Con un campo de trigo

trayectos

La ruta Los Balcanes es un trayecto incorporado al mapa que dibujan por el mundo los cubanos que abandonan la isla. La historia de Gretell, su esposo Albert y el pequeño Kevin, quienes dieron la cara a lo incógnito en 2014 con tal de cumplir un deseo, así lo prueba


gretel (1) Gretell Aguirre trabaja de camarera en diversos restaurantes de Madrid


Por ese tiempo mi amiga La China, un travesti, se había ido por Serbia, cruzó la frontera de Hungría y estaba en un campo de emigrantes. Yo había llamado a la mamá para saber de su paradero y me dio un consejo bastante desalentador; acababan de retornar, de la peor manera, a unos vecinos suyos y me advertía lo que podría pasarme si me iba por ahí. Así y todo llamé a la embajada, quería saber si Serbia seguía siendo libre visado para los cubanos. Me atendió una señora muy amable que preguntó el propósito del viaje. No se me ocurrió nada mejor y le dije que íbamos de luna de miel. Cuando colgué el teléfono tenía a mi marido delante, sonriente me dijo: “Buena idea, legalizamos el matrimonio”.

Fue una semana de correr y  juntar papeles que seguramente nos harían falta. Mi suegra y yo preparamos una lista, entre las cosas a priorizar, por supuesto, debía localizar un vestido de novia. El 28 de febrero hicimos la boda, pequeñita, y Kevin, mi hijo de ocho años, estaba que no cabía de felicidad. Fue él quien me entregó al novio.

Luego sacamos pasaje y el 6 de marzo salimos de La Habana rumbo a Serbia con una escala de siete horas en Rusia. Nos quedamos asombrados de tanta belleza en el aeropuerto de Moscú: perfumes, elegancia. Kevin se veía muy contento aunque había salido enfermito, con una tos un poco rara, parecía asma; le habían recetado un medicamento en La Habana antes de salir y yo veía que no mejoraba.

ruta de cubanos a serbia

Infografía tomada del periodico catalán: La Vanguardia.

En Belgrado, al escuchar que éramos cubanos, como si le hablara a un animal un oficial de inmigración nos ordenó en inglés que nos situáramos al final de la fila.  Me sentí una judía en el fascismo, la verdad. Pasaron como dos horas hasta que nos llamara otra vez y lo primero que me preguntó fue el motivo de nuestro viaje. Respondí que estábamos de luna de miel (a todas estas Kevin pensaba que era así, que íbamos a Serbia de luna de miel, no sabía nada sobre nuestro plan de cruzar fronteras) y  se echó a reír, sarcástico me dijo: “¿A Serbia de luna de miel, por qué? “Es la única posibilidad de libre visado para un cubano interesado en conocer Europa”, dije y me respondió: “Tu sabes que no es verdad, siéntate”. Fui y me senté.

Lo veíamos caminar de un lado a otro, de una oficina a la otra con nuestros pasaportes. Luego se acercó para preguntarnos cuánto dinero llevábamos. Le respondí que tres mil euros, que nos quedaríamos en una pensión a la que podía llamar para asegurarse. Con la misma nos dio la espalda y se alejó. Como a los veinte minutos nos volvió a llamar para ponerle cuños a los pasaportes, y con la misma cara de perro nos dio la bienvenida al país. Le dimos las gracias, caminamos hasta una mesa próxima para pedirle a una chica que nos enviara en taxi y mientras la miraba comenté a mi marido que con la ayuda de Dios en poco tiempo estaríamos en España, a lo que escéptico me respondió con una pregunta: “¿Tú crees?”

aeropuerto de belgrado

Vista del Aeropuerto NIkola Tesla de Belgrado.

