¡Derecha!, ¡izquierda…!

la crónica apócrifa

El pasado 12 de abril murió en Miami de un paro respiratorio el púgil holguinero Ángel Espinosa, uno de los grandes del boxeo amateur, recordado por su demoledora pegada con ambos puños y el dominio absoluto de los pesos medianos. Si ahora lo traemos de esta manera (apócrifa) es porque se ha hablado recién de pelas y boxeo con el combate entre Floyd Mayweather y  Conor McGregor, y porque en Espinosa se encierra también otro de los dilemas que pasan por esta publicación, el de los viajes interrumpidos, esta vez por causas ajenas al individuo


leandro estupiñánLeandro Estupiñán es periodista y escritor


Ganarían terreno evitando el contacto directo, rompiendo las defensa con giros certeros, movimientos vertiginosos y golpes brutales.  A un ritmo que a la multitud hacía saltar en las gradas, como si estuviera enloquecida, iban demostrando su rabia; sin embargo, ninguno de los golpes con los que ambos trataban de imponerse logró que la pelea fuese un combate totalmente despiadado y la rabia que los llevaba a encararse con total intransigencia luego de cada separación había ido dando pie al agotamiento. Al tercer round el más joven descubrió el flanco débil que supo aprovechar su vivaz oponente y, pocos segundos después de haber comenzado: “le están aplicando conteo de protección” escuchamos por las rendijas del televisor.

Nunca había usado adjetivos como “brutal” o “despiadada” el comentarista, sino que estuvo aferrado a una descripción correcta de lo que definía como un “impresionante pleito”. Los segundos finales se escurrían como la arena de un reloj y los púgiles sin tiempo trataban de derribarse sacando fuerzas cuando escaseaban y a veces solían juntar sus brazos para mantenerse pegados hasta que las manos del árbitro los obligaba a abandonar semejante estado de indolencia. “Tremenda ofensiva de Armandito Martínez”, soltó de pronto la voz ahora más emocionada, y seguido: “¡Izquierda arriba de Espinosa!”, pero: “Armandito se resiste” y: “Espinoza contrataca” y: “¡Armandito!”, “está mayoreando”, “obliga a retroceder a Espinosa, lo arrincona Armandito; le pega con la derecha, ¡derecha!, ¡izquierda!”… y: “¡parece que Armandito le vuelve a ganar!”

Con el brazo agarrado al estilo de los niños conducidos por los padres cuando salen del colegio, y contra lo que era su voluntad de estar libre, y en el mejor de los casos cruzar los límites del cuadrilátero, de un trote descender los escalones y refugiarse en las duchas, Espinosa escuchó la voz que avisaba el resultado; en efecto, había perdido la pelea. Entonces sus ojos pudieron llenarse de un mercurio feroz, como si las pupilas fuesen  la hoguera que sobre el témpano amenazaba con desvanecerlo; inquieto miró al otro y en ese instante también fue lobezno al que se le ha arrebatado la presa, que en su caso era la realidad de otra revancha.

En 1984 también Espinosa tenía dieciocho años, y pese a los mítines organizados por la comisión nacional con el propósito de levantarle el ánimo a él y a sus compañeros, no pensaba en otro asunto que no fuera asistir a las olimpiadas para exterminar a su contrincante en vivo para todo el universo

Dos meses antes, al debutar en los 71 kilos, el mismo contrincante, ese  avileño de apellido Martínez, le había minado su impresionante montaña de victorias. La cima fue un golpe a la quijada de Meldrick Taylor con cuya caída Espinosa alcanzó el primer puesto en el Campeonato del Mundo en los pesos wélter. Perder ahora por segunda vez hubiera carecido de importancia si acaso fuese inaplicable aquella noticia, pero lo que en principio había sido un rumor entre compañeros solidificó una noche en el noticiero de las noticias principales y comprendió que en efecto iba a ausentarse de la competición donde se había propuesto destronarlo.

