El aire se torna blanco

trayectos

karinaKarina Hernández es licenciada en lengua inglesa


Vivo en Lancaster Park, Alberta, en las afueras de Edmonton. Es como decir que vivo en Holguín, pero en Sao Arriba: Edmonton flecha. Está cerca en carro, pero estás loco si vas a pie, y no hay guagua; o manejas, o te llevan, o pagas taxi, o no sales. Y para más remate estoy dentro de una base militar, una comunidad pequeña donde todo el mundo está más o menos en la misma situación.

Se siente como Holguín, un pueblo pequeño en una isla… y  a decir verdad hay muchos estereotipos de la mujer en la isla que se aplican a mi caso: canto a todas horas, pongo los Van Van a toda voz en pleno invierno, la nieve cayendo y el viento soplando y yo que voy a publicar tu foto en la prensa a toda voz con mi trapeador, o llamando al 443025 con Isaac Delgado. Despierto y me acuesto con música, tengo que oír música a toda hora; la que sea, no importa pero necesito  algo de fondo para mover el esqueleto. Y, bueno, estoy enamorada a morir de The Tragically Hip. No puedo vivir sin ellos.

11698658_10153269076629193_2523090415585973070_nDespués de todo me alegro de estar en Lancaster Park. Detesto las grandes ciudades con tanto bullicio y tanta vorágine. Ni la Habana me gustó nunca por eso, mucha gente. Pero si me preguntan por el país, de Canadá me gusta todo. Las estaciones son diferentes y cada una tiene sus cosas buenas y malas. El verano no es tan caluroso como en Cuba pero la mosquitera es la misma; si no te echas repelente te comen vivo. La humedad relativa puede ser bastante alta dependiendo en qué provincia de Canadá estés; de todas maneras no es lo mismo, y para los cubanos es bastante soportable.

Con el otoño uno nunca se aburre de ver los árboles como se ponen rojos, amarillos y carmelitas antes de secarse y quedarse pelados. El aire huele distinto, no sé cómo explicarlo, pero el otoño tiene su olor particular. Como el clima se va enfriando ahí es cuando te vistes con botines y chaquetas aunque todavía te puedes poner vestidos; es la mejor estación para vestirse bien antes de que entre la bestia del invierno: todo blanco alrededor de uno: el cielo blanco, la tierra blanca. Si tienes buenas botas, un gorro y un abrigo poderoso no importa que la temperatura baje a -30° C porque estarás bien. Cuando todo está cubierto de nieve es como si los sonidos se acallaran, predomina la calma, el aire se vuelve sereno y diáfano, blanco. Ya yo me he acostumbrado al frío de tal manera que en el verano extraño esa cosquillita en la piel, como cuando entras a una habitación con aire acondicionado después de haber caminado bajo el sol.

Lo primero que piensa la gente es que mi marido tiene como ochenta años y que yo lo conocí en el corredor de La Begonia jineteando y no fue así

A Canadá “me trajo mi marido”. Lo primero que piensa la gente es que mi marido tiene como ochenta años y que yo lo conocí en el corredor de La Begonia jineteando y no fue así. Cuando estaba en la universidad, si te ponías dichoso las prácticas pre-profesionales eran con las agencias de turismo, llevando turistas del aeropuerto al hotel y viceversa, luchando propinas a derecha e izquierda, ya fuera por habilidades lingüísticas, carisma, humor, y/o blusas escotadas. En uno de esos viajes al hotel conocí a un muchacho un año mayor que yo, acabado de llegar a Cuba por primera vez de vacaciones con su familia. Me tocó llevarlo al hotel, y aunque hubo sus miradas pícaras (por lo menos para mí aquello fue a primera vista, ¡qué cursi por tu vida!) no pasó nada, pero cuando hubo que llevarlo de regreso al aeropuerto, resulta que me tocó hacer de guía en el bus, y ahí sí intercambiamos email. Y ya, nos escribimos diariamente; yo era punto fijo en el laboratorio de informática en la universidad, y en la oficina de eventos de la Dirección de Cultura. El que me barajara mi tiempo de máquina estaba loco. Luego nos casamos, etc, etc…

No tenía ni puta idea de lo que iba a encontrar fuera de Cuba, solo sabía que venía a estar con mi marido. Lo demás, ni idea; he hallado tolerancia y hasta ahora nunca he experimentado la discriminación en carne propia. La cultura es muy diversa pero lo que me fascina es que todavía exista la cultura aborigen; en Cuba no quedó casi nada comparado con lo que hay aquí. Todavía no he tenido oportunidad de compartir con alguien, pero es cuestión de tiempo, cuando conozca algún nativo lo acribillaré a preguntas.

Soy una gente muy tolerante, tan tolerante que más a menudo de lo que sería recomendable la gente me coge la baja y me pasa por arriba con carretas y carretones. Así y todo, acepto a todo el mundo. Y ahora que lo pienso nunca comparo a los canadienses con los cubanos; los cubanos somos únicos, ¡qué pasa!