En cuanto llegamos a la pensión una señora amable nos dijo dónde comer, eran las dos de la madrugada y lo primero que probamos en Europa fueron unas pizzas margarita. Pasamos tres días paseando por la ciudad, por el centro. Desde la pensión  nos comunicábamos con La China, quien estaba buscando algún contacto que nos quisiera llevar hasta Hungría. Nadie quería hacerlo, es duro el control fronterizo para entrar a la Unión Europea y como las gestiones no daban resultado llamé a mi papá,  le conté que nadie se atrevía a llevarnos hasta España, que probablemente tuviéramos que pasar la frontera caminando. Su respuesta fue el clásico: “de los cobardes no se ha escrito nada”. Después  comencé a llorar, tenía mucho miedo, el niño se ponía cada vez peor por esa tos y me sentía insegura, es la peor sensación que yo haya podido experimentar.

Esa noche no pude dormir, Kevin tosía mucho y en una de esas se quedó sin respiración. Desesperada comencé a gritar y a darle palmadas por la espalda hasta lograr que respirara. Me puse a investigar en Google sobre los síntomas y di con la tos ferina y con que el medicamento que le habían mandado en Cuba lo ponía peor. De pronto recordé que en el barrio de Cuba había una niña con tos ferina, pero sus padres no lo habían podido decir porque unos amigos médicos los persuadieron; en no sé qué año Fidel había dicho que en Cuba se había erradicado la tos ferina, y como saben, eso era santa palabra, no se podía contradecir, debían mantener en silencio el verdadero diagnóstico.

Por suerte La China me puso en contacto con la persona que nos llevaría hasta la frontera, un muchacho con el que hablamos por teléfono y quedamos en vernos a la tarde. Esperó a unas manzanas de la pensión para decirnos que esa misma noche, a la siete, nos recogía en su carro y nos llevaría a los límites de Serbia, sin cruzar la frontera. Kevin había vomitado, tosía mucho por lo cual no sabía si arriesgarnos; pero, como decimos los cubanos, ya estábamos montados en el burro. Sacamos lo imprescindible de las maletas, y algunos recuerdos: el álbum de boda, unos viejitos de yeso que nos regaló una amiga ese día, una virgencita entregada por otra amiga para que nos acompañara, unas mantas y agua. Mi papá me había dicho que comprara un GPS pero a mí se me pasó.

la virgen de la caridad de cobre, en llavero

Virgen de la Caridad del Cobre (detalle).

Subimos al carro del muchacho a las siete y cuando estábamos dentro dibujó un plano en el que indicaba lo que debíamos hacer; apenas entendimos, solo teníamos claro que había que recorrer un camino en forma de C; imagínense. Ese mapa era lo único que teníamos y no lo quiso dejar por temor a que nos agarrara la policía de Serbia. A mitad de trayecto nos cambió a un taxi. Ya era de noche cuando él, que se había mantenido sin hablar una palabra hasta allí, nos dijo que desapareciéramos por una cuneta que se veía desde la carretera. Tratamos de preguntarle algo más y nos sacó repitiendo: “Vamos, vamos”.

Saltamos del auto y a pocos pasos encontramos una cerca. Albert pasó primero y cuando estaba del otro lado le hice llegar a Kevin y después las mochilas. Crucé de la misma forma, también por arriba. Seguí tras él  por un terreno arenoso algo raro, por el teléfono teníamos cinco grados de temperatura y para ganar tiempo empezamos a correr. Más adelante saltamos otra cerca y terminamos en medio de varios sembrados con casitas, como graneros.

Teníamos que movernos en silencio, La China nos había advertido que quienes vivían ahí tenían la obligación de informar a la guardia fronteriza en caso de descubrir intrusos; y así íbamos cuando sentimos a un animal que se nos venía encima y echamos a correr nuevamante. No sabíamos qué era, pero lo imaginamos enorme y no paramos hasta que lo dejamos atrás. Era un perro que debía cuidar ese territorio, porque a partir de un punto no nos persiguió más. Pero el incidente fue suficiente para que Kevin entrara en pánico y yo con él. Le decía a Albert que iba a regresar, me puse muy histérica y a él le tocó ponerse fuerte; se echó a Kevin en los hombros  y me dijo que ni loca podía virar.

