Para disolver al unicornio

registro de un observador

“El río Mekong quedaba muy lejos, el dinero no era tanto, la fantasía de navegación selvática nos empujaba naturalmente al Norte de Brasil”. 


juan martinJuan Martin Angera vive en Catamarca


Demoliendo hoteles

Todo comenzó con un estallido encarnado en el grito de El sordo. AAAAAAh!! Era el recibimiento que me daba al llegar a su departamento de la avenida Chacabuco, lugar que yo visitaba varias veces por semana, sólo que ese día comenzaba a sentirse el olor de un cambio que no dejaba de humear en la cocina de nuestros cuerpos de sedentarios flashadores de departamento. Yo estaba cerca de recibirme y El sordo estaba simplemente disconforme. Ambos habíamos horneado al calor de los paraguayos que fumábamos el anhelo de rodar tierra. Habíamos leído a Kerouac, habíamos visto Apocalipsis Now, Into the wild y nos inspiraba un emergente movimiento cultural tendiente hacia lo aventurero que, sumado a nuestros espíritus movilizados dentro de la quietud de dos envases aburridos, formaban un caldo de cultivo que solo pedía renuncias a los compromisos personales, mochilas prestadas y vacunas contra enfermedades tropicales.

El río Mekong quedaba muy lejos, el dinero no era tanto, la fantasía de navegación selvática nos empujaba naturalmente al Norte de Brasil. Simón llegó con el dato de que un tal Tupac (yoga, literatura, viajes a la India, sustento en base a renta de departamentos heredados) emprendería un nuevo viaje y podríamos encontrarnos con él en Belem do Pará (extremo norte de Brasil), para tomar el barco que nos llevaría finalmente por el río Amazonas hasta su lado peruano. Pero comenzaríamos en Río de Janeiro, donde un avión que partía desde Córdoba haciendo sapito en Montevideo, nos colocaría inmediata y tramposamente, como quien mueve su pieza en un tablero de juego desde un punto a otro distante, saltando varios casilleros. Ya estaba rompiendo una de las primeras reglas en mi estructura ideal de viajero, estaba llegando en avión al primer punto mientras mi héroe mental hubiera comenzado con unos pocos pesos haciendo dedo en la ruta. Sin embargo todo iba a encajar en el diseño de la bomba interior que nosotros mismos estábamos armando. Llegar a Río de un saque significaba cambiar el canal como quien lo hace con un control remoto, y eso para dos tiernos que habían pasado los últimos seis años de su vida jugando con un globo terráqueo, fumando, leyendo y viendo películas resultaba una especie de suicidio identitario.

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Si bien tener un objetivo como el de alcanzar a Tupac era alentador para encarar un viaje tan largo, radicó allí uno de los mayores conflictos con mi compañero de viaje, de quien tuve la sensación de que comenzaba a mudar de piel antes de salir de viaje, con aquel grito que excedía la talla del departamento en el que se daba, donde sacó la euforia de su cuerpo como quien salta arriba de un pomo de pasta. “Dice Tupac que el día previo a salir no querés ir…” me decía El sordo, como llamando a la comprensión en caso de desvarío, la verdad que a mí me jugaba a favor el espíritu de poca planificación e inconciencia sobre el asunto, de hecho preparé la mochila completa para un viaje de al menos dos meses una media hora antes de salir para el aeropuerto. Me había quedado simplemente haciendo cualquier cosa que me viniera en ganas antes de pensar en aprovisionamientos o resguardos. Lo más organizado que tenía encima era una bolsa de fármacos que mi cuidadosa y bióloga madre me había preparado. Me había mandado una encomienda desde Catamarca llena de instrucciones, besos, advertencias y miedos acerca de asuntos penetrantes en la agenda latina de ese momento como la guerra civil en Río de Janeiro o el dengue en Iquitos.

Si El sordo se había desprendido de su euforia en un grito yo, en cambio, estaba dosificando mi naturalmente abundante cantidad que, lógicamente, se potenciaba por el salto cuántico que significaba haberme quitado de encima trabajo, proyectos y novia. En esta etapa previa a tomar el avión, mis días transcurrían entre episodios protagonizados por actitudes experimentales que coqueteaban entre la soberbia y la apatía por el mundo que sentía dejar. Francamente me sentía un sujeto en retirada, entonces el deseo corriente hacia una muchacha, por ejemplo, se traducía en una abrupta y despreocupada invitación a tener romance, cuyo esperable rechazo solo me generaba cierta desvergonzada diversión. Quizá este podría ser un punto de partida para entender la cadena de cambios; un sujeto respetuoso y soñador toma la decisión de finalizar una etapa de su vida con un exilio aventurero. El impacto de los pasajes comprados se traduce en un sujeto desbocado que va jugueteando con la ciudad que dejará, como en aquellos sueños donde uno puede tomar conciencia de estar soñando y comenzar a destruir todo a su paso o abusar de las personas.