988393_10152113038229193_841867714_nEl día en que me dijeron que existían otros idiomas, como a los 4 años, fue una revelación tan grande que nunca me he repuesto de la curiosidad enorme que se despertó ese día. Si por mí fuera hablaría todos los idiomas del mundo. Cuando mi hermano estaba en la secundaria y yo en la primaria lo esperaba para preguntarle si había aprendido palabras nuevas en inglés. Al empezar Lengua Inglesa ya había pasado por la escuela de Idiomas, pero decidí hacer el concurso por la prueba de ingreso porque quería, necesitaba aprender más. Vivir aquí y escuchar los distintos acentos, descubrir palabras, conocer referencias culturales, comprender cómo se forman nuevos términos, ver como se amplían o reducen en su significado, eso  para mí es fascinante. De ahí que sea tan triste que no encuentre trabajo en mi área. ¡Tengo quijada, pero no me dan pan! Tristemente aquí no hay trabajo para traductores, así que el diploma con el título de la universidad no está ni en la pared. Pero, como sé tres idiomas, hablo como un perico. Vengo de una isla donde hay solidaridad de todos los colores así que trabajé como agente de servicio al cliente hasta que lo dejé. El idioma me gustó desde siempre.

Sé que existen comunidades hispanas, pero nunca las he visitado, y si hay cubanos están escondidos. En Edmonton existe un solo restaurante de comida cubana y es… ¡coreano!, sirve dos o tres platos de comida cubana. El pediatra de mis hijos es Colombiano, y su secretaria es latina, pero no sé de dónde. Con ellos hablo español formal. Ahora soy ama de casa y madre de dos bolas de humo. Insertarme son otros 20 pesos.

12072627_10153443915894193_2658117101149310877_nMis recorridos diarios se limitan a las distancias que se puedan hacer a pie, sigo sin aprender a manejar, me da miedo miedísimo… Otro recorrido que no he emprendido otra vez es el viaje a Cuba; vergonzoso, pero cierto; y eso que a mis hijos les hablo constantemente, mucho; ven videos, comen comida cubana, oyen la música… les encanta Compay Segundo, ¡y si los oyen cantando Hasta que se seque el malecón!, se desmayan de la risa. En YouTube hay videos de gente recorriendo los parques y las calles de Holguín, los vemos juntos y les digo: “Miren, por ahí iba yo a comprar naranjas”; “sí, eso es un coche con un caballo”; “vieron qué bicicleta más rara, con un asiento en el costado, es un bicitaxi”. El día empieza para mí con mis hijos, porque ellos son los que me despiertan a besos, y termina en mi reloj, porque si dejo de ver la hora no me duermo. Mis padres vinieron cuando nació mi hija, estaba trabajando y se pudo pagar el viaje. Pero hasta ahora he enfrentado sola la maternidad. Mi marido es soldado y Canadá tiene tropas en muchos países donde hay guerra. Si un día parte a una misión donde el jején puso el huevo y pasa lo indecible: veo el carro al frente y la gente uniformada en mi puerta como aquella escena de Algo más que soñar, mandaré a buscar a mis padres y aguantaré la respiración hasta que lleguen antes de romperme en mil pedazos. Y si algún día el ejército canadiense nos manda cerca del mar me gustará más; entonces Canadá olería a sal.


Karina Hernández nació en Holguín hace suficiente tiempo como para no revelar en qué año. Vivió cerca del hospital Lenin hasta radicarse en Canadá. En la Universidad Oscar Lucero Moya estudió Lengua Inglesa con Francés. Ahora trabaja en la casa y vive en Alberta con su esposo, dos hijos y una perra, según advierte: más loca que una chiva.

Fotos: cortesía de la autora.

Anuncios

Con un campo de trigo

trayectos

La ruta Los Balcanes es un trayecto incorporado al mapa que dibujan por el mundo los cubanos que abandonan la isla. La historia de Gretell, su esposo Albert y el pequeño Kevin, quienes dieron la cara a lo incógnito en 2014 con tal de cumplir un deseo, así lo prueba


gretel (1) Gretell Aguirre trabaja de camarera en diversos restaurantes de Madrid


Por ese tiempo mi amiga La China, un travesti, se había ido por Serbia, cruzó la frontera de Hungría y estaba en un campo de emigrantes. Yo había llamado a la mamá para saber de su paradero y me dio un consejo bastante desalentador; acababan de retornar, de la peor manera, a unos vecinos suyos y me advertía lo que podría pasarme si me iba por ahí. Así y todo llamé a la embajada, quería saber si Serbia seguía siendo libre visado para los cubanos. Me atendió una señora muy amable que preguntó el propósito del viaje. No se me ocurrió nada mejor y le dije que íbamos de luna de miel. Cuando colgué el teléfono tenía a mi marido delante, sonriente me dijo: “Buena idea, legalizamos el matrimonio”.

Fue una semana de correr y  juntar papeles que seguramente nos harían falta. Mi suegra y yo preparamos una lista, entre las cosas a priorizar, por supuesto, debía localizar un vestido de novia. El 28 de febrero hicimos la boda, pequeñita, y Kevin, mi hijo de ocho años, estaba que no cabía de felicidad. Fue él quien me entregó al novio.

Luego sacamos pasaje y el 6 de marzo salimos de La Habana rumbo a Serbia con una escala de siete horas en Rusia. Nos quedamos asombrados de tanta belleza en el aeropuerto de Moscú: perfumes, elegancia. Kevin se veía muy contento aunque había salido enfermito, con una tos un poco rara, parecía asma; le habían recetado un medicamento en La Habana antes de salir y yo veía que no mejoraba.

ruta de cubanos a serbia

Infografía tomada del periodico catalán: La Vanguardia.