En broma había llegado a fanfarronear con el momento en el cual le arrebataba el primer lugar olímpico, el flamante oro de Moscú que con dieciocho años había convertido al avileño en gloria de su país. En 1984 también Espinosa tenía dieciocho años, y pese a los mítines organizados por la comisión nacional con el propósito de levantarle el ánimo a él y a sus compañeros, no pensaba en otro asunto que no fuera asistir a las olimpiadas para exterminar a su contrincante en vivo para todo el universo. “Olvídese de Armandito, usté es el que empieza; a quien tiene que demostrarle algo es a loj rusos eso que por su culpa no llegamo a los Ángeles”. Sarbelio Fuentes era su entrenador y tuvo que hablarle duro porque Espinosa en lugar de esperar dando salticos junto a la entrada del ring donde en pocos segundos habría de presentarse aquella tarde de agosto seguía detenido en mitad de un pasillo, chorreando llamaradas y con los puños palpitantes como si tuvieran vida propia. Las paredes habían trepidado de tal manera que poco le faltó para que el edificio se viniese a abajo y todos, empezando por él, corrieron para comprobar qué clase de incidente había ocurrido. Entonces encontraron a Espinosa transformado en una especie de titán resplandeciente.

El consejo parece haber calado lo suficiente y, como también decían los comentaristas el alumno puso “lo mejor de sí” cuando lo llamaron para el primero de los combates. Sus crecientes seguidores disfrutaron cada una de las peleas a las que dio el pecho como si en ellas radicara una última posibilidad. Ninguno podría asegurar a estas alturas, con Espinosa muerto, que la rivalidad deportiva no se hubiera trastocado desde aquel instante en una especie de extraña venganza política; ni siquiera el entrenador podía medir la intensidad de sus consejos y desde la esquina, toalla al hombro, ansioso y enronquecido de tanto vociferarle órdenes como: “aprovecha ahora”, “cuidado con bajal la guardia”, “mira a vel, mira a vel”, veía a su atleta peleando como un espartano para  acabar imponiéndose a fuerza de puñetazos ante un ruso, un alemán y un búlgaro; le faltaron golpes mortíferos y viscerales como el que unos meses antes había aplicado a Taylor, pero ninguno de los árbitros puso en duda su superioridad y, sobre todo, la efectividad de esas demoledoras pegadas con ambos puños.

La carrera de Ángel Espinosa mantuvo el ritmo después y avanzó cuesta arriba al punto de cerrar el año de 1984 con cinco medallas de oro, dos de plata y una de bronce; brillaba en el listado de los púgiles más importante de los 71 kilos y seguiría así por los años subsiguientes, acumulando medallas, sumando victorias y ni una sola derrota en tanto su pesadilla, Armandito Martínez, tuvo la mala suerte de lesionarse y si acaso no retrocedió es porque su andar se hizo tan lento en comparación con la velocidad de Espinosa que ya nunca pudo alcanzarlo en el ring.

Espinosa era imbatible y la comisión nacional y sus entrenadores queriendo un poco más, le recomendaron comer el doble y duplicaron sus tandas de pesas para que llegara al Peso Medio, los 75 kilos

En la Isla nadie soportaba el ímpetu del holguinero que liquidó a Ulises Castillo, a Jorge Guzmán y a una máquina de Pinar del Rio llamada Orestes Solano, su azote en más de un encuentro y del que se desquitó con un gancho a la quijada durante una edición del Campeonato Playa Girón a principios de 1986, año en el que ninguno de los comentaristas dudaba que al fin sería el oro de las venideras olimpiadas, sobre todo cuando el 18 de mayo, a las 4 y 25 de la tarde cubana, en la ciudad estadounidense de Reno un arbitro apretaba su brazo para satisfacción del atleta esa vez, pues indicaba que había vencido al rival de la República Democrática Alemana Eriko Richter y que era suya la mayor gloria en el Campeonato Mundial para Mayores. Espinosa era imbatible y la comisión nacional y sus entrenadores queriendo un poco más, le recomendaron comer el doble y duplicaron sus tandas de pesas para que llegara al Peso Medio, los 75 kilos.

Para su segunda presentación en la nueva categoría, como si fuera en su historia una especie de cábala, terminó perdiendo la pelea. “Cualquiera pierde con ese yanqui, cualquiera”, fueron palabras para apaciguarlo, pero a Espinosa no le hicieron gracia. Y dicen quienes presenciaron el intercambio, sucedido todavía en el aeropuerto, que se puso de pie, en silencio, y por respeto al hombre que consideraba su padre y el padre de los boxeadores se alejó del grupo. Habría pedido una cerveza pero el dinero que llevaba era reservado para invertirlo en una tienda habilitada especialmente para deportistas como él y donde habría de adquirir lo que también denominaba: “pacotilla”, simples obsequios necesarios para su familia holguinera, de manera que debió calmar su frustración con agua de un bebedero público. Acababa de ser derrotado otra vez en mucho tiempo y por si fuera poco no por cualquier peleador, sino pora uno que parecía el azote de los boxeadores comunistas, como si hubiera sido entrenado por la CIA para derrotar a cada uno de los rojos que se le pusieran delante.