Malandro é malandro e mané é mané

Río era todo lo que mis fantasías solían dictarme sobre él. De hecho se daba el lujo de ser mejor, ya que no solo era imagen sino, y sobre todo olor, temperatura y energía. A su vez la realidad era finalmente superada por un diario de viaje de Luis Franco que Manu me había prestado para esos meses, en donde el crack del poeta belicho describía su paso por la ciudade maravilhosa con una precisión y profundidad que me ahorraba la reflexión y hasta la propia escritura sobre el tema. Para cuando el avión comenzó a sobrevolar la bahía de Guanabara, la pastilla natural de éxtasis que mi cerebro guardaba ya había explotado. El sordo, en cambio, conservaba la calma expectante, basta solo recordar lo que cada uno hizo con su euforia antes de pisar el aeropuerto. En ese éxtasis miraba por la ventanilla y escuchaba desde mis ya ortopédicos auriculares la canción que Nash me había guitarreado en el grabadorcito del MP3 días antes de partir. Todo era exacto, Brasil se abría como un escenario nuevo en un videojuego y la canción genial del amigo despedía una vida con nostalgia y saludaba lo desconocido con agitada alegría.

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Llegamos a un hostel que en Copacabana tenía un argentino que nos tocó de compañero de asiento, la improvisación y la casualidad comenzaban a imponerse como método de resolución de las cuestiones más básicas. Diría que estaba, yo al menos, básicamente entregado. Solo quería llegar a un espacio donde alguna porción de gente joven y aventurada girara en torno a mi remolino de entusiasmo. Estaba claramente de joda.

La humedad y el calor del ambiente potenciaban cualquier olor y esto hacía que Copacabana oliera ambiguo; como a frutas pero también como a toalla mojada, realmente excitante. El hostel estaba repleto de extranjeros tipo “lonely planet”, el concepto de hípster aún no terminaba de cuajar del todo en ese entonces, así que las fachas eran muy variadas. Yo quería conversar con cualquiera, pero sobre todo quería hacerlo con empleados del lugar, con brasileros de verdad y en portugués, después de todo el centro de ese viaje eran la lengua y geografía brasileras, los extranjeros enfiestados eran una especie de sana distracción. Pero yo también estaba de joda. Subimos a la terraza donde rolaba un bar, recorrimos los pasillos, ocupamos nuestro lugar en las habitaciones; todo era agitación y mini conversaciones idénticas: “de dónde eres”, “de dónde vienes”, “a dónde vas”. Igual  sentía que toda la experiencia era un bocado demasiado grande para comérmelo de un solo mordisco, sin embargo intentaba hacerlo tirando tarascones al aire y, ahora que lo pienso, creo que el ecosistema energético que formábamos o debíamos formar con El sordo como compañero de viaje comenzó a desequilibrarse desde ese mismo comienzo. Yo con mi euforia estaba comiéndome toda la algarabía solo, era difícil seguramente pararse a mi lado y disfrutar equilibradamente de las cosas, como si me robara todo el oxígeno y solo dejara dióxido de carbono para que respiren los otros.

Uno llevaba una pelota y el otro una pistola, los ojos rojos y la sádica alegría de una araña que se encuentra con una polilla atrapada entre la tela.

Sería precisamente aquella eufórica llegada la vía perfecta para que la vida misma nos pusiera en perspectiva sobre el total de sus posibilidades, como corrigiendo la receta de sustancias que nos movían hasta el momento. Imagino a la vida diciendo: “mmm, a ver a ver… demasiado unicornio en estas cabecitas, vamos con un poco de lobo, otro poco de…”, y puso frente a nosotros y a esa primera hora de la nochecita a un muchachito de islas Bermudas que insistió en ir hasta la playa a fumar su marihuana traída del Caribe y a escuchar mi guitarra. Entonces, con parte del cuerpo aun bajando del avión y la cabeza pidiendo nafta nos fuimos con él, total, no había más plan que dejarse llevar por las circunstancias.

Si la vida había dispuesto este escenario para comenzar a, literalmente, ampliarnos la conciencia, fueron dos muchachos habitantes de aquel morro erguido sobre el mar que veíamos desde la pornográfica arena amarilla los encargados de ponerle fin al estado de conciencia que manejábamos hasta este momento del relato.

Entre ambos formaban una especie de síntesis de la marginalidad brasilera; uno llevaba una pelota y el otro una pistola, los ojos rojos y la sádica alegría de una araña que se encuentra con una polilla atrapada entre la tela. A lo lejos, podía divisarse un policía en clara actitud de libración de zona y el espacio de cara al mar estaba desierto. Probablemente las próximas personas luego de nosotros podrían ser los vecinos de las costas africanas, una vez cruzado el océano atlántico, claro. El terror más novedoso que había sentido hasta ese momento me trepaba por la espalda, mientras los malandros se burlaban de nuestra frágil humanidad relatándonos su guerra civil contra la policía, meciendo su arma, coqueteando con unos repentinos cambios de humor que se balanceaban entre la simpatía demoníaca y la ira descontrolada. Yo al menos, pero creo que los otros dos hicieron lo mismo, abandonaba mi cuerpo entregándome a una especie de autismo, como los bichos que dejan la cáscara de su cuerpo en un árbol y se mudan, renuncian. Ya había hecho lo mismo aquella vez que un policía me increpaba por el olor sospechoso de mis dedos, yo simplemente no respondía, o como relata Capusotto en un programa de radio a propósito de un episodio en que fue víctima de un asalto dentro de una farmacia; simplemente transmigraba. La única estrategia de un cagón.