En Belgrado, al escuchar que éramos cubanos, como si le hablara a un animal un oficial de inmigración nos ordenó en inglés que nos situáramos al final de la fila.  Me sentí una judía en el fascismo, la verdad. Pasaron como dos horas hasta que nos llamara otra vez y lo primero que me preguntó fue el motivo de nuestro viaje. Respondí que estábamos de luna de miel (a todas estas Kevin pensaba que era así, que íbamos a Serbia de luna de miel, no sabía nada sobre nuestro plan de cruzar fronteras) y  se echó a reír, sarcástico me dijo: “¿A Serbia de luna de miel, por qué? “Es la única posibilidad de libre visado para un cubano interesado en conocer Europa”, dije y me respondió: “Tu sabes que no es verdad, siéntate”. Fui y me senté.

Lo veíamos caminar de un lado a otro, de una oficina a la otra con nuestros pasaportes. Luego se acercó para preguntarnos cuánto dinero llevábamos. Le respondí que tres mil euros, que nos quedaríamos en una pensión a la que podía llamar para asegurarse. Con la misma nos dio la espalda y se alejó. Como a los veinte minutos nos volvió a llamar para ponerle cuños a los pasaportes, y con la misma cara de perro nos dio la bienvenida al país. Le dimos las gracias, caminamos hasta una mesa próxima para pedirle a una chica que nos enviara en taxi y mientras la miraba comenté a mi marido que con la ayuda de Dios en poco tiempo estaríamos en España, a lo que escéptico me respondió con una pregunta: “¿Tú crees?”

aeropuerto de belgrado

Vista del Aeropuerto NIkola Tesla de Belgrado.

En cuanto llegamos a la pensión una señora amable nos dijo dónde comer, eran las dos de la madrugada y lo primero que probamos en Europa fueron unas pizzas margarita. Pasamos tres días paseando por la ciudad, por el centro. Desde la pensión  nos comunicábamos con La China, quien estaba buscando algún contacto que nos quisiera llevar hasta Hungría. Nadie quería hacerlo, es duro el control fronterizo para entrar a la Unión Europea y como las gestiones no daban resultado llamé a mi papá,  le conté que nadie se atrevía a llevarnos hasta España, que probablemente tuviéramos que pasar la frontera caminando. Su respuesta fue el clásico: “de los cobardes no se ha escrito nada”. Después  comencé a llorar, tenía mucho miedo, el niño se ponía cada vez peor por esa tos y me sentía insegura, es la peor sensación que yo haya podido experimentar.

Esa noche no pude dormir, Kevin tosía mucho y en una de esas se quedó sin respiración. Desesperada comencé a gritar y a darle palmadas por la espalda hasta lograr que respirara. Me puse a investigar en Google sobre los síntomas y di con la tos ferina y con que el medicamento que le habían mandado en Cuba lo ponía peor. De pronto recordé que en el barrio de Cuba había una niña con tos ferina, pero sus padres no lo habían podido decir porque unos amigos médicos los persuadieron; en no sé qué año Fidel había dicho que en Cuba se había erradicado la tos ferina, y como saben, eso era santa palabra, no se podía contradecir, debían mantener en silencio el verdadero diagnóstico.

Por suerte La China me puso en contacto con la persona que nos llevaría hasta la frontera, un muchacho con el que hablamos por teléfono y quedamos en vernos a la tarde. Esperó a unas manzanas de la pensión para decirnos que esa misma noche, a la siete, nos recogía en su carro y nos llevaría a los límites de Serbia, sin cruzar la frontera. Kevin había vomitado, tosía mucho por lo cual no sabía si arriesgarnos; pero, como decimos los cubanos, ya estábamos montados en el burro. Sacamos lo imprescindible de las maletas, y algunos recuerdos: el álbum de boda, unos viejitos de yeso que nos regaló una amiga ese día, una virgencita entregada por otra amiga para que nos acompañara, unas mantas y agua. Mi papá me había dicho que comprara un GPS pero a mí se me pasó.

la virgen de la caridad de cobre, en llavero

Virgen de la Caridad del Cobre (detalle).

Subimos al carro del muchacho a las siete y cuando estábamos dentro dibujó un plano en el que indicaba lo que debíamos hacer; apenas entendimos, solo teníamos claro que había que recorrer un camino en forma de C; imagínense. Ese mapa era lo único que teníamos y no lo quiso dejar por temor a que nos agarrara la policía de Serbia. A mitad de trayecto nos cambió a un taxi. Ya era de noche cuando él, que se había mantenido sin hablar una palabra hasta allí, nos dijo que desapareciéramos por una cuneta que se veía desde la carretera. Tratamos de preguntarle algo más y nos sacó repitiendo: “Vamos, vamos”.

Saltamos del auto y a pocos pasos encontramos una cerca. Albert pasó primero y cuando estaba del otro lado le hice llegar a Kevin y después las mochilas. Crucé de la misma forma, también por arriba. Seguí tras él  por un terreno arenoso algo raro, por el teléfono teníamos cinco grados de temperatura y para ganar tiempo empezamos a correr. Más adelante saltamos otra cerca y terminamos en medio de varios sembrados con casitas, como graneros.

Teníamos que movernos en silencio, La China nos había advertido que quienes vivían ahí tenían la obligación de informar a la guardia fronteriza en caso de descubrir intrusos; y así íbamos cuando sentimos a un animal que se nos venía encima y echamos a correr nuevamante. No sabíamos qué era, pero lo imaginamos enorme y no paramos hasta que lo dejamos atrás. Era un perro que debía cuidar ese territorio, porque a partir de un punto no nos persiguió más. Pero el incidente fue suficiente para que Kevin entrara en pánico y yo con él. Le decía a Albert que iba a regresar, me puse muy histérica y a él le tocó ponerse fuerte; se echó a Kevin en los hombros  y me dijo que ni loca podía virar.

