En Brasil

registro de un observador

“Me convertía en una observadora (participante) de aquella espontánea obra teatral que iban protagonizando, sin saberlo, una gran variedad de personajes.”

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Buenos Aires, como contabas Joaquín Sabina

registro de un observador

Este sábado, segundo de noviembre, Joaquín Sabina inicia una temporada de conciertos en la Argentina. Once en Buenos Aires, y presentaciones únicas en Rosario, Junín y Neuquén prolongan hasta el 9 de diciembre su permanencia en el país del que hay vastas huellas en su discografía y en su alma. Sabina es también un hombre de lecturas y viajes, viajes y escrituras. Aquí esta crónica e itinerario visual.


leandro estupiñánLeandro Estupiñán vive en Buenos Aires


Por el camarero de Clásica y Moderna, bar-librería de fino gusto ubicado en Callao a la altura de Paraguay, Buenos Aires, supe que tal vez en la mesa donde me sentaba esa tarde o en alguna otra ubicada a saber en qué exacto punto de ese sitio solía sentarse Joaquín Sabina, el cantautor que nunca regresó por allí después que sus relaciones con los propietarios quedaran enturbiadas por una historia donde había muerte y sobredosis. Yo, que he sido sabinero desde hace tanto, que Sabina me ha salvado de muchas cosas, entre ellas la muerte según mi hermano Antonio, estuve por un rato sugestionado con la negra leyenda, y recuerdo que ese día, cuando revisábamos mi libro sobre Lunes de Revolución a punto de ser impreso, aun abandoné el lugar cantando las mismas canciones que repetía desde mi adolescencia, cuando descubrí su voz de antes menos aguardentosa que la de hoy.

A metros de la puerta, buscando por la izquierda y a un extremo de la plaza Rodríguez Peña, yace la loza sobre la que fue plasmada una de esas canciones que escuché y canté hasta el aburrimiento de los demás. Era la época en que empezaba a conocer a Sabina y por él, de otra manera, a Buenos Aires. El hallazgo debe haber sucedido por el año 94 o 95 y podría haber estado yo en un estudio de la radio holguinera donde tantos amigos hice y donde invertí una parte de mis años adolescentes. Hubiera sido la mía una existencia radial si no es porque intereses como la literatura se alimentaban desde antes; a ese medio debo hoy algunos aprendizajes y descubrimientos musicales entre los que queda el del cantautor español.

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Te sentaba tan bien esa boina calada al estilo del Che /Buenos Aires es como contabas, hoy fui a pasear.
Con la frente marchita. CD: Mentiras piadosas. 1990.

Estaría en el primer estudio de grabaciones al cruzar la puerta y de pronto puede que me sorprendiera algún tema del disco Mentiras piadosas, en el mercado desde 1990 y del que escucharíamos a veces algunas canciones como Eclipse de mar, Y si amanece por fin o aquella Medias negras que creíamos escrita por Willie Chirino. Chirino lanzó desde Miami el petardo musical de propagación fulminante en toda Cuba en una época de penurias en que la gente pese a todo bailaba y cantaba y se las agenció para escucharlo aunque el hecho representara supuestos problemas ideológicos. Nunca pusieron la versión en la radio ni en la televisión, pero los de la radio y la televisión, y hasta los funcionarios del Partido y la Juventud Comunista movían su cuerpo con Willie Chirino cuando cantaba Medias negras, o cuando cantaba casi todo, la verdad.

Entonces Sabina no era el refugio de los esnobistas como lo fue después, y tampoco era moda imitarlo poniéndose uno en el papel de truhán, trasnochado y mujeriego. Quienes lo escuchábamos partíamos de cierta identificación con su estilo y con las historias que contaba, no con la caricatura suya que él mismo ayudó a propagar y de la que sabe reírse cuando quiere. Su rostro apenas empezaba a conocerse en la isla porque Pablo Milanés, a través de su fundación, PMRecords, lo había invitado y en La Habana ofreció conciertos y entrevistas. Yo estaba demasiado lejos como para intentar verlo en persona. A setecientos kilómetros lo menos que podía hacer era decirle “¡Hola!” a sus casetes grabados de favor por los operadores de audio.

Pero seguía tan impresionado con la música del español que para la época y como buen cubano lo ponía a todo volumen en la reproductora, y hasta llegué a pedirle al chofer de un ómnibus que en el verano nos llevaba a la playa que por favor pusiera “este”. Le pasé el casete con un disco “de tal Sabina” que reproducido y escuchado por los bañistas produjo en plena carretera una protesta colectiva por la que casi se suspende el itinerario, dado que el chofer lo valoró como un boicot. Aquella turba incluso en días de sol prefería viajar arrullada con el dúo Pimpinela, y de alguna manera el del volante estaba de su lado, pues: “los pasajeros tienen siempre la razón”, dijo, aclarándome a tiempo: “no un pasajero, si no: los pasajeros”. Así sucede en todo país donde impera el gusto de la mayoría.

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Este ladrón atrapado en tus dudas / La rueca de Penélope en Luna Park
Nos sobran los motivos. CD: Nos sobran los motivos. 2000

En materia de gustos musicales aquella gente era menos abierta a nuevas sonoridades que Frida, Con la frente marchita la hacía aullar melódicamente como los mejores lobos de las estepas en noches de luna llena y nosotros mostrábamos lo que creíamos un prodigio a todos los amigos visitantes. Heredé de mi madre esa divertida cocker spaniel y ella vivió con nosotros hasta su muerte por diabetes en 2013. En todo ese tiempo la veía aullar y desgarrarse con el bandoneón sin siquiera imaginar que un día iba yo a vivir en la ciudad a la cual hace referencia el tema desde su título, guiño al tango de Gardel y Le Pera, uno de esos cien motivos para no irse de este mundo, según el cantor.

