Aguas

trayectos

marian torres Marian Torres es antropóloga y vive en Medellín


Ese día estaba sola aunque vivía con dos amigas; Ángela, venezolana, y Sara, colombiana. Las dos habían ido a Buenos Aires mientras yo había quedado ahí. La casa colindaba con Los Hornos y estaba en planta baja. El día estuvo lluvioso, primero empezó a meterse el agua por una gotera muy cerca de un toma y yo trataba de controlarla, me daba susto que pasara algo con la electricidad. Había estado toda la tarde inventando la manera de que el agua no llegara al toma hasta que la controlé. Como llovía tanto me fui a la habitación a leer y también estuve comunicándome por chat.

Al rato empezó a tronar más fuerte y apagué el computador. Chateaba con una amiga y tuve que decirle: “No, no, esto está como que muy fuerte, voy a apagar”. Apagué pero lo dejé en la cama y me recosté a seguir leyendo; me había ido sumergiendo en la lectura de un libro de Carlos Castaneda y de repente empecé a escuchar un sonido extraño, algo así como un “glub glub glub glub glub”. En principio no le puse atención, seguí la lectura pero el “glub glub glub” cada vez era más fuerte. En un momento miré al piso y vi que había agua. Pensé: “Ay carajo, qué pasó”. El piso era de madera y cuando me levanté se sentía como si flotara.

Estaba convencida de que esa agua se debía a la gotera que se había roto más, no sé, nunca imaginé que estuviera sucediendo algo más grande; pero cuando pasé por la habitación de una de mis compañeras vi que su cama ya estaba flotando. Era increíble que en un momentico hubiera surgido tanta agua. Me fui al patio. Al abrir la puerta se me vino toda el agua encima, alcanzaba hasta la mitad de mis piernas. Ahí, no sé, me confundí, como que no entendía mucho qué estaba pasando ni qué tenía que hacer. Mi reacción fue subirme encima del lavadero y allí pensar qué podía hacer.

Se me ocurría meter la mano en el sifón, estaba convencida de que algo lo había tapado y de que si lo destapaba el agua terminaría escurriéndose. Pero me daba susto que la mano me quedara atorada, así que no me atreví. Entonces me puse a llamar. Al lado había un pasillo y al fondo una casa. Le grité al vecino para que saliera pero nadie respondió. Como no había reacciones me bajé y caminé hasta la puerta de la calle.

La calle parecía un río: el agua tapaba los autos con mucha fuerza. A todas esas yo seguía sin comprender, me preguntaba: “¿qué es esto?”, “¿qué pasó?” Más confundida aun me devolví al patio. Traté de trepar el muro y no pude. Había otro menor, pero los cables de la electricidad estaban allí y, pensando que podría topar alguno, no me atreví a subir. Entonces volví a gritar sin ningún resultado. El agua iba subiendo rápido, ya la tenía por las rodillas y de seguir así quedaría atrapada, así que intenté llegar a una casa aledaña.

la plata, tomada del diario Perfil. foto Dyn

La Plata, 2013; tomada del diario Perfil. foto: Dyn.

No había nadie por toda la cuadra, era como estar en la selva con un río delante. Frente a la casa pedí auxilio, grité muchas veces. Al momentico vi a un señor que salía de su casa sujetándose de una puerta. Al principio me miró con desconfianza. Dije que yo era la que vivía ahí, que era su vecina y que no sabía qué estaba pasando, que si me podía ir a donde estaba. Entonces me dijo que si. Mi casa tenía una puerta y una reja. Pensé que si ponía la puerta el agua se la podría llevar, así que solamente aseguraré con la reja. En enero de ese año habían entrado los ladrones, de modo que estábamos con la paranoia de los ladrones y tratábamos de protegernos.

Por el motivo de los robos las chicas habían escondido los computadores antes de irse. Zara le había traído un computador de Colombia a Ángela como una semana antes, era nuevecito; el de ella no, era muy viejo. Por la tarde había estado buscado su cargador y no lo pude encontrar, así que no me esmeré; si con calma no lo había podido localizar peor así. Solo busqué el de Ángela, lo puse encima de la nevera, coloqué la reja y salí.

Cuando llegué a donde los vecinos todavía tenían controlada el agua y estaban tratando de salvar las cosas, ponerlas en lugares altos. Me prestaron un celular porque quería  comunicarme con algunos amigos sin haber podido; ese día había hecho todo lo que no se debe hacer: no me había bañado, en casa siempre estoy de piyama y me había puesto un short y una camiseta de tiritas; no había almorzado, el celular se iba a descargar y tampoco tenía saldo. Llamé a una amiga, cuando me contestó sentí en su voz la  salvación. Le pedí que por favor llamara a los bomberos, que la casa estaba inundada; no me imaginaba que estuviera pasando en toda la ciudad. Después me dijo que en ese momento no me había creído. Enseguida entró también la llamada de otro amigo, Mariano. Cuando lo escuché le dije casi en gritos: “Llama a los bomberos, por favor, llama a los bomberos”. Quería irse a donde yo estaba a lo que respondí que no, sentía que lo ponía en peligro si aceptaba. “Avísale a los bomberos solamente”, dije, y se me descargó la batería.