Más tarde nos encontramos en un punto muerto, sin rumbo. Albert quería seguir caminando, haciendo una curva, y yo protestaba. “¿Pretendes darle la vuelta a Europa?”, le pregunté en una de esas, desesperada, y tuvimos que reírnos los tres; nosotros los cubanos igual que los delfines, con el agua hasta el cuello pero riéndonos. Echamos a andar otra vez. No veíamos nada y nos sentimos perdidos. Kevin se puso a llorar, me dijo que creía ser muy chiquito para esa aventura. Otra vez quise volver y Albert volvió a ponerse duro conmigo.

Al rato divisamos un hueco y paramos para beber agua. Era una especie de escalón en el terreno y me quedé con Kevin, pero Albert, que estaba inspeccionando, dio un resbalón y cayó en un agua apestosa. No sabíamos qué era aquello. Lo ayudé a salir y nos quedamos descansando y bebiendo agua con tanta suerte, y no siendo en vano todo lo que orábamos en ese mismo instante, que justo por encima del lugar pasó el carro de la guardia fronteriza de Serbia.

¿Qué iba a hacer? Me puse a gritar, que No, que no y llamé a Albert, que ya salía de donde estaba con Kevin en brazos. Se estaba metiendo las manos en el bolsillo, buscaba dinero por si había que sobornar, les preguntaba en inglés que dónde estamos, que si era Serbia aún. El policía entonces quiso calmarnos, dijo: “Tranquilos, tranquilos, ustedes están en Hungría”

No podíamos creer la suerte que habíamos tenido. Nos quedamos por un rato a la espera de que se alejaran y cuando no escuchamos más el sonido salimos. Veíamos un puente y caminamos para meternos por debajo. Llegamos a un sembrado inmenso de trigo. Y ahí, Dios mío, la cosa se puso fea: ¿han escuchado el dicho: “perdido en un campo de maíz”? Pues lo mismo nos pasó, pero con un campo de trigo. No sabíamos qué hacer, para donde mirábamos todo era igual y por momentos se nos metían los pies en riachuelos o qué sé yo era aquello, el caso es que se nos congelaban los pies. Ya no nos quedaba agua y el frío nos estaba desesperando. En medio de eso me pregunta Albert que qué hacíamos. Le respondí: “Vamos por aquí”. Yo solo oré y me dije: “mi único GPS eres tú, Dios mío, guíanos”. Albert tuvo que preguntar si estaba segura de lo que decía. Le dije: “Claro que estoy segura”.

Seguimos caminando en la nada hasta encontrarnos con una especie de ciudad abandonada, algo raro, como en las películas del oeste: un viejo teléfono, como una taberna, todo cerrado, ni un alma. Saltamos una reja muy grande que nos rompió los abrigos y vimos dos banderas, una era la de la Unión Europea y la otra, ¡cuánta ignorancia!, no sabíamos si era la de Hungría, pero yo miraba a mi izquierda y seguía viendo la frontera. Ansiosa llamé a La China y ella, desesperada, quiso saber si de verdad era la frontera. Le dije que sí, pero que ya no podíamos más y de pronto vimos un camionero, porque aquello era como un parqueo grande.

Albert esperanzado levantó la cabeza y me dijo: “Pídele ayuda, dale, que va en dirección al camión”; él estaba arreglándole las botas a Kevin y ahí mismo salí corriendo en dirección al hombre. No había avanzado ni diez metros cuando dos policías salieron de la nada exigiendo que levantara las manos. ¿Qué iba a hacer? Me puse a gritar, que No, que no y llamé a Albert, que ya salía de donde estaba con Kevin en brazos. Se estaba metiendo las manos en el bolsillo, buscaba dinero por si había que sobornar, les preguntaba en inglés que dónde estamos, que si era Serbia aún. El policía entonces quiso calmarnos, dijo: “Tranquilos, tranquilos, ustedes están en Hungría”.