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Qué poco rato dura la vida eterna / por el túnel de tus piernas, / entre Córdoba y Maipú.
Nos sobran los motivos. CD: Nos sobran los motivos. 2000

La cosa es que tal vez por ese disco, y en particular esa canción, comencé a pensar en Buenos Aires desde otra perspectiva. Sabina me ofrecía un nuevo modo de sentir sus recovecos, uno distinto al propiciado por la Historia, el periodismo o la literatura; incluso, tal vez, al cine. Otra dimensión tomaba la Plaza de Mayo o el cercano barrio de San Telmo en su voz e historias, con sus rimas e imágenes. Ni siquiera podría suponer yo que viviría en una zona colindante a San Telmo y, aunque tampoco alcanzaba a dilucidar  qué clase de lugar era, lo imaginaba maravilloso solo por el hecho de quedar en una postal. O, lo pensé después: tal vez la postal exigida a la chica que se regresaba era de otro tipo, acaso una antiguaya, de las muchas que se consiguen en el mercado de la calle Defensa o en cualquier quiosco de Corrientes. A esa conclusión  llegué cuando mi esposa y yo habíamos bebido mil cervezas en sus bares y San Telmo se me empezaba a parecer demasiado a La Habana Vieja, y si acaso no lo era del todo se debía a la ausencia del mar y al bullicio de músicos y a los bares impecables y a Mafalda sentada en una esquina en diagonal a dos pibes que esperaban a sus compañeros para seguir remolcando una montaña de cartones.

Los siguientes rastros de esta ciudad en la discografía de Sabina llegaron en el disco  junto a Fito Páez, aunque ese no lo escuché tanto como debí haberlo hecho en su momento, tal vez porque no lo tuve en mis manos a tiempo ni a destiempo. Y hoy, no sé por qué complejo mecanismo de la memoria, cuando lo evoco, en lugar de tararear sus canciones me viene a la cabeza una reseña escrita por Joaquín Borges Triana para El Caimán Barbudo.

Pero tal vez el más contundente sentido de esta ciudad lo haya recibido yo en su impresionante 19 días y 500 noches. Algo en el ritmo decía que había más que recurrencia del lenguaje, pese a que la decodificación verbal ocurrió de a poco y tuve que estar asentado en estas tierras para que así fuera. Solo llegado ese momento entendí lo de la jermu; ya había subido a un colectivo y vislumbrado la Bombonera ante la que razoné sobre el verdadero significado de Boca. También había visto que Corrientes y Callao era una populosa intersección que podía tornarse agobiante en ciertos horarios y que estaba ubicada a poca distancia del bar-librería Clásica y Moderna.

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Pero todo se acaba, ya es hora de decirte ciao, / me ha citado la luna en Corrientes esquina Callao.
Resumiendo. CD: Alivio de luto. 2005

Solo tuve que avanzar unas cuadras por veredas colmadas de gente aquella tarde veraniega en que el sol se volvía sanguinario y déspota para, sin preverlo, encontrarme otra vez en la encrucijada, uno de los sitios nombrados sin sentido por mí una y otra vez en el Holguín vaporoso, casi tanto como había nombrado el Córdoba y Maipú en mis intentos melódicos. Incluso desconocía datos esenciales como que Sabina estaba ligado más profundamente de lo que imaginaba a este país, que su conexión partía del amor y determinados hitos de su carrera. El productor de lo que muchos consideramos su mejor disco es un argentino, Alejo Stivel, quien contó en algún momento que, sin menospreciar a sus músicos, le molestaba que en las grabaciones anteriores siempre obligaran a Sabina a cantar. Una madrugada, escuchándolo en su casa madrileña, debió decirle: ¡Así es como tienes que hacerlo, Joaquín!

Argentina andaba con Sabina ya desde su juventud, cuando en aquellos años londinenses se le presentó en forma de mujer y con esa mujer quiso casarse librándose de paso de la reclusión obligatoria que le dejaba el servicio militar. Otra vez, cuando ya era famoso, tuvo un romance de un año  con una “mina” porteña, y gracias a que ella lo abandonó por un tipo más joven poniéndole fin a una relación a distancia hoy tenemos un tema como Dieguitos y Mafaldas. ¡Que viva el desamor!

En otros discos posteriores a 19 días y 500 noches vuelve Buenos Aires y con ella la Argentina, en forma de mujer, de melodía, de hipertexto, de desamparo y recuerdo. Un día caminando por la 9 de Julio me encontré a un náufrago como en su canción Cuando me hablan del destino. También la familia le había despojado de sus bienes y se las arreglaba para sobrevivir en las calles en una situación que, según me contó, a él mismo le daba vergüenza. Cuando nos despedimos, estrechándonos las manos, sintiendo en la mía el polvo y el hollín acumulados en las suyas, pensé otra vez en Sabina.

Había avanzado unos pocos metros y esperaba el cambio de luz. Miré a los lados, me envolvía la hermosa y anárquica Buenos Aires, la que suele acoger al emigrante y es capaz de encantarlo o llenarlo de terrores si a una cirujana de no sé qué anacronismo inmoviliario para estas geografías le da por quejarse de los que toman mate ante sus narices en la pileta. Ella, la ciudad coqueta, distinguida, cultural e inmensa seguía siendo ese bicho ensortijado del que alguna vez habló Sabina; el mismo animal que generoso y cruel seguía avanzando movido por los sueños y la confusión.


Fotos de Rafa Gallar y Lez.