Volvíamos al hotel en silencio, los garotos no nos habían robado nada más que la tranquilidad.

Recalculando

Ya no había lugar para la euforia que me había llevado hasta allí, ni para las chispas de magia que mi inocencia veía destellar en cada detalle de la erótica Río. Yo solo quería huir de Río, desaparecer de Río. Inmediatamente comencé a pergeñar la salida hacia el norte para el día siguiente, francamente estaba entre aterrorizado y desilusionado. Quién sabe qué cantidad de figuritas y frascos y estatuitas y tonteras derribaron aquellos dos favelados de las estanterías de mi mente en esa playa, mi mente ordenadamente bohemia e inocente, mi mente mágica y amistosa, unicornia o ciertamente pelotuda.

Quizá fue una reacción de mi espíritu, el cual suele no dejarme de a pie, porque en lugar de cumplir con el deseo lógico de ir a acostarme para dormir hasta la hora de tomarme el primer OVNI que saliera con rumbo a Recife o a Brasilia, no importaba realmente, decidí subir a la terraza del hostel para pasear mi cagaso entre los que estuvieran allí presentes. Vino a sentarse a mi lado para preguntarme qué me ocurría una pequeña y latinísima muchacha que comenzó a reírse cuando le conté mi reciente tragedia. “¡Pero cómo eres cagón, argentino! Cómo se nota que nunca ves armas. Deberías visitar donde mi papá en El Salvador, allí sí que ves armas todo el tiempo”. Mientras la vida seguía evidentemente cumpliendo un rol fundamental como ecualizador de mis experiencias, la muchacha seguía hablándome: “Sabes lo que tienes que hacer ahora, ¿no?”. “Sí, seguir viaje mañana mismo”, respondí como si aún me quedase algún resabio de valentía frente a ella. “¡No!”, dijo entre enojada y burlona. “Tienes que salir a la calle, ahora mismo. Quitarte la sensación de miedo de encima, porque de otra manera ese miedo mañana crecerá dentro tuyo y ahí sí que no podrás seguir”. La sola idea de pisar la calle me apavoraba, la ciudad tenía conmigo un promedio de una salida; un asalto, cien por ciento de peligrosidad. Además yo ya no era un personaje de aventuras dentro mío, sino más bien una clara sensación de miedo, es decir que pasé de ser una representación extasiada a ser directamente una sensación sin cuerpo. En el tiempo que acabó de relatar esto último, la muchacha ponía las cosas de forma tal que si no salía, me iba a sentir peor que si me enfrentaba al miedo de reaparecer en una calle carioca.

Así fue que tomado de la mano, y no precisamente por romance, de una morena salvadoreña una etapa menor que yo, encaramos las calles de Río  junto al grupo de extranjeros que había abordado de manera soberbia cuando por la tarde entré por primera vez al hostel, hecho un latino extasiado y confianzudo.

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La noche transcurrió pacífica y divertidamente. Tomamos omnibuses, anduvimos a pie y más allá de una botella arrojada desde un balcón mientras cantábamos en la vereda de un barcito, nada extraño ocurría, al menos en la calle. Yo por mi parte, un poco cagado, pero bien divertido, era un organismo en recomposición, intentando reinventar un personaje que debía disfrutar de las cosas entendiendo que la muerte acecha en cualquier esquina, como si no ocurriera nada, difícil síntesis. El relax de un hombre atento, la alegría de un espíritu calmo, el uso adecuado de las velas frente a los vientos, el festejo de las batallas ganadas en medio de una guerra que continúa todo el tiempo. Síntesis que el natural acontecer de las cosas me empujaba a realizar solo en las primeras ocho horas de un viaje que duraría poco más de dos meses. ¿Qué sigue a esto?, más y más cambios; un desfile de pozos en los que puede caerse todo el tiempo, solo que acelerados por la maquinaria salvaje de rodar, un acelerador de etapas interiores, un video juego espiritual.


Juan Martin Angera vivió en múltiples lugares cuando era chico. Nació en Buenos Aires, pero su vida ha transcurrido en la montañosa Catamarca, al norte de Argentina. Es músico  y licenciado en Periodismo. Compone canciones, escribe en un periódico  e imagina relatos que comparte en las redes sociales.

Fotos: Everton Vila, Carlos Irineu da Costa, Kyle Peyton y Juan Martin Angera.

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