Más tarde nos encontramos en un punto muerto, sin rumbo. Albert quería seguir caminando, haciendo una curva, y yo protestaba. “¿Pretendes darle la vuelta a Europa?”, le pregunté en una de esas, desesperada, y tuvimos que reírnos los tres; nosotros los cubanos igual que los delfines, con el agua hasta el cuello pero riéndonos. Echamos a andar otra vez. No veíamos nada y nos sentimos perdidos. Kevin se puso a llorar, me dijo que creía ser muy chiquito para esa aventura. Otra vez quise volver y Albert volvió a ponerse duro conmigo.

Al rato divisamos un hueco y paramos para beber agua. Era una especie de escalón en el terreno y me quedé con Kevin, pero Albert, que estaba inspeccionando, dio un resbalón y cayó en un agua apestosa. No sabíamos qué era aquello. Lo ayudé a salir y nos quedamos descansando y bebiendo agua con tanta suerte, y no siendo en vano todo lo que orábamos en ese mismo instante, que justo por encima del lugar pasó el carro de la guardia fronteriza de Serbia.

¿Qué iba a hacer? Me puse a gritar, que No, que no y llamé a Albert, que ya salía de donde estaba con Kevin en brazos. Se estaba metiendo las manos en el bolsillo, buscaba dinero por si había que sobornar, les preguntaba en inglés que dónde estamos, que si era Serbia aún. El policía entonces quiso calmarnos, dijo: “Tranquilos, tranquilos, ustedes están en Hungría”

No podíamos creer la suerte que habíamos tenido. Nos quedamos por un rato a la espera de que se alejaran y cuando no escuchamos más el sonido salimos. Veíamos un puente y caminamos para meternos por debajo. Llegamos a un sembrado inmenso de trigo. Y ahí, Dios mío, la cosa se puso fea: ¿han escuchado el dicho: “perdido en un campo de maíz”? Pues lo mismo nos pasó, pero con un campo de trigo. No sabíamos qué hacer, para donde mirábamos todo era igual y por momentos se nos metían los pies en riachuelos o qué sé yo era aquello, el caso es que se nos congelaban los pies. Ya no nos quedaba agua y el frío nos estaba desesperando. En medio de eso me pregunta Albert que qué hacíamos. Le respondí: “Vamos por aquí”. Yo solo oré y me dije: “mi único GPS eres tú, Dios mío, guíanos”. Albert tuvo que preguntar si estaba segura de lo que decía. Le dije: “Claro que estoy segura”.

Seguimos caminando en la nada hasta encontrarnos con una especie de ciudad abandonada, algo raro, como en las películas del oeste: un viejo teléfono, como una taberna, todo cerrado, ni un alma. Saltamos una reja muy grande que nos rompió los abrigos y vimos dos banderas, una era la de la Unión Europea y la otra, ¡cuánta ignorancia!, no sabíamos si era la de Hungría, pero yo miraba a mi izquierda y seguía viendo la frontera. Ansiosa llamé a La China y ella, desesperada, quiso saber si de verdad era la frontera. Le dije que sí, pero que ya no podíamos más y de pronto vimos un camionero, porque aquello era como un parqueo grande.

Albert esperanzado levantó la cabeza y me dijo: “Pídele ayuda, dale, que va en dirección al camión”; él estaba arreglándole las botas a Kevin y ahí mismo salí corriendo en dirección al hombre. No había avanzado ni diez metros cuando dos policías salieron de la nada exigiendo que levantara las manos. ¿Qué iba a hacer? Me puse a gritar, que No, que no y llamé a Albert, que ya salía de donde estaba con Kevin en brazos. Se estaba metiendo las manos en el bolsillo, buscaba dinero por si había que sobornar, les preguntaba en inglés que dónde estamos, que si era Serbia aún. El policía entonces quiso calmarnos, dijo: “Tranquilos, tranquilos, ustedes están en Hungría”.

Fue un momento inolvidable, nos abrazamos, llorábamos los tres, lloramos mucho. Cuando nos calmamos un policía preguntó si éramos de Pakistán. “No”, dijimos cada cual como pudo a la misma vez: “somos cubanos”. “¿Cubanos?”, preguntó el otro con asombro: “¿Pero qué hacen unos cubanos aquí?”

Al rato nos  montaron en un patrullero y nos llevaron a una estación. Aún recuerdo, en la patrulla tenían puesta la radio y sonaba una canción que a mi mamá le encanta, Stereo Love, de Edwards Maya. Tenía al niño cargado, me acerqué a Albert y le dije: “Yo creo que es una buena señal”.

En la estación nos quitaron las pertenencias; La China me había explicado cómo era el procedimiento así que no teníamos miedo. Nos desnudaron y nos revisaron. Había una policía con tremendo mal carácter que quería quitarle la ropa a Kevin, pero otra, desde que llegamos muy cariñosa con nosotros, le impidió hacerlo; sólo lo revisaron por encima de la ropa. Esa otra policía trataba de calmar al niño, le regaló caramelos de los que estaba comiendo y a nosotros nos ofreció algo caliente. Luego nos explicaron que nos iban a separar: Albert estaría en una celda y nosotros en otra,  con calefacción.