Para disolver al unicornio

registro de un observador

“El río Mekong quedaba muy lejos, el dinero no era tanto, la fantasía de navegación selvática nos empujaba naturalmente al Norte de Brasil”. 


juan martinJuan Martin Angera vive en Catamarca


Demoliendo hoteles

Todo comenzó con un estallido encarnado en el grito de El sordo. AAAAAAh!! Era el recibimiento que me daba al llegar a su departamento de la avenida Chacabuco, lugar que yo visitaba varias veces por semana, sólo que ese día comenzaba a sentirse el olor de un cambio que no dejaba de humear en la cocina de nuestros cuerpos de sedentarios flashadores de departamento. Yo estaba cerca de recibirme y El sordo estaba simplemente disconforme. Ambos habíamos horneado al calor de los paraguayos que fumábamos el anhelo de rodar tierra. Habíamos leído a Kerouac, habíamos visto Apocalipsis Now, Into the wild y nos inspiraba un emergente movimiento cultural tendiente hacia lo aventurero que, sumado a nuestros espíritus movilizados dentro de la quietud de dos envases aburridos, formaban un caldo de cultivo que solo pedía renuncias a los compromisos personales, mochilas prestadas y vacunas contra enfermedades tropicales.

El río Mekong quedaba muy lejos, el dinero no era tanto, la fantasía de navegación selvática nos empujaba naturalmente al Norte de Brasil. Simón llegó con el dato de que un tal Tupac (yoga, literatura, viajes a la India, sustento en base a renta de departamentos heredados) emprendería un nuevo viaje y podríamos encontrarnos con él en Belem do Pará (extremo norte de Brasil), para tomar el barco que nos llevaría finalmente por el río Amazonas hasta su lado peruano. Pero comenzaríamos en Río de Janeiro, donde un avión que partía desde Córdoba haciendo sapito en Montevideo, nos colocaría inmediata y tramposamente, como quien mueve su pieza en un tablero de juego desde un punto a otro distante, saltando varios casilleros. Ya estaba rompiendo una de las primeras reglas en mi estructura ideal de viajero, estaba llegando en avión al primer punto mientras mi héroe mental hubiera comenzado con unos pocos pesos haciendo dedo en la ruta. Sin embargo todo iba a encajar en el diseño de la bomba interior que nosotros mismos estábamos armando. Llegar a Río de un saque significaba cambiar el canal como quien lo hace con un control remoto, y eso para dos tiernos que habían pasado los últimos seis años de su vida jugando con un globo terráqueo, fumando, leyendo y viendo películas resultaba una especie de suicidio identitario.

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Si bien tener un objetivo como el de alcanzar a Tupac era alentador para encarar un viaje tan largo, radicó allí uno de los mayores conflictos con mi compañero de viaje, de quien tuve la sensación de que comenzaba a mudar de piel antes de salir de viaje, con aquel grito que excedía la talla del departamento en el que se daba, donde sacó la euforia de su cuerpo como quien salta arriba de un pomo de pasta. “Dice Tupac que el día previo a salir no querés ir…” me decía El sordo, como llamando a la comprensión en caso de desvarío, la verdad que a mí me jugaba a favor el espíritu de poca planificación e inconciencia sobre el asunto, de hecho preparé la mochila completa para un viaje de al menos dos meses una media hora antes de salir para el aeropuerto. Me había quedado simplemente haciendo cualquier cosa que me viniera en ganas antes de pensar en aprovisionamientos o resguardos. Lo más organizado que tenía encima era una bolsa de fármacos que mi cuidadosa y bióloga madre me había preparado. Me había mandado una encomienda desde Catamarca llena de instrucciones, besos, advertencias y miedos acerca de asuntos penetrantes en la agenda latina de ese momento como la guerra civil en Río de Janeiro o el dengue en Iquitos.

Si El sordo se había desprendido de su euforia en un grito yo, en cambio, estaba dosificando mi naturalmente abundante cantidad que, lógicamente, se potenciaba por el salto cuántico que significaba haberme quitado de encima trabajo, proyectos y novia. En esta etapa previa a tomar el avión, mis días transcurrían entre episodios protagonizados por actitudes experimentales que coqueteaban entre la soberbia y la apatía por el mundo que sentía dejar. Francamente me sentía un sujeto en retirada, entonces el deseo corriente hacia una muchacha, por ejemplo, se traducía en una abrupta y despreocupada invitación a tener romance, cuyo esperable rechazo solo me generaba cierta desvergonzada diversión. Quizá este podría ser un punto de partida para entender la cadena de cambios; un sujeto respetuoso y soñador toma la decisión de finalizar una etapa de su vida con un exilio aventurero. El impacto de los pasajes comprados se traduce en un sujeto desbocado que va jugueteando con la ciudad que dejará, como en aquellos sueños donde uno puede tomar conciencia de estar soñando y comenzar a destruir todo a su paso o abusar de las personas.

Malandro é malandro e mané é mané

Río era todo lo que mis fantasías solían dictarme sobre él. De hecho se daba el lujo de ser mejor, ya que no solo era imagen sino, y sobre todo olor, temperatura y energía. A su vez la realidad era finalmente superada por un diario de viaje de Luis Franco que Manu me había prestado para esos meses, en donde el crack del poeta belicho describía su paso por la ciudade maravilhosa con una precisión y profundidad que me ahorraba la reflexión y hasta la propia escritura sobre el tema. Para cuando el avión comenzó a sobrevolar la bahía de Guanabara, la pastilla natural de éxtasis que mi cerebro guardaba ya había explotado. El sordo, en cambio, conservaba la calma expectante, basta solo recordar lo que cada uno hizo con su euforia antes de pisar el aeropuerto. En ese éxtasis miraba por la ventanilla y escuchaba desde mis ya ortopédicos auriculares la canción que Nash me había guitarreado en el grabadorcito del MP3 días antes de partir. Todo era exacto, Brasil se abría como un escenario nuevo en un videojuego y la canción genial del amigo despedía una vida con nostalgia y saludaba lo desconocido con agitada alegría.