Fue un momento inolvidable, nos abrazamos, llorábamos los tres, lloramos mucho. Cuando nos calmamos un policía preguntó si éramos de Pakistán. “No”, dijimos cada cual como pudo a la misma vez: “somos cubanos”. “¿Cubanos?”, preguntó el otro con asombro: “¿Pero qué hacen unos cubanos aquí?”

Al rato nos  montaron en un patrullero y nos llevaron a una estación. Aún recuerdo, en la patrulla tenían puesta la radio y sonaba una canción que a mi mamá le encanta, Stereo Love, de Edwards Maya. Tenía al niño cargado, me acerqué a Albert y le dije: “Yo creo que es una buena señal”.

En la estación nos quitaron las pertenencias; La China me había explicado cómo era el procedimiento así que no teníamos miedo. Nos desnudaron y nos revisaron. Había una policía con tremendo mal carácter que quería quitarle la ropa a Kevin, pero otra, desde que llegamos muy cariñosa con nosotros, le impidió hacerlo; sólo lo revisaron por encima de la ropa. Esa otra policía trataba de calmar al niño, le regaló caramelos de los que estaba comiendo y a nosotros nos ofreció algo caliente. Luego nos explicaron que nos iban a separar: Albert estaría en una celda y nosotros en otra,  con calefacción.

Al día siguiente Kevin amaneció muy mal, con mucha tos, vomitando. Había otra guardia muy HP, por cierto, pues le pedía que me dejara buscar los medicamentos y me respondía que no, que hasta que lo viera el médico. Compartiamos la celda con unas cuantas mujeres africanas, al despertar habían estado riéndose de mí y habían llegado a decirme: “Buenos días, princesa” (yo era la única blanca), pero cuando la cosa comenzó a ponerse tan fea con Kevin (había llegado la tarde y no venía ningún médico) todas se pusieron a discutir con la guardia. Se armó una que fueron los policías hombres a ver qué pasaba. Por fin me autorizaron a salir por el medicamento.

Todo el mundo tiene al menos una historia falsa para justificarse, pero tristemente la nuestra es verdadera: la dirección de la Vivienda en Holguín había falsificado mis expedientes; el propio gobierno, criminalística, la policía cubana comprobó la falsificación pero así y todo una mañana parquearon frente patrullas policiales, ambulancias y más de 25 personas de la Vivienda

Las mochilas estaban a la entrada de unas jaulas a la intemperie, cerca de donde dormían los hombres. Un policía que había visto la desesperación de Albert durante la noche gritó: “¡Cuba!” Albert salió del grupo y desesperado me abrazó, quería saber dónde habíamos estado. Le respondí: “Aquí mismo, adentro”. Pobre, no le habían puesto al tanto de nuestro paradero. “No sabes la noche que he pasado sin saber a donde los habían llevado”, dijo. En las mismas estaba un turco, quien me preguntó por su mujer, traía un bebé, habían llegado hacía como dos horas. Al menos pudo quedarse tranquilo porque le ratifiqué que los dos estaban conmigo, en la celda de mujeres y niños.

Kevin preguntaba: “¿Ma, estamos presos?”, y le tenía que decir: “No, mi amor, solo nos están cuidando”. Pero me respondía: “¿Y por qué hay rejas?” “Para protegernos”, volvía a decirle yo. El policía que me había dejado buscar las medicinas explicó que para salir rápido podría responder en inglés a una especie de entrevista obligatoria, que si esperábamos al traductor podía tardar. Respondí que prefería al traductor, que esperaríamos. Al fin, en la noche me llamaron con un grito, había llegado el traductor.