Al día siguiente Kevin amaneció muy mal, con mucha tos, vomitando. Había otra guardia muy HP, por cierto, pues le pedía que me dejara buscar los medicamentos y me respondía que no, que hasta que lo viera el médico. Compartiamos la celda con unas cuantas mujeres africanas, al despertar habían estado riéndose de mí y habían llegado a decirme: “Buenos días, princesa” (yo era la única blanca), pero cuando la cosa comenzó a ponerse tan fea con Kevin (había llegado la tarde y no venía ningún médico) todas se pusieron a discutir con la guardia. Se armó una que fueron los policías hombres a ver qué pasaba. Por fin me autorizaron a salir por el medicamento.

Todo el mundo tiene al menos una historia falsa para justificarse, pero tristemente la nuestra es verdadera: la dirección de la Vivienda en Holguín había falsificado mis expedientes; el propio gobierno, criminalística, la policía cubana comprobó la falsificación pero así y todo una mañana parquearon frente patrullas policiales, ambulancias y más de 25 personas de la Vivienda

Las mochilas estaban a la entrada de unas jaulas a la intemperie, cerca de donde dormían los hombres. Un policía que había visto la desesperación de Albert durante la noche gritó: “¡Cuba!” Albert salió del grupo y desesperado me abrazó, quería saber dónde habíamos estado. Le respondí: “Aquí mismo, adentro”. Pobre, no le habían puesto al tanto de nuestro paradero. “No sabes la noche que he pasado sin saber a donde los habían llevado”, dijo. En las mismas estaba un turco, quien me preguntó por su mujer, traía un bebé, habían llegado hacía como dos horas. Al menos pudo quedarse tranquilo porque le ratifiqué que los dos estaban conmigo, en la celda de mujeres y niños.

Kevin preguntaba: “¿Ma, estamos presos?”, y le tenía que decir: “No, mi amor, solo nos están cuidando”. Pero me respondía: “¿Y por qué hay rejas?” “Para protegernos”, volvía a decirle yo. El policía que me había dejado buscar las medicinas explicó que para salir rápido podría responder en inglés a una especie de entrevista obligatoria, que si esperábamos al traductor podía tardar. Respondí que prefería al traductor, que esperaríamos. Al fin, en la noche me llamaron con un grito, había llegado el traductor.

Nos pasaron a los tres a una sala y allí nos preguntaron si queríamos asilo político o regresar a nuestro país. Adivinen la respuesta. Todo el mundo tiene al menos una historia falsa para justificarse, pero tristemente la nuestra es verdadera: la dirección de la Vivienda en Holguín había falsificado mis expedientes; el propio gobierno, criminalística, la policía cubana comprobó la falsificación pero así y todo una mañana parquearon patrullas policiales, ambulancias y más de 25 personas de la Vivienda. Yo estaba en la casa de una vecina y me enteré a los gritos de otra: habían roto la puerta y salí corriendo. Se llevaban a mi marido preso y habían dejado al niño solo dentro de la casa, que al verse en aquella situación cogió un bate para defenderse. Empecé a darle golpes a la patrulla donde tenían a Albert y seguido fui hasta la casa. Unas policías mujeres me siguieron, esperaron que entrara y me redujeron, me golpearon, me dejaron los brazos llenos de moretones delante de mi hijo. Al final levantaron una pared y dividieron mi casa. Dejaron todas las pertenencias tiradas en el pasillo llenas de mezcla. Estuve llorando por días y la única solución que vi fue poner el cartel:  “Se Vende” en la parte que me dejaron; con suerte vendí rápido.

Así estuve aquella noche, contando nuestra historia y pidiéndole asilo en su país. El policía entregó unos papeles con los que nos enviaba a un campo de inmigrantes en Debrecen. Me dio tremenda alegría escucharlo; ahí mismo estaba La China. De cuatro campos de emigrantes que había, nos enviaban justo a ese.

La China nos esperaba en la estación, con Rafa, su amiga travesti también que había sido su compañera de viaje. A las dos las habían echado de la estación (en Hungría hay mucha homofobia), pero allí estaban, afuera, muertas de frio, esperando. Nos dimos el abrazo más feliz que se puede dar. Noté flaquita a mi pobre chinita, me dio tanta nostalgia recordar las cosas que habíamos vivido en Cuba.

En el Centro de Emigrantes me dieron una casita frente a la de ellas. Había gente de todos los países allí, muchas culturas juntas; conocimos a otra pareja de cubanos con dos niños que hasta habían aprendido el húngaro y el inglés porque tenían una escuela en el centro. También había un hospital psiquiátrico y una cárcel. Aquello era para volverse loco, pasábamos con los travestis por la cárcel y se burlaban de ellas; por el hospital lo mismo.

Paseamos la ciudad y nos compramos ropa. La salud de Kevin mejoraba y por la felicidad que tenía no parábamos de reírnos. Al cuarto día hablamos con unos árabes, eran ellos quienes llevaban ese negocio: nos llevaron hasta un garaje donde nos esperaba un muchacho para llevarnos hasta Alemania. Pero, ¿en Alemania que haríamos para llegar a España? Mi papá estaba en Madrid, sin papeles también, no podía ir a buscarnos. Seguía la desesperación, hasta que recibo la llamada de mi mamá diciéndome que Agustín, un español casado con María Elena, una cubanísima amiga nuestra de años, le había llamado para decirle que se atrevía a buscarnos a Alemania, que lo acompañara, que todo iría bien.

Salimos rumbo a Alemania. La frontera de Austria estaba muy controlada, pero la pasamos sin problemas. Llegamos a una ciudad donde nos esperaba otro amigo de mi mamá quien nos dio comida y dormitorio.