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Llegamos a un hostel que en Copacabana tenía un argentino que nos tocó de compañero de asiento, la improvisación y la casualidad comenzaban a imponerse como método de resolución de las cuestiones más básicas. Diría que estaba, yo al menos, básicamente entregado. Solo quería llegar a un espacio donde alguna porción de gente joven y aventurada girara en torno a mi remolino de entusiasmo. Estaba claramente de joda.

La humedad y el calor del ambiente potenciaban cualquier olor y esto hacía que Copacabana oliera ambiguo; como a frutas pero también como a toalla mojada, realmente excitante. El hostel estaba repleto de extranjeros tipo “lonely planet”, el concepto de hípster aún no terminaba de cuajar del todo en ese entonces, así que las fachas eran muy variadas. Yo quería conversar con cualquiera, pero sobre todo quería hacerlo con empleados del lugar, con brasileros de verdad y en portugués, después de todo el centro de ese viaje eran la lengua y geografía brasileras, los extranjeros enfiestados eran una especie de sana distracción. Pero yo también estaba de joda. Subimos a la terraza donde rolaba un bar, recorrimos los pasillos, ocupamos nuestro lugar en las habitaciones; todo era agitación y mini conversaciones idénticas: “de dónde eres”, “de dónde vienes”, “a dónde vas”. Igual  sentía que toda la experiencia era un bocado demasiado grande para comérmelo de un solo mordisco, sin embargo intentaba hacerlo tirando tarascones al aire y, ahora que lo pienso, creo que el ecosistema energético que formábamos o debíamos formar con El sordo como compañero de viaje comenzó a desequilibrarse desde ese mismo comienzo. Yo con mi euforia estaba comiéndome toda la algarabía solo, era difícil seguramente pararse a mi lado y disfrutar equilibradamente de las cosas, como si me robara todo el oxígeno y solo dejara dióxido de carbono para que respiren los otros.

Uno llevaba una pelota y el otro una pistola, los ojos rojos y la sádica alegría de una araña que se encuentra con una polilla atrapada entre la tela.

Sería precisamente aquella eufórica llegada la vía perfecta para que la vida misma nos pusiera en perspectiva sobre el total de sus posibilidades, como corrigiendo la receta de sustancias que nos movían hasta el momento. Imagino a la vida diciendo: “mmm, a ver a ver… demasiado unicornio en estas cabecitas, vamos con un poco de lobo, otro poco de…”, y puso frente a nosotros y a esa primera hora de la nochecita a un muchachito de islas Bermudas que insistió en ir hasta la playa a fumar su marihuana traída del Caribe y a escuchar mi guitarra. Entonces, con parte del cuerpo aun bajando del avión y la cabeza pidiendo nafta nos fuimos con él, total, no había más plan que dejarse llevar por las circunstancias.

Si la vida había dispuesto este escenario para comenzar a, literalmente, ampliarnos la conciencia, fueron dos muchachos habitantes de aquel morro erguido sobre el mar que veíamos desde la pornográfica arena amarilla los encargados de ponerle fin al estado de conciencia que manejábamos hasta este momento del relato.

Entre ambos formaban una especie de síntesis de la marginalidad brasilera; uno llevaba una pelota y el otro una pistola, los ojos rojos y la sádica alegría de una araña que se encuentra con una polilla atrapada entre la tela. A lo lejos, podía divisarse un policía en clara actitud de libración de zona y el espacio de cara al mar estaba desierto. Probablemente las próximas personas luego de nosotros podrían ser los vecinos de las costas africanas, una vez cruzado el océano atlántico, claro. El terror más novedoso que había sentido hasta ese momento me trepaba por la espalda, mientras los malandros se burlaban de nuestra frágil humanidad relatándonos su guerra civil contra la policía, meciendo su arma, coqueteando con unos repentinos cambios de humor que se balanceaban entre la simpatía demoníaca y la ira descontrolada. Yo al menos, pero creo que los otros dos hicieron lo mismo, abandonaba mi cuerpo entregándome a una especie de autismo, como los bichos que dejan la cáscara de su cuerpo en un árbol y se mudan, renuncian. Ya había hecho lo mismo aquella vez que un policía me increpaba por el olor sospechoso de mis dedos, yo simplemente no respondía, o como relata Capusotto en un programa de radio a propósito de un episodio en que fue víctima de un asalto dentro de una farmacia; simplemente transmigraba. La única estrategia de un cagón.

Volvíamos al hotel en silencio, los garotos no nos habían robado nada más que la tranquilidad.

Recalculando

Ya no había lugar para la euforia que me había llevado hasta allí, ni para las chispas de magia que mi inocencia veía destellar en cada detalle de la erótica Río. Yo solo quería huir de Río, desaparecer de Río. Inmediatamente comencé a pergeñar la salida hacia el norte para el día siguiente, francamente estaba entre aterrorizado y desilusionado. Quién sabe qué cantidad de figuritas y frascos y estatuitas y tonteras derribaron aquellos dos favelados de las estanterías de mi mente en esa playa, mi mente ordenadamente bohemia e inocente, mi mente mágica y amistosa, unicornia o ciertamente pelotuda.

