computadores, sobre todo el computador de mi amiga, es lo más valioso que uno tiene y era nuevo. En el barrio la gente se veía muy triste. Había un señor en la vereda mirando su casa destruida.

Tenía apuro en llamar a mi casa para que supieran que estaba bien. Suponía que estuvieran al tanto por las noticias. Me pude comunicar como dos días después, si no estoy mal, y solo pude decirle a mi mamá que no se preocupara, que estaba bien. Ella me preguntó: ¿se te inundó la casa? Ante mi respuesta afirmativa se notaba su desconsuelo. Luego, me contaría que ante la falta de noticias le había pedido a una prima que me buscara en la lista de muertos informadas por la televisión. Nunca había vivido cosa parecida. Esa noche, la noche posterior a las lluvias, me angustiaba mucho solo de escuchar a los bomberos. Cerraba los ojos y solo veía agua…

 


Marian Nathalia Torres nació en Colombia y es antropóloga especializada en estudios de género. En la ciudad de Medellín trabaja el adiestramiento de mujeres en género y formación sociopolítica, también en la gestión social e investigación de procesos de convivencia a través de la música.

 

Con estos preceptos surge de los océanos de la Internet Viaje, migraciones y exilio, rompiendo la inercia de los días, sobreponiéndonos a las rutinas, hastíos, lejanías e inflaciones, al caos de la ciudad y la vida moderna, a la angustia toda del emigrado

Kilómetro cero

editorial