Nos pasaron a los tres a una sala y allí nos preguntaron si queríamos asilo político o regresar a nuestro país. Adivinen la respuesta. Todo el mundo tiene al menos una historia falsa para justificarse, pero tristemente la nuestra es verdadera: la dirección de la Vivienda en Holguín había falsificado mis expedientes; el propio gobierno, criminalística, la policía cubana comprobó la falsificación pero así y todo una mañana parquearon patrullas policiales, ambulancias y más de 25 personas de la Vivienda. Yo estaba en la casa de una vecina y me enteré a los gritos de otra: habían roto la puerta y salí corriendo. Se llevaban a mi marido preso y habían dejado al niño solo dentro de la casa, que al verse en aquella situación cogió un bate para defenderse. Empecé a darle golpes a la patrulla donde tenían a Albert y seguido fui hasta la casa. Unas policías mujeres me siguieron, esperaron que entrara y me redujeron, me golpearon, me dejaron los brazos llenos de moretones delante de mi hijo. Al final levantaron una pared y dividieron mi casa. Dejaron todas las pertenencias tiradas en el pasillo llenas de mezcla. Estuve llorando por días y la única solución que vi fue poner el cartel:  “Se Vende” en la parte que me dejaron; con suerte vendí rápido.

Así estuve aquella noche, contando nuestra historia y pidiéndole asilo en su país. El policía entregó unos papeles con los que nos enviaba a un campo de inmigrantes en Debrecen. Me dio tremenda alegría escucharlo; ahí mismo estaba La China. De cuatro campos de emigrantes que había, nos enviaban justo a ese.

La China nos esperaba en la estación, con Rafa, su amiga travesti también que había sido su compañera de viaje. A las dos las habían echado de la estación (en Hungría hay mucha homofobia), pero allí estaban, afuera, muertas de frio, esperando. Nos dimos el abrazo más feliz que se puede dar. Noté flaquita a mi pobre chinita, me dio tanta nostalgia recordar las cosas que habíamos vivido en Cuba.

En el Centro de Emigrantes me dieron una casita frente a la de ellas. Había gente de todos los países allí, muchas culturas juntas; conocimos a otra pareja de cubanos con dos niños que hasta habían aprendido el húngaro y el inglés porque tenían una escuela en el centro. También había un hospital psiquiátrico y una cárcel. Aquello era para volverse loco, pasábamos con los travestis por la cárcel y se burlaban de ellas; por el hospital lo mismo.

Paseamos la ciudad y nos compramos ropa. La salud de Kevin mejoraba y por la felicidad que tenía no parábamos de reírnos. Al cuarto día hablamos con unos árabes, eran ellos quienes llevaban ese negocio: nos llevaron hasta un garaje donde nos esperaba un muchacho para llevarnos hasta Alemania. Pero, ¿en Alemania que haríamos para llegar a España? Mi papá estaba en Madrid, sin papeles también, no podía ir a buscarnos. Seguía la desesperación, hasta que recibo la llamada de mi mamá diciéndome que Agustín, un español casado con María Elena, una cubanísima amiga nuestra de años, le había llamado para decirle que se atrevía a buscarnos a Alemania, que lo acompañara, que todo iría bien.

Salimos rumbo a Alemania. La frontera de Austria estaba muy controlada, pero la pasamos sin problemas. Llegamos a una ciudad donde nos esperaba otro amigo de mi mamá quien nos dio comida y dormitorio.

A las 5 de la mañana tocaron la puerta, eran mi papá y Agustín: ese valiente que regresó a España con su carro lleno de emigrantes indocumentados. No recuerdo cuántas horas exactamente, pero fueron demasiadas. Aún seguíamos deslumbrados con el mundo. Llegamos en la madrugada, ¡tantas veces di gracias a Dios!: ¡qué bonito Madrid! Cuando encontré a mi mamá esperándonos a la entrada del edificio no sé cuántos abrazos, besos, saltos de alegría. Era increíble, y, como imagino pase a todos los emigrantes, llegué a pensar que la cosa había terminado ahí; y no, a partir de ese momento es cuando hay que ponerse valiente y eso es lo que no sabe nadie.

 


Gretell Aguirre cursó el nivel elemental de Danza en la Escuela Vocacional de Artes de Holguín y más tarde comenzó la carrera de Derecho en la Universidad Oscar Lucero. En la actualidad vive en Madrid, donde ha ejercido de camarera en diversos restaurantes.

Fotos principal: Glenn Carstens Peters

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