Quizá fue una reacción de mi espíritu, el cual suele no dejarme de a pie, porque en lugar de cumplir con el deseo lógico de ir a acostarme para dormir hasta la hora de tomarme el primer OVNI que saliera con rumbo a Recife o a Brasilia, no importaba realmente, decidí subir a la terraza del hostel para pasear mi cagaso entre los que estuvieran allí presentes. Vino a sentarse a mi lado para preguntarme qué me ocurría una pequeña y latinísima muchacha que comenzó a reírse cuando le conté mi reciente tragedia. “¡Pero cómo eres cagón, argentino! Cómo se nota que nunca ves armas. Deberías visitar donde mi papá en El Salvador, allí sí que ves armas todo el tiempo”. Mientras la vida seguía evidentemente cumpliendo un rol fundamental como ecualizador de mis experiencias, la muchacha seguía hablándome: “Sabes lo que tienes que hacer ahora, ¿no?”. “Sí, seguir viaje mañana mismo”, respondí como si aún me quedase algún resabio de valentía frente a ella. “¡No!”, dijo entre enojada y burlona. “Tienes que salir a la calle, ahora mismo. Quitarte la sensación de miedo de encima, porque de otra manera ese miedo mañana crecerá dentro tuyo y ahí sí que no podrás seguir”. La sola idea de pisar la calle me apavoraba, la ciudad tenía conmigo un promedio de una salida; un asalto, cien por ciento de peligrosidad. Además yo ya no era un personaje de aventuras dentro mío, sino más bien una clara sensación de miedo, es decir que pasé de ser una representación extasiada a ser directamente una sensación sin cuerpo. En el tiempo que acabó de relatar esto último, la muchacha ponía las cosas de forma tal que si no salía, me iba a sentir peor que si me enfrentaba al miedo de reaparecer en una calle carioca.

Así fue que tomado de la mano, y no precisamente por romance, de una morena salvadoreña una etapa menor que yo, encaramos las calles de Río  junto al grupo de extranjeros que había abordado de manera soberbia cuando por la tarde entré por primera vez al hostel, hecho un latino extasiado y confianzudo.

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La noche transcurrió pacífica y divertidamente. Tomamos omnibuses, anduvimos a pie y más allá de una botella arrojada desde un balcón mientras cantábamos en la vereda de un barcito, nada extraño ocurría, al menos en la calle. Yo por mi parte, un poco cagado, pero bien divertido, era un organismo en recomposición, intentando reinventar un personaje que debía disfrutar de las cosas entendiendo que la muerte acecha en cualquier esquina, como si no ocurriera nada, difícil síntesis. El relax de un hombre atento, la alegría de un espíritu calmo, el uso adecuado de las velas frente a los vientos, el festejo de las batallas ganadas en medio de una guerra que continúa todo el tiempo. Síntesis que el natural acontecer de las cosas me empujaba a realizar solo en las primeras ocho horas de un viaje que duraría poco más de dos meses. ¿Qué sigue a esto?, más y más cambios; un desfile de pozos en los que puede caerse todo el tiempo, solo que acelerados por la maquinaria salvaje de rodar, un acelerador de etapas interiores, un video juego espiritual.


Juan Martin Angera vivió en múltiples lugares cuando era chico. Nació en Buenos Aires, pero su vida ha transcurrido en la montañosa Catamarca, al norte de Argentina. Es músico  y licenciado en Periodismo. Compone canciones, escribe en un periódico  e imagina relatos que comparte en las redes sociales.

Fotos: Everton Vila, Carlos Irineu da Costa, Kyle Peyton y Juan Martin Angera.

Moscú o la venganza del capitalismo

registro de un observador

En uno de sus últimos libros Beatriz Sarlo habla de lo que ella denomina saltos fuera de programa, que vendrían a constituir “la esencia misma del viaje: un shock que desordena lo previsible, rompe el cálculo y, de pronto, abre una grieta por donde aparece lo inesperado, incluso lo que no llegará nunca a comprenderse del todo”. Algo así fue mi encuentro con la VDNJ.


lauraLaura Sesnich vive en Buenos Aires


Llegué a Moscú como turista en pleno invierno ruso. O tal vez exagero, porque Román, el taxista que me llevó desde el aeropuerto a la ciudad me aseguraba que ese día el tiempo era muy bueno: “la temperatura no llega a menos diez grados”.

En el camino iba mirando por la ventanilla las construcciones grises, las fábricas, los carteles escritos en ruso y hasta el nuevo estadio que se estaba construyendo para recibir el Mundial de Fútbol el año que viene; sin embargo, recién terminé de convencerme de que estaba en Moscú (y que Moscú era una ciudad llena de sorpresas) cuando ese mismo día, más tarde, puse un pie en la Plaza Roja.

Esa plaza en la que yace el cuerpo de Lenin en su mausoleo de mármol rojo y negro, que recibe en mayo las celebraciones por el Día del Trabajador, y a partir de 1945 los desfiles militares que conmemoran la victoria soviética contra los nazis, estaba convertida en una especie de feria, de parque de diversiones. La adornaban luces, globos y banderines de colores entre stands  dispuestos para la venta de artesanías, peluches, gorritos, juguetes y demás chucherías estratégicamente ubicados frente a un escenario que daba la espalda al Kremlin y sobre el que dos parejas enfundadas en vistosos (y abrigadísimos) trajes tradicionales cantaban canciones infantiles a una multitud de niños entre los que se mezclaba un adulto disfrazado de oso bailarín. Suele decirse que los rusos gustan de extender sus festejos varios días, el enorme cartel de “Feliz Año Nuevo 2017” en pleno febrero lo confirmó.

Feria en la Plaza Roja

Moscú o la venganza del capitalismo

Este espectáculo infantil montado frente a las oficinas de Vladimir Putin estaba auspiciado por las famosas tiendas GUM (siglas para: Principales Tiendas Universales), ubicadas frente a la Plaza Roja. El GUM es uno de los lugares más representativos de Moscú, no porque sea un bellísimo palacio decimonónico de más de doscientos metros cuadrados que figura en todas las guías y folletos turísticos, sino porque a través de los vaivenes de su asignación de funciones se lee la historia misma de Rusia.

Fue construido en la época zarista como centro comercial, pero luego de la revolución Stalin lo utilizó como edificio administrativo e incluso como mausoleo a su esposa. Más tarde adquirió las funciones de gran almacén o tienda departamental que siguió siéndolo hasta su privatización tras la disolución de la URSS.