Se llamaba Bomani Parker y la pelea  había sucedido en la ciudad de Sacramento donde se desarrollaba otro de esos topes Cuba-Estados Unidos organizados desde hacía tiempo para demostrar que se podía burlar el embargo y que el bloqueo a veces no lo era tal y que dada la inexistencia de conflictos bélicos la mejor manera de que dos gobiernos midieran sus fuerzas era sobre el cuadrilátero. Por eso cuando un boxeador cubano se enfrentaba contra un boxeador norteamericano su cuerpo debía soportar el peso de once millones de almas y hasta el del mismísimo Comandante en Jefe, que se teletransportaba mediante microondas, y porque tanto peso caía sobre sus espaldas tal vez perdiera Espinosa en la ocasión.

En 1987 acabó con cuatro cubanos, dos alemanes, un polaco, un húngaro, un yugoslavo, un uruguayo y a los dos yanquis a los cuales se enfrentó acabó lanzándolos al suelo por nocaut. Era Campeón Mundial de los pesos medianos y orondo se ajustaba el cinturón para derrotar a quien fuera su contrincante en el año de las olimpiadas, mas cuando parecían a punto de anunciarse, cuando se acrecentaba en los entrenamientos y tenía las condiciones para con sus puños enterrar entre números a quien fuera su contrincante, el noticiero de pronto otra vez anunciaba eso de que los cubanos no estarían en Seúl, y en un encuentro con directivos del inder supo que debían solidarizarse con “los hermanos de Corea del Norte”.

Espinosa desconocía que tuviera semejantes lazos sanguíneos en el Asia y probablemente en el momento de escucharlo ni siquiera pudiera localizar el punto del mapa donde se encontraba Pyonyang. Pese a las explicaciones dotadas de frases patrióticas, un cubo de agua fría sobre su cuerpo caliente de tanto entrenar, Espinosa se mantuvo golpeando a troche y moche, y venció a Duvergel, a Richter, a Ottke. En cada encuentro subrayaba esa manera elegante de enfrentar a los rivales sobre el ring, una técnica que afinaba sus pegadas compuestas por un perfecto dominio de sí mismo.

Seguía impresionando y durante otro tope con los boxeadores de los Estados Unidos el mismísimo Ray Sugar Leonard dejaba cualquiera fuera el compromiso para irse a los entrenamientos de los cubanos y, acomodado en un rincón, disfrutar del impetuoso Espinosa quien, nadie sabía bien por qué, y jamás sabiéndolo Sugar, había sido infectado para ese minuto por el virus de la desidia. La exacerbación llegaría a finales de ese año cuando se vio despojado de una pelea contra el último soviético con el que habría de pelear en la capital de un país que ya no existiría más en unos pocos meses.

Fue la cábala adelantada, pues después de esa derrota lo subieron de categoría. Abandonaba los pesos medianos para sobrevivir en los semipesados, donde no falló hasta año y medio después al enfrentarse a Orestes Solano, con quien perdió dos veces consecutivas en competiciones diferentes ocurridas el mismo año olímpico.

Espinosa pudo llegar al fin en una olimpiada en agosto. Tenía entonces treinta y seis años y el tiempo había ejercido una rara influencia sobre él; en apariencias se mantenía joven y brioso pero al mirarle los ojos se le veía cansado. Los años habían corroído su alma como es desgastado el metal por el polvo abrasivo compuesto a base del esmeril. Y semejante pesadumbre se puso de manifiesto en el ring, cuando enfrentó a un italiano que hoy nadie recuerda y después a un polaco que se recuerda solo en los anales de los juegos olímpicos. Ya no era más que el eco de lo que había sido diez años atrás en aquellos días en los que su lucha interna contra un campeón olímpico parecía el combustible que mantenía afinado el motor de su artefacto combativo.

Ángel Espinosa estaba viviendo al fin el sueño de su vida deportiva, pero al despertar no sostenía ninguna medalla y tampoco era ya aquella persona que había peleado por materializar la más inmensa de sus aspiraciones. Desde ese día el mundo no fue igual para él; ni para nadie, la verdad. Estábamos en 1992, Freddie Mercury y la Caballé cantaban juntos: Barcelona.

 


Ilustración de Ricard Opisso. Estampería Económica Paluzié nº 385

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