A las 5 de la mañana tocaron la puerta, eran mi papá y Agustín: ese valiente que regresó a España con su carro lleno de emigrantes indocumentados. No recuerdo cuántas horas exactamente, pero fueron demasiadas. Aún seguíamos deslumbrados con el mundo. Llegamos en la madrugada, ¡tantas veces di gracias a Dios!: ¡qué bonito Madrid! Cuando encontré a mi mamá esperándonos a la entrada del edificio no sé cuántos abrazos, besos, saltos de alegría. Era increíble, y, como imagino pase a todos los emigrantes, llegué a pensar que la cosa había terminado ahí; y no, a partir de ese momento es cuando hay que ponerse valiente y eso es lo que no sabe nadie.

 


Gretell Aguirre cursó el nivel elemental de Danza en la Escuela Vocacional de Artes de Holguín y más tarde comenzó la carrera de Derecho en la Universidad Oscar Lucero. En la actualidad vive en Madrid, donde ha ejercido de camarera en diversos restaurantes.

Fotos principal: Glenn Carstens Peters

Aguas

trayectos

marian torres Marian Torres es antropóloga y vive en Medellín


Ese día estaba sola aunque vivía con dos amigas; Ángela, venezolana, y Sara, colombiana. Las dos habían ido a Buenos Aires mientras yo había quedado ahí. La casa colindaba con Los Hornos y estaba en planta baja. El día estuvo lluvioso, primero empezó a meterse el agua por una gotera muy cerca de un toma y yo trataba de controlarla, me daba susto que pasara algo con la electricidad. Había estado toda la tarde inventando la manera de que el agua no llegara al toma hasta que la controlé. Como llovía tanto me fui a la habitación a leer y también estuve comunicándome por chat.

Al rato empezó a tronar más fuerte y apagué el computador. Chateaba con una amiga y tuve que decirle: “No, no, esto está como que muy fuerte, voy a apagar”. Apagué pero lo dejé en la cama y me recosté a seguir leyendo; me había ido sumergiendo en la lectura de un libro de Carlos Castaneda y de repente empecé a escuchar un sonido extraño, algo así como un “glub glub glub glub glub”. En principio no le puse atención, seguí la lectura pero el “glub glub glub” cada vez era más fuerte. En un momento miré al piso y vi que había agua. Pensé: “Ay carajo, qué pasó”. El piso era de madera y cuando me levanté se sentía como si flotara.

Estaba convencida de que esa agua se debía a la gotera que se había roto más, no sé, nunca imaginé que estuviera sucediendo algo más grande; pero cuando pasé por la habitación de una de mis compañeras vi que su cama ya estaba flotando. Era increíble que en un momentico hubiera surgido tanta agua. Me fui al patio. Al abrir la puerta se me vino toda el agua encima, alcanzaba hasta la mitad de mis piernas. Ahí, no sé, me confundí, como que no entendía mucho qué estaba pasando ni qué tenía que hacer. Mi reacción fue subirme encima del lavadero y allí pensar qué podía hacer.

Se me ocurría meter la mano en el sifón, estaba convencida de que algo lo había tapado y de que si lo destapaba el agua terminaría escurriéndose. Pero me daba susto que la mano me quedara atorada, así que no me atreví. Entonces me puse a llamar. Al lado había un pasillo y al fondo una casa. Le grité al vecino para que saliera pero nadie respondió. Como no había reacciones me bajé y caminé hasta la puerta de la calle.

La calle parecía un río: el agua tapaba los autos con mucha fuerza. A todas esas yo seguía sin comprender, me preguntaba: “¿qué es esto?”, “¿qué pasó?” Más confundida aun me devolví al patio. Traté de trepar el muro y no pude. Había otro menor, pero los cables de la electricidad estaban allí y, pensando que podría topar alguno, no me atreví a subir. Entonces volví a gritar sin ningún resultado. El agua iba subiendo rápido, ya la tenía por las rodillas y de seguir así quedaría atrapada, así que intenté llegar a una casa aledaña.

la plata, tomada del diario Perfil. foto Dyn

La Plata, 2013; tomada del diario Perfil. foto: Dyn.

No había nadie por toda la cuadra, era como estar en la selva con un río delante. Frente a la casa pedí auxilio, grité muchas veces. Al momentico vi a un señor que salía de su casa sujetándose de una puerta. Al principio me miró con desconfianza. Dije que yo era la que vivía ahí, que era su vecina y que no sabía qué estaba pasando, que si me podía ir a donde estaba. Entonces me dijo que si. Mi casa tenía una puerta y una reja. Pensé que si ponía la puerta el agua se la podría llevar, así que solamente aseguraré con la reja. En enero de ese año habían entrado los ladrones, de modo que estábamos con la paranoia de los ladrones y tratábamos de protegernos.

Por el motivo de los robos las chicas habían escondido los computadores antes de irse. Zara le había traído un computador de Colombia a Ángela como una semana antes, era nuevecito; el de ella no, era muy viejo. Por la tarde había estado buscado su cargador y no lo pude encontrar, así que no me esmeré; si con calma no lo había podido localizar peor así. Solo busqué el de Ángela, lo puse encima de la nevera, coloqué la reja y salí.