Blas, mi profesor de ruso, conserva el recuerdo del GUM durante su juventud en la Unión Soviética: un enorme mercado en el que las josiaikas iban a hacer las compras para la familia, una especie de Mercado Central dentro de un palacio ruso con techo vidriado. El edificio donde antes se vendían zapatos, pollos y remolachas para el borsch es hoy un shopping de lujo donde tienen sede las marcas internacionales más lujosas (Gucci, Armani, Hermès…) con precios imposibles para el ciudadano común. Y es que Moscú es un poco eso, la gran venganza del capitalismo.

En 1958, Gabriel García Márquez resumía las impresiones de su viaje a la entonces URSS con el título “22.400.000 kilómetros cuadrados sin un solo aviso de CocaCola”. Al leerlo vino a mi mente el hecho de que, casi sesenta años después, mi primera foto en Moscú fuera a un cartel de McDonald’s escrito en caracteres cirílicos. García Márquez ilustraba su relato con cifras colosales que daban cuenta de la contundencia de ese título (ciento cinco idiomas, doscientos millones de habitantes, etc…); en la Rusia post soviética esas cifras y ese título se resignifican y son también una forma de dimensionar los efectos contradictorios de un país cuya población adulta nació y se crió en otro.

Stalin y Messi

Del mismo modo que el GUM es testigo de esos cambios en Moscú es posible encontrarse a cada paso rincones o escenas que dan cuenta del pasado comunista en el presente capitalista. En las tiendas de souvenires las mamushkas de los dirigentes soviéticos y las de las figuras del deporte y el espectáculo se mezclan sin distinción, y así la lógica de la mercancía posibilita la extraña convivencia entre Stalin y Lio Messi. Las enormes filas que en la época soviética se agolpaban frente al mausoleo de Lenin para presentarle sus respetos hoy están conformadas en su mayoría por turistas curiosos, atraídos por el morbo y la conveniencia de la entrada gratuita. Los carteles de las grandes cadenas yanquis, incluida Coca-Cola, abundan por toda la ciudad.

Doscientas hectáreas de un enigma soviético

En uno de sus últimos libros Beatriz Sarlo habla de lo que ella denomina saltos fuera de programa, que vendrían a constituir “la esencia misma del viaje: un shock que desordena lo previsible, rompe el cálculo y, de pronto, abre una grieta por donde aparece lo inesperado, incluso lo que no llegará nunca a comprenderse del todo”. Algo así fue mi encuentro con la VDNJ.

Sin embargo, en lugar de entrar allí llamó mi atención una construcción enorme (piensen en algo enorme y después tripliquen ese tamaño, esa es la medida de “enorme” en Rusia).

Era el día más frío de mi estadía en Moscú y mi amor incondicional por la perra Laika me hizo salir hacia el Museo de la Cosmonáutica a pesar de los más de veinte grados bajo cero. Mucho abrigo mediante me dirigí hacia el sector norte de la ciudad, más exactamente a la estación VDNJ de la línea naranja del metro, junto al museo. Sin embargo, en lugar de entrar allí llamó mi atención una construcción enorme (piensen en algo enorme y después tripliquen ese tamaño, esa es la medida de “enorme” en Rusia).

El arco coronado por una estatua de bronce de una pareja de campesinos levantando sobre sus cabezas un atado de trigo me atrajo como un canto de sirena. Caminé hasta el arco y lo atravesé con algo de recelo. Pasados algunos minutos no había venido todavía ningún policía con ushanka y cara de pocas pulgas a decirme que me retirara, entonces me adentré para encontrar de repente un predio poblado por construcciones tan hermosas como soviéticas. Carelia, Armenia, Bielorrusia, Kirguistán, Ucrania… cada uno de esos edificios llevaba el nombre de una de las repúblicas de la ex URSS, pero el misterio persistía: ¿qué era ese lugar?

Esa pregunta me acompañó durante el recorrido por ese predio nevado, vacío de curiosos pero repleto de hoces y martillos. Detrás de la obligada estatua de Lenin se encontraba un edificio alto rematado con una estrella en la punta, decorado con doce columnas y en lo alto los escudos de cada una de las repúblicas que conformaban la Unión Soviética en el momento de su construcción. Pasando ese edificio había otros, dedicados al arte o a la tecnología, junto con aviones, helicópteros y cohetes espaciales de tamaño real. El edificio con el nombre de Ucrania era simplemente deslumbrante. Casi no me crucé con nadie, solo tengo el recuerdo de alguien que parecía ocuparse de tareas de mantenimiento y de un hombre de unos cincuenta años y sonrisa nostálgica que me pidió le sacara una foto frente a una fuente vacía.

Lenin y pabellón principal de la CCCPPor la extensión del predio no pude recorrerlo entero. Tampoco pude, durante el tiempo de mi visita, dilucidar qué era o había sido ese lugar. Lo primero que hice cuando volví al hostel (y se me desentumecieron los dedos) fue meterme en Internet para tratar de averiguar dónde había pasado la tarde. Recién ahí supe que había estado en un lugar casi mítico, la VDNJ, siglas para “Exposición de Logros de la Economía Nacional” (hoy Centro Panruso de Exposiciones), un predio construido en 1939 para celebrar las hazañas tecnológicas y los logros económicos de la Unión Soviética. Dispone de cientos de edificios y una superficie de más de 200 hectáreas, lo que es casi cinco veces todo el territorio del Vaticano.

Hoy por hoy, mi recuerdo de la VDNJ es una sensación indescriptible de caminar fascinada por un lugar maravilloso sin tener la menor idea de qué se trataba. Mi ignorancia fue una bendición. La posibilidad de haber visitado ese fragmento de historia soviética sin ningún tipo de información previa me permitió conocerlo sin expectativas ni decepciones, y constituye una prueba personal de aquello que dice Sarlo: “las experiencias inolvidables están hechas de materias perfectamente casuales”. Más que la Plaza Roja o la Catedral de San Basilio, la VDNJ es el rincón de la experiencia vivida que más atesoro de mi breve paso por Moscú.