Los vecinos tenían a dos niños sobre una cama; los había visto jugando con el agua pero de repente noté que el colchón empezaba a flotar, el agua iba y volvía, estaba subiendo mucho así que les advertí para salir, corríamos el riesgo de quedar atrapados. También había una viejita que les había estado insistiendo mucho para que salieran pero ellos no aceptaban. La viejita estaba muy angustiada y yo ratificaba sus consejos. Entonces nos dijeron que saliéramos si queríamos, pero que ellos tenían niños y se quedan en su casa. Era su decisión, así que yo salí.

la plata inundada, foto tomada de La izquierda diario

Una calle de La Plata inundada. 2013. Foto tomada de La izquierda diario.

Mientras caminaba por el  pasillo y con el agua ya en los hombros pensaba: “¡Ay, no, no es posible que me venga a morir a Argentina”. Yo veía aquello como muy desesperanzador. Y no era tanto lo alto como la corriente, que era fuerte: se llevaba los autos, la basura, los troncos de los árboles, un río. Era muy difícil acercarse sin que no se lo llevara a uno.

En la entrada había un auto y logré acercarme. Un muchacho me dio la mano para que subiera hasta el techo. Cuando me subí, buscando una respuesta que me diera esperanzas, no sé por qué le pregunté: es cierto que nos vamos a morir. Con los ojos encharcados me dijo: “Sí, yo creo que sí”. Hacía dos días había llegado desde una provincia, sus padres eran de Bolivia, creo. Venían a trabajar, andaba con muchas herramientas y el auto lo tenía ahí debajo lleno de agua. No me dio esperanzas. Entonces empecé a insistir, debíamos buscar un lugar más alto para subirnos. Respondió que no, que no había forma.

Al lado había una casa con tres pisos. Otra gente había tratado de meterse y no habían podido. Los dueños no estaban y las puertas parecían aseguradas. En frente había otro edificio, pero era imposible cruzar. Pensé en los árboles, tampoco se veían demasiado resistentes. En ese instante pasa una pareja; el hombre llevaba a su hija sobre los hombros y supuse que eran los dueños de una casa grande que quedaba al lado de la mía. Me emocioné, bajé a la acera y los seguí. Pregunté si eran los dueños. “No”, respondió él: “estábamos de viaje y la camioneta se nos quedó atrapada”. ¡Qué desesperanza!

Entramos todos al frente de la casa. El agua seguía subiendo y no paraba de llover. Serían las nueve de la noche, por ahí. El papá del muchacho, que me había seguido, estaba custodiando otra camioneta al frente y le dijimos que cruzara, que lo íbamos a ayudar, pero era un viejito y no quiso. Se excusaba con las herramientas que traía en su auto. Lo alertamos, dijimos que las cosas se recuperaban, pero que si la corriente arreciaba se lo podría llevar. Después le tocó subirse en un muro y ahí pasó toda la noche, de pie. El muchacho por momentos decía que iría a salvarlo, se lamentaba de aquella situación.

La hija de la pareja tenía retraso mental, le tenía pavor al agua y para tranquilizarla sus padres le hablaban de pizzas, pastas y eso, tema al que ayudábamos, pero a veces se iba de control y empezaba gritar: “ ¡La puta madre, la puta madre!”. Hacía mucho frío. Los vecinos me habían prestado una campera pero se le pegaron unas hormigas que me estaban haciendo la vida muy incómoda. Llovía con más fuerza y la crecida subía.

A estas alturas seguía sin entender, en mi cabeza tenía la idea de que el agua seguiría subiendo hasta el infinito. Cada cual rezaba, pedía salvarse, hacía promesas. Ahí es cuando empiezan a pasarle cosas por la cabeza a uno, pensamos que la vida se puede ir en un momentico. La madre de la muchacha había empezado a quejarse, no aguantaba más. El esposo trataba de darle ánimos, la abrazaba, la besaba, pero en una de esas también se desesperó y manos al cielo se puso a gritar: “¡Eh viejo, qué hacés viejo, pará, pará!”. Me sentía diminuta, la naturaleza estaba haciendo lo suyo y uno es un ser minúsculo ante eso.

Seguía sin entender y en mi cabeza tenía la idea de que el agua seguiría subiendo hasta el infinito. Cada cual rezaba, pedía salvarse, hacía promesas. Ahí es cuando empiezan a pasarle cosas por la cabeza a uno, pensamos que la vida se puede ir en un momentico

Habían quitado la corriente y la soledad fue mayor: nada de una sirena, ningún ruido, apenas escuchábamos gritos a lo lejos. Cerré los ojos y pedí que, si me iba a morir allí al menos no quedara desaparecida, no era muy romántico pensar en mi cuerpo flotando por el Río de la Plata. Pensaba en la reacción de mi mamá y mi papá cuando supieran la noticia. Hubo un momento en el que no había nada que decir y nos quedamos todos en silencio. Había gran silencio.