Cuando llegué a donde los vecinos todavía tenían controlada el agua y estaban tratando de salvar las cosas, ponerlas en lugares altos. Me prestaron un celular porque quería  comunicarme con algunos amigos sin haber podido; ese día había hecho todo lo que no se debe hacer: no me había bañado, en casa siempre estoy de piyama y me había puesto un short y una camiseta de tiritas; no había almorzado, el celular se iba a descargar y tampoco tenía saldo. Llamé a una amiga, cuando me contestó sentí en su voz la  salvación. Le pedí que por favor llamara a los bomberos, que la casa estaba inundada; no me imaginaba que estuviera pasando en toda la ciudad. Después me dijo que en ese momento no me había creído. Enseguida entró también la llamada de otro amigo, Mariano. Cuando lo escuché le dije casi en gritos: “Llama a los bomberos, por favor, llama a los bomberos”. Quería irse a donde yo estaba a lo que respondí que no, sentía que lo ponía en peligro si aceptaba. “Avísale a los bomberos solamente”, dije, y se me descargó la batería.

Los vecinos tenían a dos niños sobre una cama; los había visto jugando con el agua pero de repente noté que el colchón empezaba a flotar, el agua iba y volvía, estaba subiendo mucho así que les advertí para salir, corríamos el riesgo de quedar atrapados. También había una viejita que les había estado insistiendo mucho para que salieran pero ellos no aceptaban. La viejita estaba muy angustiada y yo ratificaba sus consejos. Entonces nos dijeron que saliéramos si queríamos, pero que ellos tenían niños y se quedan en su casa. Era su decisión, así que yo salí.

la plata inundada, foto tomada de La izquierda diario

Una calle de La Plata inundada. 2013. Foto tomada de La izquierda diario.

Mientras caminaba por el  pasillo y con el agua ya en los hombros pensaba: “¡Ay, no, no es posible que me venga a morir a Argentina”. Yo veía aquello como muy desesperanzador. Y no era tanto lo alto como la corriente, que era fuerte: se llevaba los autos, la basura, los troncos de los árboles, un río. Era muy difícil acercarse sin que no se lo llevara a uno.

En la entrada había un auto y logré acercarme. Un muchacho me dio la mano para que subiera hasta el techo. Cuando me subí, buscando una respuesta que me diera esperanzas, no sé por qué le pregunté: es cierto que nos vamos a morir. Con los ojos encharcados me dijo: “Sí, yo creo que sí”. Hacía dos días había llegado desde una provincia, sus padres eran de Bolivia, creo. Venían a trabajar, andaba con muchas herramientas y el auto lo tenía ahí debajo lleno de agua. No me dio esperanzas. Entonces empecé a insistir, debíamos buscar un lugar más alto para subirnos. Respondió que no, que no había forma.

Al lado había una casa con tres pisos. Otra gente había tratado de meterse y no habían podido. Los dueños no estaban y las puertas parecían aseguradas. En frente había otro edificio, pero era imposible cruzar. Pensé en los árboles, tampoco se veían demasiado resistentes. En ese instante pasa una pareja; el hombre llevaba a su hija sobre los hombros y supuse que eran los dueños de una casa grande que quedaba al lado de la mía. Me emocioné, bajé a la acera y los seguí. Pregunté si eran los dueños. “No”, respondió él: “estábamos de viaje y la camioneta se nos quedó atrapada”. ¡Qué desesperanza!

Entramos todos al frente de la casa. El agua seguía subiendo y no paraba de llover. Serían las nueve de la noche, por ahí. El papá del muchacho, que me había seguido, estaba custodiando otra camioneta al frente y le dijimos que cruzara, que lo íbamos a ayudar, pero era un viejito y no quiso. Se excusaba con las herramientas que traía en su auto. Lo alertamos, dijimos que las cosas se recuperaban, pero que si la corriente arreciaba se lo podría llevar. Después le tocó subirse en un muro y ahí pasó toda la noche, de pie. El muchacho por momentos decía que iría a salvarlo, se lamentaba de aquella situación.

La hija de la pareja tenía retraso mental, le tenía pavor al agua y para tranquilizarla sus padres le hablaban de pizzas, pastas y eso, tema al que ayudábamos, pero a veces se iba de control y empezaba gritar: “ ¡La puta madre, la puta madre!”. Hacía mucho frío. Los vecinos me habían prestado una campera pero se le pegaron unas hormigas que me estaban haciendo la vida muy incómoda. Llovía con más fuerza y la crecida subía.

A estas alturas seguía sin entender, en mi cabeza tenía la idea de que el agua seguiría subiendo hasta el infinito. Cada cual rezaba, pedía salvarse, hacía promesas. Ahí es cuando empiezan a pasarle cosas por la cabeza a uno, pensamos que la vida se puede ir en un momentico. La madre de la muchacha había empezado a quejarse, no aguantaba más. El esposo trataba de darle ánimos, la abrazaba, la besaba, pero en una de esas también se desesperó y manos al cielo se puso a gritar: “¡Eh viejo, qué hacés viejo, pará, pará!”. Me sentía diminuta, la naturaleza estaba haciendo lo suyo y uno es un ser minúsculo ante eso.

Seguía sin entender y en mi cabeza tenía la idea de que el agua seguiría subiendo hasta el infinito. Cada cual rezaba, pedía salvarse, hacía promesas. Ahí es cuando empiezan a pasarle cosas por la cabeza a uno, pensamos que la vida se puede ir en un momentico

Habían quitado la corriente y la soledad fue mayor: nada de una sirena, ningún ruido, apenas escuchábamos gritos a lo lejos. Cerré los ojos y pedí que, si me iba a morir allí al menos no quedara desaparecida, no era muy romántico pensar en mi cuerpo flotando por el Río de la Plata. Pensaba en la reacción de mi mamá y mi papá cuando supieran la noticia. Hubo un momento en el que no había nada que decir y nos quedamos todos en silencio. Había gran silencio.