Laura Sesnich nació y se crió en Puerto Santa Cruz, un pueblo remoto de la Patagonia argentina. Vivió varios años en La Plata, donde estudió el Profesorado en Letras. Es profesora de la carrera de Letras de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y le apasionan los idiomas (sobre todo el ruso). Trabaja en su tesis de doctorado en la UNLP mientras planea futuros viajes por ahí.

Fotos cortesía de la autora.

 

Amigos migrantes

registro de un observador

No hay cubano sin anécdota que contar sobre la migración. Amigos, familiares y conocidos que se alejan de forma transitoria o definitiva dejan en quien permanece en la isla una sensación de vacío, confusión y soledad. 

¿Quién era ese hombre de bigotes vestido con traje y pose serena?, ¿a quién importaba su identidad?, ¿a quién interesa si algún rastro suyo quedara o si por el contrario fue tragado ya por la ciudad, devorado sin dejarnos más que estos rastros inservibles?

¿Por qué?

bitácora

Dos mujeres y treinta días por el Sudeste Asiático

registro de un observador

“La historia de mi viaje se cuenta en plural, dos amigas moviéndose hasta el otro lado del mundo (basta con decir veintiocho horas de viaje); consciente, pero a la vez presintiendo las grandes diferencias de nuestras culturas”.

Cronología de cosas que fueron aconteciendo

registro de un observador

De noviembre de 2012 a septiembre de 2013 Luis Brizuela fue corresponsal de la agencia de noticias Prensa Latina en Damasco, Siria, en lo que sería su primera experiencia periodística fuera del país; tenía entonces 30 años y su objetivo era trabajar y tratar de amparar la existencia; pero, a partir de ese momento la vida y su sentido se transformaron por completo para él. Originalmente el texto que reproduciremos en dos partes fue escritos para sus familiares de Cuba a manera de mensajes electrónicos


luis brizuelaLuis Brizuela es periodista radicado en La Habana


A las dos y treinta de la madrugada del 8 de noviembre la nave de Syria Airlines se interna, es absorbida por el espeso manto de nubes que, como de costumbre, se deshace en una desprejuiciada lluvia sobre la ciudad. Pienso en muchas cosas. Ando en paz, pero camino a una nación en guerra. Por la ventanilla diviso la luna en cuarto menguante y se me antoja un presagio para quienes intentan hacer de la violencia un lugar común, su casa.

Diez mil pies debajo. Aparece de vez en vez la explosión luminosa de grandes ciudades o se intuye la presencia de pequeños conglomerados humanos por el esquivo titilar. Va despertando el día y con cada metro que desciende el avión se aproxima una nueva aventura, retos de los cuales sacaré otras lecciones. Habrá que cuidarse en extremo para seguir contando y viviendo. A las 5:05, cuando el tren de aterrizaje se posa sobre la pista, inicia mi camino hacia Damasco.

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Como toda gran ciudad Damasco es lugar de contrastes, la capital habitada más antigua del mundo. Hace honor a ese linaje de unos siete milenios. A primera vista parece reñida con el color; los altos edificios y residencias, de fachadas terrosas y ocres, son una continuación de las montañas que la circundan, como si hubiesen emergido de aquel agreste paisaje. Por momentos la arquitectura se vuelve monótona, de trazos rectos y reservados, sin embargo al interior existe un mundo de decorados y detalles magníficos, coloridos.

De antenas parabólicas anda sembrada la techumbre, metálica selva por donde mirar al mundo, atisbar costumbres, absorber el desarrollo y preservar la identidad. Hacia el firmamento, espigados, se alzan los minaretes de las mezquitas, otra suerte de antenas por donde los mortales corderos de Alá intentan comunicarse con ese ente de verticales mandatos, quién sabe si en el fondo malinterpretados. Damasco murmura, invoca salmos y penitencias, ora sin descanso su credo y el de los fieles que postran su fe sobre el Corán, como medida de todas las cosas.

Vista de Damasco al atardecer desde Monte Qassyoon

Vista de Damasco al atardecer, desde Monte Qassyoon. Foto: cortesía del autor.

Aún en medio de gélidas temperaturas el centro citadino reverbera. Gente que va y viene por cientos de miles desbordan aceras, pelean contra un tráfico neurótico que esquiva a los peatones kamikazees, al osado viandate que desafía las columnas de vehículos modernos, taxis, minibuses, buses, camiones y motocicletas. Damasco revienta de comercios, tiendas, mercados, puestos, bazares, bulevares, sitios improvisados para vender y vender hasta el delirio. Muchas tiendas para varios millones de almas que buscan como hormigas, sedientas, hambrientas, desnudas, urgidas de vestirse por fuera y por dentro. Sabor a aceituna, a falafel, a higos y dátiles secos, a la explosión colorida de frutas y verduras. Ciudad ungida de esencias aromáticas, cremas, jabones, inciensos; gusta de enamorar el paladar con el picor lujurioso de especias y semillas. Urbe horneada cada madrugada junto al pan sagrado donde sus hijos envuelven los mejores deseos de subsistencia.

Damasco es el hotel Dame Rose y el Cham Palace, la Calle Recta, la Citadele, la espada y la torre que llevan su nombre, la moderna Universidad, la Biblioteca Nacional, el Zoco Al-Hamidiyya, la Gran Mezquita de los Omeyas, Sheikh Saad, cada anchurosa avenida o raquítico callejón, las suntuosas mansiones de barrios residenciales o las casuchas de los periféricos cerros donde se escalona la miseria. Ortodoxa por momentos, cada vez más permisiva, tolerante, ecuménica; de mujeres enigmáticas cuya belleza muestran sin tapujos o la cubren tras un velo de pudores y represiones; de jóvenes alegres con negrísimas barbas, distraídos, enganchados a los modernos artilugios de la comunicación; que marcha vestida de ejecutivo, de engrasados overoles, de opresivos jeans, de abrigos, suéters y sobretodos.