De repente se abrió la puerta de la casa, la fuerza del agua la hizo estallar y aprovechamos para meternos dentro. Subimos al primer piso y mientras lo hacíamos en la planta baja todo empezó a estallar a la vez: los vidrios, las maderas, todo estallaba por la fuerza del agua y tuvimos la impresión de estar a un segundo de que la casa se nos cayera encima.  Alguien dijo: “Ahora sí creo en las películas de ficción donde un tipo corre y corre y detrás estallan los autos o lo que sea”. A veces uno es escéptico ante esas escenas, las cosas no pueden suceder con esa precisión; y es así. Nos reímos mucho por eso.

Estaba muy angustiada, me imaginaba que el agua iba a seguir subiendo y como la casa estaba enrejada y los dueños no estaban quedaríamos atrapados. El señor trataba de calmarme. Empezaban a buscar ropas para cambiarse, mantas para cubrirse. La chica  seguía alterada y nosotros nos veíamos obligados a hablar de empanadas, asados y cosas así. Eran las diez de la noche, me acuerdo porque había un reloj. Ángela se devolvería de Buenos Aires y quería llamarla para decirle que no lo hiciera. Entonces el señor me prestó su celular, cambié la sim y entró la llamada de Mariano. Le conté que todo era un desastre, que habíamos podido entrar a otra casa y esperábamos ayuda. Estaba tan nervioso que quiso llamar un remix para rescatarme. ¡Un remix!, pienso, ¡en todo caso hubiera necesitado un helicóptero! Lo calmé diciéndole que al día siguiente necesitaría su compañía, que se mantuviera tranquilo.

La comunicación estaba muy mala, pero también logré contactar con Sara. No me creía una palabra. Pensaba que era una inundación normal, luego se quedó pensando y me dijo: “Ay, Marian, ¿entonces perdimos todo lo de la casa? Le respondí: “Yo creo que sí, todo, todo”. Le insistí mucho para que no viniera, para que buscara la forma de quedarse en Buenos Aires. Después me recosté en el piso. Al rato me empezó a dar hambre. La señora tenía unos panes que estaban mojados, pero igual nos los cominos así, como para disimular. En esas condiciones pasamos la noche. Hacía mucho frío, no me había querido cambiar y estaba muy mojada, las hormigas se me metían por el cuerpo; picaban por todas partes. No podíamos dormir. Había calma y de repente algo sonaba produciendo entre nosotros mucha tensión.

Como a las tres de la mañana el agua empezó a bajar, había bajado bastante y por los ruidos parecía que había salido gente a robar. Como la pareja tenía el auto cerca estaban muy pendientes y a cada rato iban a espantar a los merodeadores. Estaban rabiosos por eso. Como a las cinco el agua ya estaba muy bajita y salí. Si algo se hubiera podido salvar  podría salirse por la reja, pensaba en el computador nuevo de mi amiga. Justo también ese día me habían pedido el bolso prestado y había dejado las cosas encima de la cama: la tarjeta del banco, la plata, el dni, todo. En ese momento esas cosas cobraban importancia, pues mucho no sabía qué iba a hacer al otro día, así que no quería que se fuera por la rendija. Llegué a la casa, cerré y me devolví.

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Intersección de La Plata. Foto: Ignacio Amiconi.

Como a las siete salimos al patiecito. La señora estaba bastante angustiada, pues estaba convencida de que podrían pensar que estábamos dentro para robar y podrían acusarnos. El señor trataba de calmarla diciéndole que no, que solo buscábamos salvarnos. Pero el tema creó mucha tensión y decidimos abandonarla.

De regreso en la casa vi que todo era un desastre, la nevera estaba en el living y en la tasa del baño había quedado incrustada una olla; una puerta se había zafado y todo estaba por el piso. El agua parecía aceitosa, con mucha tierra y algunas culebritas, mucha basura. El computador nuevo de mi amiga había quedado en el fondo, pero las cosas que habían dejado sobre la cama estaban en su lugar, la cama había flotado y eso las salvó. No se me ocurrió poner nada ahí, cuando comenzó la inundación lo que menos me importaba era lo material; solo había tratado de proteger los computadores, sobre todo el computador de mi amiga, es lo más valioso que uno tiene y era nuevo. En el barrio la gente se veía muy triste. Había un señor en la vereda mirando su casa destruida.

Tenía apuro en llamar a mi casa para que supieran que estaba bien. Suponía que estuvieran al tanto por las noticias. Me pude comunicar como dos días después, si no estoy mal, y solo pude decirle a mi mamá que no se preocupara, que estaba bien. Ella me preguntó: ¿se te inundó la casa? Ante mi respuesta afirmativa se notaba su desconsuelo. Luego, me contaría que ante la falta de noticias le había pedido a una prima que me buscara en la lista de muertos informadas por la televisión. Nunca había vivido cosa parecida. Esa noche, la noche posterior a las lluvias, me angustiaba mucho solo de escuchar a los bomberos. Cerraba los ojos y solo veía agua…

 


Marian Nathalia Torres nació en Colombia y es antropóloga especializada en estudios de género. En la ciudad de Medellín trabaja el adiestramiento de mujeres en género y formación sociopolítica, también en la gestión social e investigación de procesos de convivencia a través de la música.

 

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