El misterio de la mano autónoma

la crónica apócrifa

“El sol picaba sobre mi cabeza y sobre la cabeza del presidente nuevo y tal vez porque estaba a punto de calcinarnos los sesos creí ver en su sonrisa una mueca y su vista interceptó de pronto a su mano porque inesperadamente se torcía en sentido contrario al movimiento natural de un agarre humano”.


leandro estupiñánLeandro Estupiñán vive en Buenos Aires


Escucho la frase, en este o aquel momento, y me viene a la cabeza el día en que Mauricio Macri juró ante el Congreso de la nación argentina. Buenos Aires vivía una de esas jornadas bochornosas en las que apenas hace falta avanzar unos metros para que el cuerpo empiece a desintegrarse. El clima pampeano desafiaba cualquier recuerdo del verano cubano y las deliciosas brisas primaverales se habían pasmado como si la tierra dejara de girar.

Trataba de aliviarme del sopor desde un balcón que daba a una calle estrecha y siempre abierta a un tráfago imparable en una zona propicia al cambalache. Enfrente tenía el amplio techo donde una patrulla de vampiros dormitaba su siesta desvergonzadamente, aferrado con las patas cada animal pasaba la resaca nocturna de cabeza en el tejado. Miraba azoteas abandonadas o tan cercanas a un abandono destructivo que a veces me recordaban a La Habana, y dentro del departamento la voz de un locutor recordaba que a pocas cuadras estaba sucediendo el desfile por la asunción presidencial.

Pensé que si por curiosidad había ido a la última concentración en la que Cristina Fernández, sobre un entramado de tablones y luces que recordaba la entrega de algún premio, se despedía de sí misma y de sus seguidores, iguales causas podrían hacerme peregrinar hasta la zona por las que pasaba este presidente de ahora. Di media vuelta, me cambié de pulóver, le di un beso a mi esposa embarazada tendida sobre la cama con nuestro hijo estirándole la panza lo más que podía, y salí.

No reflexionaba seriamente sobre lo que significa un cambio de gobierno ni en todo el alboroto que ha de precederle, mi vida había estado ajena a estas realidades y los cambios políticos desde hacía años nunca lo fueron contundentes a mi alrededor. La verdad que no pensaba en nada y cuando tomé otra calle estrecha solo miraba vidrieras repletas de instrumentos musicales, violines de pulida madera, guitarras de todos los colores, criollas y eléctricas; saxofones y trompetas.

La gente se escurría por las aceras, entraba a algún edificio, se metía en este o aquel establecimiento mientras desde los postes, las tapas de los tachos o imponiéndose sobre la sonrisa que en un trozo de papel mantuviera cualquiera de los candidatos presidenciales, con ojos en papel minúsculo nos seguía alguna de esas chicas que en esplendida desnudez invitan a ser llamadas a  misteriosos números telefónicos para nuestra más íntima satisfacción.

En Avenida de mayo encontré un tumulto, personas de todas las edades atraídos por la misma causa que yo. Se agolpaba en la vereda siguiendo el curso que habría de llevar el desfile ya visible a mi izquierda. Los más desesperados escalaban por cualquier objeto que encontraran a su paso para observar la comitiva, y había quienes hacían saltar de emoción carteles o banderas ante las cámaras fotográficas y de televisión dispuestas a captar el acontecimiento. Y ya pasaban ante mí los briosos caballos encima de los cuales iban los granaderos con gorras y galones anchos y casacas de paño azul en las destacaban botones dorados y sables.

El auto donde se trasladaba había salido desde la Casa Rosada, se dirigía al Congreso y al fin la muchedumbre lo veía pasar por el tramo en el que me encontraba. Era un auto blanco de cristales oscuros gracias a los que yo no lograba ver nada de lo que sucedía dentro. Esquivando cuerpos caminé lentamente en su misma dirección con la esperanza de atisbar al presidente que jamás había observado en persona hasta que de repente lo vi surgir por la escotilla. Se le veía sonriente y levantaba el brazo derecho. Su mano se movía imitando un saludo o se quedaba inerte en el espacio como una nave espacial varada por alguna causa.

El sol picaba sobre mi cabeza y sobre la cabeza del presidente nuevo y tal vez porque estaba a punto de calcinarnos los sesos creí ver en su sonrisa una mueca y a su vista interceptar de pronto la amistosa mano porque inesperadamente se empezaba a torcer en sentido contrario al movimiento natural de un agarre humano, de modo que los dedos quedaron estirados como los alambres que mantienen funcionando un paraguas cuando estos se descomponen a consecuencia de una ráfaga inesperada. Tal vez fuera así, y por eso quedó en el rostro del hombre una expresión de angustia, asombro y dolor. Seguido su cuerpo se encogió por la escotilla para que de inmediato tomara su lugar, sonriente, una primera dama que por la persistencia en la que miraba al fondo sostuve la hipótesis de que algo había sucedido.