Hierve la ciudad a la sombra de sus 45 grados veraniegos; que tirita y se agazapa alrededor de las estufas cuando las ventiscas la rebozan de nieve. Ciudad de cruces de caminos, entre la tradición y la modernidad, ufana hasta los arqueológicos cimientos de su estirpe milenaria. Damasco de luces y sombras, de días como peces; de mil y una noches deslumbrantes, selváticas, infinitas, tantas como las historias que le nacen a diario y estimula a contar.

Escribo el despacho cablegráfico sobre lo ocurrido cuando dos explosiones enervan otra vez los nervios. El terror vuelve a golpear, y cerca. En el propio Al Mezzeh, muy cerca de donde vivo, impactaron dos proyectiles de mortero. El primero hizo blanco en la avenida Villas, una zona muy concurrida, donde se registraron dos lesionados graves; el otro, en un complejo residencial en construcción

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La medianoche está instalada. No hay películas para anestesiar el aburrimiento y darle visa temporal a la soledad. La cama espera por la monótona faena de sostener un cuerpo, más cargado que cansado por el fardo de distancias, ausencias, recuerdos. Entonces la detonación estremece todo. Un sonido distinto, nada semejante ni de tal magnitud había escuchado después de 10 días en una expectante Damasco que no merece vivir tanta zozobra.

Al momentáneo silencio sobreviene el ruido de sirenas. El corazón anda aún encabritado. ¿Qué hacer? ¿Pararse, mantenerse sentado, apagar las luces, llamar a los pocos cubanos que conozco aquí? Tomar decisiones. Dilemas. Llego a la ventana de la sala. Descorro la cortina. La calle, al frente, al igual que los balcones y ventanas de los edificios circundantes, se salpica de cuerpos, rostros e inquietudes. Todos lo saben: fue muy cerca de aquí.

Atentado con coche bomba frente a casa - 29 abril 2013

Atentado con coche bomba, 29 abril 2013. Foto: cortesía del autor.

“Una bomba explotó minutos después de la medianoche de hoy en un estacionamiento del barrio de Al-Mezzeh, en esta capital, sin que se reportaran víctimas. La carga de 40 kilogramos, escondida dentro de un automóvil, fue detonada a distancia. Varios de los vehículos aparcados alrededor quedaron totalmente destruidos”, escribiré horas después en mi primer despacho del día, tras personarme en el lugar del hecho, temprano en la mañana.

El lente de la cámara se inunda de destrucción, de rostros pasmados y tristes, de miradas que claman en silencio por el fin de tanta violencia en un país en el que hace apenas dos años, se podía caminar por las calles a altas horas de la madrugada sin temor a encontrar la muerte sembrada en cualquier recodo, automóvil, tanque de basura o alcantarilla.

Escribo el despacho cablegráfico sobre lo ocurrido cuando dos explosiones enervan otra vez los nervios. El terror vuelve a golpear, y cerca. En el propio Al Mezzeh, muy cerca de donde vivo, impactaron dos proyectiles de mortero. El primero hizo blanco en la avenida Villas, una zona muy concurrida, donde se registraron dos lesionados graves; el otro, en un complejo residencial en construcción. “Son considerables los daños materiales”, referirá la correspondiente nota, minutos más tarde.

Escribir en un país en guerra, narrar las historias cotidianas y hacerlas comprensibles, atendibles, interesantes, resulta un reto. Cada bando en pugna lleva su cuota de razón, o no. Transitar sobre la cuerda floja de la objetividad y la intencionalidad obliga a análisis mesurados, a mantener distancia prudencial de los apasionamientos y las verdades inamovibles. Los lectores merecen observar el cuadro de la guerra con las mejores pinceladas, con líneas firmes y colores lo más parecidos a la vida real.

Tumba de Juan Bautista en Mezquita Omeyas

Tumba de Juan Bautista en Mezquita Omeyas. Foto: cortesía del autor.

Los despachos informan, dan cuenta, registran para conformar más tarde, quizás, la Historia. Ninguno de ellos, sin embargo, expresa el posible terror de quien narra, sus dudas, sus zozobras, sus anhelos. Al menos no de manera directa. Lo que no dijeron los cables, lo que no fue noticia en el cast de la agencia este domingo, es que las explosiones con bombas y morteros fueron las primeras y más cercanas de las cuales he estado desde mi llegada a Damasco. Es previsible que volverán a ocurrir y seré testigo -ojalá y no protagonista-, quien sabe cuántas veces, de mucha destrucción y muertes injustas e innecesarias. Quería dejar registro de este acontecimiento, que ojalá no se vuelva frecuente o se instale en mi memoria como algo normal, tolerable, definitivo.

La muerte anda con pies de plomo por este lugar. Ha erigido un reino de incertidumbres y tristezas. En cualquier esquina su paso irreversible puede dar el alto al tiempo, segar vidas, sembrar el caos. El desafío diario es permanecer vivo, a salvo de su gélido aliento.

¿A quién invocar la protección, a Dios, a Alá; a Jesús, Mahoma o a todos los profetas que en el mundo han sido; a la Providencia Divina, a la razón, al sentido común de quienes deciden sobre la vida de sus semejantes; a nuestro instinto de auto conservación?

Pienso que seré un sobreviviente. No puedo pensar de otro modo. Alguien, y quiero ser yo, entre muchos, debe seguir viviendo para contar.

(Fin de la primera parte)

 


Luis Brizuela Brínguez es Licenciado en Periodismo y Máster en Ciencia Política, egresó del XIII Taller de Técnicas Narrativas en el Centro Onelio Jorge Cardoso. Trabaja como periodista en la Agencia Latinoamericana de noticias Prensa Latina para la cual ha sido corresponsal en Siria y Bolivia. Vive en La Habana.