De repente se abrió la puerta de la casa, la fuerza del agua la hizo estallar y aprovechamos para meternos dentro. Subimos al primer piso y mientras lo hacíamos en la planta baja todo empezó a estallar a la vez: los vidrios, las maderas, todo estallaba por la fuerza del agua y tuvimos la impresión de estar a un segundo de que la casa se nos cayera encima.  Alguien dijo: “Ahora sí creo en las películas de ficción donde un tipo corre y corre y detrás estallan los autos o lo que sea”. A veces uno es escéptico ante esas escenas, las cosas no pueden suceder con esa precisión; y es así. Nos reímos mucho por eso.

Estaba muy angustiada, me imaginaba que el agua iba a seguir subiendo y como la casa estaba enrejada y los dueños no estaban quedaríamos atrapados. El señor trataba de calmarme. Empezaban a buscar ropas para cambiarse, mantas para cubrirse. La chica  seguía alterada y nosotros nos veíamos obligados a hablar de empanadas, asados y cosas así. Eran las diez de la noche, me acuerdo porque había un reloj. Ángela se devolvería de Buenos Aires y quería llamarla para decirle que no lo hiciera. Entonces el señor me prestó su celular, cambié la sim y entró la llamada de Mariano. Le conté que todo era un desastre, que habíamos podido entrar a otra casa y esperábamos ayuda. Estaba tan nervioso que quiso llamar un remix para rescatarme. ¡Un remix!, pienso, ¡en todo caso hubiera necesitado un helicóptero! Lo calmé diciéndole que al día siguiente necesitaría su compañía, que se mantuviera tranquilo.

La comunicación estaba muy mala, pero también logré contactar con Sara. No me creía una palabra. Pensaba que era una inundación normal, luego se quedó pensando y me dijo: “Ay, Marian, ¿entonces perdimos todo lo de la casa? Le respondí: “Yo creo que sí, todo, todo”. Le insistí mucho para que no viniera, para que buscara la forma de quedarse en Buenos Aires. Después me recosté en el piso. Al rato me empezó a dar hambre. La señora tenía unos panes que estaban mojados, pero igual nos los cominos así, como para disimular. En esas condiciones pasamos la noche. Hacía mucho frío, no me había querido cambiar y estaba muy mojada, las hormigas se me metían por el cuerpo; picaban por todas partes. No podíamos dormir. Había calma y de repente algo sonaba produciendo entre nosotros mucha tensión.

Como a las tres de la mañana el agua empezó a bajar, había bajado bastante y por los ruidos parecía que había salido gente a robar. Como la pareja tenía el auto cerca estaban muy pendientes y a cada rato iban a espantar a los merodeadores. Estaban rabiosos por eso. Como a las cinco el agua ya estaba muy bajita y salí. Si algo se hubiera podido salvar  podría salirse por la reja, pensaba en el computador nuevo de mi amiga. Justo también ese día me habían pedido el bolso prestado y había dejado las cosas encima de la cama: la tarjeta del banco, la plata, el dni, todo. En ese momento esas cosas cobraban importancia, pues mucho no sabía qué iba a hacer al otro día, así que no quería que se fuera por la rendija. Llegué a la casa, cerré y me devolví.

Ignacio(1)

Intersección de La Plata. Foto: Ignacio Amiconi.

Como a las siete salimos al patiecito. La señora estaba bastante angustiada, pues estaba convencida de que podrían pensar que estábamos dentro para robar y podrían acusarnos. El señor trataba de calmarla diciéndole que no, que solo buscábamos salvarnos. Pero el tema creó mucha tensión y decidimos abandonarla.

De regreso en la casa vi que todo era un desastre, la nevera estaba en el living y en la tasa del baño había quedado incrustada una olla; una puerta se había zafado y todo estaba por el piso. El agua parecía aceitosa, con mucha tierra y algunas culebritas, mucha basura. El computador nuevo de mi amiga había quedado en el fondo, pero las cosas que habían dejado sobre la cama estaban en su lugar, la cama había flotado y eso las salvó. No se me ocurrió poner nada ahí, cuando comenzó la inundación lo que menos me importaba era lo material; solo había tratado de proteger los computadores, sobre todo el computador de mi amiga, es lo más valioso que uno tiene y era nuevo. En el barrio la gente se veía muy triste. Había un señor en la vereda mirando su casa destruida.

Tenía apuro en llamar a mi casa para que supieran que estaba bien. Suponía que estuvieran al tanto por las noticias. Me pude comunicar como dos días después, si no estoy mal, y solo pude decirle a mi mamá que no se preocupara, que estaba bien. Ella me preguntó: ¿se te inundó la casa? Ante mi respuesta afirmativa se notaba su desconsuelo. Luego, me contaría que ante la falta de noticias le había pedido a una prima que me buscara en la lista de muertos informadas por la televisión. Nunca había vivido cosa parecida. Esa noche, la noche posterior a las lluvias, me angustiaba mucho solo de escuchar a los bomberos. Cerraba los ojos y solo veía agua…

 


Marian Nathalia Torres nació en Colombia y es antropóloga especializada en estudios de género. En la ciudad de Medellín trabaja el adiestramiento de mujeres en género y formación sociopolítica, también en la gestión social e investigación de procesos de convivencia a través de la música.