Anduve un rato más al borde de la vereda. Caminaba a una distancia prudencial del auto, atisbándolo entre las patas de uno de los caballos guiados por los granaderos. Miraba yo con sigilo y esperaba que el político volviera a aparecer cuando en efecto surgió como un muñeco desde la caja de regalos. Desesperado entonces busqué una zona alta desde la cual tener un ángulo favorable a la observación, quería constatar lo que había creído descubrir antes.

Había unos trastos de construcción cerca del cine Gaumont y subí en ellos para elevarme unos veinte centímetros. Fue así que el rostro de ese hombre quedó delante de mí y entendí que así como su mirada era semejante a la de un androide su rostro transmitía satisfacción. En eso besó con la pasión de un humano a la primera dama y ambos rieron y tal vez hasta me miraran con planificada intención.

Les devolví el gesto con una mirada áspera. Estaba desilusionado, en particular molesto con él, Macri parecía saludarme con la mano que yo había imaginado descompuesta: no había ocurrido ninguna clase de accidente y si acaso otro fantasioso observador había creído ver anormalidades durante el desfile sus gestos plenipotenciarios decían lo contrario. Ahora se mostraba altivo, luciendo aún más saludable, tan solo un poco castigado por el sol y tal vez por eso su esposa y él acabaron devolviéndose al interior del auto que en pocos minutos estaba ya a la entrada del inmenso edificio al que se dirigían.

Emprendí la retirada no sin dejar de lado mi descerebrada hipótesis. La mano del presidente nuevo algo debía tener de estrafalaria, no podía estar tan demente yo como para imaginarla retorciéndose a la vista de todos. Debía tratarse de un artefacto implantado por alguna razón desconocida que a la vez, y probablemente, debía tener la facultad de revelarse ante su poseedor para hacer lo que le viniera en ganas, ya fuera descomponerse en medio de un desfile fundamental o salir por ahí a realizar a saber qué maldades en mitad de la madrugada, como recordaba había hecho la mano de un personaje en no sé qué película de mi infancia, escena esta que fue motivo de sostenidas pesadillas.

Una mano así nunca podría dejarse sola en un despacho presidencial, debí soltar en alguna velada, enarbolando una patriótica jarra de cerveza y todos soltaron la carcajada a la vez que me miraban con ojos de quien piensa: “pobre cubano que se nos ha vuelto loco en esta tierra de desquisiados”. Mi mujer fue más directa, insistió en que dejara de leer historias de ciencia ficción, que me olvidara de los libros e invirtiera mis energías en repartir nuevos currículos.

De todos los candidatos a la presidencia argentina el único que tiene un brazo postizo, en todo caso una prótesis prosaica, nada de tecnología de puntas, pertenece al que se apellida Scioli, dijo ella esa noche, agobiada porque la panza amenazaba con explotar y yo pensé que era verdad, que como casi siempre tenía la razón. Scioli era  de todos los candidatos a la presidencia de la Argentina el único que había perdido una extremidad, en su caso a causa de un antiguo accidente en una moto acuática. Será que estas elecciones son para la política como para el deporte los juegos paralímpicos, pero encubiertos, dije, y no se habló más del tema esa noche en que nada más que la amistad celebrábamos.

No obstante a lo que hubiera sido un lógico proceder junté información que corrobora mi teoría, y para mi descalabro teórico Macri resultó un hombre saludable. Los únicos problemillas que había mostrado eran episodios cardiovasculares, lesiones óseas, vulgares circunstancias más bien ligadas a la edad; nada contundente había visible en su historial clínico, nada como la amputación de una mano que lo llevara a valerse de un implante biónico al estilo de Hugh Herr o algo así.

Pero estuve largo tiempo pensando en aquel insólito hecho. A la hora de hablar del asunto apenas reparaba en la muchedumbre de seguidores juntada ante la Casa Rosada aquella tarde de diciembre para agasajarlo, en el librero escéptico ante el político triunfador con el que hablé a unos metros del Café Tortoni o en aquella pareja de cubanos enfermos, como dice un amigo poeta que todos los de la isla estamos; y es que en verdad hay que estar muy enfermo para gritarle a uno: “ ¡A ver cuando tienen ustedes elecciones verdaderas!”, cuando uno, o sea yo, solo buscaba captar con mi cámara la única bandera cubana que había por todo aquello y nada tengo que ver con el gobierno de la Isla.

Hoy desconozco si algo extraño sucedió verdaderamente con la extremidad, pero cervezas de por medio insisto en que aquella mano de alguna manera se descompuso. Y hasta reprocho que nadie más lo viera, que todo el mundo estuviese pendiente del brazo del Scioli y de la boca de Cristina; incluso que llegaran a difamar de la ligera bizquera de no recuerdo qué político, mientras la mano se desprendía peligrosamente. Hoy lo traigo a colación porque he escuchado otra vez la frase esa de: “pará la mano, Macri”. Y entonces tengo que decirle a los amigos: que no es él, es ella; la mano autónoma de Buenos Aires.


 

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